Archivo para cosas que simplemente ocurrieron

Imprecisiones

Posted in Estrambotismo, Historias del terruño (Guadalajara) with tags , on julio 7, 2011 by silvio11

Sección de Opinión. Como en todos los periódicos, en éste también hay que escribir las típicas pinceladas alabando o poniendo a parir un aspecto concreto de la actualidad. En nuestro caso, al lanzazo se le llama Baja. Me toca hacer uno sobre los toros. El motivo: un comunicado de Ecologistas en Acción pidiendo a los ciudadanos que denuncien los abusos cometidos en actos taurinos. Empiezo a escribir: “Respetar los derechos del toro>> Una lástima que aún haya que hacer llamamientos como el de Ecologistas en Acción para recordar a los desaprensivos que los animales también tienen derechos…”. Me detengo y medito un segundo. Hay algo irónico en todo esto. Retomo. “… Que los animales tienen derechos…” Sí tienen derecho a no ser torturados, pero no tienen derecho a la vida. ¿Tienen derecho a que los matemos rápido? Eso tampoco es del todo correcto. Tienen derecho a que los torturemos sólo cuanto la Ley dice que les podemos torturar. Ejemplo: clavar banderillas, sí. Tirar piedras, no. Mira que es cachonda la Ley.

 

Son las siete de la tarde y yo un cínico al que el tema ni le quema ni le apaga el fuego. Quiero irme a casa. Mañana hablamos de moral que hoy sólo tengo cuerpo de chiste… porque no soy toro, claro.

 

Baja:

Respetar los derechos del toro>> Una lástima que aún haya que hacer llamamientos como el de Ecologistas en Acción para recordar a los desaprensivos que hay límites que no deben traspasarse en los espectáculos taurinos.

 

¿Alguien se ha parado alguna vez a pensar lo difícil que sería aparentar que somos consecuente sin los grises, las ambigüedades y otras imprecisiones?

 

Por fortuna el lenguaje es mi herramienta de trabajo y con él puedo manipular el pensamiento hasta hacerme creer que estoy en el bando correcto, aunque jamás llegue a tomar partido.

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Ambigüedad

Posted in Historias del terruño (Guadalajara) with tags on abril 5, 2011 by silvio11

Guadalajara tiene rostros repetitivos dentro de su pequeña multitud de familiares desconocidos. Ya en el colegio su cara era la de un animal de granja esperando entrar en el matadero. Le recuerdo apacible incluso en la violencia, inquietante, pues no hay nada más aterrador que la frialdad en los ojos del asesino. Sólo que el nunca mató a nadie. Se le intuía esa capacidad. Igual que un niño puede apretar, inconsciente, el gatillo de una pistola, él podría haber desencajado mandíbulas o silenciado respiraciones sin más ayuda que la de sus manos. Así de grande y… bovino era. No sé por qué esas expresiones, como de hombre perdido, las asocio siempre a personas grandes.

Cuando dejamos la escuela le perdí de vista durante un tiempo. Nunca llegué a hablar con él, entre otras cosas, porque era un par de años más joven que yo. Un día le vi tirando de un pesado carrito de la compra, de esos de tela que llevan las madres a los supermercados. La mía lo utiliza  para meter los cartones que va a reciclar. Él llevaba… lleva propaganda. Kilos y kilos de propaganda. Siempre he pensado que debe ser el carrito más pesado del mundo. También tiene una mochila repleta de panfletos. Una noche de viernes le vi entrar en un bar, completamente borracho, con la mochila, pero sin el carrito, y esa expresión en los ojos de vaca indefensa… o de asesino despiadado. Bailaba dando bandazos mientras sus ojos saltaban impertinentes entre las chicas. Entonces supe que no buscaba amor. Era sexo, venganza quizás. Sentí compasión y miedo de él.

A veces le adelanto con el coche. Él camina bajo el sol, con su carrito y la mochila a cuestas, perdido entre todas las ofertas, rebajas y promesas políticas de los panfletos que buzonea. Paso junto a él y me pregunto cómo será su vida. Sonrió al imaginar que son todo tonterías mías y qué es uno de los tipos más felices del mundo, o me da un escalofrío al pensar que vive en un pequeño apartamento lleno de mugre… no sé.

Ahora le encuentro en el parque casi a diario. Me recuerda a otros habitantes de otros parques, seres tristes que parecen querer esconderse del mundo durante unos segundos. Unos días bebe agua, completamente sudado. Otros se lía algo, supongo que un canuto, con una eficacia mecánica y la mirada perdida en el horizonte, como si estuviera tratando de definir su propia naturaleza.

Otra carrera

Posted in Historias del terruño (Guadalajara), La zapatilla parlante with tags on febrero 16, 2011 by silvio11

Nota: Mientras lo escribía he recordado que hace unos meses ya colgué uno similar. Me han gustado tanto las similitudes entre ambos, empezando por la lluvia, que he decidido subirlo de todas formas. Es curioso. Tienes la sensación de que el tiempo pasa a toda ostia, pero parece que la vida se resiste a cambiar. Por desgracia me temo que la canción se queda demasiado corta.

 

Sentado en la cama, con la camisa técnica puesta, en calzoncillos y con las mallas en la mano me pregunto si realmente quiero salir a correr. No tengo muchas ganas. Después he quedado. Voy con prisas… demasiadas. Hace frío y parece que está a punto de llover. Prefiero no darle más vueltas al asunto y termino de vestirme. Descubro que tengo rotas las zapatillas, como las de baloncesto y las de calle, que se han convertido en todo un icono entre mis amistades. He vuelto a cortarme el pelo demasiado, así que me calzo el gorro de lana que no me gusta, el que huele a sudor y tiene rayas horizontales marrones y blancas. Cuando salto a la calle guardo las llaves en el bolsillo trasero de las mallas nuevas, que tienen cremallera. Estoy a punto de volver a casa para coger el forro polar, pero no lo hago. La carrera siempre termina calentándome.

Empieza a chispear. Un amigo me previno contra la épica del corredor. Tiene razón. No siempre somos héroes. Tampoco llueve a cantaros y, aunque sigue haciendo frío, no siento que se me vaya a helar el alma. Voy ligeramente más rápido de lo normal, pero sin el cuchillo entre los dientes. Me recreo con el olor de la tierra mojada y en la oscuridad de la noche. Recuerdo a mi hermano, y a tantos otros, diciendo que prefieren correr con sol. Todavía no he encontrado a nadie que prefiera hacerlo de noche. Bueno, sí, hubo alguien, pero fue hace mucho. “¿Quedamos para una nocturna?” Sonrío al recordarlo y siento una punzada de melancolía. Supongo que ahora corre con otro, de día.

Entro en el Parque de San Roque. Paso entre dos árboles que están demasiado juntos. Lo más fácil sería bordearlos, pero cuando los atravieso me da la sensación de que estoy cruzando un portal mágico construido por la propia naturaleza. Pasar por ahí es una de esas manías que he ido desarrollando con la rutina. Como la de rodear las tumbas por fuera… yo me entiendo. A estas alturas ya sé que la carrera no va a tener nada épico. Podría ir paseando, pero lo mío es correr. Es una obligación, un premio, una rutina y, si no fuera porque he quedado con unos amigos para cenar, lo más excitante que haría en todo el día.

Sin darme cuenta me pongo a pensar en chicas. Supongo que tiene algo que ver con las “nocturnas”. Diferencio casi sin darme cuenta las relaciones carnales de las emocionales. Luego están las que se encuentran en una peligrosa tierra de nadie y una, solo una, a la que no me voy a perdonar hacer daño… Hay tanto que en el fondo no queda nada. No puedo permitirme el lujo de que alguna me importe. No ahora que estoy tan cerca del equilibrio. El Malaguita pega una patada dentro de mi memoria. “Yo no soy mucho de follans”, decía con su acento del sur. Entonces aquello sonaba como una locura. Ahora el sexo me parece poco más que una necesidad física que se satisface mejor en compañía. Descubro que he aprendido a verlo todo con cierta indiferencia. Tengo ganas de echar un polvo, pero me da pereza lo que implica conseguirlo de forma gratuita. Me pregunto cuánto tardaré en convencerme a mí mismo de que la prostitución es una opción aceptable. Puede que el romanticismo ya sea una batalla perdida.

Paso junto a las pistas de pádel y tenis. La gente empieza a recoger sus cosas, vencida por la lluvia. Creo que el gorro se me calará en cuanto salga a campo abierto. Por ahora me protegen los árboles, pero ya he notado algunas gotas en las manos y resbalando por la cara. Las recibo como si fueran caricias o un viejo amigo que vuelve a verte. Chicasssssssssssssss. ¿El uso del plural significa que he perdido una parte de mi alma que ya nunca volveré a recuperar? Además, ya tengo edad para pensar en mujeres, no en chicas, carajo. En el fondo, me alegra esta ausencia de emociones que siento. Es como si no existiera ningún dolor con el que no pudiera lidiar ahora mismo. A base de correr he descubierto que lo único que necesito para sentirme bien es avanzar hacia alguna parte, crecer. Escribir, hacer ejercicio, bromear con los amigos, leer un libro o mirar a la gente para intentar descubrir algo más sobre los seres humanos… Pensar, pasear y buscar un poco de magia en el mundo.  

El barro está a punto de hacerme perder el equilibrio. Se me va la pierna derecha y fuerzo un poco la pisada con la izquierda. Eso me pasa por liarme con pensamientos abstractos. Siento un trallazo de dolor en la parte externa del tobillo. La gente está aburrida de oírme hablar de este tobillo y yo debería estar aburrido de que me doliese, pero le he cogido un poco de cariño al sufrimiento. “Ya ni siquiera recuerdo lo que era salir a correr sin dolores”. Lo dijo uno de los veteranos del Club Maratón. Hace tiempo que no salgo con ellos, más de un año. Al final, correr es otra de esas cosas que por norma general prefiero hacer solo. Ya no pienso en las chicas ni en el pequeño caos en el que vivo. Me centro en los amigos, aunque no les dedico más que unos breves segundos.

Salgo al Paseo del Colesterol y una ráfaga de aire frío me azota los riñones. A lo lejos veo a un corredor. Salta a la vista que acabaré dándole caza. Alargo la zancada. Me viene bien para alegrar un poco el ritmo. Vuelven las chicas y me obligo a reemplazarlas por los amigos, por lo poco que todavía me une a muchos de ellos. De repente recuerdo a mis padres y se me encoge el corazón. Hoy he visto en la cara de mi padre esa mirada de señor mayor y mi madre ha vuelto a tratarme con miedo, como si temiera que fuera a darla una voz… Les debo tantos abrazos… o al menos decirles que les admiro.

Alcanzo al tipo, que aprieta el paso al sentir mi respiración. Durante unos segundos me olvido de todo y me concentro en la carrera, en encontrar el ritmo justo para pasarle, pero sin desgastar demasiado. Parece que se rinde. Sin embargo, a los poco metros decide tomarse la revancha. Vuelve a apretar y me pasa en un último sprint. Estamos cerca de la rotonda del ciclista, cambio de sentido obligatorio en este recorrido, aunque yo suelo hacerlo al revés para no forzar el tobillo. Imagino que parará ahí, por eso está dándolo todo en los metros finales. Mi mente quiere concederle la victoria, pero las piernas ya han tomado su decisión. Cada vez estoy más convencido de que la maldita competitividad es hereditaria y crónica, si no terminal. Cuanto más viejo soy, más la noto. Se impone, obligándome a luchar siempre, por todo… Bueno, por todo lo que  considero importante, que no son tantas cosas a fin de cuentas. Vuelvo a pasarle y cuando termino de dar la vuelta ha desaparecido. Imagino que no era nada más que un fantasma. Me pasa a menudo. Pienso que la gente con la que me cruzo no son nada más que almas errantes condenadas a hacer una y otra vez el mismo recorrido, como yo.

Ahora, con el viento en contra, siento mucho más el frío en el abdomen. Temo que pueda darme un retortijón. A veces me pasa con el frío. La subida de ritmo se me ha quedado en las piernas y sigo apretando, como si el fantasma fuera a regresar para ajustar cuentas. Con todo, me noto bien. Una vez soñé que corría por un bosque, sin cansarme nunca. Siempre he deseado tener esa sensación. Cuanto más fuerzo, más delirante se vuelven mis pensamientos. Es en momentos como éstos, o cuando estoy borracho, en los que se me ocurren las buenas ideas. No me vendría mal tener una. Llevo dos semanas atascado con una historia, pero en vez de encontrar un  desatasco, se me ocurren mil ideas para empezar otras. Eso tampoco es nuevo. Por eso hay tantos cuentos inconclusos en mi ordenador.

El parque que va de la Fuente de la Niña a Cuatro Caminos es mi preferido. Suele haber gente paseando, algún perrillo y parejas enigmáticas sentadas en los bancos más oscuros. También está mi animal herido, que se ha dejado el pelo largo justo ahora que a mí me ha dado por mantenerlo corto. Y cuando llueve, los charcos y el suelo reflejan mucho más el naranja de las farolas. Adoro ese naranja. La gente me dice que hablo mucho de la noche, la luna, los lobos, el amor, los inadaptados y un montón de cosas más, pero nadie me ha dicho que hablo mucho del naranja de las farolas. Me gusta cuando llueve y los cristales de las gafas se me llenan de gotas de agua. Los destellos naranjas me obligan a quitármelas y voy corriendo casi a ciegas. Es como si pudiera ver el aura del mundo, todo naranja él.

Cuando vuelvo a la Fuente de la Niña y empiezo a bajar de regreso a Santo Domingo, calibro el estado de mis fuerzas. Las piernas me piden un poco más de guerra, pero no siento que esté apretando el paso. Sigue siendo un paseo. He ido tan cómodo que ni siquiera forzar ahora podría estropear las buenas sensaciones. Me gusta bajar, sentir que la fuerza de la gravedad va conmigo. Ésta es la parte del camino en la que menos pienso. Voy más centrado en ver lo que hay a mi alrededor. A veces incluso me cruzo con algún conocido en el paseo de San Roque. Soy mucho más simpático cuando corro. La falta de oxigeno me hace olvidar que hay gente a la que no me apetece saludar. Eso es bueno, aunque nunca me paro para charlar con nadie, que esto del correr tiene sus reglas. Llego resoplando a casa y comienzo a estirar. Sigue lloviendo un poquito. El gorro no está demasiado calado. Tampoco me ha vuelto a doler el tobillo ni siento frío. En el estiramiento de cada músculo cuento mentalmente hasta 30 mientras me voy relajando. Las gotas tampoco dejan de caer con delicadeza sobre mi cuerpo.

Me gusta salir a pasear.

Acotaciones al margen

Posted in Historias del terruño (Guadalajara) with tags on enero 12, 2011 by silvio11

Tres apuntes:

a) En Guadalajara no tocó ningún premio de la Lotería de Navidad. Falso. Uno de los gordos se vendió en La Miel. ¿Tú conoces a alguien a quien le haya tocado? Yo tampoco. A ver cómo se lo explican a la parienta.

b) Un tipo al que le tocó la lotería en Cifuentes en 2010, entre 70.000 y 90.000 euros, le dio la mitad al vendedor de la administración. “Yo no necesito más que esto, Paco. Toma tú el resto y vete de fiesta… Y vaya si lo hice”. Adoro los pueblos de la provincia. Esto en una ciudad no pasa.

c) En el programa que tiene Julia Otero en la radio dicen que una universidad de ¿Arkansas? ¿Kansas? (no sé cuál es y no voy a mirarlo) ha demostrado que el primer beso nunca se olvida, que es más importante incluso que el primer polvo. Me pongo a pensar y no me parece que mi primer beso fuera para tanto. Pienso un poco más y me doy cuenta de que no, de que ese no fue mi primer beso, que antes hubo otro, pero no recuerdo el nombre de la chica. Vaya memoria. O los de Arkansas-Kansas son gilipollas o yo no tengo corazón… Como me da igual una cosa que otra, supongo que la más correcta es la segunda opción. De todas formas, no me creo la noticia.

Nueve dedos (autocompasiva respuesta a Atenea)

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags , on agosto 19, 2010 by silvio11

¿Has escuchado el viento soplar entre las hojas de los árboles?

Es el huracán que da vueltas en mi interior

tratando de disfrazarse de susurro para escapar de mi cuerpo.

 –

Los cuatro clavos ardiendo a los que podía aferrarme

ahora arden demasiado.

Sólo el caos consigue que olvide la soledad en la que ando perdido.

 –

El dolor grita buscando una forma propia,

una causa, un motivo

y el sinsentido de mi propio ser me abrasa.

 –

Me confundo en las corrientes aéreas del huracán,

que respira disfrazado de suave brisa,

y el infierno de mi pecho es sólo un destello en los ojos.

 –

Busco un referente que me ancle en la realidad

y otro plato más se escurre entre mis manos.

Su estallido es una acusación… otra acusación totalmente cierta.

 –

La cárcel de mi propia inacción,

mis nueve dedos;

la lentitud de la mano en el teclado,

la pinza de tender la ropa sujeta con los dientes;

el nervio dando vueltas dentro de un cuerpo inútil,

la necesidad de recibir ayuda;

el silencio de la casa vacía

y el tiempo para pensar.

Indefensión en medio del huracán sin armas para sentirte completo.

Fuego quemando en la soledad manifiesta.

 –

La suave brisa entra por la ventana,

agitando levemente la persiana al invadir el salón,

y se transforma en huracán dentro de mi pecho.

 –

La casa da vueltas y se convierte en páramo desierto.

El absurdo de la situación es sólo otro tronco en la pira,

más combustible para el fuego de la estupidez.

 –

Me sobrepasa mi propia debilidad

y necesito un algo, un quien.

La vida se queda vacía por un dedo, por un triste e inútil dedo.

 –

La fortaleza se rompe por el dedo

y sin posibilidad de luchar busco otra salida.

Aprendo a respirar en mi propia cárcel.

 –

La vida, que tan llena parecía días atrás,

se vacía de golpe.

Ya no estoy en condiciones de hacerme compañía a mí mismo.

necesito a otro, a un alguien o un qué.

 –

Y nadie viene.

 –

La pinza se me cae de la boca,

el plato estalla contra el suelo

y hasta limpiarme el culo después de cagar es una puta odisea.

 –

Tan nimio, tan débil, tan pequeño.

¿Mi dedo o yo?

Es lo mismo porque los dos somos un todo que depende de sí mismo.

 –

Nuestra propia autosuficiencia es nuestro pecado.

Resistimos en nuestra propia debilidad,

mi dedo y yo,

aferrándonos a un lejano “creí que tú sabías cuidarte solo”

que a base de odio hemos convertido en realidad.

 –

El huracán y el infierno no son nada más que el reflejo de mis dudas,

de mi debilidad y mi fortaleza.

Perdidas las rutinas que me atan a la cordura

sólo queda la lucha entre extremos,

entre la autodestrucción y las ganas de vivir,

y en la soledad de mi habitación trato de disfrutar de la batalla.

 –

Tan nimio, tan débil, tan pequeño.

Mi yo, mi cabeza, mi dedo, mi alma,

mi cordura y mi vida.

Paloma

Posted in Animalia, fragmentos de historias jamás escritas, Historias del terruño (Guadalajara) with tags , on agosto 10, 2010 by silvio11

Llega tarde. Apenas escucha la puerta de la oficina cerrarse a su espalda. El sol, oculto tras las nubes, promete un final de tarde bochornoso. Guarda la lluvia, como si fuera el arma definitiva de una guerra completamente injusta. Amaga con ella. Lleva todo el día haciéndolo, pero el olor le delata. La tormenta acabará estallando, tarde o temprano.

Saca las llaves del coche y va pensando en lo tarde que se le ha hecho. Entonces la ve. Es gris y tiene convulsiones. Una rata del aire, es lo primero que piensa. Es como si a la paloma le hubiese dado un ataque al corazón mientras volaba y se hubiese estrellado contra el suelo, igual que un avión. Está tumbada sobre el pecho, con el cuello torcido, intentando respirar y el culo levantado en el aire… Las patas sólo consiguen mantenerla en un  impúdico equilibrio. Cualquiera diría que está a punto de darse la vuelta, de ponerse boca arriba para poder respirar. Nunca ha visto a una paloma tumbada boca arriba.

Se acerca a ella. Si no hubiese nubes, la tarde sería de un radical amarillo, pero no es así. El tormentoso marrón del verano hace acto de presencia y un leve rastro de humedad flota en el aire. Las hormigas caminan sobre la arena, rodeando a la paloma. Tiene unos pelos raros en la protuberancia blanca del pico. Es el mismo color de algunas plumas que más parecen canas que cualquier otra. Se dice a sí mismo que está mayor. Es como si el animal no pudiera respirar, como si fuera un abuelo que se está quedando sin aire.

Detenido a su lado, busca con la mirada alguien que le pueda aconsejar. No encuentra a nadie. La paloma se retuerce, pero no gira sobre sí misma. Cada apertura del pico va acompañada de un agónico estiramiento de la cabeza y el cuello. Parece que intentara atrapar el aire. Algunas hormigas ya corren sobre ella, aunque la mayoría la respetan. Aguardan.

Por algún extraño motivo, considera la posibilidad de recogerla, de subirla en el coche y llevársela a casa… No. No serviría de nada. Es consciente de que se está muriendo. No se le ha roto una pata ni un ala. Simplemente está muriéndose porque no tiene fuerzas para respirar, porque no puede coger más aire. Él, ya no busca a nadie que le dé consejo. Detenido, de pie al lado del moribundo animal, intenta dar con una piedra o un palo. Trata de visualizarse rompiéndola el cuello, golpeando su cabeza salvajemente con un canto rodado. Tendría que ser un único golpe. No puede permitirse más. Sólo un golpe. Descarta el palo, aunque tengas puntas que poder clavar en su cuerpo. Eso sería demasiado…

No lo consigue. Por más que lo intenta, no puede imaginarse en esa situación. Un coche pasa aullando a su lado. Eso le da una idea. Montar en el coche y pasar por encima de ella. Entonces adivina el aspecto que tendría la paloma, todavía boqueando desesperada, al ser aplastada por la rueda de un coche. No siente nauseas, pero tampoco le parece agradable. Una vez más, busca, otra vez a una persona, pero no para que le dé consejo. Busca a alguien que pueda agacharse, sujetar a la paloma y romperla el cuello.

No hay nadie.

El sol, el bochorno, la amenaza de tormenta, el mundo. Es consciente de que nada de aquello tiene sentido, no en este mundo. Además, llega tarde. Se gira, dejando que la culpabilidad invada su cuerpo y la paloma a su espalda. Vuelve a sacar las llaves del coche y aprieta el botón del mando. Doble pitido, un parpadeo de luces. Justo cuando va a montar, se gira una última vez, para verla.

La paloma bate las alas, dispuesta a presentar batalla, consigue erguirse sobre sus patas y trata de impulsarse, de echar a volar. Un pequeño salto y vuelve a caer al suelo. Pierde el equilibrio y su cuerpo se desliza por un pequeño terraplén.

Durante un segundo se pregunta qué clase de persona quiere ser. El coraje del animal le infunde a su propio corazón el valor necesario para hacer lo único que su conciencia le permitirá, incapaz como es de ahorrarle el sufrimiento.

Doble pitido. Doble parpadeo de luces. La puerta está cerrada, otra vez. Camina hasta el pequeño terraplén. Mira a su alrededor, esta vez para ver si hay alguien que le vea a él. Se sienta en un pequeño montículo de arena, junto a la paloma, y comienza a acariciar su plumaje con delicadeza, mientras la mira atentamente. Intenta que sus ojos despidan toda la ternura y la tristeza que hay en su corazón para que la paloma pueda sentir ambas emociones. La arrulla, como si fuera un niño pequeño. Lentamente, se jura a sí mismo, ve como sus ojos se cierran.

El bochorno arrasa la calle. La tormenta aún no se atreve a mostrar sus lágrimas. Él permanece sentado en el suelo, con la mano sobre el lomo de la paloma. Sin importarle ya el lugar al que llega tarde, dispuesto a esperar cuanto sea necesario.

En pocos minutos el animal ya no respira, ni se mueve, ni boquea. Nada. Se levanta y vuelve al trabajo, a la cocina, dejándola allí, en la calle. Abre los cajones y los revisa hasta encontrar una bolsa de plástico. Vuelve a bajo y recoge el cuerpo de la paloma. Al levantarlo, su cuello se tuerce, sin vida ni fuerza, cayendo sin ningún tipo de elegancia junto al cuerpo. Lo introduce en la bolsa. Segundos después la deposita con delicadeza en el interior de un contenedor de basura. No la deja caer dentro, si no que introduce medio cuerpo en su interior para depositarla sobre una caja de cartón.

Le espera la basura, lo sabe, pero no quiere que el resto de transeúntes vean el cadáver de su rata del aire allí, abandonado en el suelo, devorado por los insectos e incluso aplastado por la rueda de algún automóvil, como si nunca le hubiese importado a nadie.

Camada

Posted in Animalia, Historias del terruño (Guadalajara) with tags on agosto 2, 2010 by silvio11

Es agosto y hace un calor infernal. El día que le cambió la vida a Cusqui, probablemente no hacía tanto calor. El Dulce iba crecido cuando el coche, sin control, se precipitó dentro del agua. Cusqui consiguió escapar por la ventanilla. Después ayudó a la Guardia Civil a encontrar el cuerpo sin vida de su amo. Acabó en La Camada, llorando la pérdida. “Nos hemos pasado meses abrazándole”, recuerda Asunción, responsable de la asociación. “Ellos tienen sentimientos”. Cusqui camina despacio, como una persona mayor. No es para menos, que ya son 14 años. Además, va teniendo achaques. Una señora de Ciudad Real le tiene apadrinado… Le ha comprado un calentador.

Cada vez que escuchan la puerta del centro abrirse, comienzan a ladrar, todos, a la vez. Dan saltos, giran sobre sí mismos. Es sábado por la mañana. “A estas horas solemos tenerlo todo lleno de padrinos”. Pero ahora, en agosto, se notan las ausencias. Suman unos dos cientos entre los dos centros que gestiona La Camada en la capital. Reciben subvenciones, sí. Y tienen acogidos el doble de animales de lo que les permite avoger ese dinero. Cuando conoces las historias, es difícil no intentar ir un poco más allá.

Linda pasó cuatro años en la calle. Tenía una amiga que la daba de comer, que cuidaba de ella. Cuando fueron a buscarla, no se dejó coger. Al final tuvieron que recurrir a su amiga, que bajó caminando hasta el nuevo hogar de Linda. Ella la siguió, tranquilamente. Ahora, Linda ya ha muerto y su amiga tiene nuevos amigos a los que visitar.

“Somos el país de la Unión Europea que más animales asesina al año”. Ascensión tiene su propia teoría. Aquí, en España, “nos hemos acostumbrado a pensar que los animales no tienen alma”. Ya, parece una extremista. Por cierto, “¿sabes que ahora a lo galgos ya no les ahorcan? Les cuelgan de una pata… No sé por qué, lo único que consiguen es que tarden más en morir”. En La Camada se pueden adoptar perros, pero no todos y no cualquiera. “Un perro hay que adoptarlo con la cabeza, no con el corazón”. A los galgos, además, lo tienen escondidos, “a salvo. No queremos que venga un galgista a llevárselo”.

A veces cuesta mantener la cabeza fría. Otra ventanilla de un coche jugó un papel fundamental en la vida de Marisa. Lo que pasa es que ella no se escapó. A ella la tiraron. Salió corriendo detrás de sus dueños y no vio el segundo vehículo, el que venía por detrás, el que la atropello. “Se lo digo a todo el mundo que viene, desde la puerta, esto es Europa, así que tratar bien a los animales”. Las operaciones consiguieron salvarle la vida a Marisa. Ahora vive con Ascensión. “Si quieres acoger un perro, tienes que estar dispuesto a gastarte dinero”.

En La Camada, mantienen el contacto con sus animales, aunque los den en adopción. “Hay una persona que se encarga de ir por la provincia, visitándolos”. Puede que eso haya salvado a Aladín. Hacía canicross, hasta que su dueño murió. A partir de ese momento sus rutinas deportivas terminaron. Pasó un año encerrado en una terraza. Ahora, su primer problema es el sobrepeso. Cuando le acaricias, a veces, parece que está pensando “bueno, vale, la vida puede tener su lado positivo”. Es como si se relajase durante un segundo.

Mucha gente busca cachorros, quizás perros que les alegren la vida. También hay algunas personas que buscan alegrar a los animales. “El otro día vino una chica y nos pidió el perro que peor salida tuviera”. Era un tuerto. ¿Quién va a querer un perro tuerto…?  Ella lo quiso. Se lo llevó. Parece que les va bien. “Es muy cariñoso”. Ascensión también viaja a Francia de vez en cuando para llevar perros allí. “Doce horas de camino”. Doce de ida y doce de vuelta, con otra colaboradora que se compró una camioneta sólo para estos viajes.

La gente de La Camada sigue haciendo su trabajo. Los voluntarios y padrinos les ayudan. Los perros y gatos están allí, con ellos, volviéndose locos de alegría cada vez que escuchan como se abre la puerta del centro.