Forajidos

Teníamos un sueño compartido, cabalgar hasta que no quedara tierra alguna bajo los cascos de nuestros caballos. Éramos forajidos de sombrero de ala ancha, pesadas pistolas de ruleta y pañuelos cubriendo el rostro. Forajidos en medio de la ciudad, entre coches, motos, señores con traje y madres que volvían de la compra, pero forajidos a fin de cuentas, que era lo importante.

El día en que nos dieron caza acabábamos de dar un golpe en la cafetería que hay enfrente del viejo hotel. Pasamos horas robando tiempo y sueños. Creíamos tenerlo todo bajo control, pero en la puerta estaban esperándonos el sheriff y todos sus secuaces, con las sucias y polvorientas suelas de sus botas manchando el perfecto gris oscuro, casi negro, de la calzada. Creo que yo fui el primero en desenfundar. “Rápido, cúbrete en los coches”, le ordené. Él, tan descoordinado como aquel día en que la carísima taza de café de mis padres se le escurrió entre los dedos, apunto estuvo de dejar caer su pistola al suelo. Al final consiguió aferrarla con las dos manos y una embarazosa inseguridad. Por fortuna, los del sheriff tampoco eran tiradores expertos.

Podía escuchar las balas silbando a nuestro alrededor. Una señora pasó junto a mí con un rábano asomando de la bolsa de plástico, pero ningún proyectil llegó a impactarla. Era imposible que lo hiciesen. Ella no podía verlos.

La banda tenía un tercer compinche, pero fue el primero en caer. Tres agujeros decoraban su pecho. Con el rostro serio, nos miró sin reconocernos y farfullando, demasiado ocupado con todo, se fue para el otro barrio sin decir media palabra. Estaba aterrado. Ellos podían matarnos, pero nuestra munición apenas conseguía distraerles. Pensé que estábamos condenados y vi al cuarto de los nuestros derrumbarse en el suelo, mortalmente herido. Poco a poco se le iba a pagando la luz de los ojos, alejándose del mundo y de nosotros para acercarse a su mundo y a ellos. Sentí el gélido tacto de sus ilusiones moribundas bajo la palma de mi mano y la ira me encendió el ánimo. No creo haber disparado jamás con tanta rabia como lo hice entonces.

Habíamos aflojado el paso. Ese fue nuestro error, confiarnos. Nos dieron alcance por confiarnos y ya prácticamente habían conseguido rodear nuestra posición. Él y yo nos miramos y sonreímos, cansados, como sonríen los héroes de las historias épicas. “Hasta la última bala”, me rogó él.

Y del último rincón del mundo surgimos como dos diablos llegados del averno, en medio de un infierno de realidad, dispuestos a morir antes que rendir nuestras ilusiones a sus expectativas, esquivando balas y mordiendo plomo como sólo un par de románticos perdedores podían hacerlo… con clase. Con mucha clase.

2 comentarios to “Forajidos”

  1. Valiente forajido. Las palabras a veces pueden ser balas pero esa táctica seguro que te la sabes muy bien.

  2. También hay forajidos vestidos de traje. Yo soy uno de ellos.

    Aunque la mayoría de los que van disfrazados de traje son tiburones, o pececitos que fingen ser tiburones; los cuales van vestidos de traje.

    Que yo sepa, nunca has caído amigo.

    Y quizás algún día vuelva yo a levantarme…

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