Almas paralelas

Todo acaba con un disparo, como suelen terminar las historias.

Sus ojos parecían un agujero negro dispuesto a tragarse mi alma además de la suya. Le miré mientras continuaba apagándose y… nada. Supongo que incluso la muerte es pueril cuando la observas de cerca… Que dos vidas sean paralelas no quiere decir que tengan la misma longitud.

Se hizo sacerdote antes de que yo llegara a ser pecador. Por las noches teníamos las mismas pesadillas. Sólo nos diferenciaba una cosa, él siempre llegaba al final del sueño. Supongo que eso le enseñó a temerse. El viento nos despeinaba el pelo, dejándolo exactamente igual. Era como si la naturaleza quisiera mandarnos un mensaje.

Rompió el espejo de su cuarto de baño en primavera. Yo lo hice un día de año nuevo. Me compré otro. No quería que los invitados pensaran cosas raras al verlo. A él nadie iba a visitarle jamás. Ni siquiera se molestó en limpiar la sangre de los trozos de cristal. Le gustaba mirar a través de ella, como si estuviera viendo una fotografía de su espíritu.

Nos conocimos una tarde de otoño, en un pequeño parque. Habíamos oído hablar el uno del otro, pero sin llegar a encontrarnos jamás, cosas de los pueblos grandes. Cuando sentí sus ojos, supe que me había visto exactamente como soy. Él estaba horrorizado y los niños jugaban en el parque, ajenos a los lobos. Comía pipas, yo, mientras él se escondía bajo la sombra de un árbol. No sentí miedo. Estaba seguro de que sería incapaz de delatarme. Se avergonzó y dejó de espiarme. Habría sonreído, pero sentí por él la lástima que nunca había sentido por mí.

Volvimos al parque. Yo esperaba mi presa y él aguardaba… No sé, me tenía intrigado. Al final no me interesaba nada más que su cuerpo culpable, aunque el pecador fuese yo. Así de cabrona es la moral. Él, tan recto y consciente. Tan condenado a ser infeliz. Una noche, al llegar a casa, me estaba esperando junto a la ventana. Intuí su presencia antes de encender la luz y decidí dejarlo todo a oscuras. “¿Has venido a detenerme?”, pregunté mientras trataba de recordar dónde estaba el candelabro. Respondió con una seca y breve negación. “He venido a que no me dejes empezar”. Le miré extrañado. “¿Aquí?”. “Donde quieras”. Nunca había confiado tanto en nada como en la voluntad que tenía aquel hombre de morir.

Cogí mi caja de los recuerdos antes de salir de casa. Cromos, peonzas, pulseras… nada era mío. Al verme con ella debajo del brazo, sacó una estampita vieja y usada. “Me la regaló mi abuela. Siempre ha estado conmigo”. Asentí, satisfecho. No era mi tipo y lo sabía, pero incluso en el sexo se pueden hacer trampas cuando te equivocas de pareja. Eso sí, no podía hacerlo con mis propias manos. El amor tiene sus reglas. Lo solucionó dándome una pistola. No sé si en algún momento llegó a querer que lo hiciera rápido o si siempre deseó sufrir.

La bala entró por su estómago, le atravesó y fue a incrustarse la pared del almacén. Tardó minutos en morir entre gritos de dolor. No me maldijo ni mostró arrepentimiento alguno. Parecía extrañamente feliz. Me pareció escuchar algo así como la sirena de un coche de Policía. Limpié el arma y la dejé en el suelo. Miré a mí alrededor y me pregunté dónde estaría escondida la cámara de vídeo. A lo mejor podía encontrarla antes de que llegaran los agentes.

Imposible.

Mire su cuerpo, en el suelo, hecho un ovillo, y le comprendí. No deseaba confesar ante nadie. La pistola aún estaba a mis pies y descubrí el asombro, la impotencia y el pavor de mis niños, tan estúpido como ellos.

Todo termina con un disparo, como suelen acabar las historias. Éramos líneas paralelas, con los mismos deseos, para bien y para mal. Difícil de explicar. Le echaré de menos allí donde voy. Espero no encontrarme con él.

2 comentarios to “Almas paralelas”

  1. Eiruceiram Says:

    Qué sorpresa más agradable, algo nuevo que leer!!!.

    • silvio11 Says:

      Creeme que casi más me sorprende a mí. La verdad es que últimamente se me venden caras las palabras. Por fortuna siguen pidiendo paso de vez en cuando, aunque sea a trompicones

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