Sin rostro

La chica de los ojos verdes no tenía rostro. Se lo robaron y decidieron encerrarle en una caja fuerte, justo detrás de la cama de matrimonio que ya nunca utilizaban. Le arrebataron la belleza y la sonrisa. Los labios y las cejas. Los pliegues de la piel y hasta la punta de la nariz. Era su cara el lienzo en blanco que espera ser dibujado.

Pero no pudieron robarle los ojos. Verdes, como el musgo de un bosque escondido en lo más profundo de la naturaleza. Un bosque en el que las hojas de los sauces acarician las aguas tranquilas del río. Un bosque nevado de helechos y tímidos caminos que se pierden entre la maleza. Como el musgo intenso de ese bosque era el verde de sus ojos, salvaje, húmedo y esponjoso.

Caminaba con la cabeza gacha, con el miedo con que caminan las personas a las que les han robado los rasgos faciales, temiendo que la gente comenzara a señalarla por la calle. Y se alegraba de no tener boca, porque así podía mantenerla cerrada sin esfuerzo. No hacía nada por destacar entre la multitud y su alma permanecía escondida con naturalidad entre documentos de oficina repetitivos, blancos y aburridos.

Pero no pudieron robarle los ojos.

Aprendió a mirar de una forma distinta. El verde del iris lo teñía todo con el color de una vida marcada por la ausencia de su belleza robada. A veces se quedaba absorta durante varios minutos, mirando un rincón aparentemente vacío, viendo allí lo que otros no podían ver, imaginar ni mucho menos entender. Lo miraba mientras algo comenzaba a bullir en su interior, hasta que la nada volvía a ser la ausencia de todo y las emociones de los rincones vacíos se quedaban, otra vez, sin sentimientos, hasta que todo dentro de ella volvía a estar en calma. Porque a veces, el filtro verde de sus ojos le permitía ver emociones flotando en el aire. Emociones intensas que se le grababan en el verde de los ojos, más allá del iris, en el centro del estómago. Hasta en las pisadas del suelo podía adivinar una sonrisa… o una lágrima.

La chica de los ojos verde solía dejar que el pelo le cayera sobre la cara, como una máscara.

Fue un día, un día extraño. Una hormiga iba hacia algún lugar del que sin duda terminaría volviendo exactamente por el mismo camino. Y la pantalla del ordenador parpadeó otras tres veces antes de quedarse encendida. El ventilador seguía haciendo sus mismos zumbidos y el sol estaba donde solía estar siempre a eso de las cinco de la tarde. Fue un día extraño en el que todo era exactamente como tenía que ser, aunque el pulso en su muñeca andara deprimido. Levanto la cabeza y… sus compañeros, la oficina, los muebles y las conversaciones se convirtieron en una pequeña obra de arte que no terminaba de tener sentido. Sus ojos verdes lo veían, su estómago lo sentía, pero ella no conseguía entenderlo… y comenzó a asfixiarse.

Salió a la calle en busca de aliento con el que llenar sus pulmones, pero sólo encontró el abrasador calor del verano y el rastro de cientos de emociones flotando en el aire, viajando de un lado como si nadie pudiera verlas. Nadie excepto ella. Y se siguió asfixiando. Andó por la calle esperando reactivar sus pulmones, pero sólo conseguía aspirar sentimientos que amenazaban con colapsar sus ojos verde. Y  continuó asfixiándose. Se quitó el pelo de la cara para buscar con los agujeros de su nariz sin punta una ráfaga de aire fresco y a punto estuvo de vomitar emociones. Empezó a correr.

Corrió hasta llegar a un parque, al agua de una fuente, a tres briznas de hierba secas y a dos familias con sus juegos. Entonces descubrió que sentía miedo, felicidad, tristeza y duda a la vez, que de tanto mirar a la nada ya veía todo en cualquier parte. Y además de ver, podía sentirlo, como si cada centímetro de espacio tuviera una vida propia que sólo ella pudiera apreciar. De tanto ver y respirar emociones se convirtió ella misma, la chica sin rostro, en un sentimiento. Y comenzó a llorar, no por nada, si no por todo. Trató de secarse las lágrimas con la manga de la camisa y descubrió que las suyas eran lágrimas verdes, así que buscó un cuarto de baño en el que esconderse. Pobre chica de belleza robada, con ojos y lágrimas verdes. Dentro del baño chocó con su propio reflejo y tras mirarse unos segundos, estuvo segura de que las lágrimas les estaban destiñendo el verde de los ojos. Y por el camino que seguía cada una de ella se le volvía a dibujar el rostro, rescatado de la caja fuerte gracias al verde de su alma que, de tanto estar prisionera, al final decidió desbordarse.

Y aquello no era nada más que el principio.

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