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De pieles habitables y mentirijillas: el buen narrador

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags , on septiembre 26, 2011 by silvio11

Nota: Fin de vacaciones. Hemos vuelto después de 15 días de asueto y espero que un poco más relajado. Siento lo abandonado que tengo esto. Lo siento sobre todo por mí, que necesito desparramar por alguna parte, aunque ahora el cuerpo me pida sobre todo cine… Pues eso, que hola y espero que el verano haya sido agradable y bondadoso con todos.

 

LA PIEL QUE HABITO

 

Un narrador hábil puede hacer digerible casi cualquier cosa. Por eso a veces es un error juzgar una obra artística como un todo en sí mismo. Es necesario distinguir qué y cómo. Es el caso de Almodóvar, que cada vez va siendo mejor narrador, aunque ya no sepa qué decir. Quizás por miedo a repetirse a sí mismo, el manchego ha intentado dar un giro de 180 grados con su último largometraje. La piel que habito trata un tema habitual en su filmografía, el del transformismo y la transexualidad, pero desde una perspectiva completamente diferente. Si antes sus transexuales eran personajes liberados, ahora el cambio de sexo se convierte en una probable cárcel. Probable, porque una de las grandes preguntas que parece querer lanzar la película es si el cuerpo puede ser capaz de construir a la persona. Por desgracia, ni el mismo director profundiza en ese camino.

 

La piel que habito tiene ritmo y tiene truco. El truco es la fragmentación del relato. Almodóvar rompe la unidad temporal para tratar de sorprender al espectador y, sobre todo, de despistarle. Después de un primer tercio flojo en el que personajes e historia no muestran más que carencias, mención especial merece el crispante Roberto Álamo, Almodóvar empieza su juego de manos. La idea es tratar de vender una historia imposible, aséptica y fría. No es mala, pero su ejecución sí. No por culpa del Almodóvar realizador, si no del guionista. Curioso. El hombre que tanto y tan torpemente contaba cosas en sus inicios, se ha reconvertido en un funcionario del celuloide. Los planos made in Pedro siguen ahí, como ese lametón de Álamo al televisor, la escena de los consoladores o una maniatada Marisa Paredes, pero parecen tan forzados que bien podría ser obra de un imitador. La riqueza del mundo interior del personaje de Elena Anaya no pasa de la sugerencia y las extremas interpretaciones de los actores, ya sea la frialdad de Banderas o el exceso de Álamo, no logran crear la fábula grotesca que persigue el director.

 

Intrascendente; entretenida; provocadora en el origen de la idea, pero no sobre la pantalla; onanística en la aparición del hermano del director, aunque sea de lo mejor de la película; y aún así superior a tanto y tanto largometraje sin intención. Almodóvar falla, pierde energía y no logra encontrar sus herramientas, pero aún así busca algo. Ese es uno de sus pocos méritos.

 

PEQUEÑAS MENTIRAS SIN IMPORTANCIA

 

Tan hábil tras las cámaras como Almodóvar podríamos decir que es Guilleme Canet. Actor durante el grueso de su carrera, los tres largometrajes que ha llevado a la gran pantalla han servido para convertirle en un respetado director. En esta ocasión, arropado por un elenco de solvente actores, ha decidido apostar por una comedia dramática coral. Comedia, por pasajes puntuales, y dramática, por el fondo de la historia. Su mayor mérito: hacer que dos horas y media de película pasen de puntillas por la retina del espectador. Canet consigue un equilibrio preciso entre todas las historias que se desarrollan dentro de este grupo de amigos que, con uno de ellos gravemente herido en el hospital, parte a la playa para cumplir con sus tradicionales vacaciones veraniegas.

 

Canet, aunque intente ser profundo, no va más allá de los temas ya tratados por tantos otros. Dispara contra la debilidad de las relaciones humanas, del amor y la amistad, uno de los enemigos preferidos del cine, el teatro y la literatura. No es original, pero una vez más el cómo sirve para camuflar el qué. En un mundo lleno de largos planos y silencios incómodos, Canet prefiere golpear con rapidez y retirar la mano. En algunos casos incluso se le podría acusar de cobardía, ya que leva anclas antes de que puedan apreciarse las reacciones del estallido emocional. Sin embargo, la estrategia le funciona. Pequeñas mentiras sin importancia no habla con crudeza al espectador, pero tampoco le incomoda. Le lleva de la mano por un camino en el que la acción sustituye a la reflexión. El optimismo del director contrasta con el pesimismo de la historia y por eso los momentos puntuales en los que apuesta por la confrontación resultan más efectivos.

 

Inteligente y mediterráneo (no en todos los países comprenden que los hombres puedan saludarse con dos besos en las mejillas), Canet no pasará a la historia como un brillante analista de las relaciones humanas, pero sí como un hábil director capaz de hacer que los clichés que representan sus personajes encajen con suavidad en un engranaje global. Y que narices, pocos son capaces de hacer una película de dos horas y media que no dé ganas al espectador de cortarse las venas.

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Pequeño repaso al cine del verano

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags , on agosto 16, 2011 by silvio11

Septiembre está más cerca de lo que parece, aunque antes que él llegará una última alegría: Super 8, el gran estreno del verano para un servidor, con permiso de Harry, Conan, Transformers, el Capitán América y el bueno de Woody. Sin embargo, antes de  la llegada de Abrahams el verano ya ha ido dejando algunas cositas:

 

Un cuento chino: Película escrita y dirigida por Sebastián Borensztein que se salva gracias a Ricardo Darín. Al argentino se le da de muerte hacer de hombre huraño con buen fondo… De hecho, se le da tan bien que corre el peligro de olvidar que es capaz de hacer otras cosas. La historia cuenta poco o nada. Una anécdota verídica que no viene demasiado a cuento sirve para introducir el elemento del realismo mágico. Por desgracia todo suena ha visto y el chino co-protagonista no se quita la careta de despistado en ningún momento. Si llegan a hacerla con dinero y actores del star system hollywoodiense todos coincidiríamos en que es un truño, pero al tener los nombres de Borensztein y Darin parece que da un poco más de cosica hacerlo.

 

Midnight in Paris: Ni el mejor Woody Allen, ni un nuevo Woody Allen, ni el Woody Allen más divertido, pero puede que sí el más correcto desde hace mucho tiempo. Con unos minutos iniciales dedicados a rodar un anuncio de París, el resto de la película navega por un mar de irrealidad que recuerda al dela Rosapúrpura del cairo. Inocente, divertida, despreocupada. Lo mejor de la propuesta es precisamente su ligereza e intrascendencia. Es una bromita agradable que aporta poco. Woody no hace nada nuevo ni revolucionario. Si acaso, vuelve a un terreno que conoce bien. Igual que Bruckheimer repite fórmula de explosiones cada año, Woody se repite a sí mismo. A unos les gustan los tiros y efectos especiales y a otros los diálogos ingeniosos que les hacen sentir inteligentes. Afortunado yo, que soy lo suficientemente estúpido como para disfrutar las dos cosas. Owen Wilson no es el alter ego definitivo de Allen, pero sí uno de los mejores.

 

El origen del Planeta de los Simios: La sorpresa del verano, para bien. Más inteligente de lo que se esperaba, pretende poner el acento en los personajes, aunque sin renunciar al espectáculo. Consciente de sus propias limitaciones, la película propone una historia sobre padres, hijos y otros simios. Ágil en su desarrollo y de metraje medido, sin ser un ensayo sobre la naturaleza humana sí que se arriesga a profundizar en sus protagonistas más de lo que, por ejemplo, profundiza Woody Allen en los suyos. Lithgow, Franco y Andy Serkis son una tripleta protagonista solvente y efectiva. La inclusión de una ella, Freida Pinto, por exigencias de la industria, se supone, sólo molesta… y mucho. Las escenas de acción son más que funcionales y el guión se muestra sólido, lo que no quita para que tenga sus incoherencias. Por desgracia, los mismos prejuicios que abarrotaron las salas para ver la versión de Tim Burton dejarán las de esta precuela medio vacías. Eso sí, por prometedor que pueda parecer Rupert Wyatt, que lo parece, es un crimen tener a Brian Cox a mano y darle un papelito de cabroncete en vez de un papelón de hijo de puta.

 

Harry Potter (no sé qué número): Ostias, ostias y más ostias. La última entrega de la saga mágica por excelencia está casi completamente dedicada al asedio a Hogwarts. Demasiado metraje para tan poca épica. A quienes hayan leído los libros les fascinará, supongo, pero la verdad es que sabe a poco. Demasiado predecible. Las pinceladas oscuras le sientan bien a la trama, pero el desenlace se merecía una mirada más detenida sobre las muertes de algunos personajes. Al espectador le dejan con la constante sensación de haberle robado metraje a la historia. Creo, firmemente, que habrá un versión extendida más épica con todos esos decesos de padres y hermanos que nos han escamoteado porque, sí, la última de Harry va de eso, de muertes y algún que otro magnífico secundario. Por cierto, desde aquí abro un debate: ¿Qué final es más ñoño, el de Harry o el del Señor de los anillos?

 

Capitán América: Estoy a punto de declarar a Joe Johnston enemigo de la humanidad… Pero todavía no me atrevo, sobre todo porque los realmente culpables son los de Marvel, por su evidente falta de coraje a la hora de hacer películas. Es cierto que se la jugaron con Thor, pero con el Capitán América iban de vendidos. La filmografía de Johnston habla por sí sola. Cine infantil que sólo consiguió despuntar mínimamente con Jumanji. Tanto Rocketeer como Cariño he encogido a los niños eran buenas para el sector al que iban dirigidas, creo que disfruté viéndolas de pequeño, pero de ahí no pasaban. Aunque Johnston, que ha suspendido todas sus pruebas de madurez (Cielo de Octubre y El hombre Lobo), sepa hacer productos entretenidos, como Océanos de Fuego o Parque Jurásico III, lo cierto es que éste Primer Vengador se le queda grande. Es un funcionario, no un creador. La película tiene una ambientación atractiva, pero sus personajes e historia son de segunda. Especialmente pobre es el resultado de las escenas de acción. Le falta más tensión que a Harry y le sobran planos de película de sobremesa. Nos la esperábamos peor, es cierto, pero al verla da la impresión de que no era tan difícil hacer algo interesante. Lo mejor, como siempre, los momentos dedicados a la creación del héroe. Por eso funcionan todas las primeras partes… Menos Linterna verde, claro… Perdón, casi me atraganto con un ataque de risa tonta.

 

Las que me faltaron del verano: Blackthorne, perfectamente disfrutable en DVD; Transformers 3, que si no la padecimos en cines, a santo de qué coño vamos a dejarla entrar en la santidad de nuestros hogares en formato de disquete plateado; y Pequeñas mentiras sin importancia, porque ver una peli francesa siempre me hace sentir más listo y además dicen que ésta es graciosa.

También la lluvia

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags on enero 26, 2011 by silvio11

TAMBIÉN LA LLUVIA (2010)

Directora: Icíar Bollaín

Guión: Paul Laverty

Actores: Luis Tosar, Karra Elejalde, Gael García Bernal, Juan CArlos Aduviri, Raíl Arévalo, Carlos Santos.

Por partes. No aguanté Hola, ¿estás sola? Que no es que no me gustase, es que no terminé de verla, vamos. Eso sí, me enamoré de Candela Peña y esa forma tan bruta que tenía de hacer las cosas. Flores de otro mundo la tengo pendiente, aunque la evidencia de su propuesta me echa para atrás, como me ocurre con casi todo el cine social de un tiempo a esta parte. Y Te doy mis ojos, pues llamarme machista, pero me pareció aberrante. Bien interpretada, pero con poco que mascar, además de aburrida, por cierto. Eso sí, ya empezaba a despuntar en ella un tipo hosco capaz de comerse la cámara a lo Brando (¿a lo mejor me he pasado?), Luis Tosar.

La cosa cambió con Mataharis. Natural, amena y con un envoltorio que escondía tantos temas que la única forma funcional de abordarlos, una vez vista la película, es la que empleó Icíar Bollaín, la directora de todos estos largometrajes y de También la lluvia. Apostó por tirar a la esencia a través de una historia que sobrevolaba la esencia de las tensiones que pretendía reflejar. Representaba una buena sesión de cine, amena y con mensaje, que jugaba su mejor baza en el respeto por el espectador: Se ponen las cartas sobre la mesa y que cada uno entienda la mano que se está jugando.

Con también la lluvia, la directora repite la estructura básica de la propuesta. La trama principal, el rodaje de una película sobre Cristóbal Colón, es sólo un juego de manos que oculta la lucha de un pueblo por sus derechos. El mensaje más evidente, a través de las metáforas que se establecen con las escenas de ese largometraje centrado en El Descubrimiento, habla de la explotación que los países desarrollados ejercemos sobre los del Hemisferio Sur (que progre me ha quedado esto). Sin embargo, hay otro apunte más: la unidad del pueblo y el recurso, en caso de que sea necesario, a la violencia como forma de proteger los derechos civiles.

Bollaín se rodea de un elenco de lo más efectivo. Tosar se amolda como un guante a su personaje, huraño y aparentemente superficial, pero con un punto de nobleza escondida que le emparenta con el famoso Malamadre. Diría que es su rol, pero la verdad es que el infatigable ritmo de trabajo que tiene hace imposible seguirle en todas las producciones en las que participa, y mucho menos decir si está encasillado o no. Aunque todavía no ha llegado a la versatilidad de Bardem (ver Boca a Boca, Perdita Durango y Beutiful), lo cierto es que sí ha demostrado capacidad para cambiar de registro, aunque la gravedad de su voz se lo ponga jodido. Karra Elejalde, por su parte, ya es uno de esos actores que dan prestigio indie a cualquier cosa en la que participe, aunque sea una mamarrachada y conste que ésta no lo es. Como ocurre con él -un convencido de sus ideas, aunque esté equivocado-, el Antón que interpreta tiene mucho de idealista, de cínico y perdedor. También de artista izquierdoso y sobrado que opina de todo, muy probablemente, con más corazón que conocimiento y más ganas de tocar la moral que de lograr justicia. Tanto su gesto final como el ensayo del desembarco resultan admirables. No sólo por su interpretación. También por la naturalidad con la que Bollaín rueda y monta ambas escenas. Mientras el ensayo se graba como si fuese una película, empalmando escenas y cambiando encuadres, el acercamiento a los detenidos en la revuelta se resuelve con un plano fijo y lejano, real. Ya es difícil no ver en Elejalde un actor, aunque sólo sea porque el intérprete ha terminado devorando a la persona.

Ya en otro párrafo, físico para no equivocarnos, metemos al resto. Gael García Bernal está correcto, como un Juan Carlos Aduviri, que solventa bien su complicada papeleta. Y si alguien pedía un par de minutitos más es Raúl Arévalo, otro de esos intérpretes españoles capaces de arrancar lágrimas y sonrisas, pero, sobre todo, dotado de una naturalidad desbordante.

Bollaín vuelve a componer una historia superficial sobre otra intensa. Es capaz de sugerir sin sumergir. Combina lo mejor de la producción de autor con detalles de superproducción, como esas calles destrozadas por las revueltas. Maneja, en definitiva, los tiempos de su creación con soltura, ajustándose al plan que tiene en mente. Yo tengo claro a quien le daría el Goya a la Mejor Dirección, pero temo que la Academia no aprecia demasiado que el director se sitúe en un segundo plano y que la marca de la casa sea la eficiencia. Supongo que, y en cierto modo es normal, se prefiere al director que está siempre delante del objetivo, aunque se encuentre sentado en su silla.

Una melodía estridente

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags on diciembre 29, 2010 by silvio11

BALADA TRISTE DE TROMPETA (2010)

Dirección y guión: Álex Iglesia

Reparto: Antonio de la Torre, Carlos Areces, Carolina Bang, Santiago Segura.

Que Álex de la Iglesia está marcado por la dictadura es un hecho que no sorprenderá a nadie. Aunque al director siempre le han gustado los personajes extremos, lo cierto es que cuatro de sus más desquiciadas y enfermizas creaciones pertenecen a esta etapa histórica de España. Y además, los cuatro eran cómicos. Reconocía también el director en una entrevista que, al hacer Balada Triste de Trompeta, quería hablar de dos españas, la cómica e ilusa que representaban los payasos de la tele y la violenta que se respiraba en las calles, más en su caso, que pasó la infancia entre atentado y atentado en el País Vasco. Tampoco es nuevo en sus películas ese choque entre la ingenuidad de la niñez y la brutalidad del mundo. El Romeo Dolorosa de Perdita Durango tenía algo de niño psicópata, como también desbordaba candidez infantil Santiago Segura en El día de la bestia y buena parte de los terroristas de Acción Mutante, por poner ejemplos algo menos evidentes que el niño de 800 balas.

Personajes extremos, en todas las películas. Tan , tan enfermizos… en Muertos de risa y Balada triste. También se repite en ambas producciones la imagen del payaso triste (Areces y Segura) y la del gracioso e hijo de puta (De la Torre y Wyoming). Eso sí, quizás para distanciar una obra de otra, esta vez no ha querido el director hacer demasiado hincapié en las actuaciones compartidas, si no en el odio latente entre los protagonistas. Y es precisamente eso lo que lastra a Balada Triste, el odio extremo que respira el siempre magnífico De la Torre y la represión desatada que terminará convirtiendo a Areces en un animal salvaje y herido. No hay desarrollo, sólo explosión de emociones por uno y otro lado. Una explosión hipnótica y poderosa, muy poderosa, en el apartado visual que termina apostando por un desarrollo a trompicones, a golpe de mazo, trompeta, plancha, machete o ametralladora. La más dañada por todo ello es Carolina Bang, que trata de dar entidad a un personaje difícilmente defendible por su propia estupidez, su egoísmo, su miedo y esa especie de capacidad sobrenatural para ver un posible amante en el perdedor que todo el mundo vería al mirar al personaje de Areces. Si existe un mcguffin en esta película es, sin duda, Carolina Bang.

En Los crímenes de Oxford, fallido salto internacional de De la Iglesia después de Perdita Durango, el director trató de contenerse. Al final, perdió su mejor rasgo: la personalidad con la que marca sus películas. Para bien y para mal, eso es lo que le caracteriza, un humor grotesco, una puesta en escena excesiva y unos finales que habitualmente son más decepcionantes de lo que se merecían los largometrajes. Le pasó en Acción Mutante. Repitió con El día de la bestia y al deus ex machina ese de los cojones se le vio demasiado la pluma en 800 balas. Muertos de Risa la odio hasta la médula y Crimen Ferpecto no la he visto ni putas ganas que tengo. Las mejor cerradas: la trágica Perdita Durango, atrapa en la propia inconsistencia de su trama; y La comunidad, quizás la más equilibrada y perfecta de sus producciones con permiso de La habitación del niño (lo mejorcito de las Películas para no dormir lideradas por Narciso Ibáñez Serrador).

Precisamente es eso lo que le falta a De la Iglesia, equilibrio. Un director con el valor que tiene él y que tan a gusto se siente entre los suyos, que le respetan aunque no sea lo mejor de la industria patria ni vaya de comprometido por la vida, sólo tiene que intentar tomarse la medida y la temperatura. Quizás así Balada triste tendría un desarrollo lógico y no sería una alocada carrera por ir cubriendo etapas, que para este caso es lo mismo que alcanzar los clímax que el director reparte a lo largo del metraje. Quizás así habría tenido un final épico y no anodino, demasiado anhelado por el espectador debido a la caída de ritmo que hay en el segundo tercio de la película.

De la Iglesia propone un film brutal que, como casi todos los suyos, está llamado a adornar estanterías de frikis y tener el apellido De culto para más de uno. Una película en la que sus fieles (Tallafé, Terele Pávez, Areces y Segura, entre otros) brillan y en la que alguien me explicará algún día por qué aparece Fran Perea. Una producción fallida, pero que sigue alimentando esperanzas el director porque, a fin de cuentas, el fallo de alguien con la personalidad y la visión de De la Iglesia vale mucho más que los errores de otros, condenados a ser siempre previsibles. Y no digo nombres, que luego me acusan de no saber apreciar el cine español.

Segundas oportunidades (Los Ojos de Julia y Agnosia)

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags , on noviembre 17, 2010 by silvio11

Hay que currárselo para dar con las respectivas óperas primas de Eugenio Mira y Guillem Morales. A The Birthday, de Eugenio, se la puede encontrar en un pack doble con Evil Aliens (un gore cachondo y de lo más recomendable). Con sabor a serie B, referencias estéticas a Terry Guilliam y un protagonista a la altura de las circunstancias, Corey Feldman, Mira se quejaba de la incomprensión de una industria, en aquellos años, demasiado volcada en el cine social. Sin ser una gran película, su opera primera respiraba fantasía gracias, sobre todo, a la puesta en escena. Además, era distinta. Tan distinta como la mucho más efectiva El habitante incierto, de un Guillem Morales que no lograba un taquillazo, pero sí el aprecio de la crítica y la entrada en el cada vez menos selecto club de las películas catalogadas como De Culto. De metraje demasiado extenso, su fascinante punto de partida se diluía en un tramo intermedio en el que el director se perdía en sus propias obsesiones.

Curiosamente, aquellas dos películas se estrenaron en un mismo año, el 2004. Y también en un mismo año, el 2010, Morales y Mira intentan aprovechar la segunda oportunidad que se les ofrece. Uno mantiene su estilo, la fantasía escénica y la falta de gancho con el guión. El otro repite obsesiones y se pierde a la hora de intentar acertar en la diana que ya había errado, la de la comercialidad.

El Habitante incierto era una historia sobre gente que vive sin vivir, a través de los ojos de otros, sin ser vistos y ocultos en las sombras. En Los ojos de Julia, el villano de turno es un tipo al que “no le da la luz”. Una de esas personas que siempre pasan desapercibidas ante los demás, lo que va haciendo que acumule un tremendo resentimiento en su interior. Se aprecia en Morales la capacidad para sorprender en momentos puntuales, como ese desenlace a ritmo de flash fotográfico o la inquietante no presencia del protagonista que se consigue en algunos momentos. Sin embargo, la infantil historia protagonizada por el también infantil personaje de Belén Rueda no puede provocar nada más que un rubor constante. Con un guión torpe e ingenuo y una puesta en escena casi cómica, Morales es incapaz de dar coherencia a una trama en la que, se intuye, lo primero que escribieron fue el desenlace. Lo demás, son sólo un conjunto de excusas bobaliconas para llegar hasta él. Un thriller más que sin duda crucificaríamos de tener factura norteamericana. Por cierto, bajísimo el nivel actoral. Ni el gran Lluís Homar parece creíble, ni mucho menos una Belén Rueda empeñada en tomarse demasiado en serio a sí misma, algo poco recomendable en el cine de terror. Una lástima, porque aunque repetida, la idea del hombre que vive entre sombras sigue siendo fascinante… A lo mejor en un tercer intento acierta con la fórmula.

La de Mira es casi tan mala como la de Morales, pero tiene dos lastres añadidos: es aburrida y pretende ser diferente, en vez de limitarse a serlo. Poco hay que salvar y, lo que es peor en estos casos, que comentar. Eduardo Noriega, que hace poco dio muestras de saber envejecer gracias a su papel en el Mal Ajeno, aborda un personaje absurdo sin convicción alguna. El resto del reparto… pues me niego a comentarlo, más que nada, por que no siento que merezca la pena el esfuerzo de buscar en Internet cómo narices se llamaba la novia de Óscar Jaenada. Si destaca algo, es la puesta en escena, que era lo mejor en The Brithday. Si habría que colgar a alguien, es a los responsables del guión por hacer un guión sin clímax, de esos que parecen defender que la diferencia entre el cine europeo y el norteamericano es dejar al espectador con mala leche y la sensación de que los protagonistas son unos pusilánimes. Su aportación: descubrir que alguien se puede ganar el pan en una película haciendo de Rostros Homogéneos.

Ni Morales ni Mira convencen, pero lo que más duele es la ausencia de originalidad en sus respectivas propuestas y el empeño que parece tener la industria española por engañar a los espectadores. Una lástima, porque hay ganas de recuperar el cine de género, sobre todo el de terror, pero sigue faltando la personalidad o el oficio necesarios para hacerlo, más allá de los Balaguero de turno… Al final, van a conseguir que tenga miedo de sentarme en la butaca de cine para ver la redención de Álex Iglesia después de los Crímenes de Oxford. Ver para creer, con lo que yo era para defender el cine español.

Agnosia (2010)

Dirección: Eugenio Mira.

Guión: Javier Gullón y Antonio Trashorras.

Intérpretes: Eduardo Noriega, Bárbara Goenaga (mecachis, al final tuve que mirar IMDB) y Félix Gómez.

Los Ojos de Julia (2010)

Dirección: Guillem Morales.

Guión: Guillem Morales, Oriol Paulo.

Intérpretes: Belénrueda, Lluís Homar y Julia Gutiérrez Caba.

Economía enterrada (vale, no sabía como titular el post)

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags , on octubre 22, 2010 by silvio11

A la industria española la ciegan sus fobias… y sus filias. Después de años dando la espalda al cine de género, parece que ahora ha llegado el momento de apoyarlo más allá de todo límite racional, como si el espectador fuera estúpido. Antes fueron Bayona y su Orfanato batidora. Ahora les llega el momento a Rodrigo Cortés y Enterrado, una propuesta que no logra alcanzar la originalidad y energía de su estreno: Concursante.

Oliver Stone ha sido durante años el renegado, la conciencia crítica y comercial de su país. Sin embargo, el amor-odio que siente por Estados Unidos le ha llevado a protagonizar una paradoja creativa difícil de conjugar. En sus mejores momentos, recuerda al Garth Ennis de El Predicador, crítico ácido de los vicios de su tierra a través de unos personajes que simbolizan y aman los ideales de las barras y estrellas. Por desgracia, Stone a veces pierde el rumbo y parece no atreverse a hundir el estoque hasta la empuñadura, lo que le deja en una situación un tanto ridícula, como en Wall Street2: el dinero nunca duerme.

Podría parecer que no viene a cuento juntar a Cortés y Stone en un mismo artículo, pero la idea no es hablar del fondo de sus historias, si no de la estrategia que ambos utilizan para hacerlas digerible. En este caso, lo que toca es hablar de montaje.

Para un servidor, desde el punto de vista técnico, la piedra filosofal en el caso de Stone es Un domingo cualquiera; una montaña rusa de imágenes y secuencias que vienen a ser una puesta al día del delirio visual experimentado en Asesinos Natos. Consciente de manejar un material denso, en la segunda parte de Wall Street, apuesta por metáforas facilonas, como esas pompas de jabón que aparecen en pantalla cada vez que se habla de burbujas, y por cortinillas que harían morirse de envidia a Tarantino. Sin embargo, la apuesta funciona. El exceso propuesto por Stone, con edificios convertidos en gráficos bursátiles y desplomes tanto visuales como económicos, consigue convertir a Wall Street en un personaje más de su película. La película sólo se detiene cuando llega el momento de contemplar la emotividad de los acertados Shia LeBeouf y Carey Mulligan, a la que el papel le obliga a repetirse un pelín demasiado. Brolin es una caricatura del malo. Douglas, una caricatura de sí mismo (atención a la conversación que mantiene en el metro con LeBeouf, la cara de confiada espera que dibuja al darle la espalda). Stone sabe que maneja un material pesado, complejo, pero se apoya en las imágenes para hacérselo tragar al espectador sin demasiadas dificultades. El descalabro de los tres minutos finales lo dejaremos a esa doble personalidad que debe dejar perplejo al mismo director durante las largas noches de invierno.

Concursante ya ofrecía un montaje más propio del cine de allí que del cine de aquí. Cortés no tenía reparos en recurrir a metáforas visuales para explicar, sirva de punto de conexión forzado con Wall Street, los entresijos del capitalismo y la economía. Su opera prima, sin ser perfecta, desprendía una vitalidad contagiosa. En Enterrado, resultaba evidente que el montaje, el cambio de plano, sería su mejor recurso a la hora de guiar al espectador por la agonía de ese pobre transportista encerrado en un ataúd. Sin embargo, Cortés olvida la propia esencia de la historia, la opresión y el agobio de la experiencia, y se empeña en sacar una y otra vez al espectador del encierro. Graba a Ryan Reinolds, en un papel de lo más goloso, con planos cortos, pero también cambia constantemente la cámara de posición e incluso muestra encuadres imposibles, como aquel en el que el techo de la caja parece alargarse hasta el infinito. El error que comete Enterrado es olvidar que su mayor activo debería haber sido el guión, que es donde debe residir la tensión de este tipo de producciones, y la claustrofobia. Por desgracia, la conexión telefónica de Reinolds no es más que una excusa para hacerle hablar y ninguna de sus relaciones celulares consigue reunir suficiente interés, tensión o intriga. Cortés no utiliza el montaje como una herramienta, si no como un divertimento aplicado sin control. El director es la estrella. También lo era Steven Soderbergh en Traffic, pero en su caso consiguió que la innovación visual reforzase la historia, mientras que en el de Enterrado la fagocita. De todas formas, para aquellos que le cojan cariño a las películas sobre pequeños espacios, una recomendación: Náufragos, de sir Alfred. No hay nada más opresivo que la inmensidad del mar.

Inquilinos encubiertos (durmiendo con un mirón)

Posted in Cuando el séptimo arte sólo es cine with tags , on julio 2, 2010 by silvio11

Veo Rabia, de Sebastián Cordero. Segunda semana consecutiva en la que voy al cine a  ver una película española. Segunda semana en la que no hay nadie más en la sala, sobre todo en este caso, en el que ni siquiera yo tengo acompañante.

Viva el cine español. Cada vez somos más chachis. Corremos a ver a Almodóvar o a los tontos de la tele. El resto, lo olvidamos.

Tampoco soy quién para hablar. Acabé en La estación del olvido porque creía que era otra película.

En Rabia, Sebastián Cordero tiene una idea y algunas losas sobre la conciencia. ¿Cada vez nos gusta más ejercer el anticlímax o son imaginaciones mías? En esta ocasión, la trama sigue a un inmigrante con demasiada mala leche. En un arranque de ira mata a su jefe y se esconde en la mansión en la que trabaja su novia como sirvienta. Nadie sabe que está allí, ni siquiera ella. Él, entre las sombras, observa todo lo que ocurre. Lo bueno y lo malo.

Una idea cojonuda. Tan buena, que es mucho mejor la sinopsis que la propia película. Esperaba ver cómo al tipo se le iba cargando la mala uva poco a poco, hasta hacerle estallar, pero no. Cordero no tiene pulso con la violencia. Es demasiado estático, demasiado plano. Y tampoco le salva un reparto más que solvente compuesto por Concha Velasco, Iciar Bollaín o Álex Brendemühl entre otros.

Nada.

Cuando aparecen los títulos de crédito, la sensación es de completa y absoluta indiferencia.

Pese a todo, me da por hacer un repaso de los invasores que habitan mi memoria, de esos tipos que viven la vida de otros.

1990. De repente, un extraño. Menudo título para una película. Contaba con apenas diez años cuando la estrenaron. Nunca la he visto, pero recuerdo el trailer. De esos finales de los 80 y comienzos de los 90 recuerdo, sobre todo, los trailer. Un año después vio la luz El sótano del miedo y con ella otro inquilino no invitado. Cucaracha, un muchacho que vivía entre los muros de una casa laberíntica en la que una pareja de transtornados se dedicaban a encerrar niños. El componente fantástico me atrapó, por muy cutre que fuera el resultado final de la producción. Eran los tiempos en los que la adolescencia prefería el terror cachondo y delirante a los vampiros que brillan bajo la luz del sol.

Comenzó a intrigarme la invasión de la intimidad. Sin embargo, esas primeras aproximaciones parecían demasiado lejanas. No es fácil empatizar con el espía. Más que nada, por su escasa capacidad para interactuar.

La ventana indiscreta, descubierta demasiado tarde, daba un paso más en aquella dirección. Alfred Hitchcock, el rey de los mirones, convertía a James Stewart en acosador de un incierto asesino. Invasión, sí, pero no bajo el mismo techo. Vigilante y vigilado no compartían el mismo aire. Julia Roberts, por su parte, era consciente de vivir atrapada en Durmiendo con su enemigo y lo de Sharon Stone en Acosada era puro morbo.

Entonces, qué. El paso definitivo, la auténtica conquista de la intimidad, llegó de manos de un español, por lo menos a mi vida.

El mundo cinematográfico está lleno de películas que, por desgracia, no da tiempo a ver. Y para colmo de males, mi infancia y adolescencia vivieron bajo el yugo de la producción norteamericana, serie A, B y Z, pero siempre con el USA por delante.

Por fortuna, llegó un poco de cine español a las pantallas. Por fortuna y por desgracia porque, en el fondo, la industria española es tan maquiavélica como la estadounidense. También nosotros priorizamos unos productos y condenamos otros al olvido. En nuestro caso, quien ha pagado los platos rotos durante años ha sido el cine de género. Jacinto Molina lo vivió en sus propias carnes. Guillem Morales también.

Un tipo que acaba de dejarlo con su novia se encuentra viviendo en una enorme mansión, solo. Una noche llega a su puerta un hombre. Le pide llamar por teléfono. Acepta. Le guía al salón y allí el hombre le pide al tipo que le deje un poco de intimidad, ya sabe, para hacer la llamada. Levemente contrariado, el tipo acepta. Se va a  la cocina y espera, espera y espera. Hasta que se cansa de esperar. Entonces vuelve al salón para ver qué ocurre: el hombre ha desaparecido. El tipo comienza a hacerse una pregunta, ¿realmente se ha marchado o sigue allí, escondido en alguna parte de la casa?

El habitante incierto propone un punto de partida, una vez más, acojonante. Es muy difícil mantener el nivel sin entrar de lleno en el terreno del thriller. Y de hecho, Morales apuesta por otras sendas, las de la incomunicación, las de las vidas perdidas, las de seres vestidos de negro que pululan por hogares ajenos mirando, sin tocar, y siendo, sin estar. No es fácil de ver. A más de uno se le podrá hacer pesada. Yo mismo no recuerdo demasiado bien el desenlace, visto en una agradable media soledad de primera hora en la videoteca de la Facultad de Ciencias de la Información.

Rabia no es tan profunda como aquel desterrado Habitante incierto, ni tan efectiva, ni tiene el mismo simbolismo, ni la misma poesía, pero vive en otro tiempo y tiene el padrino que necesita: Guillermo del Toro. Morales fue de francotirador por la vida y creo una peliculita que ha quedado como cine de culto para unos pocos que cada vez son más. Es lo bonito del cine, los inquilinos anónimos que se esconden entre las paredes a veces dan la cara y consiguen un poco de cariño. Eso fue, por cierto, lo que le pasó a Cucaracha en el Sótano del Miedo… una lástima que el suyo fuera un personaje secundario de una película de terror.