De pieles habitables y mentirijillas: el buen narrador

Nota: Fin de vacaciones. Hemos vuelto después de 15 días de asueto y espero que un poco más relajado. Siento lo abandonado que tengo esto. Lo siento sobre todo por mí, que necesito desparramar por alguna parte, aunque ahora el cuerpo me pida sobre todo cine… Pues eso, que hola y espero que el verano haya sido agradable y bondadoso con todos.

 

LA PIEL QUE HABITO

 

Un narrador hábil puede hacer digerible casi cualquier cosa. Por eso a veces es un error juzgar una obra artística como un todo en sí mismo. Es necesario distinguir qué y cómo. Es el caso de Almodóvar, que cada vez va siendo mejor narrador, aunque ya no sepa qué decir. Quizás por miedo a repetirse a sí mismo, el manchego ha intentado dar un giro de 180 grados con su último largometraje. La piel que habito trata un tema habitual en su filmografía, el del transformismo y la transexualidad, pero desde una perspectiva completamente diferente. Si antes sus transexuales eran personajes liberados, ahora el cambio de sexo se convierte en una probable cárcel. Probable, porque una de las grandes preguntas que parece querer lanzar la película es si el cuerpo puede ser capaz de construir a la persona. Por desgracia, ni el mismo director profundiza en ese camino.

 

La piel que habito tiene ritmo y tiene truco. El truco es la fragmentación del relato. Almodóvar rompe la unidad temporal para tratar de sorprender al espectador y, sobre todo, de despistarle. Después de un primer tercio flojo en el que personajes e historia no muestran más que carencias, mención especial merece el crispante Roberto Álamo, Almodóvar empieza su juego de manos. La idea es tratar de vender una historia imposible, aséptica y fría. No es mala, pero su ejecución sí. No por culpa del Almodóvar realizador, si no del guionista. Curioso. El hombre que tanto y tan torpemente contaba cosas en sus inicios, se ha reconvertido en un funcionario del celuloide. Los planos made in Pedro siguen ahí, como ese lametón de Álamo al televisor, la escena de los consoladores o una maniatada Marisa Paredes, pero parecen tan forzados que bien podría ser obra de un imitador. La riqueza del mundo interior del personaje de Elena Anaya no pasa de la sugerencia y las extremas interpretaciones de los actores, ya sea la frialdad de Banderas o el exceso de Álamo, no logran crear la fábula grotesca que persigue el director.

 

Intrascendente; entretenida; provocadora en el origen de la idea, pero no sobre la pantalla; onanística en la aparición del hermano del director, aunque sea de lo mejor de la película; y aún así superior a tanto y tanto largometraje sin intención. Almodóvar falla, pierde energía y no logra encontrar sus herramientas, pero aún así busca algo. Ese es uno de sus pocos méritos.

 

PEQUEÑAS MENTIRAS SIN IMPORTANCIA

 

Tan hábil tras las cámaras como Almodóvar podríamos decir que es Guilleme Canet. Actor durante el grueso de su carrera, los tres largometrajes que ha llevado a la gran pantalla han servido para convertirle en un respetado director. En esta ocasión, arropado por un elenco de solvente actores, ha decidido apostar por una comedia dramática coral. Comedia, por pasajes puntuales, y dramática, por el fondo de la historia. Su mayor mérito: hacer que dos horas y media de película pasen de puntillas por la retina del espectador. Canet consigue un equilibrio preciso entre todas las historias que se desarrollan dentro de este grupo de amigos que, con uno de ellos gravemente herido en el hospital, parte a la playa para cumplir con sus tradicionales vacaciones veraniegas.

 

Canet, aunque intente ser profundo, no va más allá de los temas ya tratados por tantos otros. Dispara contra la debilidad de las relaciones humanas, del amor y la amistad, uno de los enemigos preferidos del cine, el teatro y la literatura. No es original, pero una vez más el cómo sirve para camuflar el qué. En un mundo lleno de largos planos y silencios incómodos, Canet prefiere golpear con rapidez y retirar la mano. En algunos casos incluso se le podría acusar de cobardía, ya que leva anclas antes de que puedan apreciarse las reacciones del estallido emocional. Sin embargo, la estrategia le funciona. Pequeñas mentiras sin importancia no habla con crudeza al espectador, pero tampoco le incomoda. Le lleva de la mano por un camino en el que la acción sustituye a la reflexión. El optimismo del director contrasta con el pesimismo de la historia y por eso los momentos puntuales en los que apuesta por la confrontación resultan más efectivos.

 

Inteligente y mediterráneo (no en todos los países comprenden que los hombres puedan saludarse con dos besos en las mejillas), Canet no pasará a la historia como un brillante analista de las relaciones humanas, pero sí como un hábil director capaz de hacer que los clichés que representan sus personajes encajen con suavidad en un engranaje global. Y que narices, pocos son capaces de hacer una película de dos horas y media que no dé ganas al espectador de cortarse las venas.

4 comentarios to “De pieles habitables y mentirijillas: el buen narrador”

  1. eiruceiram Says:

    Esto está vacío!. Parece que las letras sin su dueño cerca son la única estela que habita el fondo oscuro de este blog. Ahora incluso el silencio de los comentarios suenan a despedida. Espero que en algún momento vuelvas a compartir cosas en está “verticalidad extraña”.

  2. Blog… Descansa en paz..

  3. Algunos echamos de menos leerte.

  4. Yo echo de menos criticarte… jopetas

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