Archivo para Arístides

Arístides: el cuento de las puertas

Posted in extensos microrrelatos with tags on septiembre 15, 2009 by silvio11

¿Ya me he muerto? No pasa nada. Esta historia no sólo abarca mi muerte. Se extiende por delante y por detrás de ella. Se expande, como el pensamiento cuando se niega a quedarse atascado en un punto concreto de la mente. Navega, como deberíamos navegar todos, sin ser capaz de detenerse a reflexionar. Yo, por desgracia, reflexiono, y busco metáforas que sean capaces de explicar la existencia de mi odio. Se que es triste odiar tanto como yo he odiado, pero fue el único clavo ardiente al que me pude agarrar cuando todo lo demás fracasó.

 

Todo empezó con una puerta. Imaginen a un joven delante de una puerta. Un joven imberbe. Confiado. Deseoso de abrir la llamativa puerta que se alza ante él. Es de un color chillón, pero bonita. Apenas es un adolescente, así que no le aterran los colores chillones… Bueno, hay muchos adultos a los que tampoco les dan miedo. Detrás de él no hay nada más que una pared. Tiene que avanzar. Agarra confiado el pomo de la puerta y justo cuando lo aprieta un pequeño alfiler salido del bombín le pincha la mano. Es un pinchazo inofensivo que ni siquiera le hace sangre. El joven no le da mayor importancia. Frotándose la palma para curar el escozor pasa a través del quicio de la puerta. Llega a una habitación en la que hay una manzana colocada encima de una mesa. La coge. Ilusionado, le da un bocado y un sabor dulce y fresco le invade la boca. Está buena la manzana. Cuando termina se da cuenta de que, en esa habitación a la que acaba de llegar, hay dos puertas más. Quiere abrir las dos. Mira hacia atrás. La puerta por la que acaba de entrar permanece abierta. Allí está la pared, desnuda, blanca, aburrida. Con tanto mirar las puertas no se ha dado cuenta de que sobre la mesa ha aparecido otra manzana. Mientras estudia sus opciones, se hace con ella y vuelve a morder. La habitación es blanca. La mesa en la que está la manzana es blanca. Un saludable y aséptico olor lo invade todo y, como está bien, no tiene prisa por seguir avanzando. Se sienta en el suelo mientras come manzanas, una tras otra. Sin embargo, cada vez que se come una le sabe un poco más amarga que la anterior. Al final decide seguir avanzando. No ha estado mal su estancia en la habitación, pero le da miedo que la manzana se vuelva insoportablemente amarga y llevarse sólo un mal recuerdo de allí. ¿Cuál de las dos puertas elegirá?

 

Esta vez el pinchazo sí que le hace sangre, aunque no mucho. Un chupetón y listo. Ahora, en la nueva habitación hay un filete y cuatro puertas frente a él. Está bueno el filete, sabroso, en su punto, carnoso, con la cantidad exacta de sal. El muchacho se mete en la boca grandes trozos de carne. Mastica haciendo grandes movimientos de mandíbula. Satisfecho de sí mismo, de su capacidad para progresar, se da cuenta de que sería maravilloso acompañar aquel filete con una jugosa manzana. Al girarse descubre que detrás hay dos puertas. Una está cerrada. La otra está abierta y conserva su mágica capacidad para ofrecer manzanas. Vuelve, se hace con una manzana, que ya no amarga tanto como antes, y se plantea la posibilidad de, antes de seguir avanzando, investigar esa solitaria puerta trasera. ¿Dará también a la habitación de la manzana? Abre, se pincha, sangra un pelín y llega a una nueva habitación en la que hay… Una pera. Se siente decepcionado. Es mejor seguir avanzando.

 

Con cada puerta que cruza aumenta la intensidad de los pinchazos , pero las recompensas siempre merecen la pena. Cuando empieza a salirle barba, encuentra un maquina de afeitar. El vino necesario para saciar su sed casi le cuesta un dedo y, cuando se le pasa su primera borrachera, también por primera vez se pregunta si el dolor ha merecido la pena. Como nunca se ha sentido tan bien avanzando como retrocediendo, ha ido dejando tras de sí un montón de puertas cerradas. A veces le tortura pensar qué es lo que habrá dejado atrás. Incluso intenta volver, por pura curiosidad, pero el experimento pocas veces vale la pena. Hacerlo implica un doble dolor, ya que es necesario sufrir para retroceder, que no deja de ser un avance hacia atrás, y para volver a avanzar. Muy buena tendría que ser la recompensa.  

 

A veces no se pasa directamente de una a otra habitación. A veces hay que cruzar un largo pasillo acristalado. Junto a él hay otros muchos pasillos acristalados. Y, a veces, en esos pasillos se encuentra con otras personas. Algunas son simpáticas y se detiene un rato a hablar con ellas, alzando la voz, para superar el obstáculo sonoro que representa el cristal. Otras no lo son, así que apresura un poco más el paso para perderlas de vista cuanto antes porque, cada vez que llega a una nueva habitación, siempre está solo… o casi siempre. En un par de ocasiones su compañero de pasillo ha ido a parar a la misma habitación que él. Otras se ha encontrado con nuevas personas en la habitación. Algunas veces han avanzado todos juntos por la misma puerta, pero, cosas de la vida, el instinto siempre ha acabado separándole de todo el mundo.

 

Un día, un gran día, llega a una habitación exquisitamente decorada. No podría precisar cómo es, ni merecería la pena hacerlo porque pronto descubre que la habitación no es como él la ve. En el centro hay una cama y en la otra punta de la habitación, delante de quince nuevas puertas, hay una muchacha, tan sorprendida como él de encontrarse allí. Hablan sobre la habitación y sus visiones no coinciden. Hablan sobre las habitaciones que han cruzado hasta llegar allí y tampoco coinciden. Hablan sobre las habitaciones que esperan encontrar en el futuro y… nada. Son jóvenes, sanos, que más da eso. Follan y al terminar cada uno decide seguir su propio camino. Esta vez salen unas ligaduras del pomo de la puerta que le apresan las manos. Un ingenio mecánico le sujeta a la puerta, que gira sobre si misma, se convierte en una camilla y empieza a rodar por uno de esos interminables pasillos blancos y acristalados. A si izquierda ve a la chica, caminando tranquilamente. A su derecha ve a una pareja que avanza cogida de la mano. Se pregunta qué ha hecho mal. Comienza una fría operación destinada a arrancarle un pedazo de su corazón. En la siguiente habitación sólo hay un pañuelo con el que secarse las lágrimas. Angustiado se refugia en un rincón. No tiene más remedio que seguir adelante, pero siente miedo. Vuelve el dolor. No se detiene. Puerta tras puerta descubre gente, personas. Algunos parecen avanzar plácidamente, sin dolor. A él no le pasa lo mismo. Las recompensas nunca son suficientes para satisfacerle. Otros se conforman con menos. Él no. Su cara ya no es la de un niño. A veces encuentra a personas tumbadas en el suelo, derrotadas. Les pregunta qué camino quieren seguir. Soporta su dolor, carga con ellas, les ayuda a cruzar y vuelve hacia atrás para tratar de encontrar su propio camino. Con el tiempo, se cansa de cargar con otros.

 

Detrás de cada puerta hay más puertas. Ya ni siquiera las puede contar. Algunas quedan descartadas porque, simplemente, están demasiado lejos como para ir hasta ellas andando. Hay habitaciones que son tan pequeñas que ni siquiera puede respirar. Las operaciones continúan. Corazón, riñones, pulmones. Va perdiéndolo todo por el camino y empieza a preguntarse si realmente existe un final. Encuentra cadáveres. Encuentra personas y parejas que se niegan a dar un paso más por miedo al castigo, al dolor, a que la próxima elección les separe. Él ya ha perdido demasiado como para detenerse y lo que más odia es encontrarse con alguien que haya llegado tan lejos como él, pero en mejores condiciones. Les pregunta el secreto. Algunos se lo dicen. Otros callan. De igual, nada sirve. Sólo importa la siguiente puerta. Sólo importa el siguiente castigo. Sólo importa la siguiente recompensa. Al final hay trampas hasta en los pasillos. Recorre 50 metros de cristales con los pies descalzos. Joder, me duele el alma y eso que no me la ha tocado nadie. Cae rendido. Cuando ya no puede andar más se arrastra con las manos. Otra puerta. Avanzar. Llorar. No le sirven las personas que encuentra en el camino. No encuentra nadie que quiera avanzar con él. En el mejor de los casos le invitan a detenerse. Nunca. Ya se le curarán las heridas. Uno de los pomos está demasiado caliente como para girarlo. Grita de ira, de odio. ¿Por qué todo es tan difícil? ¿Qué clase de sádico ha creado ese parque temático del horror? Sigue gritando hasta que se queda sin voz. Mira la puerta con odio. Siente el calor que desprende. Vuelve a gritar, aunque la afonía es lo único que inunda la habitación, y carga contra ella. La derriba. Cae en un infierno. No puede respirar más. Se da cuenta de que tiene ganas de llorar segundos después de comenzar a hacerlo. Pide agritos ayuda, un abrazo, pero nadie puede oírle, no tiene voz, está solo. Mira hacia atrás y ve el camino que él mismo ha escogido. Siente las arrugas en su piel. Sigue llorando. Se abraza a sí mismo y se odia por todas las elecciones que ha hecho. Se pregunta qué hizo mal, otra vez. Se pregunta qué pudo hacer mejor. Quiere tener voz para gritar. Si pudiera gritar sería feliz, pero lo único que puede hacer es volverse a levantar y, con los ojos llenos de lágrimas, cargar contra la siguiente puerta. Ya no mira, ya no se detiene a saborear los premios, ya no habla con las personas. Sólo corre de puerta en puerta, cargando, soportando el dolor, insensible. Es una máquina que quiere alcanzar el final del camino. Llegar a la meta. Avanza y avanza hasta que se queda sin fuerzas y cae al suelo, otra vez, sin energías. Entonces vuelve a llorar, otra vez, hasta que se queda dormido, otra vez, y hasta que recupera la voz, otra vez. Lo primero que hace al despertar es mirar a su alrededor. Sigue débil. No se siente capaz de avanzar a través de más puertas. Se queda quieto.

 

Se abre una puerta tras él y un niño irrumpe en la habitación. No se había dado cuenta, pero hay una mesa con una manzana. La puerta del niño permanece abierta. Da a una pared desnuda y blanca. El niño le saluda. Él responde con educación, inseguro, incrédulo. El niño coge la manzana y abre la siguiente puerta de su camino. Hace un gesto de dolor y se chupa el dedo índice para limpiar la sangre. Él le pide que sujete la puerta. El niño le mira y sólo ve un pobre anciano. Le permite cruzar tras él. Cansado, viejo y febril, avanza tras el niño después de coger una manzana. Siente esperanza, tiene un brillo asesino en los ojos y sabe que no se detendrá hasta que deje de latir su ya casi inexistente corazón.

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Arístides (III)

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags on agosto 18, 2009 by silvio11

Si el mundo se hubiera ceñido a las reglas del dramatismo épico, aquella noche debería haber estado lloviendo, pero no fue así. Había un poco de humedad en el ambiente, nada más. Arístides se mantenía quieto, erguido, digno, en medio de la Plaza de Santo Domingo. El cuerpo del poeta yacía inmóvil a sus pies, muerto. Marcos apenas era capaz de sostener a Ismael y Dario todavía tenía la pistola entre sus manos temblorosas. Era la primera vez que disparaba a una persona… era la primera vez que disparaba el arma fuera de una galería de tiro. Pensó en Cecilia y Pedro y se alegró de que no estuviesen allí para ver cómo había terminado todo. Arístides pareció leerle el pensamiento.

– No hay nada puro. – Su voz temblaba un poquito.- Hace años yo era mucho mejor persona. Más iluso, más inocente, pero tuve que cambiar. El mundo me obligó a ser peor. A nadie le está permitido ser inocente… Los únicos seres que mueren siendo completamente inocentes son los recién nacidos.

El arma de Dario fue descendiendo poco a poco.

– Que asco de mundo, ¿no? ¿Conoces a alguien que quiera vivir en una sociedad en la que ser malvado es un requisito indispensable para sobrevivir?

Dario comenzó a llorar.

– La única forma de mantenerte puro es morir antes de que te obliguen a convertirte en uno de ellos… – Sus ojos se fijaron en Ismael y Marcos- Deberías dejar su cuerpo aquí, con los nuestros. Deberías dejar que se uniese a los magistrales seres anónimos que jamas llegaron a existir. Esa era su aspiración, ¿no? Convertirse en un secreto.

Marcos apenas podía contener la rabia que sentía en su interior.

– Vete al infierno.

Arístides sonrió justo antes de que le fallaran las fuerzas y tuviese que incar la rodilla en el suelo. Invirtió unos segundos en recuperar el aliento y siguió hablando.

– No, es del infierno de donde estoy a punto de escapar. Ya te escribiré una postal cuando descubra dónde he llegado. – La sonrisa histérica, aguda, tan propia de Arístides tenía un punto de desesperación. Su mirado bajó al suelo unos segundos. Cuando volvió a levantarla las pupilas temblaban dentro de sus ojos. Debía costarle un esfuerzo sobre humano mantenerse consciente.- Recordar el sufrimiento. No seais tan mediocres como para tenerle miedo al dolor.

Arístides cayó al suelo. Sus ojos se iban cerrando poco a poco. Vio los pies de Dario correr hacia él y, junto a uno de los bancos de la plaza, un conejo mirándole fijamente. La faltaban dos orejas y una pata.

Pedro (I)

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags on agosto 4, 2009 by silvio11

Y entre el odio y la miseria estabas tú. Tú, con tu camiseta roja. Tú, con los vaqueros gastados que siempre dejabas colgados en la única silla de mi cuarto. Tú, con esos zapatos verdes de bruja hippie. Cuando intenté levantar un poco la cabeza para verte mejor, el policía que me tenía inmovilizado en el suelo aplicó más fuerza sobre mi brazo; clavo más hondo su rodilla en mi columna vertebral y golpeó mi cabeza contra el asfalto, otra vez. Volví a mirarte. Parecías perdida entre tanta confusión y violencia. Parecías asustada. La sangre brotaba de mi nariz y me llenaba la boca. La tragué sin dejar de mirarte. Supongo que por eso siempre han tenido un regusto metálico tus besos… Es el recuerdo más hermoso que tengo de toda mi vida.

Arístides (II)

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags on julio 22, 2009 by silvio11

ARISTIDES (II)

 

–         ¿Sabes por qué aúllan los lobos?

 

Cecilia se quedó pensando unos segundos.

 

–         No.

–         Es normal. Casi nadie lo sabe con certeza… Bueno, a lo mejor si que hay alguien que lo sabe, pero yo ya no sé que creer.

 

Cecilia trató de hacer memoria. Lobos, aullidos…

 

–         ¿No decían que era por la luna?

 

Arístides hizo un gesto de fastidio.

 

–         Eso es más místico que humano.

 

Cecilia le miró como si fuese imbécil.

 

–         Claro, y los lobos deberían tener razones humanas para aullar.- Comentó con suavidad.

 

Ahora fue Arístides quien se quedo mirándola fijamente. Estaba sentado detrás de una mesa de cristal. Hablaba tan bajito como siempre. En su mano derecha tenía una copa de un extraño líquido morado. En la izquierda sostenía un cigarro. El traje era negro, la camisa púrpura y la corbata blanca… Ella no sabía mucho de moda, pero le parecía que iba hecho un hortera. El local al que la había llevado tampoco era demasiado común. Para ser un pub tenía la música muy baja y también era morado, aquella parecía la dichosa tonalidad cromática de la noche. Lo de que hubiese poca luz le importaba menos, así le costaría más a Arístides darse cuenta de los bostezos que se le pudieran ir escapando.

 

–         Entonces, si un hombre aúlla, ¿debería tener razones animales para hacerlo?- Continuó Arístides.

–         Supongo que si un hombre aúlla lo hará por razones irracionales… No me acabo de imaginar a ningún hombre aullando por la calle.

–         Pues lo hacen, constantemente. Lo que pasa es que estamos un poco más sordos que los lobos y no somos capaces de escuchar los aullidos de nuestra propia especie… -se le escapó una risilla aguda, enervante- Razones irracionales, que graciosa.  

 

Simplemente quería romperle el cenicero en la cabeza. En vez de eso, sonrió y levantó levemente las cejas. Deseó que Pedro regresase cuanto antes, porque ella se sentía incapaz de aguantar a aquel payaso un minuto más.

 

–         Hay una cosa que sí me creo, que los aullidos atraen a la manada. Que aúllan antes de salir de caza, igual que los lobeznos cuando se sienten solos. Aúllan cuando quieren compañía de los suyos y sabes qué, si alguno les escucha siempre responde. Sin embargo nosotros… aullamos en medio de nuestra manada y no es que nadie nos responda, es que nadie escucha el aullido. Eso es lo más triste. Aullamos hasta perder la voz, pero lo hacemos en silencio. Aullamos como seres humanos, no como animales… ¿Te imaginas lo liberador que debe ser aullar como un lobo o gruñir como un tigre? Pero por desgracia no podemos… Ni tenemos razones racionales para hacerlo –la risa estridente, “jijijijijijijjijijijjiji”, se le volvió a escapar por la comisura de los labios”.

 

La mano de Cecilia acarició el cenicero.

Arístides (I)

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags on julio 4, 2009 by silvio11

Arístides se acercó al borde la cornisa y respiró profundamente. No tenía nada especial. Era aire, simple y llanamente. Cerro los ojos y volvió a inspirar. Tras unos segundos de contención dejó que el oxígeno escapara de sus pulmones. Cuando abrió los ojos estaba completamente desencantado.

– Respirar no sirve para nada.

Cecilia no supo qué decirle. Tenía miedo. Uno nunca sabe qué se le está pasando a alguien como Arístides por la cabeza, y él seguía peligrosamente cerca de la cornisa. Trece pisos de caida libre y un montón de asfalto al final esperando abrazar su cuerpo.

– Es peor no hacerlo.

Se sintió estúpida en cuanto terminó la frase, pero qué otra cosa podía decir. Avanzó hacia él con tranquilidad, intentando no hacer demasiado ruido. Arístides le daba la espalda. Tenia la mirada fija en el horizonte, en el abismo.

– Es un acto reflejo, mecánico. No implica nada.

Ya empezaba con sus argumentos pseudo filosóficos; pseudo científicos y pseudo estúpidos. Le ponía enferma cuando empezaba a hablar como si conociese todos los secretos del mundo. Buscaba perlas intelectuales allí donde sólo había hechos.

– Sin embargo el viento sopla.

Al hablar, Arístides movió levemente su cuerpo, como si fuera a girarse. Cecilia dejó de caminar. Los dos permanecieron en silencio. Él con la cabeza baja y la mirada perdida entre el suelo de la cornisa y del asfalto. Al final centro toda su atención en ella. Cecilia retrocedió un par de pasos, como si la mirada le hubiese golpeado en el pecho.

– Mientras el viento sople habrá esperanzas, no de que cambie todo, pero sí de que se mueva… y eso ya debería ser suficiente.

Arístides echó a andar hacia la puerta de la azotea. Cecilia seguía sientiéndose como una niña a la que habían sorprendido robando un caramelo. Trece pisos más abajo, centenares de personas levantaban una leve brisa al caminar.