Calles

Creo que alguna vez le he visto llorar en sueños, nunca despierto… Eso dice mucho de él.  

Las calles son una especie de túnel. Es como si no hubiera nada a su alrededor, sólo paredes. Camina con la barbilla pegada al pecho y los ojos fijos en el suelo. Dudo que busque nada allí. Es más como… si quisiera evitar que el mundo se fijara en él. Las manos en los bolsillos del abrigo, solapas arriba y los hombros encogidos. Paso rápido de zancada media y pelo corto. No demasiado, pero sí lo suficiente para no tener que peinarse. A veces se detiene y mira algo, absorto. No sé qué es ni en qué le hace pensar. Algunos días diría que es una persona. Otros, un gato o un coche. Los menos, nada. Es un viajero ausente. Juraría que el mundo no puede tocarle, que ni siquiera sabe que está ahí.

Por las noches es distinto. Parece más tranquilo y nunca se abrocha el abrigo. Entonces lleva las manos en los bolsillos del pantalón. Aunque la zancada es mucho más amplia, camina despacio. También su postura es distinta, relajada. Lo mismo pasea erguido mientras su mirada repasa las azoteas de la ciudad que se encorva sobre si mismo, tratando de encontrar un recuerdo exacto dentro de su cabeza. Difícilmente notaría la presencia de alguien a no ser que le gritara o le diera un empujón. Sin embargo, a veces se detiene y escucha algo que no puede oír con claridad. ¿Un susurro? ¿Un trotecillo lejano? ¿Una frase que le dijeron aquella misma mañana y que terminó perdiéndose en el vacío? La calle deja de ser calle y se convierte en una extensión de su persona. El paseo es sólo una forma de caminar por su propio interior. No hay destino. Hace círculos en torno a un punto central que nunca llega a alcanzar.

Es el mismo sin ser igual. La esencia sigue ahí, pero todo es diferente. Permanecen la soledad y esa tendencia a buscar un sentido oculto en los detalles, pero su actitud… Está más cómodo en el silencio y la oscuridad, pero le gusta respirar el sol y sentir el bullicio sin formar parte de él. Extrae del mundo pequeñas curiosidades que analiza con mentalidad científica durante las noches. Siempre camina sin ver, excepto cuando se fija en algo, no sé en qué. Construye pequeñas hipótesis similares a endebles castillos de naipes y cierra los ojos, deseando.

Al llegar a casa se detiene un momento junto a la puerta de mi habitación.

– ¿Sabes que hay calles trampa? Hace unas semanas vi a un tipo. Caminaba por la Plaza de la Diputación como perdido, pero no perdido de no saber dónde estaba, si no perdido de que le habían jugado una mala pasada. “No sé”, pensé, “quizás se ha equivocado al girar en una esquina”, pero ayer encontré a otro hombre igual de perdido exactamente en el mismo lugar, sólo que él no lo sabía, aún. Se lo he visto en el espacio que estaba a punto de recorrer y en una frase que no he escuchado hasta hace un rato. Quería ir a otro lugar, pero entonces ha llegado a la Plaza y,  después de dudar, se ha alegrado de estar donde estaba. Iba a entrar en una cafetería. Hoy, al pasar por la Plaza, me he fijado en la calle, que estaba vacía, y me he dado cuenta de que no se puede ver a dónde conduce. Es una calle pequeña y estrecha, un callejón. Nunca he pasado por allí. Creo que nadie pasa nunca por allí porque no va a ninguna parte, ni siquiera hay portales. Es una calle sólo de salida, pero no sin salida, ¿entiendes lo que quiero decir? Si estás distraído o no tienes muy claro por dónde vas, puedes acabar saliendo por ella. No sé por qué hace eso, pero ocurre. Calles estrechas… pequeñas, casi son no calles o túneles entre calles.

Continúa reflexionando, en silencio, durante unos minutos más.

– Esta noche he ido allí, a ver si salía algún viajero perdido, pero no ha pasado nada. Me he acercado para ver si veía el otro lado sin tener que entrar… y no lo he conseguido. Voy a volver ahora y la cruzaré. Quiero que lo sepas, por si no regreso. No te pediré que vayas a buscarme, solo que… me despidas de Andrea y llames de vez en cuando a mi padre, hasta que vuelva… A la calle no va a hacerle gracia que intente descubrirla. Sabe que voy a recorrerla con los cinco sentidos despiertos. Nos hemos tanteado y creo que perderé, pero tengo que intentarlo. Lo entiendes, ¿verdad?

Asiento con la cabeza y se marcha sin decir nada más. Media hora después la puerta de casa vuelve a abrirse. Salgo al pasillo para preguntarle cómo le ha ido, pero me encuentro de bruces con un extraño. No sé quién es, pero lleva su ropa y tiene el mismo llavero. Trago saliva y me saluda por mi nombre, como si me conociera de toda la vida. Cuando regreso a la habitación no sé si ha sido la calle la que se ha tragado a mi amigo o la puerta de mi cuarto la que me la ha jugado a mí. Miro con desconfianza la cama antes de volver a meterme en ella.

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