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Osito y Martín

Posted in extensos microrrelatos with tags on enero 9, 2012 by silvio11

Fue la única nevada de todo el invierno. La capa de nieve tenía casi tres dedos de grosor y crujía cada vez que Martín la aplastaba con sus pequeñas botitas de plástico azul. Un grueso abrigo del mismo color y su gorro de lana blanco, a juego con los guantes, le protegían del frío. Era poco más que un par de ojos jugetones asomando sobre la bufanda. Apenas habría notado la mano de mama si no hubiera sido porque ella le agarraba con fuerza, obligándole a avanzar y avanzar. El callejón era estrecho y silencioso, aunque podía escuchar el bullicio que le esperaba unos metros más adelante, en la calle Mayor. Incluso el resplandor de las luces navideñas que la decoraban les urgía a abandonar cuanto antes la oscuridad de aquel lúgubre atajo.

Fue entonces cuando Martín se dio cuenta de que Osito se había perdido.

En realidad fue a él a quien se le escapó. Giró la cabeza, asustado, para saber dónde estaba. Intentó empujar de mama para que se detuviera e incluso gritar, pero el ruido de la Navidad se impuso a sus gritos. Lo último que vio antes de abandonar el callejón fue a Osito, medio enterrado en la nieve, tan silencioso como siempre y con sus grandes ojos marrones abiertos. Los copos seguían cayendo sobre su pelaje, dándole una tonalidad aún más oscura al convertirse en agua. Osito no dijo nada. Sólo mantuvo su patita derecha extendida, como esperando que Martín volviera a  buscarle.

Martín lloró, lloró y lloró hasta olvidarle. Se convirtió en una anécdota, en unas risas para las comidas familiares cuando el niño se hizo mayor y en una mirada melancólica sin nombre concreto, porque Martín nunca llegó a conocerse lo suficiente como para descubrir a qué se debía la tristeza que le asaltaba con la llegada de las solitarias nevadas invernales.

Osito debió morir de frío o pulmonía, sin hogar alguno en el que poder calentarse junto al radiador. Nadie se preguntó nunca qué habría sido de él ni volvió a buscarle, por si hubiera sobrevivido a las bajas temperaturas. Su corazón de peluche quedó en manos de la luna, perdido en el callejón más oscuro de la ciudad.

Osito quería a Martín y sólo la fragilidad de su patas de poliester le impidieron ponerse en píe y salir corriendo detrás de él. Habría llorado, pero sus ojos eran dos botones de plástico sin glándulas lacrimales, y tampoco era capaz de hablar. Solo podía querer y ¿acaso no era aquella una habilidad inútil para un peluche perdido?

“Nunca fuimos soñadores, ilusos ni afortunados”, se dijeron Raquel y Marcos poco antes de separar sus caminos. Ella rompió a llorar. Él no. Cosas de los tópicos. A él le entraron ganas de echar a correr, pero no sabía donde dirigir sus pasos, así que se quedó en casa. Ella quiso tumbarse en la cama y dormir hasta que llegara un mañana en el que todo brillara más, pero las paredes gritaban y gritaban. Al final se vio obligada a huir de su vida y de sí misma solo para dar esquinazo al dolor.

Osito les vio pasar a ambos, cabizbajos y temblorosos, pero ninguno si fijó en él. Estaban demasiado ocupados mirándose a sí mismos. Le hubiera gustado dejarse abrazar por ellos para que se sintieran mejor, aunque sabía que ahora no olía demasiado bien ni tenía buen aspecto. Ya no caía nieve, pero el agua se iba mezclando con la suciedad y él mismo había terminado por convertirse en una rata más de la calle.

Natalia veía pasear a su amiga Jimena arriba y abajo, como un sonámbulo condenado a no despertar jamás, solo que Natalia no conocía el significado de la palabra sonámbulo. Estaba triste por sus padres y echaba de menos todo de ellos. Las caricias, los abrazos, los besos, el olor del pelo de mama y las cosquillas que le hacía la barba de papa. Natalia quería decirle algo a Jimena que la hiciera volver a sonreír, pero aquella Navidad los sentimientos andaban algo faltos de palabras.

En la calle, las luces volvían a brillar una noche más. Los niños y sus padres reían tanto y tan fuerte que ahogaban los sollozos de quienes se acurrucaban en los rincones ocultos de la tristeza.

A Carlos le gustaba una niña de clase. Era el más rápido de todo su curso, pero aquello no fue suficiente para llamar su atención. Ella era más… Otra cosa. No se fijaba en las carreras. Carlos la veía mirar el aire de una forma extraña. “Es por la música”, le explicó ella. Su padre era músico, bailarín y le había enseñado que cada personas era como una canción. Así que ella, cuando miraba a sus compañeros, distinguía claramente las notas flotando alrededor de ellos. Les veía bailar su propia canción y, por el ritmo o la armonía con que lo hacían, podía saber cómo estaban.

El papa de Carlos no era bailarín ni músico, ni sabía nada de las personas canción.

Poco antes del desfile de reyes, todos los barrenderos salieron a la calle para limpiar la ciudad. Uno de ellos se dio de bruces con Osito y a punto estuvo de meterlo en un cubo con el resto de basura. Desastrado, como estaba, no parecía nada especial, pero el barrendero llevaba muchos años en el oficio. No sabía nada de magia, de cuentos, de aventuras ni de risas, o al menos no era un especialista en nada de eso. Él, de lo que sabía, era de basura y aquel Osito no lo era. Nada que fuera basura podía tener tanto amor encerrado en unos ojitos de plástico. Si acaso, había tenido un mal día.

El basurero rescató a Osito y decidió darle un lavado de cara. Le puso un par de botones en el pecho, como si llevara un traje, y limpió sus patitas con esmero. También saco brillo a sus ojos para que se le viera mejor el amor y peinó cuidadosamente su pelaje para que volviera a estar suave.

Un día después, se lo regaló a su hijo Carlitos, que corrió muy rápido por la calle para poder llevárselo lo antes posible a Natalia. Quería demostrarle que su papa también sabía hacer magia. En cuanto lo vio, Natalia pudo ver con claridad la música de Osito, que era capaz de abrazar siendo abrazado, y se lo cambió a Carlos por un beso en la mejilla. Jimena no dijo nada, pero sonrió a Natalia cuando ella le regaló el peluche y ya siempre fueron amigas. Cuando Marcos fue a buscar a su hija a casa de los abuelos, les preguntó por aquel extraño osito de peluche que se empeñaba en llevar de un lado a otro. Ellos intentaron contarle la historia, pero ni siquiera la conocían entera. Aquella noche, Jimena abrazó a su padre y le regaló a Osito. Él lloró y por fin tuvo fuerzas para asumir su propia debilidad.

Martín respira profundamente mientras observa los copos de nieve caer al otro lado de la ventana, con los ojos repasando cada palmo de suelo en busca de algo. Su mujer le besa en la mejilla. Se enamoró de él un día de nieve. “A veces tu mirada es la de un niño perdido”, le explicó ella una noche después de hacer el amor. Se quedó pensativo un rato y la abrazó muy fuerte para asegurarse de que seguía con él. “Creo que no es exactamente eso”.

Sin rostro

Posted in extensos microrrelatos with tags on junio 19, 2011 by silvio11

La chica de los ojos verdes no tenía rostro. Se lo robaron y decidieron encerrarle en una caja fuerte, justo detrás de la cama de matrimonio que ya nunca utilizaban. Le arrebataron la belleza y la sonrisa. Los labios y las cejas. Los pliegues de la piel y hasta la punta de la nariz. Era su cara el lienzo en blanco que espera ser dibujado.

Pero no pudieron robarle los ojos. Verdes, como el musgo de un bosque escondido en lo más profundo de la naturaleza. Un bosque en el que las hojas de los sauces acarician las aguas tranquilas del río. Un bosque nevado de helechos y tímidos caminos que se pierden entre la maleza. Como el musgo intenso de ese bosque era el verde de sus ojos, salvaje, húmedo y esponjoso.

Caminaba con la cabeza gacha, con el miedo con que caminan las personas a las que les han robado los rasgos faciales, temiendo que la gente comenzara a señalarla por la calle. Y se alegraba de no tener boca, porque así podía mantenerla cerrada sin esfuerzo. No hacía nada por destacar entre la multitud y su alma permanecía escondida con naturalidad entre documentos de oficina repetitivos, blancos y aburridos.

Pero no pudieron robarle los ojos.

Aprendió a mirar de una forma distinta. El verde del iris lo teñía todo con el color de una vida marcada por la ausencia de su belleza robada. A veces se quedaba absorta durante varios minutos, mirando un rincón aparentemente vacío, viendo allí lo que otros no podían ver, imaginar ni mucho menos entender. Lo miraba mientras algo comenzaba a bullir en su interior, hasta que la nada volvía a ser la ausencia de todo y las emociones de los rincones vacíos se quedaban, otra vez, sin sentimientos, hasta que todo dentro de ella volvía a estar en calma. Porque a veces, el filtro verde de sus ojos le permitía ver emociones flotando en el aire. Emociones intensas que se le grababan en el verde de los ojos, más allá del iris, en el centro del estómago. Hasta en las pisadas del suelo podía adivinar una sonrisa… o una lágrima.

La chica de los ojos verde solía dejar que el pelo le cayera sobre la cara, como una máscara.

Fue un día, un día extraño. Una hormiga iba hacia algún lugar del que sin duda terminaría volviendo exactamente por el mismo camino. Y la pantalla del ordenador parpadeó otras tres veces antes de quedarse encendida. El ventilador seguía haciendo sus mismos zumbidos y el sol estaba donde solía estar siempre a eso de las cinco de la tarde. Fue un día extraño en el que todo era exactamente como tenía que ser, aunque el pulso en su muñeca andara deprimido. Levanto la cabeza y… sus compañeros, la oficina, los muebles y las conversaciones se convirtieron en una pequeña obra de arte que no terminaba de tener sentido. Sus ojos verdes lo veían, su estómago lo sentía, pero ella no conseguía entenderlo… y comenzó a asfixiarse.

Salió a la calle en busca de aliento con el que llenar sus pulmones, pero sólo encontró el abrasador calor del verano y el rastro de cientos de emociones flotando en el aire, viajando de un lado como si nadie pudiera verlas. Nadie excepto ella. Y se siguió asfixiando. Andó por la calle esperando reactivar sus pulmones, pero sólo conseguía aspirar sentimientos que amenazaban con colapsar sus ojos verde. Y  continuó asfixiándose. Se quitó el pelo de la cara para buscar con los agujeros de su nariz sin punta una ráfaga de aire fresco y a punto estuvo de vomitar emociones. Empezó a correr.

Corrió hasta llegar a un parque, al agua de una fuente, a tres briznas de hierba secas y a dos familias con sus juegos. Entonces descubrió que sentía miedo, felicidad, tristeza y duda a la vez, que de tanto mirar a la nada ya veía todo en cualquier parte. Y además de ver, podía sentirlo, como si cada centímetro de espacio tuviera una vida propia que sólo ella pudiera apreciar. De tanto ver y respirar emociones se convirtió ella misma, la chica sin rostro, en un sentimiento. Y comenzó a llorar, no por nada, si no por todo. Trató de secarse las lágrimas con la manga de la camisa y descubrió que las suyas eran lágrimas verdes, así que buscó un cuarto de baño en el que esconderse. Pobre chica de belleza robada, con ojos y lágrimas verdes. Dentro del baño chocó con su propio reflejo y tras mirarse unos segundos, estuvo segura de que las lágrimas les estaban destiñendo el verde de los ojos. Y por el camino que seguía cada una de ella se le volvía a dibujar el rostro, rescatado de la caja fuerte gracias al verde de su alma que, de tanto estar prisionera, al final decidió desbordarse.

Y aquello no era nada más que el principio.

En conserva

Posted in extensos microrrelatos with tags on junio 9, 2011 by silvio11

Hablaban de los bichitos que viven en los rayos de luna. De las sombras que se escapan de sus dueños para fundirse con el sol y de los coches que siempre quisieron ser bicicletas. Alguna vez, incluso llegaron a hablar de las personas que realmente estaban destinadas a ser, aunque siempre sin demasiada convicción.

 

“Quizás deberíamos empezar a conservar nuestras conversaciones”. Algunas ideas, por simples, tienen su lógica. Pasaban todo el tiempo charlando sobre tonterías, como si sus pensamientos y palabras no fueran a agotarse jamás. Una noche, en el duermevela, a él le entró un pánico atroz. ¿Y si el día de mañana todo sonara a ya conversado? “Podríamos alargar un poco más las que tenemos ahora o… apurar los silencios hasta que jugueteen con la incomunicación”. Intentó explicarla que en el abismo de las palabras podía encontrarse la emoción que necesitaban para no caer en la rutina. A ella, claro, la idea le pareció descabellada. “¿Y qué haríamos con nuestras ocurrencias reprimidas?”. “Apuntarlas en un papel”, respondió él. “¿Cómo los sueños que anotas durante la noche y que al llegar la mañana ya no tienen sentido?”. “O como las ideas para una buena novela que ganan consistencia con el paso de los años y la madurez”. “¿De verdad quieres que las locuras que nunca llegamos a decir en voz alta se hagan maduras?”. Él dudó. En realidad, no le gustaría que sus conversaciones envejecieran con ellos haciéndose pragmáticas y aburridas. “A lo mejor podríamos conservarlas en la nevera, junto a mi bote de pepinillos”. “¿Y eso no las pondría agridulces?” “Claro”, recapacitó. Hay que tener mucho cuidado con el lugar en el que se guardan las conversaciones. Si las pones con la cebolla, mañana te harán llorar, y si las colocas junto los pimientos de padrón, se volverán picantes.

 

Aquella noche, otra vez en el duermevela, trató de pensar en las conversaciones que había decidido no tener a lo largo de su vida. No las dejó de lado por un deseo consciente de ahorrar para el futuro. Más bien fue por educación o pudor. Algunas seguían dando vueltas por su cabeza y aún le parecían inapropiadas. Con el paso del tiempo, las oscuras se volvieron más tenebrosas. Algunas absurdas resultaron ser lógicas y las divertidas se hacían un poquito más cínicas a cada segundo que pasaba. Pese a todo, decidió arriesgarse y guardar un pensamiento bajo la alfombra.

 

Años después, cuando las arrugas ya surcaban su piel y necesitaba un bastón para caminar, la redescubrió casi por accidente, porque no hay mejor escondite que el olvido. Sonrió. Estaba tan… y se acercó mucho al oído de Laura para contársela. No le hizo gracia. Normal, era un pensamiento guardado durante su vida con Nuria. “Son las personas las que crean las conversaciones, por mucho que nosotros nos alimentemos de ideas”, conjeturó frente al vacío. “… Por eso todos podemos morir”. Y algo de polvo se le debió meter en los ojos, porque un molesto picor le hizo soltar un par de lagrimitas. “Esto me pasa por guardar pensamientos debajo de las alfombras”.

Reflejos

Posted in Estrambotismo, extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , , on junio 1, 2011 by silvio11

Me preocupaban los reflejos. Sobre todo, me preocupaba que no tuvieran un sindicato. Siempre escondidos al borde de todos los espejos, en tensión, esperando que pasásemos frente a ellos porque, creía yo, si algún día se despistaban, podíamos pensar que somos vampiros o algo así. La conciencia de nuestra propia humanidad dependía de los reflejos. Deberían tener, pensaba, además de sindicato, un plus de horas extras y cosas así. Sí, deberían. Un día incluso pregunté a mi reflejo sus reivindicaciones, pero no quiso romper el formalismo laboral con el que yo creía que encaraba su deber para conmigo. Por eso empecé a intentar hablar con los reflejos de otros, asomándome por encima del  hombro de mis amigos cada vez que entraban en el cuarto de baño o en un probador.

Mis amigos dejaron de hablarme, por cierto.

Creo que mi imagen les coartaba, a mis amigos y a sus reflejos. Ella es muy como yo. Muy de coartar a otros.

Creía yo que los reflejos sólo podían estar tranquilos por las noches, cuando los seres reales dormíamos. Menos en las casas de esos que tienen sus habitaciones llenas de espejos. A esos les recordaban, no ya su humanidad, si no su propia existencia. Si no se vieran al despertar cada mañana, todas esas personas que tienen tantos espejos se olvidarían de que son alguien y comenzarían a comportarse como si no fueran nadie, estando siempre callados y sin molestar a los demás… “No sabéis el flaco favor que hacéis al mundo recordando a esos reflejados que existen”, mascullaba por aquella época entre dientes.

A veces apoyaba el oído contra la pared, justo al lado del marco del espejo, para intentar escuchar algo de lo que decían todos los reflejos que estaban al otro lado, pero nunca lo conseguí. “Como son los reflejos, siempre tan profesionales… y sin sindicato”.

Me equivocaba en todo.

Ayer, de camino a casa, pasé por delante de uno de esos edificios de cristal, de los que tienen un montón de ventanas, y empecé a escuchar susurros a mi alrededor. Creí que eran los reflejos hablando de mí y de mi interés por ellos. Me acerqué a uno de los cristales, hasta encontrarme conmigo mismo, otra vez. Estudie cualquier rasgo de mi cara que no pareciera mío y me percaté de que aquel bien podría no ser mi reflejo, que conocía mis rasgos  porque siempre los veía en el espejo, pero ¿y si aquella no era mi cara? Así que se lo pregunté. “¿Eres yo?” Y me apresuré a afirmar con la cabeza, no fuera a negarme mi propia identidad. Y el autoengaño fue aún peor, porque descubrí que a lo mejor yo no soy más que lo que creo que soy. ¿Y si nunca he sido lo que soy sólo porque no he descubierto qué soy en realidad? “¿Enséñame quién debo ser?” Y me pareció que mi reflejo estaba a punto de echarse a reír. “¿Y si no soy nada más que la imagen de un cristal?”

¿Cabía la posibilidad de que yo fuera el reflejo y él la realidad? Siempre pensé que dominaba mis actos, pero a lo mejor era yo quien viajaba de espejo en espejo, caminando por un mundo de cristal que podía romperse en cualquier momento, esperando sin saberlo que mi yo real cruzara por delante de un escaparate. Aquello tenía su lógica. Si mi vida no era nada más que un trabajo de reflejo, el mundo no tenía por qué tener sentido para mí. Sólo debía tenerlo para él. ¿Y si vivía una vida reflejada y mi trabajo no era nada más que la imagen distorsionada del trabajo de otro? ¿Y si mis propios pensamientos eran esos reflejos aberrantes que se forman en el agua de los ríos, siempre agitada?

Miré a mi yo real con lágrimas de desesperación en los ojos y él, a su vez, lloró otras de compasión, pues lamentaba que me hubiera dado cuenta de que vivía un reflejo.

Comencé a golpear el cristal y las sombras, que eran realmente quienes susurraban en aquella noche, se agolparon en torno a mí, expectantes. “Déjame entrar… Aquí ni siquiera tengo un sindicato para luchar por mis derechos”.

Asusté tanto a mi yo real, que decidió romper la entrada a su mundo de una sola patada. Yo, por mi parte, descargue toda mi rabia contra la ventana a esa otra vida perfecta. Y las sombras se partieron de risa disimulando sus carcajadas con el susurro del viento.

Seguí llorando en la calle durante horas. Era un reflejo sobrepasado por el mundo que tiene el deber de reflejar.

Pies

Posted in extensos microrrelatos, La zapatilla parlante with tags on abril 27, 2011 by silvio11

Mis pies. Son mis pies. Siempre son mis pies. Ellos son los que toman la decisión. Cuando tengo miedo, cuando estoy cansado y cuando creo que no quiero seguir adelante. Siempre son mis pies.

El enano subió a lo alto de la montaña para sentirse más alto que el resto del mundo. Al llegar arriba, se detuvo a mirar con orgullo la pequeña villa que había abandonado unas horas antes, pero se aburrió pronto de ella. Entonces vio en el horizonte otros pueblos que nunca había visitado y volvió a sentirse pequeño. Días más tarde volvió a salir de casa, esta vez para no volver. Era poco lo que podía ver en el polvoriento camino que le llevaría hasta la ciudad. Las promesas del horizonte ya no existían, pero vencer el miedo con cada paso le hacía sentir grande.

Son los pies. Son mis pies. Siempre son mis pies. Qué haré si mis pies deciden dejar de caminar. Son mis pies. En ellos termina la fantasía y comienza la realidad.

Mi mariposa vivía en otro mundo, pero cruzaba realidades para llegar volando hasta el mío. No era una mariposa como la de los cuentos. Sus colores no eran brillantes ni alegres, sino morados y negros. Tristes y apagados colores morados y negros, pero venía volando a mí todos los días, para ver cómo estaba. ¿Acaso no era eso suficiente? Yo, a cambio, admiraba su torpe vuelo. Supongo que éramos la pareja más triste y deprimente del mundo. Un día comenzó a golpear la puerta de la calle. Una y otra vez se lanzaba contra ella. Al final la abrí y salio disparada por ella, pero esperando que la siguiera. Lo hice. Bajo la luz del sol, se alejó volando de mí y yo me perdí andando del mundo.

Solo mis pies. Sin ellos…

El día que la ciudad decidió abandonarle a su suerte él prometió que no volvería a pisar calle alguna. Se fue a vivir al monte, pero incluso los caminos en las praderas más vastas le recordaban estrechos y húmedos callejones lleno de humo, olores y reflejos en escaparates. Reconoció que al final su cuerpo acabaría obligándole a volver, pero incapaz de aceptar la debilidad de su orgullo decidió extraviarse aún más adentro de la arboleda. En la densidad del bosque más cerrado del mundo, encontró un pequeño riachuelo junto a la promesa de un camino, apenas horadado por las pisadas de una docena de caminantes. Lo siguió durante días hasta llegar a un cruce situado en medio de la nada. En él le esperaban un enano y otro tipo, uno tan perdido como él que parecía estar enfadado con una mariposa que revoloteaba zalamera a su alrededor. Los cuatro se miraron sin saber muy bien qué decir… así que no abrieron la boca.

Son mis pies. No se si van a alguna parte, pero me salvan de la inmovilidad… si es que es mejor estar en movimiento que permanecer quieto.

Y echaron a andar.

No son nada más que mis pies.

Canción de amor

Posted in extensos microrrelatos with tags on abril 15, 2011 by silvio11

Mi tío Jacinto tenía la costumbre de tocarse el corazón para comprobar que continuaba latiendo. Siempre hemos sido muy de estupideces en mi casa, pero no hay nada como la obsesión de mi prima Savanha con su canción de amor.

La encontró en Youtube y le gustó tanto que decidió compartirla con su novio. No sé cuánto tiempo estuvo saliendo con él, pero todos los días la escuchaba. Cuando rompieron, Savanha también acabó con la canción. Supongo que le recordaba demasiadas cosas.

El día que volvió a encontrarse con el chico, todo iba bien hasta que la nueva pareja de él comenzó a tararearla de forma inconsciente. Aquello le rompió el alma.

En cuanto llegó a casa entró en Youtube para recriminarle su traición. Podía comprender que entre las personas los sentimientos terminaran, pero entre las personas. “¿Cómo puedes acariciarla igual que me acariciabas a mí”, le escupió a la pantalla del ordenador.

Savanha cuenta que la canción trató de explicarle que era sólo una canción, sin conciencia ni sentimiento de culpa. Si hubiera sido una bachata se habría pasado el día bailando, pero al ser una balada estaba siempre enamorándose de unos y otros. A ella tampoco terminaba de gustarle ese punto de nostalgia entregada que respiraban cada una de sus estrofas, ni el dramatismo de algunos versos. Habría preferido ser más independiente y dejar atrás todo aquello de “moriré sin ti”, “tendré que salir a buscarte”, “o qué terriblemente absurdo es estar vivo sin el alma de tu cuerpo”.

Savanha le dio un golpe a la pantalla, pero sin demasiadas ganas, como si fuera consciente de que acabaría perdonándola, y después de un silencio de varios segundos en los que nadie dijo nada, ni ella ni la canción ni los altavoces del ordenador, decidió darle al botón de Play.

La canción intentó acariciarla como nunca lo había hecho e incluso le prometió que todo saldría bien, aunque no podía saber si aquello era cierto. Savanha se dejó consolar y comenzó a leer los comentarios que la gente dejaba de su canción en Youtube, en busca de parejas que se amaban, rompían y se encontraban con el tiempo en medio de acordes y palabras desesperadas, casi como almas que buscan sentir el pasado en ver de recordarlo o soñar con un mundo de promesas eternas. “Nunca fuimos tan hermosos como cuando estuvimos condenados a muerte”, aseguró Duendedesalitre36. Y Savanha pincho en el icono del pulgar hacia arriba.

En otra habitación mi tío Jacinto se tocaba el corazón, como siempre, para estar seguro de que no había dejado de latir.

Amanda y el perro

Posted in Animalia, extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags on abril 12, 2011 by silvio11

Una tarde Amanda se dejo caer en medio de la calle. Fue un acto instintivo. Un segundo antes de hacerlo habría sido incapaz de predecir lo que estaba a punto de ocurrir. De repente sus músculos dijeron basta y ella se derrumbó.

Un chico joven corrió en su ayuda, pero antes de que pudiera llegar a tocarla, le pidió que la dejara allí tendida. Era la segunda vez que se sorprendía a sí misma en menos de 39 segundos. Respiró hondo y tranquilamente giró para apoyarse sobre su costado izquierdo. La gente se arremolinaba en torno a ella y alguien sacó el teléfono móvil para llamar a una ambulancia. Sin pararse a reflexionar, agradeció a todo el mundo su preocupación, “pero les importa apartarse, es que no veo nada”.

Se miraron unos a otros, indecisos. Sí, se había caído. Vale, estaba en el suelo, pero… no era como si hubiese perdido el conocimiento ni nada de eso. Desde el suelo, Amanda vio como la hilera de pies se abría para facilitarle una línea de visión de… “Perdone jovencita, ¿se puede saber qué esta mirando?” Le preguntó una señora mayor de esas que siempre llevan toquilla. Entrecerró los ojos, porque últimamente no andaba demasiado bien de la vista, y descubrió que no había absolutamente nada atractivo delante de ella. “No lo sé, pero quiero verlo”.

Alguien la llamó “jovenzuela” con tono despectivo. Otros se alejaron como de mentira, para seguir espiándola a cierta distancia. Y los hubo que siguieron empeñados en llamar a una ambulancia, pero Amanda se mantenía firme: “Quiero ver el mundo a nivel del suelo”. Como si estuviera en la cama, apoyó la cabeza encima del brazo.

Amanda se había dejado caer en medio de una plaza, junto a una pequeña fuente con un delfín metálico y deslucido por el paso del tiempo. Era verano y hacía calor. Por algún motivo, no tenía hambre, sed ni ganas de ir al cuarto de baño. Tampoco se ensuciaba en exceso. Los días pasaron. Su madre iba a verla todos los días y la Policía Local amenazó con expulsarla de allí, pero un movimiento masivo surgido de forma espontánea en las redes sociales consiguió que dejaran en paz a “La Filósofa de Huertaernando”, que era como se llamaba la plaza.

Pasó el calor, llegaron las lluvias e incluso nevó en invierno. En las noches más frías bajaba su madre, cojeando con su metro sesenta de altura y setenta kilos de peso, desde la otra punta de la ciudad con una gruesa manta de lana sólo para que ella le dijera, una y otra vez, que no tenía frío. También celebraron juntas la Nochebuena, aunque en fin de año se marchó a Toledo con sus otros tres hijos. Y Amanda no podía entender por qué seguía allí tumbada.

Una chica con muchos pendientes en las orejas y maquillada como un cadáver iba a tumbarse junto a ella las tardes de los martes y los jueves, de cinco a seis. Se turnaba con otra, una hippie, que la visitaba los lunes y miércoles, de seis y media o siete a ocho y media. Le hablaban de sus cosas mientras Amanda las escuchaba como quien ve una serie de televisión, sin acabar de creerse que fueran de verdad. Algún chico se sentaba esporádicamente para hacerle preguntas personales e incómodas, atraídos, suponía, por la debilidad que reflejaba la figura de una muchacha derrumbada en el suelo. Amanda no quería caballeros andantes, sólo deseaba que la dejaran ver nada.

Poco más pudo hacer con la primavera que olerla. Las flores en flor, el polén y todo eso le parecía que tenían el mismo aroma  que el fuet. Y así volvió el verano y con él su primer año como elemento decorativo de la Plaza de Huertaernando. La mayor parte de sus vecinos dejaron de llamarla filósofa y unos pocos empezaron a creer que realmente lo era, pues su tranquilidad no podía deberse más que a la sabiduría. Un par de monjes budistas se aficionaron a meditar junto a ella. El silencio de los dos tipos la desconcentraba, pero no se lo dijo porque intuía que eso podría haberles herido de verdad.

Una calurosa tarde agosto en la que comenzaban a sudarle las axilas, un perro pulgoso y negro azabache se tendió junto a ella.

– Por fin llegas, le dijo Amanda.

Él la miró, sorprendido.

– Perdone señorita, creo que me confunde.- Contestó mientras un largo hilo de baba se descolgaba entre sus dientes caninos.

– No, eres tú a quien he estado esperando.

– Pues yo me encuentro bastante seguro de que ésta es la primera vez que nos encontramos.

– ¿Y sólo por eso no podía esperarte?

– Si tiene dones precognitivos, sin duda podría haber estado esperándome. De otra forma, no sé quién podría haberla anunciado mi llegada. Llevo meses sin hablar con nadie y, por lo tanto, sin comunicar mis planes de viaje.

– Quizás es por eso –meditó Amanda-, porque llevas meses sin hablar con nadie y yo llevo meses intentando no hablar con nadie, sólo que no me dejan.

– Pues yo le juro que no le diré nada en cuanto demos por finalizada esta conversación.

El perro, un viejo labrador, parecía cansado. Respiraba con esfuerzo, como si le costara aspirar el aire, denso por el calor ambiental. Inclusos sus ojos estaban rojos, enfermos.

– Te mueres perro pulgoso, ¿no tienes miedo?

– ¿Y quién no se muere? – Contesto él antes de lamerse la pata derecha.- Tú miras sin saber que buscas, pero deseando verlo.

– Cierto, pero fácil, viejo perro pulgoso.

– Tan cierto y fácil como que me muero, chica derrumbada. – Ni siquiera la prestaba atención, atento como estaba al vuelo de una mosca.

– ¿Y qué hacemos?

– Yo me levantaré para seguir caminando a no sé dónde. Tú… no soy una chica derrumbada, soy un viejo perro pulgoso. No sé qué debes hacer tú, imagino que debería hacer yo, que no es poco. – Y se dio un lametón en algún punto indeterminado del hocico.- Hace un calor asfixiante.

– Es mejor en invierno. El frío te duerme las articulaciones y no sientes nadas.

– Sí, siempre es mejor no sentir nada… ¿Es eso lo que buscas?

– ¿Qué?

– El verano. Ya sabes, para que el calor te haga sentir algo.

– No sé, viejo perro pulgoso con conjuntivitis, ya me sudan un poquito las axilas por el calor.

– Ese el problema que tenéis tú y los tuyos, que en cuanto os sudan un poquito las axilas decís que tenéis calor y vais corriendo a poner el aire acondicionado. – Se lamentó el labrador.- ¿Sabes que a mí me cuesta respirar cada vez que hace tanto calor como ahora? El corazón me late muy rápido y con mis pezuñas soy incapaz de conectar el aire acondicionado de la casa que no tengo. Lo único que puedo hacer es buscar una sombra.

– Pues no será aquí donde la encuentres. En esta plaza no hay nada más que esa vieja fuente.

El perro cerró los ojos y volvió a abrirlos unas cuantas veces, muy rápido, como si estuviera intentando sacarse alguna legaña o algo así.

– Ya, pero me ha parecido que tenías ganas de hablar.

– Pero si me has dicho que no me dirías nada.

– En cuanto termináramos esta conversación.

Amanda se quedó callada un ratito, pensando en aquel viejo perro pulgoso con conjuntivitis que tan cerca estaba de la muerte.

– Creo que eres sabio porque estas viejo, pero seguro que tienes menos años que yo.

– No son los años los que me han dado sabiduría, si no las decisiones que he tomado cuanto más consciente era de la cercanía de mi muerte.

– ¿Está bien que siga mirando a la nada?

– Pufff, qué se yo. A fin de cuentas, me limito a caminar hacia ninguna parte.

El labrador hizo un pequeño ruido, como un gemido, se puso en pie y se alejó lentamente de Amanda, que siguió viendo nada.

Y así se marchó el verano y el calor dejó paso al frío, a las lluvias y la nieve con la llegada de un nuevo invierno. Y más tarde se presentó la primavera. El verano no trajo rastro alguno del perro y un buen día de otoño, Amanda tuvo tantas ganas de mear que se levantó de la cama para ir al servicio. De camino pasó por la cocina y cogió una de las croquetas que su madre acababa de sacar de la sartén. Ella le preguntó si había estado llorando y Amanda respondió que sí, durante más de dos horas, desde que se encerró en su habitación, pero que ahora tenía ganas de ir al servicio.

– ¿Y vas a seguir llorando por esa tontería o vas a cenar con tu padre y conmigo?

Ella respondió que claro, que cenaría con ellos. A fin de cuentas, no puede uno estar llorando durante más de dos horas sin que le entre hambre.