Luz febril

No la vieron. Era una luz blanca que brillaba en el cielo. Todos estaban mirando la televisión, sin apenas sentir nada, pero mirando de todas formas. Entonces ella comenzó a brillar. Me llamó la atención porque era de día. Tenía que brillar mucho para que se la viera tanto con el sol en medio del cielo. Busque alguien con la mirada que también se hubiera fijado en ella, pero todos estaban pendientes de la televisión.

Salí corriendo a la calle. La luz brillante continuaba cayendo lentamente del cielo. Cada vez se hacía más grande. Intenté calcular el lugar en el que caería. No tenía por qué hacerlo en mi barrio, ni en mi ciudad, pero estaba seguro de que sería cerca. La miraba tanto que ella también debía haberse fijado en mí.

Entonces comenzó a llover y las gotas de agua trataron de borrarme la memoria. Querían que olvidase la luz, no sé por qué. Incluso formaron simas abisales en medio de la carretera y las disfrazaron de charcos para que me precipitara dentro de ellas, pero el Pepito Grillo que tengo metido en la cabeza me avisó del peligro y conseguí sortearlas. Después vino el viento, que me empujaba en la espalda cada vez que iba a girar por una calle. Apunto estuvo de conseguir que me pasara en dos o tres cruces. Entonces decidí esquivar la tierra y trate de andar a base de largas zancadas, casi dando saltos, para pisar lo menos posible el suelo, no fuera a ponerse también en mi contra.

La luz ya era casi como un mundo, pero no más grande que una pelota de tenis. Aterrizó entre la iglesia y el viejo supermercado, en un pequeño descampado. En casa, todos seguían mirando la televisión. Cuando llegué hasta ella me saludó. Le pregunte qué hacía allí y ella me respondió que nada, que simplemente estaba de paso, que dentro de un rato echaría a volar otra vez y se marcharía, pero que antes quería descansar un poco.

La lluvia seguía intentando borrarme la memoria y empezó a dolerme la cabeza. Me apetecía dormir, pero estaba seguro de que al despertar todo parecería un sueño y me dedicaría a ver la televisión, como todos los demás. Sentí miedo y le pedí que me llevara con ella, pero era demasiado pequeña para cargar conmigo y yo no podía respirar en el espacio. Entonces comenzó a cantar una canción y mi madre apareció de la nada. Se sentó en el suelo y me eché sobre su regazo. La nana era tan suave como un río de aguas cristalinas e inmóviles. Cerré los ojos y mamá se transformó en una pradera en la que podía sentirme a salvo de todo.

Al despertar, la luz se había marchado. Todo estaba frío, mis huesos, mi cara, la palma de mis manos y mi carne. La busqué en el cielo y salté todo lo fuerte que pude un par de veces para ver si conseguía echar a volar, pero fue inútil. El mundo se negaba a despegarse de la suela de mis zapatos y cada vez que yo saltaba él subía hacia arriba hasta atraparme de nuevo.

Me senté en medio del descampado y casi sin darme cuenta empecé a llorar. Cada  lágrima era una de las gotas de lluvia que se habían colado dentro de mi cabeza. Salían de mí llevándose un pequeño recuerdo de la luz y otras cosas que también brillaban. Los agarraban muy fuerte entre sus pequeños brazos acuosos y sonreían maliciosas, como si se hubieran hecho con un tesoro de incalculable valor. Y al final olvidé por qué estaba llorando, así que me puse en pie y decidí ir a casa para sentarme delante de la televisión, a ver si en ella encontraba recuerdos con los que llenar los huecos en blanco de mi memoria.

En el cielo, una estrella también lloraba por mí… y fraguaba un plan de rescate.

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