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De pieles habitables y mentirijillas: el buen narrador

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags , on septiembre 26, 2011 by silvio11

Nota: Fin de vacaciones. Hemos vuelto después de 15 días de asueto y espero que un poco más relajado. Siento lo abandonado que tengo esto. Lo siento sobre todo por mí, que necesito desparramar por alguna parte, aunque ahora el cuerpo me pida sobre todo cine… Pues eso, que hola y espero que el verano haya sido agradable y bondadoso con todos.

 

LA PIEL QUE HABITO

 

Un narrador hábil puede hacer digerible casi cualquier cosa. Por eso a veces es un error juzgar una obra artística como un todo en sí mismo. Es necesario distinguir qué y cómo. Es el caso de Almodóvar, que cada vez va siendo mejor narrador, aunque ya no sepa qué decir. Quizás por miedo a repetirse a sí mismo, el manchego ha intentado dar un giro de 180 grados con su último largometraje. La piel que habito trata un tema habitual en su filmografía, el del transformismo y la transexualidad, pero desde una perspectiva completamente diferente. Si antes sus transexuales eran personajes liberados, ahora el cambio de sexo se convierte en una probable cárcel. Probable, porque una de las grandes preguntas que parece querer lanzar la película es si el cuerpo puede ser capaz de construir a la persona. Por desgracia, ni el mismo director profundiza en ese camino.

 

La piel que habito tiene ritmo y tiene truco. El truco es la fragmentación del relato. Almodóvar rompe la unidad temporal para tratar de sorprender al espectador y, sobre todo, de despistarle. Después de un primer tercio flojo en el que personajes e historia no muestran más que carencias, mención especial merece el crispante Roberto Álamo, Almodóvar empieza su juego de manos. La idea es tratar de vender una historia imposible, aséptica y fría. No es mala, pero su ejecución sí. No por culpa del Almodóvar realizador, si no del guionista. Curioso. El hombre que tanto y tan torpemente contaba cosas en sus inicios, se ha reconvertido en un funcionario del celuloide. Los planos made in Pedro siguen ahí, como ese lametón de Álamo al televisor, la escena de los consoladores o una maniatada Marisa Paredes, pero parecen tan forzados que bien podría ser obra de un imitador. La riqueza del mundo interior del personaje de Elena Anaya no pasa de la sugerencia y las extremas interpretaciones de los actores, ya sea la frialdad de Banderas o el exceso de Álamo, no logran crear la fábula grotesca que persigue el director.

 

Intrascendente; entretenida; provocadora en el origen de la idea, pero no sobre la pantalla; onanística en la aparición del hermano del director, aunque sea de lo mejor de la película; y aún así superior a tanto y tanto largometraje sin intención. Almodóvar falla, pierde energía y no logra encontrar sus herramientas, pero aún así busca algo. Ese es uno de sus pocos méritos.

 

PEQUEÑAS MENTIRAS SIN IMPORTANCIA

 

Tan hábil tras las cámaras como Almodóvar podríamos decir que es Guilleme Canet. Actor durante el grueso de su carrera, los tres largometrajes que ha llevado a la gran pantalla han servido para convertirle en un respetado director. En esta ocasión, arropado por un elenco de solvente actores, ha decidido apostar por una comedia dramática coral. Comedia, por pasajes puntuales, y dramática, por el fondo de la historia. Su mayor mérito: hacer que dos horas y media de película pasen de puntillas por la retina del espectador. Canet consigue un equilibrio preciso entre todas las historias que se desarrollan dentro de este grupo de amigos que, con uno de ellos gravemente herido en el hospital, parte a la playa para cumplir con sus tradicionales vacaciones veraniegas.

 

Canet, aunque intente ser profundo, no va más allá de los temas ya tratados por tantos otros. Dispara contra la debilidad de las relaciones humanas, del amor y la amistad, uno de los enemigos preferidos del cine, el teatro y la literatura. No es original, pero una vez más el cómo sirve para camuflar el qué. En un mundo lleno de largos planos y silencios incómodos, Canet prefiere golpear con rapidez y retirar la mano. En algunos casos incluso se le podría acusar de cobardía, ya que leva anclas antes de que puedan apreciarse las reacciones del estallido emocional. Sin embargo, la estrategia le funciona. Pequeñas mentiras sin importancia no habla con crudeza al espectador, pero tampoco le incomoda. Le lleva de la mano por un camino en el que la acción sustituye a la reflexión. El optimismo del director contrasta con el pesimismo de la historia y por eso los momentos puntuales en los que apuesta por la confrontación resultan más efectivos.

 

Inteligente y mediterráneo (no en todos los países comprenden que los hombres puedan saludarse con dos besos en las mejillas), Canet no pasará a la historia como un brillante analista de las relaciones humanas, pero sí como un hábil director capaz de hacer que los clichés que representan sus personajes encajen con suavidad en un engranaje global. Y que narices, pocos son capaces de hacer una película de dos horas y media que no dé ganas al espectador de cortarse las venas.

Super 8

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags on septiembre 11, 2011 by silvio11

Mejor que la pornografía siempre será el buen erotismo, siempre. El erotismo capaz de sugerir situaciones que al espectador le parezcan reales, por imposibles que sean; el erotismo morboso que provoca espiar a otro; y el erotismo que capaz de meter al espectador en la piel de uno de los amantes. Spielberg en sus  E.T., Encuentros en la tercera fase y el Diablo sobre ruedas era un maestro del erotismo. J.J. Abrahams no es más que un pornógrafo.

 

Super 8 llega a las pantallas abalada por la nostalgia. El referente más cercano eran esos Goonies aventureros en los que Spielberg puso la mano de escritor y el olfato de productor. Referente y meta inalcanzable, porque Super 8 no logra darles alcance. No lo consigue, en primer lugar, por el tiempo y la ambientación. Los Goonies es una carrera contrarreloj que dura poco más de una noche y comienza en un día de tormenta para, después, dejarse arrastrar hasta un laberinto fantástico. Super 8 abarca varios días y personajes. Pierde la emoción de la aventura infantil que se encuentra sin buscarse, de la descarga adrenalínica casi constante. Además, pierde de vista otro factor importante: el minimalismo. La construcción de un microuniverso poblado por personajes entrañables.

 

Los Goonies sigue a un grupo de chicos. Las relaciones entre los amigos se refuerzan y crecen durante las aventuras. El espectador los conoce a todos por sus nombres y la historia navega tranquilamente entre la quimera infantil y el mundo real. El diablo sobre ruedas presenta el cara a ¿cara? entre dos personajes, uno real y el otro forzadamente demoníaco. En Tiburón, los momentos más memorables llegan cuando el reducido grupo de caza tiburones se echa al mar y no hay nada más atractivo en Encuentros en la tercera fase que la mística búsqueda de un aparentemente desquiciado Richard Dreyfuss. Todo está reducido a pequeños espacios, a una conexión íntima con los protagonistas.

 

En Super 8, pretendida heredera de esta época de oro, no hay nada de eso. Abrahams no profundiza lo suficiente en la relación del grupo de amigos. No deja que lleguemos a ellos hasta el último tercio de la película, cuando la propia acción comienza a darles auténtica personalidad. Todo lo demás es producto de esa otra película que el director tenía en mente, la de los amigos rodando una película en Super 8 que, efectivamente, no habría llegado a funcionar por sí misma. El resto de personajes, los padres de los dos jóvenes protagonistas y el profesor de ciencias y sus Lostianas películas, no eran necesarios. En cuanto al villano, no el alienígena, está pobremente dibujado y apenas tiene encanto. Un buen villano, sobre todo en estas películas de género, es tan necesario como respirar, ya sea un invisible conductor de camiones, un escualo gigante o unos fríos agentes del gobierno tan ajenos y aterradores como podrían serlo los propios alienígenas invasores. ¿Alguien ha olvidado la conquista de la casa de Elliot que hacen los federales en E.T. el extraterrestre? Ellos sí que eran “otra cosa”.

 

Después está el ordenador. Abrahams no necesitaba un monstruo gigante, pero parece creer que para impresionar a alguien hay que meterle un bicho gigante. Lo suyo, por desproporcionado, impide crear con el necesario clima de magia, misterio y terror infantil. Super 8 requería algo más de sutilidad. A veces, con esto de los efectos especiales, a uno le pasa como con la censura. Antes, cuando no se podía hacer todo, los creadores tenían que romperse la cabeza para sugerir. Ahora todo es mostrar, mostrar y mostrar, aunque no haya emoción por ninguna parte y todo sea tan vulgar como la pornográfica.

Pequeño repaso al cine del verano

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags , on agosto 16, 2011 by silvio11

Septiembre está más cerca de lo que parece, aunque antes que él llegará una última alegría: Super 8, el gran estreno del verano para un servidor, con permiso de Harry, Conan, Transformers, el Capitán América y el bueno de Woody. Sin embargo, antes de  la llegada de Abrahams el verano ya ha ido dejando algunas cositas:

 

Un cuento chino: Película escrita y dirigida por Sebastián Borensztein que se salva gracias a Ricardo Darín. Al argentino se le da de muerte hacer de hombre huraño con buen fondo… De hecho, se le da tan bien que corre el peligro de olvidar que es capaz de hacer otras cosas. La historia cuenta poco o nada. Una anécdota verídica que no viene demasiado a cuento sirve para introducir el elemento del realismo mágico. Por desgracia todo suena ha visto y el chino co-protagonista no se quita la careta de despistado en ningún momento. Si llegan a hacerla con dinero y actores del star system hollywoodiense todos coincidiríamos en que es un truño, pero al tener los nombres de Borensztein y Darin parece que da un poco más de cosica hacerlo.

 

Midnight in Paris: Ni el mejor Woody Allen, ni un nuevo Woody Allen, ni el Woody Allen más divertido, pero puede que sí el más correcto desde hace mucho tiempo. Con unos minutos iniciales dedicados a rodar un anuncio de París, el resto de la película navega por un mar de irrealidad que recuerda al dela Rosapúrpura del cairo. Inocente, divertida, despreocupada. Lo mejor de la propuesta es precisamente su ligereza e intrascendencia. Es una bromita agradable que aporta poco. Woody no hace nada nuevo ni revolucionario. Si acaso, vuelve a un terreno que conoce bien. Igual que Bruckheimer repite fórmula de explosiones cada año, Woody se repite a sí mismo. A unos les gustan los tiros y efectos especiales y a otros los diálogos ingeniosos que les hacen sentir inteligentes. Afortunado yo, que soy lo suficientemente estúpido como para disfrutar las dos cosas. Owen Wilson no es el alter ego definitivo de Allen, pero sí uno de los mejores.

 

El origen del Planeta de los Simios: La sorpresa del verano, para bien. Más inteligente de lo que se esperaba, pretende poner el acento en los personajes, aunque sin renunciar al espectáculo. Consciente de sus propias limitaciones, la película propone una historia sobre padres, hijos y otros simios. Ágil en su desarrollo y de metraje medido, sin ser un ensayo sobre la naturaleza humana sí que se arriesga a profundizar en sus protagonistas más de lo que, por ejemplo, profundiza Woody Allen en los suyos. Lithgow, Franco y Andy Serkis son una tripleta protagonista solvente y efectiva. La inclusión de una ella, Freida Pinto, por exigencias de la industria, se supone, sólo molesta… y mucho. Las escenas de acción son más que funcionales y el guión se muestra sólido, lo que no quita para que tenga sus incoherencias. Por desgracia, los mismos prejuicios que abarrotaron las salas para ver la versión de Tim Burton dejarán las de esta precuela medio vacías. Eso sí, por prometedor que pueda parecer Rupert Wyatt, que lo parece, es un crimen tener a Brian Cox a mano y darle un papelito de cabroncete en vez de un papelón de hijo de puta.

 

Harry Potter (no sé qué número): Ostias, ostias y más ostias. La última entrega de la saga mágica por excelencia está casi completamente dedicada al asedio a Hogwarts. Demasiado metraje para tan poca épica. A quienes hayan leído los libros les fascinará, supongo, pero la verdad es que sabe a poco. Demasiado predecible. Las pinceladas oscuras le sientan bien a la trama, pero el desenlace se merecía una mirada más detenida sobre las muertes de algunos personajes. Al espectador le dejan con la constante sensación de haberle robado metraje a la historia. Creo, firmemente, que habrá un versión extendida más épica con todos esos decesos de padres y hermanos que nos han escamoteado porque, sí, la última de Harry va de eso, de muertes y algún que otro magnífico secundario. Por cierto, desde aquí abro un debate: ¿Qué final es más ñoño, el de Harry o el del Señor de los anillos?

 

Capitán América: Estoy a punto de declarar a Joe Johnston enemigo de la humanidad… Pero todavía no me atrevo, sobre todo porque los realmente culpables son los de Marvel, por su evidente falta de coraje a la hora de hacer películas. Es cierto que se la jugaron con Thor, pero con el Capitán América iban de vendidos. La filmografía de Johnston habla por sí sola. Cine infantil que sólo consiguió despuntar mínimamente con Jumanji. Tanto Rocketeer como Cariño he encogido a los niños eran buenas para el sector al que iban dirigidas, creo que disfruté viéndolas de pequeño, pero de ahí no pasaban. Aunque Johnston, que ha suspendido todas sus pruebas de madurez (Cielo de Octubre y El hombre Lobo), sepa hacer productos entretenidos, como Océanos de Fuego o Parque Jurásico III, lo cierto es que éste Primer Vengador se le queda grande. Es un funcionario, no un creador. La película tiene una ambientación atractiva, pero sus personajes e historia son de segunda. Especialmente pobre es el resultado de las escenas de acción. Le falta más tensión que a Harry y le sobran planos de película de sobremesa. Nos la esperábamos peor, es cierto, pero al verla da la impresión de que no era tan difícil hacer algo interesante. Lo mejor, como siempre, los momentos dedicados a la creación del héroe. Por eso funcionan todas las primeras partes… Menos Linterna verde, claro… Perdón, casi me atraganto con un ataque de risa tonta.

 

Las que me faltaron del verano: Blackthorne, perfectamente disfrutable en DVD; Transformers 3, que si no la padecimos en cines, a santo de qué coño vamos a dejarla entrar en la santidad de nuestros hogares en formato de disquete plateado; y Pequeñas mentiras sin importancia, porque ver una peli francesa siempre me hace sentir más listo y además dicen que ésta es graciosa.

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags on agosto 2, 2011 by silvio11

Luther (2010, 2011)

Creador: Neil Cross.

Actores: Idris Elba, Warren Brown, Paul McGann, Ruth Wilson, Indira Varma.

Luther tiene dos nombres propios. El primero es el de su protagonista, Idris Elba, que ya ascendió a los altares televisivos gracias a The Wire. El segundo, el de Neil Cross, ilustre desconocido al que avala una trayectoria breve, pero eficaz. Juntos han creado Luther, una serie de formato y posibilidades indefinidas. Con dos temporadas de seis y cuatro episodios, esta producción se configura como una obra oscura y cruda que juega con los grises morales de uno de esos superdetectives malditos que tanto abundan en la televisión.

 

Casi todo está inventado ya en el género policíaco. Sin embargo, eso no evitará que alguien intente dar con una nueva fórmula perfecta. Lo hizo CSI y ojalá hubiera matado ya a la gallina de los huevos de oro. También lo consiguió The Wire y lo intenta Luther, apoyándose más en la forma que en el fondo. La historia del detective genial y desequilibrado no aporta demasiadas novedades. Johnnie To ya rodó algo muy similar en Mad Detective y otras tantas series han jugado con la idea. Sin embargo, donde sí triunfa Luther, sobre todo en su primera temporada, es en la sinceridad de su propuesta. La historia, tan forzada como tantas otras, no juega esta vez a buscar el final feliz e ilógico, si no a presentar otro casi trágico. Trampas, sí, pero hechas a favor de una sensación final de oscuridad que casa con el look de una serie que, sin embargo, es gris.

 

Luther es un policía de alma atormentada y temperamento explosivo, lleno de fantasmas, pero aliado con las fuerzas dela Ley… a su manera, claro. En su primera temporada, el personaje sufre un viaje al infierno. Incapaz de romper con su vida, será ésta la que finalmente le deje a él de lado. Por el camino, una amistad casi incomprensible, pero tan adictiva para el protagonista como para el espectador, con una psicópata de pelo rojo y los fascinantes rasgos de la misteriosa, demasiado en algunos momentos, Ruth Wilson. También hay villanos, imprescindibles y memorables. Criminales casi demoníacos que hacen jugar a la serie con el terror y que en última estancia terminan chocando, cuando no fundiéndose, con los torbellinos vitales del propio Luther. Si difícil es atrapar a un psicópata, mucho más aún lo es hacerlo mientras la mafia y policías corruptos te dan pataditas en la espinilla.

 

Londres también está ahí. Sucio, nublado, urbano y en plena depresión. La ciudad es otro protagonista, como lo son sus suburbios y unos viandantes que parecen máquinas sin sentimientos o seres pusilánimes. Humanos despreciables que gozan de la protección y el dolor vital de Luther, demasiado cerca de las mentes que persigue como para ser capaz de separarse del mundo enfermo con el que pretende terminar.

 

Luther podría ser vulgar si Elba no le diera a su personaje un carisma arrollador. Su aspecto y forma de andar, gabardina de tres cuartos y cabeza oculta entre los hombros, hacen de él un tipo apunto de explotar, torturado y con la cabeza llena de ideas y pensamientos, casi todos malos.

 

Una primera temporada sin concesiones hizo de esta producción un mundo lleno de posibilidades. En la segunda, del negro desesperación se pasó a un camión repleto de helados, pero ya daba igual. El espectador hace bien en esperar cualquier cosa de las andanzas de Luther porque, como le ocurre a él, sólo sufriendo se puede disfrutar esta serie, siendo consciente de que todo puede ocurrir y de que la siempre siempre es susceptible de empeorar.

 

Ilógica por momentos y de relaciones personales alucinójenas, Luther es pura atmósfera y tres o cuatro actores magníficos. Las tramas, oscuras, invitan al espectador a sentirse un poco más adulto en un género televisivo tomado por las pruebas forenses perfectas y moral de cartón piedra. Un poco de infierno humano, sobreactuado a ratos, pero atractivo. ¿Podría cansar? Sí. Quizás por eso sólo cuenta con diez capítulos en dos temporadas. Dosis pequeñitas de sótanos oscuros perfectamente digeribles.

Juego de Tronos

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags on julio 4, 2011 by silvio11

 

Peter Jackson nos dejó huérfanos antes incluso de terminar la saga del Señor de los Anillos. Después de la oscuridad y grandeza de Las dos Torres, el Retorno del Rey fue incapaz de igualar el nivel de su predecesora. Su luz era demasiado fuerte, como los tonos sepia de un final que amenazó con ser interminable y ñoño hasta el vómito. La fantasía no tenía más refugio que la literatura. Un servidor mamó las aventuras dela Dragonlancey sueña a menudo con una trilogía cinematográfica dela Espadade Joram, pero quién sabe, quizás las respuestas haya que buscarlas en la pequeña pantalla.

 

Otra vezla HBO, esa industria que representa la osadía de un Hollywood setentero sin miedo a sí mismo ni a la madurez de sus propuestas. El proyecto, titánico, de adaptar Juego de Tronos podría parecer un empeño suicida, pero para eso está HBO. Diez capítulos han sido suficientes para dejar establecidas las bases de un proyecto que puede convertirse en historia de la televisión y además ser una maravilla, no como Perdidos.

 

Desde Oz, HBO ha apostado por la calidad y la fragmentación de sus productos televisivos. No hace falta contentar a todos los segmentos de la audiencia, pero sí hacer un buen trabajo, por exigente que sea con el espectador. Deadwood, The Wire, Los Soprano, Broadwalk Empire y sobre todo Dos metros bajo tierra y Treme son buena prueba de ello.Ahora, una vez más, hacen hincapié en los aspectos menos agradables de una historia que fácilmente podrían haber dulcificado.

 

No seré el primero en decir que Juego de Tronos es los Soprano en otra época y otro mundo. Quienes no quieran acercarse a ella por miedo a ver una historia de espada y fantasía, lo que en realidad se pierden es una trama sórdida repleta de claro oscuros en la que la épica está más sugerida que presente. De la mano de un reparto magistral, el espectador se sumerge en un viaje en el que las intrigas palaciegas están, directamente, a otro nivel. Nadie es lo suficientemente vil y rastrero. Tampoco los “buenos”, que ni siquiera lo son del todo y que en su bondad tienen ese punto débil que les convertirá en víctimas.

 

Creo que fue George Lucas quien dijo que la calidad de una película de aventuras se mide por sus villanos. En el caso de Juego de Tronos, los Lannister ponen muy alto el listón. Entre los miembros de esta ambiciosa familia hay personajes odiosos, espectacular Lena Headey; ambigüos, como el cautivador e implacable Nikolaj Coster-Waldau; y muy simpáticos, caso del magnífico Peter Dinklage (Nota: recuperen Vías Cruzadas). Ellos son la sal de una serie en la que los buenos, por aquello de ser buenos, son mucho más sosos y planos. Sean Bean siempre mereció un personaje como el de Eddard Starck, intuido en los minutos finales de aquella Comunidad del Anillo que tantos fieles atraerá hasta el mundo de Juego de Tronos. Si bien es cierto que él y su arrolladora presencia componen un personaje imponente, no lo es menos que sólo su esposa televisiva, Michelle Fairley, proyecta una imagen tan fuerte como la suya. Al resto del clan aún le queda un largo camino que recorrer antes de igualar la fuerza de esos Lannister tan magistralmente dibujados. Es un problema, en realidad, más de evolución de los personajes que de los propios actores. No nos engañemos, siempre ha sido más divertido ser malo que bueno.

 

El auténtico secreto de esta primera temporada de Juego de Tronos es que durante gran parte de los capítulos, el espectador cree estar ante una serie que ya llega empezada. Sus protagonistas tienen cuentas pendientes con un pasado que ha dejado herederos en el exilio y reyes guerreros que no saben gobernar, además de algún corazón roto por el camino. Y mientras uno descifra las claves que explican el presente, en realidad asiste a la construcción de los pilares sobre los que se asentará el futuro.

 

Azul en Invernalia, de colores pastel en Desembarco del Rey y abrasadora en la tierra de los Dothraki, la serie cuida el aspecto artístico con mimo y tiene su peor enemigo en la gran extensión de las novelas en que se basa. Se notan las elipsis y el tremendo trabajo realizado a la hora de condensar las historias. Tanto, que algunas de ellas pueden parecer descuidadas o anecdóticas. Sin embargo, este es un mal menor en una producción que sabe conformarse como una apasionante historia coral. También se echan de menos batallas épicas, pero la crudeza de algunos enfrentamientos hace soñar con que lleguen en el futuro. Y lo mejor de todo: la serie tiene fecha de caducidad. La idea es hacer una temporada por tomo. Esa es la parte buena. La mala es que los libros finales aún no están escritos y, permitanme que sea pesimista, visto como ha ido el trabajo hasta ahora, puede que tampoco lo estén dentro de cinco años.

 

Adulta, cruda, adictiva, ágil, innovadora e imprescindible, Juego de Tronos se configura con presencia propia en la pequeña pantalla. Su primera y conspiratoria temporada servirá para enganchar a quienes empezaron a verla con escepticismo, pensando que sólo ofrecería batallas, dragones y otros seres mitológicos. También es la promesa de lo que está por llegar para quienes esperaban precisamente eso: batallas, dragones y ¿los primeros zombies de la historia?

Jovencitas violentas y monstruitos

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags on abril 1, 2011 by silvio11

Dos formas de escapar del mundo y de entender la ira interior: Sucker Punch y Donde viven los monstruos.

Zack Snyder vuelve a la pantalla grande con Sucker Punch, un delirio visual en el que la forma destroza cualquier atisbo de fondo. No hay más trama que la estética y ni siquiera en ella se encuentra un sentido interno a esta historia destinada a fascinar con sus imágenes, como ya lo hiciera 300, pero sin rastro alguno de la épica que rodeo aquella producción.

Muchos conocieron a Snyder gracias a la sangrienta resistencia espartana. Otros ya le intuyeron en el remake de Amanecer de los muertos, electrizante actualización de la obra de George A. Romero en la que el director no necesitaba recurrir a cuadros pictóricos para transmitir una energía brutal. Con 300 fusionó dos mundos, el del cómic y el cine, dejando que fueron las imágenes quienes guiaran la historia. Tenía una excusa mínima para narrar larguísimas escenas de batalla que, por novedosas, atraparon a millones de espectadores. Después intentó repetir con Watchmen, largometraje adulto, ejemplar e injustamente maltratado por la taquilla. Respaldado por un impecable guión en el que el director no tuvo nada que ver, volvía a ofrecer escenas de acción espectaculares, tan efectistas como inofensivas (no hay nada menos visceral que la sangre hecha por ordenador). A Snyder le debieron quedar ganas de rodar más luchas sin víctimas, porque eso es lo que se dedica a hacer en Sucker Punch, esta vez también como guionista. Alemanes zombies, robots, orcos y dragones se enfrentan a cinco jovencitas. Explicar cómo llegan hasta esos escenarios resulta tan agotador como desquiciante la propuesta. Dejémoslo en que, mientras los pobladores creen ver bailar a la protagonista en un mundo imaginario, ella recrea espectaculares batallas en su mente. Vamos, imaginación dentro de la imaginación y resentimiento reflejado en violencia.

Este viaje hacia el delirio, en el que una muchacha recluida en un manicomio cree estar encerrada en un club de alterne, ni siquiera se preocupa por utilizar diferentes normas estéticas en cada mundo. Los colores ocres de 300 están siempre presentes, haciendo irreal incluso lo que se supone que no lo es. Snyder patina como creador de su propio universo, perdiéndose en el aspecto más superficial del trabajo que había venido realizando hasta la fecha.

Y si Snyder convierte la violencia imaginaria de sus protagonistas en estupendos vídeos musicales (lo mejor de su película es la unión entre música e imagen), cabe recuperar otra historia en la que la violencia emocional resulta más inquietante, Donde viven los monstruos. Spike Jonze llegaba a este largometraje con el crédito ganado gracias a Cómo ser John Malkovich y El ladrón de orquídeas. Si bien fue el guionista, Charlie Kaufman, el auténtico motor de estos largometrajes, Jonze se apuntó el tanto de saber representar unos libretos con un pie puesto en la realidad y otro en el surrealismo.

En el cuento de Maurice Sendak, escueto relato en el que tienen más peso las ilustraciones que el texto, se encuentran las imágenes e ideas que sirven de base a una película dirigida al público adulto. Max busca cariño y compañía, pero su mundo sólo le devuelve preocupaciones y soledad. La frustración genera resentimiento y los estallidos violentos del chico son tan naturales como su facilidad para crear historias de triste desenlace. Max lleva la melancolía en la imaginación y algo salvaje en el alma.

Una lástima la traducción del título. El “Donde viven las cosas salvajes” original era mucho más apropiado para una película en la que no hay monstruos, pero sí unos seres tiernos que conviven constantemente con la crueldad desmedida de sus corazones; tan despiadados e irracionales como sólo un alma infantil puede serlo. Carol, el “monstruo” protagonista funciona como alter ego de Max. Desea una compañera que más podría ser una hermana que una pareja. La quiere cerca, pero la incapacidad para entenderse la aleja de él, llevándole a padecer incontenibles ataques de ira. Fiel reflejo de ello es el momento en el que le arranca el brazo a su mejor amigo, o cuando empieza a planear un crimen en sueños.

Max escapa del mundo real para encontrar seres tan volubles como él, convertirse en su rey y descubrir lo implacable que puede ser una vida sin equilibrio, por mucha imaginación que exista en ella. Jonze recrea un mundo imaginario gracias a sus pobladores y a una escenografía que tiene en la austeridad su mejor valor. También consigue convertir a esos monstruos del título en seres tan reales como el propio Max, llenos de energía y sentimientos. Tan adorables como terroríficos y tan frágiles como despiadados.

Mucho más adulta que Sucker Punch pese a su apariencia infantil, Donde viven los monstruos propone al espectador un viaje por el mundo ambiguo que pueblas las cosas salvajes. Se echa en falta una trama un poco más convencional, pero el sueño de Max ofrece un inquietante acercamiento a las trampas que esconden la infancia y el amor.

Óscar 2011, breve repaso… o no tan breve

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags on febrero 10, 2011 by silvio11

Después de una noche de reflexión y de ver The Fighter, procedo a colgar el mismo post en esencia que colgué ayer, pero con leves cambios. Perdón por las molestias.

Se acerca la gala de los Óscar y esa larga lista de candidatas a Mejor Película, ni más ni menos que diez, no hace sino despistar un poco y engordar taquillas. Para ir calentando, eliminaremos de una primera ostieja Winter´s Bone y Los chicos están bien. Sin entrar en su calidad, a la primera me la cargo porque no me llama nada y a la segundo porque me llama menos. El cartel recuerda a esas películas de días felices en la Toscana o excursiones vitivinícolas. ¿Prejuicios? Pos claro, pero sin piratería no está el bolsillo para ir a verlo todo y en algún momento hay que empezar a cortar. Si me equivoco, ya me enmendará la plana la Academia. Por cierto, 127 horas suena a drama de media tarde en Antena 3. Seguro que el bueno de Boyle sabe imprimirle nervio a una propuesta que, tarde o temprano, habrá que comparar con nuestra Buried, aunque sólo sea para poner sobre la mesa las distintas formas que hay de representar un encierro.En cuanto a Boyle, después del sorpresote de Slumdog Millionare yo no esperaría muchos galardones. Toy Story 3, por su parte, podría merecer mejor fortuna, pero tiene algo en contra: es en 3-D. Eso funciona bien para los cines, pero le da cierto tufillo de vehículo comercial que se pelea con el dulce aroma del arte cinematográfico (cáptese la ironía). La cuestión es que da pereza verla en vídeo y que los filmes de animación lo tienen un pelín más jodido que el resto para llevarse este tipo de premios. Una lástima, porque Pixar sabe lo que se hace y Toy Story 3 debe ser la bomba, o eso dicen los que saben. Yo seguiré reuniendo fuerzas para verla en vídeo.

Y llegamos a las buenas. La primera, The Fighter. Viendo su carrera, se puede decir que Christian Bale ya tiene crédito suficiente para que le den un Óscar y éste no es un mal momento para hacerlo. Su personaje tiene los dos ingredientes que enamoran a los académicos, existe de verdad y es tremendamente extremo, un sonado del boxeo y las drogas… Y es una historia de superación personal. ¿Alguien recuerda The blind side? Floja, pero a la Bullock le tocó el premio gordo con ella. A la película la comparan con Toro Salvaje. Falso, se parece mucho más a Legendary de… John Cena. Casi nada.

Valor de Ley, un clásico resucitado por los Coen. ¿Era necesario? No recuerdo demasiado la original, pero vista la nueva… No. El estilo es seco y directo, como todo lo de los Coen. Jeff Bridges está superlativo y el resto del elenco acompaña bien, aunque Matt Damon y Josh Brolin terminan desaprovechados. La niña viste mucho y eso siempre ayuda, pero no deja de ser la historia de cría repelente con viejo cascarrabias. Los Coen tienen demasiadas cosas mejores. Sin ir más lejos, Un tipo serio era mucho más interesante, aunque sólo fuese porque representaba con más fidelidad el universo surrealista en el que se mueven este par de creadores. No merecen otro nombre más que ese, creadores, y por eso mismo no acaba de pegarme para ellos eso de los remakes… Si por lo menos la hubiesen adaptado al siglo XXI… o XXII.

Me encantaría que le dieran el Óscar a Origen. De hecho, Christopher Nolan ya pidió a gritos una nominación a Mejor Director con el Caballero Oscuro, pero claro, es cine de género y eso pesa… Que se lo digan Hitchcock, que el único que recibió fue honorífico. Por sus resultados en taquilla; por ser una apuesta que esconde mucho en su interior, pero que entretiene y no va de lista; por el sentido del ritmo que demuestra en su último tercio; y porque el montaje de la escena final es maravilloso, se lo merece. Ya lo he dicho, se lo merece, pero ni el mundo del cine ni los premios saben nada de justicia. Eso sí, el de Guión Original tiene que ser para ella.

La Red Social. Fincher es otro al que se la deben. Tengo que reconocer que a mí este tipo no me vuelve loco. Su cine suele parecerme un poco frío, lejano. Creo que le faltan planos cortos e intensidad, que sus actores no lo tienen fácil para ser nominados a premio alguno. Él es la estrella y eso se nota en sus películas. Lo monta todo a la perfección y en el caso de La Red Social consiguió que me lo pasase pipa con una historia que me la traía floja (no tengo Faceboock). Con el bueno de Benjamín Button y Zodiac me pasó algo parecido, pero en lo que a cine se refiere son palabras mayores. Mis preferidas son El Club de la lucha, Seven y Alien 3. Pero vamos, que sólo con este repaso ya queda claro que el tipo es un fiera y uno de los referentes cinematográficos de los últimos años. Además, puestos a apostar, le doy el de Mejor Guión Adaptado antes que a Valor de Ley.

A mí mismo me sorprende lo alto que coloco El discurso del rey. Tengo debilidad por Colin Flirth. Una debilidad totalmente inexplicable, pero que comenzó con el Diario de Bridget Jones (ser un cinéfago es muy duro). Su cara se me quedó grabada. Lo mismo me ocurre con Geoffrey Rush, que consiguió hacerme ver Shine cuando todavía no había cumplido la mayoría de edad (y yo siempre he sido un inmaduro para el cine). Aquí, tanto ellos como la Bonham Carter lo bordan. La química que se establece entre los tres resulta grandiosa y hace de esta pequeña película una experiencia deliciosa. Como nota al margen diré que me sobra Guy Pierce y como confesión que la vi doblada… Nadie debería juzgar interpretaciones a través de una versión doblada, ¿no? Pues así de bien están los tres. No me siento capaz de decantarme entre Flirth o Jeff Bridges, pero a Elena, sin duda, le daba el de mejor actriz secundaria.

Y mi gran favorita: El Cisne Negro, a la que los amigos preferimos llamar El luchador 2.0. La Portman genial y el Cassel de pedrada en la boca, lo que debe significar que está bien. Aronofsky, futuro director de la segunda parte de Lobezno (reconozco que tuve una erección al conocer la noticia), retoma mucho de su anterior película. En realidad, retoma mucho de su cine. Ya en Pi se podía apreciar cómo en sus largometrajes el trabajo define a la persona. Los protagonistas de Aronofsky son presos de lo que hacen y él ha demostrado una versatilidad genial para acercarse a todos ellos. En Pi, la ausencia de medios impone un tono sombrío, deprimente. Réquiem por un sueño es frenética y la Fuente de la Vida delirante y onírica, tan adictiva como desconcertante. El luchador es extraña en su normalidad, en la sencillez con la que el director se pliega a su protagonista, dispuesto a dejar recaer sobre sus hombros todo el peso de la acción. Y ahora, por fin, consigue el equilibrio con el Cisne negro. Ni fagocita a sus actores ni se esconde tras ellos. La auténtica pareja de baile de Portman en esta película son Aronofsky  y su cámara. Por eso no hay actor principal masculino, sólo antagonistas, en esta historia opresiva, poética y decadente. Para mí, lo mejor de los Óscar 2011… Y sí, yo también tengo claro que nuestra querida Natalie se lleva el de mejor actriz.