Reflejos

Me preocupaban los reflejos. Sobre todo, me preocupaba que no tuvieran un sindicato. Siempre escondidos al borde de todos los espejos, en tensión, esperando que pasásemos frente a ellos porque, creía yo, si algún día se despistaban, podíamos pensar que somos vampiros o algo así. La conciencia de nuestra propia humanidad dependía de los reflejos. Deberían tener, pensaba, además de sindicato, un plus de horas extras y cosas así. Sí, deberían. Un día incluso pregunté a mi reflejo sus reivindicaciones, pero no quiso romper el formalismo laboral con el que yo creía que encaraba su deber para conmigo. Por eso empecé a intentar hablar con los reflejos de otros, asomándome por encima del  hombro de mis amigos cada vez que entraban en el cuarto de baño o en un probador.

Mis amigos dejaron de hablarme, por cierto.

Creo que mi imagen les coartaba, a mis amigos y a sus reflejos. Ella es muy como yo. Muy de coartar a otros.

Creía yo que los reflejos sólo podían estar tranquilos por las noches, cuando los seres reales dormíamos. Menos en las casas de esos que tienen sus habitaciones llenas de espejos. A esos les recordaban, no ya su humanidad, si no su propia existencia. Si no se vieran al despertar cada mañana, todas esas personas que tienen tantos espejos se olvidarían de que son alguien y comenzarían a comportarse como si no fueran nadie, estando siempre callados y sin molestar a los demás… “No sabéis el flaco favor que hacéis al mundo recordando a esos reflejados que existen”, mascullaba por aquella época entre dientes.

A veces apoyaba el oído contra la pared, justo al lado del marco del espejo, para intentar escuchar algo de lo que decían todos los reflejos que estaban al otro lado, pero nunca lo conseguí. “Como son los reflejos, siempre tan profesionales… y sin sindicato”.

Me equivocaba en todo.

Ayer, de camino a casa, pasé por delante de uno de esos edificios de cristal, de los que tienen un montón de ventanas, y empecé a escuchar susurros a mi alrededor. Creí que eran los reflejos hablando de mí y de mi interés por ellos. Me acerqué a uno de los cristales, hasta encontrarme conmigo mismo, otra vez. Estudie cualquier rasgo de mi cara que no pareciera mío y me percaté de que aquel bien podría no ser mi reflejo, que conocía mis rasgos  porque siempre los veía en el espejo, pero ¿y si aquella no era mi cara? Así que se lo pregunté. “¿Eres yo?” Y me apresuré a afirmar con la cabeza, no fuera a negarme mi propia identidad. Y el autoengaño fue aún peor, porque descubrí que a lo mejor yo no soy más que lo que creo que soy. ¿Y si nunca he sido lo que soy sólo porque no he descubierto qué soy en realidad? “¿Enséñame quién debo ser?” Y me pareció que mi reflejo estaba a punto de echarse a reír. “¿Y si no soy nada más que la imagen de un cristal?”

¿Cabía la posibilidad de que yo fuera el reflejo y él la realidad? Siempre pensé que dominaba mis actos, pero a lo mejor era yo quien viajaba de espejo en espejo, caminando por un mundo de cristal que podía romperse en cualquier momento, esperando sin saberlo que mi yo real cruzara por delante de un escaparate. Aquello tenía su lógica. Si mi vida no era nada más que un trabajo de reflejo, el mundo no tenía por qué tener sentido para mí. Sólo debía tenerlo para él. ¿Y si vivía una vida reflejada y mi trabajo no era nada más que la imagen distorsionada del trabajo de otro? ¿Y si mis propios pensamientos eran esos reflejos aberrantes que se forman en el agua de los ríos, siempre agitada?

Miré a mi yo real con lágrimas de desesperación en los ojos y él, a su vez, lloró otras de compasión, pues lamentaba que me hubiera dado cuenta de que vivía un reflejo.

Comencé a golpear el cristal y las sombras, que eran realmente quienes susurraban en aquella noche, se agolparon en torno a mí, expectantes. “Déjame entrar… Aquí ni siquiera tengo un sindicato para luchar por mis derechos”.

Asusté tanto a mi yo real, que decidió romper la entrada a su mundo de una sola patada. Yo, por mi parte, descargue toda mi rabia contra la ventana a esa otra vida perfecta. Y las sombras se partieron de risa disimulando sus carcajadas con el susurro del viento.

Seguí llorando en la calle durante horas. Era un reflejo sobrepasado por el mundo que tiene el deber de reflejar.

Una respuesta to “Reflejos”

  1. Eiruceiram Says:

    Qué genialidad!!!

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