Amanda y el perro

Una tarde Amanda se dejo caer en medio de la calle. Fue un acto instintivo. Un segundo antes de hacerlo habría sido incapaz de predecir lo que estaba a punto de ocurrir. De repente sus músculos dijeron basta y ella se derrumbó.

Un chico joven corrió en su ayuda, pero antes de que pudiera llegar a tocarla, le pidió que la dejara allí tendida. Era la segunda vez que se sorprendía a sí misma en menos de 39 segundos. Respiró hondo y tranquilamente giró para apoyarse sobre su costado izquierdo. La gente se arremolinaba en torno a ella y alguien sacó el teléfono móvil para llamar a una ambulancia. Sin pararse a reflexionar, agradeció a todo el mundo su preocupación, “pero les importa apartarse, es que no veo nada”.

Se miraron unos a otros, indecisos. Sí, se había caído. Vale, estaba en el suelo, pero… no era como si hubiese perdido el conocimiento ni nada de eso. Desde el suelo, Amanda vio como la hilera de pies se abría para facilitarle una línea de visión de… “Perdone jovencita, ¿se puede saber qué esta mirando?” Le preguntó una señora mayor de esas que siempre llevan toquilla. Entrecerró los ojos, porque últimamente no andaba demasiado bien de la vista, y descubrió que no había absolutamente nada atractivo delante de ella. “No lo sé, pero quiero verlo”.

Alguien la llamó “jovenzuela” con tono despectivo. Otros se alejaron como de mentira, para seguir espiándola a cierta distancia. Y los hubo que siguieron empeñados en llamar a una ambulancia, pero Amanda se mantenía firme: “Quiero ver el mundo a nivel del suelo”. Como si estuviera en la cama, apoyó la cabeza encima del brazo.

Amanda se había dejado caer en medio de una plaza, junto a una pequeña fuente con un delfín metálico y deslucido por el paso del tiempo. Era verano y hacía calor. Por algún motivo, no tenía hambre, sed ni ganas de ir al cuarto de baño. Tampoco se ensuciaba en exceso. Los días pasaron. Su madre iba a verla todos los días y la Policía Local amenazó con expulsarla de allí, pero un movimiento masivo surgido de forma espontánea en las redes sociales consiguió que dejaran en paz a “La Filósofa de Huertaernando”, que era como se llamaba la plaza.

Pasó el calor, llegaron las lluvias e incluso nevó en invierno. En las noches más frías bajaba su madre, cojeando con su metro sesenta de altura y setenta kilos de peso, desde la otra punta de la ciudad con una gruesa manta de lana sólo para que ella le dijera, una y otra vez, que no tenía frío. También celebraron juntas la Nochebuena, aunque en fin de año se marchó a Toledo con sus otros tres hijos. Y Amanda no podía entender por qué seguía allí tumbada.

Una chica con muchos pendientes en las orejas y maquillada como un cadáver iba a tumbarse junto a ella las tardes de los martes y los jueves, de cinco a seis. Se turnaba con otra, una hippie, que la visitaba los lunes y miércoles, de seis y media o siete a ocho y media. Le hablaban de sus cosas mientras Amanda las escuchaba como quien ve una serie de televisión, sin acabar de creerse que fueran de verdad. Algún chico se sentaba esporádicamente para hacerle preguntas personales e incómodas, atraídos, suponía, por la debilidad que reflejaba la figura de una muchacha derrumbada en el suelo. Amanda no quería caballeros andantes, sólo deseaba que la dejaran ver nada.

Poco más pudo hacer con la primavera que olerla. Las flores en flor, el polén y todo eso le parecía que tenían el mismo aroma  que el fuet. Y así volvió el verano y con él su primer año como elemento decorativo de la Plaza de Huertaernando. La mayor parte de sus vecinos dejaron de llamarla filósofa y unos pocos empezaron a creer que realmente lo era, pues su tranquilidad no podía deberse más que a la sabiduría. Un par de monjes budistas se aficionaron a meditar junto a ella. El silencio de los dos tipos la desconcentraba, pero no se lo dijo porque intuía que eso podría haberles herido de verdad.

Una calurosa tarde agosto en la que comenzaban a sudarle las axilas, un perro pulgoso y negro azabache se tendió junto a ella.

– Por fin llegas, le dijo Amanda.

Él la miró, sorprendido.

– Perdone señorita, creo que me confunde.- Contestó mientras un largo hilo de baba se descolgaba entre sus dientes caninos.

– No, eres tú a quien he estado esperando.

– Pues yo me encuentro bastante seguro de que ésta es la primera vez que nos encontramos.

– ¿Y sólo por eso no podía esperarte?

– Si tiene dones precognitivos, sin duda podría haber estado esperándome. De otra forma, no sé quién podría haberla anunciado mi llegada. Llevo meses sin hablar con nadie y, por lo tanto, sin comunicar mis planes de viaje.

– Quizás es por eso –meditó Amanda-, porque llevas meses sin hablar con nadie y yo llevo meses intentando no hablar con nadie, sólo que no me dejan.

– Pues yo le juro que no le diré nada en cuanto demos por finalizada esta conversación.

El perro, un viejo labrador, parecía cansado. Respiraba con esfuerzo, como si le costara aspirar el aire, denso por el calor ambiental. Inclusos sus ojos estaban rojos, enfermos.

– Te mueres perro pulgoso, ¿no tienes miedo?

– ¿Y quién no se muere? – Contesto él antes de lamerse la pata derecha.- Tú miras sin saber que buscas, pero deseando verlo.

– Cierto, pero fácil, viejo perro pulgoso.

– Tan cierto y fácil como que me muero, chica derrumbada. – Ni siquiera la prestaba atención, atento como estaba al vuelo de una mosca.

– ¿Y qué hacemos?

– Yo me levantaré para seguir caminando a no sé dónde. Tú… no soy una chica derrumbada, soy un viejo perro pulgoso. No sé qué debes hacer tú, imagino que debería hacer yo, que no es poco. – Y se dio un lametón en algún punto indeterminado del hocico.- Hace un calor asfixiante.

– Es mejor en invierno. El frío te duerme las articulaciones y no sientes nadas.

– Sí, siempre es mejor no sentir nada… ¿Es eso lo que buscas?

– ¿Qué?

– El verano. Ya sabes, para que el calor te haga sentir algo.

– No sé, viejo perro pulgoso con conjuntivitis, ya me sudan un poquito las axilas por el calor.

– Ese el problema que tenéis tú y los tuyos, que en cuanto os sudan un poquito las axilas decís que tenéis calor y vais corriendo a poner el aire acondicionado. – Se lamentó el labrador.- ¿Sabes que a mí me cuesta respirar cada vez que hace tanto calor como ahora? El corazón me late muy rápido y con mis pezuñas soy incapaz de conectar el aire acondicionado de la casa que no tengo. Lo único que puedo hacer es buscar una sombra.

– Pues no será aquí donde la encuentres. En esta plaza no hay nada más que esa vieja fuente.

El perro cerró los ojos y volvió a abrirlos unas cuantas veces, muy rápido, como si estuviera intentando sacarse alguna legaña o algo así.

– Ya, pero me ha parecido que tenías ganas de hablar.

– Pero si me has dicho que no me dirías nada.

– En cuanto termináramos esta conversación.

Amanda se quedó callada un ratito, pensando en aquel viejo perro pulgoso con conjuntivitis que tan cerca estaba de la muerte.

– Creo que eres sabio porque estas viejo, pero seguro que tienes menos años que yo.

– No son los años los que me han dado sabiduría, si no las decisiones que he tomado cuanto más consciente era de la cercanía de mi muerte.

– ¿Está bien que siga mirando a la nada?

– Pufff, qué se yo. A fin de cuentas, me limito a caminar hacia ninguna parte.

El labrador hizo un pequeño ruido, como un gemido, se puso en pie y se alejó lentamente de Amanda, que siguió viendo nada.

Y así se marchó el verano y el calor dejó paso al frío, a las lluvias y la nieve con la llegada de un nuevo invierno. Y más tarde se presentó la primavera. El verano no trajo rastro alguno del perro y un buen día de otoño, Amanda tuvo tantas ganas de mear que se levantó de la cama para ir al servicio. De camino pasó por la cocina y cogió una de las croquetas que su madre acababa de sacar de la sartén. Ella le preguntó si había estado llorando y Amanda respondió que sí, durante más de dos horas, desde que se encerró en su habitación, pero que ahora tenía ganas de ir al servicio.

– ¿Y vas a seguir llorando por esa tontería o vas a cenar con tu padre y conmigo?

Ella respondió que claro, que cenaría con ellos. A fin de cuentas, no puede uno estar llorando durante más de dos horas sin que le entre hambre.

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