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Novela negra (¿capítulo I?)

Posted in Sin categoría with tags on noviembre 25, 2010 by silvio11

Un auténtico estúpido dijo esta gran verdad: “Las cosas hay que dejarlas cuando aún eres capaz de llorar por ellas”. Evidentemente, no se refería a las natillas. A menudo me resisto a creer que se le ocurriese a él solo. Es periodista y sé, por experiencia, que los periodistas tienen de todo menos ideas propias. Son más bien de copiar las que les gustan de los demás, sin necesidad de entenderlas. No, los periodistas casi nunca tienen tiempo para entender nada. Son más de fijarse en cómo suenan las cosas. Si creen que les hacen parecer inteligentes, entonces copian descarada e irresponsablemente. Y cuando se les cuestiona sobre esas ideas, tienden a defenderlas, básicamente, como pueden, que suele ser gritando, mintiendo o haciendo mil y una parábolas verbales.

Vaya, me he dejado el mechero en casa.

Hoy había planeado volver a fumar después de… años sin hacerlo. ¿De qué vale abandonar un vicio si luego no vuelves a recaer en él? Es como dejar a esa novia puta y manipuladora que te destroza la vida y no acabar con ella en la cama cada vez que… Ella quiere. Como hombre, siempre he pensado que nos ahorraríamos muchos pensamientos inútiles si asumiéramos de entrada nuestra naturaleza pasiva como objeto sexual activo.

Unas cerillas. Mataría por unas cerillas. La primera calada siempre me ha sabido mejor con una cerilla.

 

Ya no sé si estaba hablando de abandonar las cosas cuando aún puedes llorar por ellas o de los vicios, aunque cabe la posibilidad de que todo sea lo mismo. Cuando tienes que abandonar algo que aún puede hacerte llorar, ¿acaso no es eso un vicio?   Quiero decir que, algo que te gusta, pero de lo que debes alejarte, es un vicio, ¿no? Un capullo hindú dijo que si lo pasas mal al abandonar algo que te hace sufrir es porque, en el fondo, también te hace sentir bien, aunque sólo sea porque te da esperanza… Valiente payaso. Desde su punto de vista los celos son la prueba de que aún amamos.

Quemaría el amor si tuviera una puta cerilla con la que hacerlo.

 

A lo mejor por eso me resisto a dejar el alcohol, porque cuando estoy completamente borracho tengo esperanzas infundadas de echar un polvo, no te jode. Se lo comentaré a mi confesor y le diré que lo aprendí de un filósofo hindú. A fin de cuentas, parece una buena excusa moral para seguir llevando la petaca de bourbon en el bolsillo interior del abrigo.

Me ajusto el gorro. Sigo jugando con el cigarrillo en la boca, consciente de que no tengo ninguna posibilidad de encenderlo a no ser que alguien me dé yesca, pedernal y, sobre todo, un puto mechero. El sonido de la lluvia golpeando en los charcos es redundante, como los ruidos de mi vida. Busco el reflejo de la luna en el agua, pero sólo encuentro el de las farolas. Me siento más importante y misterioso de lo que realmente soy.

Debería haberlo dejado todo cuando aún era capaz de llorar por ello. La luz en la ventana del tercer piso permanece encendida. No hay nada más absurdo por lo que morir que la amistad. Llevo dos horas esperando, en la calle, deseando tener un mechero o unas cerillas con las que encender el cigarrillo que paseo de un lado a otro de mi boca. Ahora ya no soy capaz de llorar por nada, ni siquiera por mí mismo. Quizás por eso no me importe morir… Quizás por eso quiero volver a fumar. La luz se apaga, por fin. Hace años que no lloro por nada. Si las lágrimas eran el reflejo de mi humanidad, hace tiempo que no soy nada más que un simple redactor de un periódico local. Sin sentimientos, por cierto. Me enderezo dentro de las sombras en las que estoy escondido y recuerdo cada uno de los moratones que durante los últimos días han ido grabando en mi cuerpo.

No tengo mechero, pero sí una pistola.

Me viene a la mente el culo de aquella puta. Se mete en mi cabeza sin invitación. Supongo que es lo mejor que me ha pasado en el último lustro, su culo. Su culo entre mis manos. Su culo sobre mis caderas. Tardan una eternidad en bajar hasta la calle. Su culo carnal y libidinoso. Me arrepiento de no haberme bebido la última cerveza que tenía en casa y se enciende la luz del portal. Aprieto la culata de la pistola con mi mano derecha y alejo el dedo del gatillo. No quiero dispararme en la pierna o la polla antes de que ellos me maten. Puedo soportar la muerte, pero estoy tremendamente aburrido de hacer el ridículo.

Cuando salen a la calle, él abre un paraguas mientras ella espera dentro del portal. Todo un caballero. Me pregunto si será capaz de llorar por ella. Muerdo la boquilla del cigarro y salgo de las sombras. Hay pocos metros hasta ellos. Las gotas de lluvia caen por mi cara, como si fuesen lágrimas. Como si ahora estuviese llorando todo lo que no he llorado en mi vida. Tengo la mirada fija en ellos y una pistola dentro del bolsillo del abrigo. Cruzo las gotas de agua y los charcos con seguridad y aplomo. Él sigue intentando abrir el paraguas. Ella se fija accidentalmente en mí, pero no me reconoce. Me da por muerto. Sonrío dentro de la oscuridad de mi corazón, como un lobo demasiado astuto para ser atrapado.

Todo por un amigo al que ni siquiera escogí. Todo porque no he sido lo suficientemente listo como para encontrar algo que me importe en 30 años de vida. Todo por un trabajo de mierda y una mentira que estaba dispuesto a mantener. Por una estúpida corrupción y siete tipos violentos. Todo por… porque estoy cansado de dormir en el sofá cuando tengo una cama que nunca utilizo.

Menudo culo amigos, pura gloria, pero ni siquiera gano suficiente dinero como para poder permitirme gozar de él dos veces al mes.

Cuando saco la pistola ella ya me ha reconocido y grita. Él levanta la cabeza, asustado. Un coche, en la esquina, enciende las luces y el motor. Son ellos, yo haré el trabajo sucio y después se encargarán de limpiarlo… de limpiarme.

Estoy cabreadísimo.

Disparo.

Aquel tipo, el que dijo eso de que las cosas hay que dejarlas cuando aún eres capaz de llorar por ellas. Bueno, no tenía ni zorra de lo que hablaba. Me cuesta imaginarle llorando por nada. Además, las lágrimas son una forma de deshacerse del dolor, como si lo vomitaras. Lloras y te quedas a gusto. Es mucho más jodido quedárselo dentro y rumiarlo durante toda la vida.

Mataría por un mechero, pero esta noche lo hago por el peor amigo que se puede tener en este patético mundo.

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