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El dilema de las magdalenas

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags on enero 24, 2012 by silvio11

Por las noches le gusta sentarse junto a la ventana y pensar en asteriscos… Bueno, no siempre, sólo los días en los que se siente al margen de todo. Y si tuviera que describir la cara que pone al comer sopa, diría que es como si estuviera pensando en castillos de arena, entre soñadora y melancólica… Era cuestión de tiempo que se le comieran sus propios pensamientos.

 

– Sí, sí, ese está bien –farfulla ensimismado mientras trata de localizar el barquillo perfecto entre cientos de ellos.-  Sí, sí y ese también.- Y ríe, inocente y desquiciado.

 

Al final coge uno y comienza a examinarlo de cerca.

 

– ¿Sabes? Hasta las magdalenas deben morir en el momento apropiado.

 

 

La magdalena estaba rellena de unas maravillosas pepitas de chocolate y recubierta por un delicado papel blanco con topitos morados. La habían dejado en la segunda repisa del armario de la cocina y Adelaida llevaba cosa de cinco minutos mirándola fijamente. El destino es simple, se dijo la magdalena. Tenía miedo de la oscuridad, pero conocía tantos y tantos bollitos que se habían ido secando con los años que… ¿Es un suicido cumplir con la vida? Nací para ser devorada. A nadie le gusta morir, ¿pero no es peor descubrir en el lecho de muerte que tu vida no ha servido para nada?

 

 

– Sí, sí, es bueno. – Y piensa en asteriscos de puntas redondeadas, en asteriscos a los que les faltan brazos y pasan por la vida como signos de multiplicar y en asteriscos que al llegar a casa descubren que un número pequeñito les ha robado la frase.

 

Un acto más… Sólo un acto más de diversión, locura y… ¿vida o superficialidad? Puede que sea lo mismo. Se pregunta cuál será el significado real de su próximo beso. ¿Un arrebato exultante de vitalidad o un remedio que se administra periódicamente para ahuyentar la soledad? El suicida obedece a sus impulsos, convencido de ser una magdalena.

 

Por cierto, más allá de los labios de Adelaida, la magdalena solo ve oscuridad.

 

A veces la noche protege… A veces la nada protege… A veces la muerte es acogedora.

 

 

Y pasa el resto de sus días buscando el barquillo perfecto, pensando en asteriscos y encerrado en sus propias ilusiones, incapaz de saber si tenía razón o no, pero soñando maravillosos castillo de arena que derriba el viento y lanzándose de cabeza dentro de los labios de una niñita con coletas y sonrisa infantil, como la magdalena que siempre ha sido.

De pieles habitables y mentirijillas: el buen narrador

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags , on septiembre 26, 2011 by silvio11

Nota: Fin de vacaciones. Hemos vuelto después de 15 días de asueto y espero que un poco más relajado. Siento lo abandonado que tengo esto. Lo siento sobre todo por mí, que necesito desparramar por alguna parte, aunque ahora el cuerpo me pida sobre todo cine… Pues eso, que hola y espero que el verano haya sido agradable y bondadoso con todos.

 

LA PIEL QUE HABITO

 

Un narrador hábil puede hacer digerible casi cualquier cosa. Por eso a veces es un error juzgar una obra artística como un todo en sí mismo. Es necesario distinguir qué y cómo. Es el caso de Almodóvar, que cada vez va siendo mejor narrador, aunque ya no sepa qué decir. Quizás por miedo a repetirse a sí mismo, el manchego ha intentado dar un giro de 180 grados con su último largometraje. La piel que habito trata un tema habitual en su filmografía, el del transformismo y la transexualidad, pero desde una perspectiva completamente diferente. Si antes sus transexuales eran personajes liberados, ahora el cambio de sexo se convierte en una probable cárcel. Probable, porque una de las grandes preguntas que parece querer lanzar la película es si el cuerpo puede ser capaz de construir a la persona. Por desgracia, ni el mismo director profundiza en ese camino.

 

La piel que habito tiene ritmo y tiene truco. El truco es la fragmentación del relato. Almodóvar rompe la unidad temporal para tratar de sorprender al espectador y, sobre todo, de despistarle. Después de un primer tercio flojo en el que personajes e historia no muestran más que carencias, mención especial merece el crispante Roberto Álamo, Almodóvar empieza su juego de manos. La idea es tratar de vender una historia imposible, aséptica y fría. No es mala, pero su ejecución sí. No por culpa del Almodóvar realizador, si no del guionista. Curioso. El hombre que tanto y tan torpemente contaba cosas en sus inicios, se ha reconvertido en un funcionario del celuloide. Los planos made in Pedro siguen ahí, como ese lametón de Álamo al televisor, la escena de los consoladores o una maniatada Marisa Paredes, pero parecen tan forzados que bien podría ser obra de un imitador. La riqueza del mundo interior del personaje de Elena Anaya no pasa de la sugerencia y las extremas interpretaciones de los actores, ya sea la frialdad de Banderas o el exceso de Álamo, no logran crear la fábula grotesca que persigue el director.

 

Intrascendente; entretenida; provocadora en el origen de la idea, pero no sobre la pantalla; onanística en la aparición del hermano del director, aunque sea de lo mejor de la película; y aún así superior a tanto y tanto largometraje sin intención. Almodóvar falla, pierde energía y no logra encontrar sus herramientas, pero aún así busca algo. Ese es uno de sus pocos méritos.

 

PEQUEÑAS MENTIRAS SIN IMPORTANCIA

 

Tan hábil tras las cámaras como Almodóvar podríamos decir que es Guilleme Canet. Actor durante el grueso de su carrera, los tres largometrajes que ha llevado a la gran pantalla han servido para convertirle en un respetado director. En esta ocasión, arropado por un elenco de solvente actores, ha decidido apostar por una comedia dramática coral. Comedia, por pasajes puntuales, y dramática, por el fondo de la historia. Su mayor mérito: hacer que dos horas y media de película pasen de puntillas por la retina del espectador. Canet consigue un equilibrio preciso entre todas las historias que se desarrollan dentro de este grupo de amigos que, con uno de ellos gravemente herido en el hospital, parte a la playa para cumplir con sus tradicionales vacaciones veraniegas.

 

Canet, aunque intente ser profundo, no va más allá de los temas ya tratados por tantos otros. Dispara contra la debilidad de las relaciones humanas, del amor y la amistad, uno de los enemigos preferidos del cine, el teatro y la literatura. No es original, pero una vez más el cómo sirve para camuflar el qué. En un mundo lleno de largos planos y silencios incómodos, Canet prefiere golpear con rapidez y retirar la mano. En algunos casos incluso se le podría acusar de cobardía, ya que leva anclas antes de que puedan apreciarse las reacciones del estallido emocional. Sin embargo, la estrategia le funciona. Pequeñas mentiras sin importancia no habla con crudeza al espectador, pero tampoco le incomoda. Le lleva de la mano por un camino en el que la acción sustituye a la reflexión. El optimismo del director contrasta con el pesimismo de la historia y por eso los momentos puntuales en los que apuesta por la confrontación resultan más efectivos.

 

Inteligente y mediterráneo (no en todos los países comprenden que los hombres puedan saludarse con dos besos en las mejillas), Canet no pasará a la historia como un brillante analista de las relaciones humanas, pero sí como un hábil director capaz de hacer que los clichés que representan sus personajes encajen con suavidad en un engranaje global. Y que narices, pocos son capaces de hacer una película de dos horas y media que no dé ganas al espectador de cortarse las venas.

Super 8

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags on septiembre 11, 2011 by silvio11

Mejor que la pornografía siempre será el buen erotismo, siempre. El erotismo capaz de sugerir situaciones que al espectador le parezcan reales, por imposibles que sean; el erotismo morboso que provoca espiar a otro; y el erotismo que capaz de meter al espectador en la piel de uno de los amantes. Spielberg en sus  E.T., Encuentros en la tercera fase y el Diablo sobre ruedas era un maestro del erotismo. J.J. Abrahams no es más que un pornógrafo.

 

Super 8 llega a las pantallas abalada por la nostalgia. El referente más cercano eran esos Goonies aventureros en los que Spielberg puso la mano de escritor y el olfato de productor. Referente y meta inalcanzable, porque Super 8 no logra darles alcance. No lo consigue, en primer lugar, por el tiempo y la ambientación. Los Goonies es una carrera contrarreloj que dura poco más de una noche y comienza en un día de tormenta para, después, dejarse arrastrar hasta un laberinto fantástico. Super 8 abarca varios días y personajes. Pierde la emoción de la aventura infantil que se encuentra sin buscarse, de la descarga adrenalínica casi constante. Además, pierde de vista otro factor importante: el minimalismo. La construcción de un microuniverso poblado por personajes entrañables.

 

Los Goonies sigue a un grupo de chicos. Las relaciones entre los amigos se refuerzan y crecen durante las aventuras. El espectador los conoce a todos por sus nombres y la historia navega tranquilamente entre la quimera infantil y el mundo real. El diablo sobre ruedas presenta el cara a ¿cara? entre dos personajes, uno real y el otro forzadamente demoníaco. En Tiburón, los momentos más memorables llegan cuando el reducido grupo de caza tiburones se echa al mar y no hay nada más atractivo en Encuentros en la tercera fase que la mística búsqueda de un aparentemente desquiciado Richard Dreyfuss. Todo está reducido a pequeños espacios, a una conexión íntima con los protagonistas.

 

En Super 8, pretendida heredera de esta época de oro, no hay nada de eso. Abrahams no profundiza lo suficiente en la relación del grupo de amigos. No deja que lleguemos a ellos hasta el último tercio de la película, cuando la propia acción comienza a darles auténtica personalidad. Todo lo demás es producto de esa otra película que el director tenía en mente, la de los amigos rodando una película en Super 8 que, efectivamente, no habría llegado a funcionar por sí misma. El resto de personajes, los padres de los dos jóvenes protagonistas y el profesor de ciencias y sus Lostianas películas, no eran necesarios. En cuanto al villano, no el alienígena, está pobremente dibujado y apenas tiene encanto. Un buen villano, sobre todo en estas películas de género, es tan necesario como respirar, ya sea un invisible conductor de camiones, un escualo gigante o unos fríos agentes del gobierno tan ajenos y aterradores como podrían serlo los propios alienígenas invasores. ¿Alguien ha olvidado la conquista de la casa de Elliot que hacen los federales en E.T. el extraterrestre? Ellos sí que eran “otra cosa”.

 

Después está el ordenador. Abrahams no necesitaba un monstruo gigante, pero parece creer que para impresionar a alguien hay que meterle un bicho gigante. Lo suyo, por desproporcionado, impide crear con el necesario clima de magia, misterio y terror infantil. Super 8 requería algo más de sutilidad. A veces, con esto de los efectos especiales, a uno le pasa como con la censura. Antes, cuando no se podía hacer todo, los creadores tenían que romperse la cabeza para sugerir. Ahora todo es mostrar, mostrar y mostrar, aunque no haya emoción por ninguna parte y todo sea tan vulgar como la pornográfica.

Pequeño repaso al cine del verano

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags , on agosto 16, 2011 by silvio11

Septiembre está más cerca de lo que parece, aunque antes que él llegará una última alegría: Super 8, el gran estreno del verano para un servidor, con permiso de Harry, Conan, Transformers, el Capitán América y el bueno de Woody. Sin embargo, antes de  la llegada de Abrahams el verano ya ha ido dejando algunas cositas:

 

Un cuento chino: Película escrita y dirigida por Sebastián Borensztein que se salva gracias a Ricardo Darín. Al argentino se le da de muerte hacer de hombre huraño con buen fondo… De hecho, se le da tan bien que corre el peligro de olvidar que es capaz de hacer otras cosas. La historia cuenta poco o nada. Una anécdota verídica que no viene demasiado a cuento sirve para introducir el elemento del realismo mágico. Por desgracia todo suena ha visto y el chino co-protagonista no se quita la careta de despistado en ningún momento. Si llegan a hacerla con dinero y actores del star system hollywoodiense todos coincidiríamos en que es un truño, pero al tener los nombres de Borensztein y Darin parece que da un poco más de cosica hacerlo.

 

Midnight in Paris: Ni el mejor Woody Allen, ni un nuevo Woody Allen, ni el Woody Allen más divertido, pero puede que sí el más correcto desde hace mucho tiempo. Con unos minutos iniciales dedicados a rodar un anuncio de París, el resto de la película navega por un mar de irrealidad que recuerda al dela Rosapúrpura del cairo. Inocente, divertida, despreocupada. Lo mejor de la propuesta es precisamente su ligereza e intrascendencia. Es una bromita agradable que aporta poco. Woody no hace nada nuevo ni revolucionario. Si acaso, vuelve a un terreno que conoce bien. Igual que Bruckheimer repite fórmula de explosiones cada año, Woody se repite a sí mismo. A unos les gustan los tiros y efectos especiales y a otros los diálogos ingeniosos que les hacen sentir inteligentes. Afortunado yo, que soy lo suficientemente estúpido como para disfrutar las dos cosas. Owen Wilson no es el alter ego definitivo de Allen, pero sí uno de los mejores.

 

El origen del Planeta de los Simios: La sorpresa del verano, para bien. Más inteligente de lo que se esperaba, pretende poner el acento en los personajes, aunque sin renunciar al espectáculo. Consciente de sus propias limitaciones, la película propone una historia sobre padres, hijos y otros simios. Ágil en su desarrollo y de metraje medido, sin ser un ensayo sobre la naturaleza humana sí que se arriesga a profundizar en sus protagonistas más de lo que, por ejemplo, profundiza Woody Allen en los suyos. Lithgow, Franco y Andy Serkis son una tripleta protagonista solvente y efectiva. La inclusión de una ella, Freida Pinto, por exigencias de la industria, se supone, sólo molesta… y mucho. Las escenas de acción son más que funcionales y el guión se muestra sólido, lo que no quita para que tenga sus incoherencias. Por desgracia, los mismos prejuicios que abarrotaron las salas para ver la versión de Tim Burton dejarán las de esta precuela medio vacías. Eso sí, por prometedor que pueda parecer Rupert Wyatt, que lo parece, es un crimen tener a Brian Cox a mano y darle un papelito de cabroncete en vez de un papelón de hijo de puta.

 

Harry Potter (no sé qué número): Ostias, ostias y más ostias. La última entrega de la saga mágica por excelencia está casi completamente dedicada al asedio a Hogwarts. Demasiado metraje para tan poca épica. A quienes hayan leído los libros les fascinará, supongo, pero la verdad es que sabe a poco. Demasiado predecible. Las pinceladas oscuras le sientan bien a la trama, pero el desenlace se merecía una mirada más detenida sobre las muertes de algunos personajes. Al espectador le dejan con la constante sensación de haberle robado metraje a la historia. Creo, firmemente, que habrá un versión extendida más épica con todos esos decesos de padres y hermanos que nos han escamoteado porque, sí, la última de Harry va de eso, de muertes y algún que otro magnífico secundario. Por cierto, desde aquí abro un debate: ¿Qué final es más ñoño, el de Harry o el del Señor de los anillos?

 

Capitán América: Estoy a punto de declarar a Joe Johnston enemigo de la humanidad… Pero todavía no me atrevo, sobre todo porque los realmente culpables son los de Marvel, por su evidente falta de coraje a la hora de hacer películas. Es cierto que se la jugaron con Thor, pero con el Capitán América iban de vendidos. La filmografía de Johnston habla por sí sola. Cine infantil que sólo consiguió despuntar mínimamente con Jumanji. Tanto Rocketeer como Cariño he encogido a los niños eran buenas para el sector al que iban dirigidas, creo que disfruté viéndolas de pequeño, pero de ahí no pasaban. Aunque Johnston, que ha suspendido todas sus pruebas de madurez (Cielo de Octubre y El hombre Lobo), sepa hacer productos entretenidos, como Océanos de Fuego o Parque Jurásico III, lo cierto es que éste Primer Vengador se le queda grande. Es un funcionario, no un creador. La película tiene una ambientación atractiva, pero sus personajes e historia son de segunda. Especialmente pobre es el resultado de las escenas de acción. Le falta más tensión que a Harry y le sobran planos de película de sobremesa. Nos la esperábamos peor, es cierto, pero al verla da la impresión de que no era tan difícil hacer algo interesante. Lo mejor, como siempre, los momentos dedicados a la creación del héroe. Por eso funcionan todas las primeras partes… Menos Linterna verde, claro… Perdón, casi me atraganto con un ataque de risa tonta.

 

Las que me faltaron del verano: Blackthorne, perfectamente disfrutable en DVD; Transformers 3, que si no la padecimos en cines, a santo de qué coño vamos a dejarla entrar en la santidad de nuestros hogares en formato de disquete plateado; y Pequeñas mentiras sin importancia, porque ver una peli francesa siempre me hace sentir más listo y además dicen que ésta es graciosa.

Polvo

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags on agosto 9, 2011 by silvio11

La habitación está vacía. Sobre la cama, una escuálida sábana recuerda tiempos mejores mientras permanece olvidada en una esquina del colchón. Las partículas de polvo reflejan los rayos de sol y parece que nieva luz sobre los muebles. La persiana gime, como si estuviera a punto de partirse por la mitad. Mira a su alrededor y trata de recordar la última vez que estuvo allí. Deberíamos haber cubierto los muebles con un plástico, se dice mientras pasa la yema del dedo sobre la mesilla de noche. Después la frota contra el pantalón para tratar de limpiarla. Estudia la silla en la que él acostumbraba a dejar la ropa del día siguiente. Parece desnuda. Comienza a picarle la nariz. Todo es silencio.

Se sienta sobre la cama y casi de forma impulsiva salta un poco sobre ella. Los muelles crujen, igual que sus recuerdos. Los fantasmas cruzan los copos de luz, brillando bajo ellos, y tuerce la cabeza para tratar de verlos desde una perspectiva diferente. De noche todo sería distinto, recordaría otras cosas, pero es medio día. Los fantasmas no se aman, ni se gritan, sólo conviven el uno junto al otro, brillando bajo la luz del sol.

Ignora la suciedad y los años. Tumbado en la cama trata de recuperar algún olor, pero no hay nada, sólo polvo. Todo huele a abandonado. Las partículas de polvo, de luz, flotan en el aire, rebotando contra los fantasmas de su memoria. Uno de ellos se tumba junto a él. Parece inmóvil… parece. Al final estira una mano y comienza a acariciarle el cabello, como hacía cada vez que él, siendo niño, no podía dormir y se colaba en su cama. Siempre le despertaban las caricias de aquella mano.  

Las lágrimas se escapan de los ojos y caen sobre el polvo del colchón. Escucha la voz de su padre llamándole desde el piso de abajo. Tiene prisa por irse de allí. Se pregunta si él también estará viendo fantasmas. Seca sus lágrimas antes de incorporarse. Sorbe mocos y se despide de ella. Una solitaria foto de matrimonio le dice adiós desde la mesilla. Es una de las pocas en las que sus padres salen sonriendo.

Encrucijada

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on agosto 5, 2011 by silvio11

Al fondo del camino hay un perro negro. Bueno al fondo, en realidad es una encrucijada. Siempre hay una encrucijada allí donde pensamos que se encuentra el final del camino. Hay un perro negro y una encrucijada. Los errores fatales son aquellos que se pagan durante toda la vida. Hay una encrucijada que bien podría ser el final del camino. Escéptico y confuso camina hacia ella, sonriendo a pesar de todo. La matemáticas son la poesía de Dios y el lenguaje las matemáticas del hombre. En la formulación exacta de su propio pensamiento espera encontrar el conocimiento absoluto de sí mismo. Ese es el reto, ser capaz de traducir con precisión el pensamiento, que a su vez no es nada más que la traducción del sentimiento… El lenguaje del sentimiento. Y el perro ladra.

Los errores fatales se pagan durante toda la vida, repite mentalmente de camino al cementerio. Sobre su hombro, una sexta parte del ataúd. Los ladridos llegan desde la encrucijada. Hay amores que se pierden por una decisión estúpida, pero su error no fue perderlo, su error fue aferrarse a él… Tantos años. Y el perro vuelve a ladrar, desafiante o indignado, imposible saberlo. Agacha la cabeza y mira al suelo. Fue tan fácil vivir preso, con el error, acomodado. Se pregunta qué hará a continuación, libre. La encrucijada se aproxima y la cochambrosa entrada del cementerio le recuerda a la puerta de su hogar.

Toda una vida preso, pero hubo un día en el que le perdió el miedo a la muerte… Una noche, mejor dicho. Abrazado a ella supo que podría morirse tranquilo. No plenamente feliz, pero sí tranquilo, en paz. Durante unos días jugó con la idea mental del suicido. El perro vuelve a ladrar. Le fascinaba la posibilidad de abandonar en el punto alto, justo cuando todo estaba en orden, aunque no hubiera perfección.

Sus emociones le hablaron. El miedo, la esperanza, la felicidad… Pero no supo entenderlo. No supo entenderse y los ladridos apunto estuvieron de hacerle estallar la cabeza. Pesa tanto el ataúd como cada uno de los días en los que tuvo que regresar a casa a regañadientes. No fue siempre y no fue todo, pero si bastante como para que por norma general se sintiera sin sonrisas. Pasaron los buenos días. Giran a la izquierda y el perro se hace a un lado para que puedan encarar la puerta del cementerio. ¿Y qué fue de la paz? Nada, allí se quedó, junto a él y la tranquilidad. A lo mejor es que él había nacido para la agitación y el caos.

Mientras se adentra en el cementerio, el perro vuelve a ladrar. Una vez más, es ella quien le marca el camino a seguir.

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags on agosto 2, 2011 by silvio11

Luther (2010, 2011)

Creador: Neil Cross.

Actores: Idris Elba, Warren Brown, Paul McGann, Ruth Wilson, Indira Varma.

Luther tiene dos nombres propios. El primero es el de su protagonista, Idris Elba, que ya ascendió a los altares televisivos gracias a The Wire. El segundo, el de Neil Cross, ilustre desconocido al que avala una trayectoria breve, pero eficaz. Juntos han creado Luther, una serie de formato y posibilidades indefinidas. Con dos temporadas de seis y cuatro episodios, esta producción se configura como una obra oscura y cruda que juega con los grises morales de uno de esos superdetectives malditos que tanto abundan en la televisión.

 

Casi todo está inventado ya en el género policíaco. Sin embargo, eso no evitará que alguien intente dar con una nueva fórmula perfecta. Lo hizo CSI y ojalá hubiera matado ya a la gallina de los huevos de oro. También lo consiguió The Wire y lo intenta Luther, apoyándose más en la forma que en el fondo. La historia del detective genial y desequilibrado no aporta demasiadas novedades. Johnnie To ya rodó algo muy similar en Mad Detective y otras tantas series han jugado con la idea. Sin embargo, donde sí triunfa Luther, sobre todo en su primera temporada, es en la sinceridad de su propuesta. La historia, tan forzada como tantas otras, no juega esta vez a buscar el final feliz e ilógico, si no a presentar otro casi trágico. Trampas, sí, pero hechas a favor de una sensación final de oscuridad que casa con el look de una serie que, sin embargo, es gris.

 

Luther es un policía de alma atormentada y temperamento explosivo, lleno de fantasmas, pero aliado con las fuerzas dela Ley… a su manera, claro. En su primera temporada, el personaje sufre un viaje al infierno. Incapaz de romper con su vida, será ésta la que finalmente le deje a él de lado. Por el camino, una amistad casi incomprensible, pero tan adictiva para el protagonista como para el espectador, con una psicópata de pelo rojo y los fascinantes rasgos de la misteriosa, demasiado en algunos momentos, Ruth Wilson. También hay villanos, imprescindibles y memorables. Criminales casi demoníacos que hacen jugar a la serie con el terror y que en última estancia terminan chocando, cuando no fundiéndose, con los torbellinos vitales del propio Luther. Si difícil es atrapar a un psicópata, mucho más aún lo es hacerlo mientras la mafia y policías corruptos te dan pataditas en la espinilla.

 

Londres también está ahí. Sucio, nublado, urbano y en plena depresión. La ciudad es otro protagonista, como lo son sus suburbios y unos viandantes que parecen máquinas sin sentimientos o seres pusilánimes. Humanos despreciables que gozan de la protección y el dolor vital de Luther, demasiado cerca de las mentes que persigue como para ser capaz de separarse del mundo enfermo con el que pretende terminar.

 

Luther podría ser vulgar si Elba no le diera a su personaje un carisma arrollador. Su aspecto y forma de andar, gabardina de tres cuartos y cabeza oculta entre los hombros, hacen de él un tipo apunto de explotar, torturado y con la cabeza llena de ideas y pensamientos, casi todos malos.

 

Una primera temporada sin concesiones hizo de esta producción un mundo lleno de posibilidades. En la segunda, del negro desesperación se pasó a un camión repleto de helados, pero ya daba igual. El espectador hace bien en esperar cualquier cosa de las andanzas de Luther porque, como le ocurre a él, sólo sufriendo se puede disfrutar esta serie, siendo consciente de que todo puede ocurrir y de que la siempre siempre es susceptible de empeorar.

 

Ilógica por momentos y de relaciones personales alucinójenas, Luther es pura atmósfera y tres o cuatro actores magníficos. Las tramas, oscuras, invitan al espectador a sentirse un poco más adulto en un género televisivo tomado por las pruebas forenses perfectas y moral de cartón piedra. Un poco de infierno humano, sobreactuado a ratos, pero atractivo. ¿Podría cansar? Sí. Quizás por eso sólo cuenta con diez capítulos en dos temporadas. Dosis pequeñitas de sótanos oscuros perfectamente digeribles.