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Maratón de Barcelona

Posted in Colaboraciones, La zapatilla parlante with tags on marzo 8, 2011 by silvio11

Por Daniel de Andrés Blanco

La vida está llena de contratiempos. Ni siquiera una maratón escapa de esa máxima.

La víspera de la carrera tengo unas sensaciones nefastas. La rodilla me duele. Cuando la doblo y la estiro es como si me clavaran astillas en la articulación. Además, el estómago me va devolviendo los fantasmas de mi último intento.

La noche ha sido horrorosa. Apenas he dormido. Mis ojos están enrojecidos y el derecho presenta un derrame considerable en la parte temporal. Tengo alguna posibilidad de acabarlo físicamente, pero mi cabeza no está preparada para sufrir tanto dolor. Sé por experiencia que, aunque ahora sólo sea una molestia, a lo largo de la carrera se convertirá en algo agónico.

Hablo con Paloma de mis preocupaciones. Me da ánimos, pero estoy hundido moralmente. Poco a poco la voy irritando, hasta que explota. Sus palabras son duras y directas: “¡No hemos hecho 600 kilómetros, pagado la habitación del hotel y movilizado tantas cosas para que te rindas antes de empezar! ¡Vas a salir y vas a dar la cara. Llevas meses preparándolo. He aguantado tus entrenos y tus histerias. He comido hidratos hasta casi odiarlos ¿Y me vienes con esto?! Me voy a duchar, espero verte en la meta…”.

Me quedo paralizado.

Sin tiempo de reacción llama Javi a la puerta para desayunar. Está eufórico. Se le ve con confianza. Desayuna meticulosamente. Yo apenas soy capaz de probar bocado.

Estoy absorto, embobado. Como un autómata voy vistiéndome sin prestar demasiada atención mientras pienso en lo que acaba de decir Paloma. La persona que más quiero en el mundo no ha sido condescendiente. Me ha puesto las pilas… y de qué manera. No tengo más remedio que sufrir. Ahora sí estoy dispuesto a hacerlo.

Recogemos a Carmen, que nos espera con hielo en un pie y tomando un café. Ella también se prepara para el dolor. Durante el trayecto en metro no soy capaz de abrir la boca. Sólo pienso en aguantar como sea. Apenas escucho a Javi, que no para de hablar. Estoy convencido de que se va a salir. Carmen está tranquila, como si esto no fuera más que otra visita a su infancia. Vivió hasta los 10 años en Barcelona y ha aprovechado para encontrarse con el pasado.

Es carnaval y los vagones de metro se dividen entre maratonianos y trasnochadores, pero no sabría decir quién lleva el disfraz. Me viene a la cabeza una canción de Sabina, Caballo de cartón. Por un momento prefiero estar al otro lado. Me siento igual de cansado y también tengo la cara desencajada, pero ellos van a dormir.

Vamos llegando al destino mientras una entrañable señora de 60 años nos cuenta que ha corrido 30 maratones. Hoy le toca animar a su hijo. Por cada poro de la ciudad se puede respirar el orgullo que sienten de su Maratón.

En el punto de encuentro nos reunimos con el resto de miembros del club. Nos hacemos las fotos de rigor, calentamos y nos dirigimos a la salida. Son 10 minutos de espera con los nervios a flor de piel. En 5 minutos dan la salida de los discapacitados físicos y pasados 2 a la élite, como si les hiciera falta ventaja. Voy recordando los kilómetros donde nos esperan nuestros fieles acompañantes: 12, 27 y 35.

Tomamos la salida, por fin. Sigo la estela de Javi. Con precaución vamos intentando hacernos hueco y encontrar nuestro sitio en la carrera. Al cabo de 600 metros parece que hemos encontrado vía libre para marcar el ritmo deseado. Me pego al lateral derecho y en fila, paralelos, nos agrupamos cinco miembros del club: Javi, Jaime, Francisco, Valentín y yo. Tras dejar el primer kilómetro ponemos velocidad crucero con el objetivo de llegar a la media entre 1 hora 25 y 1 hora 26.

Van pasando los kilómetros y todo parece coser y cantar, pero en mi interior me voy preparando para el inevitable dolor. Javi controla la euforia y su garmin nos dice que llevamos el ritmo adecuado.

Barcelona está preciosa. La gente se ha echado a la calle. Hay grupos tocando. Cada colectivo aporta su granito artítisco y las avenidas se han vestido de un eclepticismo maravilloso que se funde con un día radiante. ¡No me lo puedo creer, estoy disfrutando! Voy muy cómodo, casi sobrado, y por unos momentos veo la imagen de Javi y yo entrando juntos en meta. Se me saltan las lágrimas de la emoción.

Sin darnos cuenta nos hemos plantado en el kilómetro 12. Oigo los ánimos de Paloma. Me dan alas. Durante un minuto voy pensando en jugármela. Hoy no va a ser el día en que el cansancio me haga claudicar. Si tiene que doler, cuanto más haya recorrido, menos tendré que sufrir. Estoy a punto de mandar la estrategia “a tomar por el culo”, pero Javi, como un profeta, me embalsama de prudencia.

Llega el punto de inflexión.  En el kilómetro 18 la rodilla da señales de alarma. Mi correr deja de ser fluido y desajusto la biomecánica para no perder ritmo. Pasamos el 21 con puntualidad británica, en 1h 25´ 55”. He entrenado varias veces así y sé que puedo aguantar este ritmo unos 14 kilómetros más, si el dolor no aumenta, pero lo hace y cada vez me cuesta más llevar el compás. Tiro de coraje y me propongo no descolgarme hasta el 28, para que Pal nos vea marchar juntos, que le hace mucha ilusión. Llevo los dientes apretados y me concentro totalmente en ignorar el dolor. Llegamos al 28 y la animación se ha multiplicado. ¡Ya veo a las chicas!  Javi arranca como una exhalación y mi pierna no puede alargar la zancada para mantenerme a su lado. Sin querer he ido cargando más la derecha y ahora llevo las dos rodillas y los cuadriceps al rojo vivo.

Duele, pero ahora sí que estoy convencido. No voy abandonar.

Mantengo el ritmo que hemos llevado durante la carrera. No soy capaz de acelerar, pero sí de mantenerlo. Mis piernas lo llevan cincelando durante meses y sale solo. Hasta el  35 voy en tiempo de 2 horas 50´, pero a partir de ahí cada kilómetro se convierte en un mundo. Pienso en la carrera de Rubielos, en esos 6 kilómetros que corrí con un desgarro en el femoral, y voy diciéndome a mí mismo que puedo con esto, que en peores me he visto, que siga adelante. No estoy cansado. Voy entero y mi cabeza es fría como el hielo…¡Pero como duele! Lloro de dolor. Las lágrimas de rabia llegan a mi boca y chillo fuerte. Está ahí, ya lo veo, es el 37.5 y Paloma grita con todas sus fuerzas. Intento acelerar. No puedo y casi tropiezo. Mi pierna izquierda es una diana donde todo el mundo lanza dardos…38, 39… voy perdiendo tiempo, pero estás cerca. ¡Te tengo! Te he derrotado y estoy entero. No has podido conmigo… Si no fuera por mis piernas me daba hasta otra vuelta.

¡SÍ, SÍ, SÍÍÍÍÍ. ME HE SACADO LAS ESPINA!

Cojeando, llego hasta Javi. Como era de esperar, lo ha bordado. Menudo carrerón: 2h 47´44” ¡IMPRESIONANTE!

Me abrazo con fuerza a Paloma y la doy las gracias. Si he llegado, se lo debo a ella.

MUCHAS GRACIAS A TODAS LAS PAREJAS DE LOS MARATONIANOS, éste es mi humilde homenaje.

¡Te quiero Pal!

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¿Por qué corres? (II de ??)

Posted in Colaboraciones, La zapatilla parlante with tags , on enero 17, 2011 by silvio11

A cuatro manos. Gracias Dani por dejarme entrar en tu cabeza.

 

“¿Por qué corres?”. “No sé”. “¿Sólo corres?” “Sólo corro”. “Sin carreras”. “¿Qué importancia tiene una carrera cuando corres?”. “Es un objetivo”. “¿El único?”. “Un objetivo”. “¿Mejorar tiempos?” “Eso no sirve para siempre”. “Entonces, ¿por qué corres?” “… ¿Quieres una razón que te parezca creible o la verdad?”

DIARIO:

Va a hacer un año y los recuerdos son difusos. La noche anterior a la media maratón de Getafe salí con mi mujer a cenar. A la segunda copa de vino llamé a un amigo para advertir de mi posible falta de asistencia. “Problemas físicos”, le dije, una excusa muy recurrente en estas situaciones. Sin embargo, al día siguiente decidí ir a la carrera, aunque sólo fuera para divertirme.

Al llegar a Getafe, charleta con los compañeros para aplacar los nervios y directo a la salida. Fue una carrera sin contratiempos. Sin sufrir. Buena temperatura y buenas sensaciones. Recuerdo lo horriblemente feo y monótono del recorrido. Dos vueltas a un circuito urbano, pero bueno, supongo que Getafe no da para más. Conseguí acabar la segunda vuelta más rápido que la primera. Al final, la sorpresa: había hecho mi mejor marca personal, 1h 18 m 35 s. Por fin bajaba de la hora y veinte minutos. Todo el mundo estaba convencido de que lo iba a conseguir… No me gusta la presión.

Este año la media de Getafe cae el 30 de enero. Objetivo: bajar de 1 hora, 18 minutos y 35 segundos.

Martes, 13 de enero (Gotas)

Hora: 9.00. Lluvia.

Distancia: 15 kilómetros. Bejanque, Paseo del Colesterol, Ronda Norte y vuelta.

Ritmo: 5.05 durante 12 kilómetros y menos de 4 en los últimos tres.

Notas: Somos dos. Yo me siento bien. Mi compañero sufre.

Gotas de agua cayendo paralelas, una al lado de la otra, con el mismo destino, pero con un mar interno indescifrable y complejo. Una se siente fluir. La otra cree que va a trompicones. Una se deja llevar. La otra cuenta cada centímetro de su caída de forma agónica. Desde fuera nadie distinguiría sus sensaciones. Son sólo gotas de agua cayendo paralelas. No hay diferencia entre ellas, aunque una creer ir vacía y llena su cuerpo con los restos de la compañera. Se retrasa y sufre, pero consigue llegar a su objetivo. La otra…la otra hoy sólo es una gota de agua.

Miércoles, 14 de enero (Resurgir)

Hora: 11.00. Mañana soleada y sin viento.

Distancia: 15 kilómetros.

Ritmo: Sin referencias concretas. Aproximadamente, 2 de calentamiento, otros 9 en 34 minutos y tres más “penando”. Tiempo total, cerca de una hora.

Notas: Entreno planificado para 4 kilómetros de calentamiento más seis series de 1 kilómetro y otros cuatro de enfriamiento. “En el kilómetro 2 iba enchufado. No tenías ganas de ir despacio, así que lo di todo”.

“Tranquilidad, sin agobios”, me repito una y otra vez, pero todo comienza a revolucionarse. Mi cuerpo está revelado. Hoy no soy racional. A cada paso va apareciendo el animal interior. No puedo controlarlo. Mi expresión se ha vuelto intimidatoria y aprieto los dientes, musculando la mandíbula. ¡No puedo mantener los labios cerrados! Estoy fuera de mí. Dentro de unos segundos habré desaparecido.

Es mi momento. Ahora tengo el control. No soy como tú. Yo no tengo miedo. No soy un cándido paranoico. Yo no tengo complejos. Lo quiero todo y te he conseguido dominar, por lo menos durante unos minutos, hasta que el corazón y los músculos estén agotados… Esa es la lacra que arrastro cuando resurjo.

Jueves, 15 de enero (El duelo)

Hora: 11.00. Mañana soleada, sin viento.

Distancia: 15 kilómetros.

Ritmo: Sin referencias concretas. Un suplicio

Notas: El miércoles por la noche volví a jugar al baloncesto. Golpes, uno fuerte en la rodilla. Dolores propios del partido. Cansancio acumulado de tres días.

¿Hasta dónde somos capaces de llegar?

 -Reto.

Volumen de kilómetros. Quiero acumular todos los posibles durante la semana. Voy a salir, aunque me duelan las piernas. Soy un proletario de mi propio desafío. No puedo macarme un objetivo temporal, pero sé que llegaré a mi destino. Mañana es una incógnita con la que no quiero enfrentarme. No se trata de ganar o peder, sólo de resistir. No aporto nada, pero aquí estoy, resignado a pasarlo mal. ¿Será hoy el día en el que hinque la rodilla y no pueda levantarme? ¿El día en el que el filo del metal cale demasiado hondo? ¿En el que mi cuerpo siga luchando mientras yo me desangro en retales oníricos? Soy incapaz de disfrutar un solo segundo. El dolor aparece con la primera zancada.

-Combate.

La rodilla me duele como si llevara una piedra en la articulación. Los femorales arden con las punzadas de cada zancada. Apenas puedo levantar los pies del suelo. Soy una piltrafa humana, una babosa que se arrastra sabiendo que tarde o temprano alguien la aplastará contra el suelo. Avanzo, no quiero mirar atrás.

Otra vez solo. Noto cada uno de los golpes. Los encajo como una diana. No son contundentes, pero van haciendo mella. La sangre comienza a resbalar por mi cuerpo y, metálica, entra en la boca. La mantengo en mi cabeza para no olvidar a qué sabe el dolor. Los ataques son cada vez más precisos y yo más torpe al esquivarlos. No sé cuanto aguantaré. No consigo permanecer vertical. Voy de lado a lado, intentando no perder el rumbo. No caeré tan fácilmente.

-Templaza

El día está odiosamente maravilloso. Luce con toda la plenitud que le permite este gélido Enero. Se mofa de mis gestos y ridiculiza mi torpe figura para escarnio del camino. Duele, duele, duele…no soy capaz de abstraerme. No consigo distraer su atención. Tengo que resignarme a su compañía. Ni siquiera puedo recordar por dónde he venido. Me tiene completamente subyugado. No consigo cortarme los hilos. Me revuelvo. Grito de desesperación. No consigo ver el final de este calvario. Estoy a punto de claudicar, pero soy demasiado tozudo para darme por vencido. Quiero aguantar hasta que suene la campana. Quiero que llegue el final, pero no me obsesiona. Al fin encuentro ese punto de sadismo en el que escupo sangre al dolor y le enseño las heridas mientras me río en su cara. Estoy cerca, muy cerca….ya ha pasado lo peor.

¿Por qué lo he hecho? Nadie lo entiende. Los que nos rodean no lo entienden. La automutilación hace de nosotros seres especiales. El dolor es parte de la vida. Hay que valorarlo y conocerlo para poder apreciar el resto de las cosas. Ahora me siento mejor persona.

Viernes, 16 de enero (¿Infidelidad?)

Hora: Sin definir.

Distancia: No menos de 15 kilómetros.

Ritmo: Sin referencias concretas.

Notas: Mi mujer vuelve de viaje. Llevamos cinco días sin vernos.

Viernes. Es el día de la semana en que me olvido de ella.

Después de haberla exprimido como un sobre de protector gástrico, la escondo, meticulosamente, entre cada prenda que hemos compartido.

Intento que no descubras nuestra complicidad.

Hemos sufrido, reído, disfrutado, lamentado, discutido…

Hemos visitado lugares que jamás veré contigo.

La he llevado de la mano, la he abrazado

y al final nos hemos besado.

Me ha humillado, la he odiado, repudiado y maldecido,

pero la he perdonado tan pronto como he podido.

Me he acostado con ella.

Ha compartido nuestro lecho y se ha adentrado en mis sueños y pesadillas.

Hoy me ha retado a sufrimiento y la he vencido.

Ahora estoy sin ella, he quedado vulnerable.

Estoy listo para volver contigo

34 (¿Por qué corres? I de ??)

Posted in Colaboraciones, Historias del terruño (Guadalajara), La zapatilla parlante with tags , on enero 11, 2011 by silvio11

Autor: Daniel Andrés

Lunes, 12 de enero.

Paseo de la Rosa. El fin de semana, por las puertas de madera de la estación de tren, llegan a él bocanadas de eclécticos y entusiastas turistas. Hoy, lunes, es un lugar frío que atraviesan estudiantes y trabajadores de camino a sus rutinas. También es mi cumpleaños. Me siento melancólico y triste. Para mí no es un día de rutinas. Quiero que mi carrera sea armónica, fusionarme con el entorno y reencontrarme con Toledo. He dejado a mi espalda el puente Alcántara y corro por la ruta de Don Quijote, con la muralla del casco a mi derecha y la ribera del Tajo a los pies. Controlo la respiración para no enturbiar con mis excesos la imponente estampa. Me adentro tímidamente en sus piedras y de inmediato lo abandono escaleras abajo, intentando mantener el ritmo. Casi de puntillas y alargando la zancada penetro en La Barca del Pasaje. Avanzo por el serpentéante sendero de juncos y barro procurando no molestar a los gansos del camino. Esta postal hoy no debe ser mancillada. Hoy no. Hoy quiero ser como la luz y el aire que todo lo envuelve. Hoy mi entrenamiento es secundario. Hoy no quiero hacer ruido. Quiero ser una estrofa más en esta poesía.

Atrás han quedado las imágenes bucólicas. El paisaje, en un picado y breve descenso, se ha vuelto cetrino. Los montes escarpados desde donde el Greco se inspiro para plasmar Toledo han dado paso a fábricas derruidas de un pasado industrial. Por lo menos la lluvia de ayer ha evitado que el hedor de los vertidos lo empobrezca aún más. A pesar de todo, hoy es un día triste. Las notas se han vuelto terriblemente barrocas y la música arranca la primera lágrima de mis treinta y cuatro.

He bordeado una gasolinera y comienza la jungla de asfalto. La ciudad medieval ha desaparecido y la capital  vomita toda su mediocridad. La partitura se ha roto. Las notas se han quebrado. Por más que agudizo el oído, ya no las siento. Estoy empezando a desafinar. Avenida Europa, calle Bruselas…éste es el punto de inflexión.

El regreso es anodino. Intento escapar de mi cuerpo, pero mis piernas me recuerdan que llevo una hora castigándolas. Les cuesta fluir. El río está manso y entro en una espiral de angustia donde no consigo avanzar. Ahora él y yo somos uno. Mi mujer, mis amigos, mi familia… me siento tan solo.