Casualidad

 

Acaricia su escote como si fuera la entrada a un refugio secreto.

 

– Creo que el erotismo no es más que el anuncio de la pornografía que está por llegar.

 

Ella pasa la yema de su dedo izquierdo por el dorso de la mano de él.

 

– ¿Y esto también es erotismo? –Le pregunta provocadora.

 

– ¿Es un adelanto?

 

Sonríe… Sonríen.

 

Están tumbados, una encima del otro, de una de esas formas extrañas, casi onírica, en la que los cuerpos encajan con suavidad.  

 

La mano de él, la otra, puede jugar con el obligo desnudo de ella. A veces se acerca a su cintura, acariciando el borde del pantalón, como si fuera una frontera invisible.

 

– ¿La proximidad puede crear deseo?

 

– No, es el deseo quien provoca la proximidad.

 

Como si quisiera plantarle cara a tal afirmación, la mano se aleja del pantalón, del botón y de la cremallera metálica, pese al deseo. Vuelve al ombligo, al piercing de metal que atraviesa con violencia la carne provocando turbadores metáforas en la imaginación de él.

 

– ¿Tienes miedo de ceder antes que yo?

 

– Quiero que me lo pidas.

 

– Puede que ya lo esté haciendo, pero que tú no me escuches.

 

Su cuerpo se retuerce, igual que una culebra lividinosa, sobre el de él. Siente cada milímetro del suave movimiento en su piel. La mano se detiene en el abdomen de ella, estirándose al máximo, como si quisiera abarcar toda la piel que la rodea, compartiendo el placer que siente el resto del cuerpo.

 

– ¿Y ahora?

 

Cuando el minucioso escalofrío deja paso a la calma y una poco discreta erección, vuelve a recuperar el control de su mano, que desanda el camino recorrido desde el pantalón. Resueltos, sus dedos abren camino hacia el lugar en el que la piel de ella pierde el tacto de la seda. Escucha una leve aspiración dental, como de anhelo contenido. La imagina excitada.

 

– Puede.

 

Se pierde en el monte de Venus, como si fuera el centro de placer en vez de su antesala. Ella se deja llevar, excitada por la proximidad de las sensaciones.

 

No hay más palabras que sus respiraciones. Los dos cuerpos terminan de acoplarse mientras el sol se cuela por la ventana, a través del cristal, aumentando la temperatura dentro de la habitación, pero sin provocar más humedad que la nacida del deseo.

 

Los dedos bajan la cremallera con la misma tranquilidad con la que la cintura de ella continúa culebreando, tímida aún.

 

Cuando por fin vuelve a recorrer las montañas, ya es para cruzarlas.

 

El primer gemido suena a confirmación, pero a él le parece que hay algo de decepción en él, como si nada pudiera igualar al placer imaginado. Durante minutos, sólo se comunican con su propia carne.

 

Los violentos jadeos de ella lo dicen todo. Él disfruta de su orgasmo como si fuera propio, con la respiración profunda de un animal hambriento que lucha por contener su sed de sangre.

 

En la lejana calman que comparten antes de la despedida, los besos son tan necesarios como superficiales.

 

– ¿Imaginas lo que podría ser si al menos hubiera un poco de cariño entre notros?, le pregunta con indiferencia mientras vuelve a vestirse.

 

A veces el sexo es así de casual… y confuso.

Una respuesta to “Casualidad”

  1. Gaudy Says:

    Buen post y buena canción…

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