Un día de lluvia

Empezó a llover y su inundaron las calles. Utilizamos la canoa de cruzar charcos para remontar las corrientes de agua hasta Correos. Quería decirle a mamá que estábamos bien. El pájaro mensajero, azul celeste y de pico naranja, repitió las palabras unas cuantas veces, hasta que su tono de voz terminó de convencer a Raúl. “Parece seguro de sí mismo”, me dijo asintiendo. Como yo no entiendo nada de seguridad, afirme inseguro con la cabeza, justo después de tener un espasmo en el dedo índice de la mano derecha.

Al salir descubrimos que un ladrón nos había quitado la canoa. La verdad, no me importó demasiado. Me dolían los brazos y estaba seguro de que habríamos terminado volcando. Raúl, sin embargo, se puso a blasfemar como un energúmeno hasta que unos agentes de policía vinieron a pedirte que te mantuvieras tranquilo. El pájaro mensajero pasó sobre nuestras cabezas y pude escuchar como iba repitiendo una y otra vez el mensaje. Estaba todo lo seguro que puede estar un inseguro de que a mamá aquello no le tranquilizaría en absoluto.

A mí siempre me gustó más el metro que los taxis, pero supongo que en una ciudad inundada tienes que acostumbrarte a viajar en globo. Es lento, pero menos húmedo que ir en submarino. El conductor nos fue hablando de fútbol, el tiempo y las golondrinas alopécicas, que se habían vuelto locas después de perder todas sus plumas. En aquel momento me dio pena, pera la verdad es que resultaban aterradoras. Una golondrina sin plumas no deja de mirarse el cuerpo, como un hombre sin ropa. Si yo estuviera en la calle sin ropa, tendría un auténtico ataque de pánico. Raúl no. Él aprovecharía para hacer posturitas absurdas. Siempre ha sido así, muy orgulloso de su absurdez.

Nuestro globo pinchó una rueda y tuvimos que parar en una nube a cambiarla. Desde allí arriba vi el mundo tal y como debió verlo Dios al parirlo, pequeño e insignificante. Le comprendí en seguida. A mí tampoco me importaban los problemas de toda la gentecita que estuviera allí abajo. Ni siquiera podía verles, ni ellos a mí, así que no tenía sentido que nos preocupáramos los unos por los otros. Había más gente en otras nubes. Supongo también pararon allí para arreglar cosas, o porque se habían perdido dando un paseo, y decidieron no volver a la tierra. Mi nube era esponjosa, sabía caramelo y tenía suficiente agua para pasar un par de semanas allí sin hacer nada más que ver el cielo.

Le dije a Raúl y al globero que me dejarán, que ya les llamaría si quería volver.

Se me hizo raro mirar como pasaba el tiempo. Quise conversar con él, pero nunca respondió mis preguntas más que con siseos. Me recordó a una serpiente sibilina arrastrándose junto a la suela de mis zapatos, dispuesta a picar en cualquier momento.

Traté de besar a la luna, pero estaba enfadada conmigo. La nube y yo nos pusimos tan tristes que empezamos a llorar. Me quedé sin agua antes de lo previsto. Llamé a la estrella más alejada de mi corazón y acudió corriendo a rescatarme.

Nada tiene sentido. Si acaso, el pasado, y sólo porque es mentira.

Una respuesta to “Un día de lluvia”

  1. Infinito Says:

    O una verdad a medias.

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