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Fabula del viento

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , , , on abril 18, 2011 by silvio11

Miró al abismo que se extendía a sus pies y pudo sentir el miedo subiéndole por la boca del estómago mientras el viento, salvaje, continuaba gritando dentro de su cabeza. “Vuela conmigo”.

El risco era como una puerta hacia el infinito, sin más límites que su propio miedo a volar y la seguridad de que acabaría estrellándose contra el suelo si lo intentaba. “Ya he llegado hasta aquí, no puedo subir más alto”, vociferó tratando de imponerse al aullido del vendaval, pero su voz parecía el susurro de una niña justificando un temor absurdo a la oscuridad.

El viento levantaba hojas, arena y briznas de hierba, haciéndolas girar y girar como se hacen girar los sueños, en ciclos enloquecidos que igual podían ser la promesa de un delirio salvaje y eufórico que una espiral de dolor y fracaso. Y la risa enloquecida del viento ensordecía el ruido.

“Tengo miedo de morir… o de disolverme en el cielo”, intentó explicar ella. “Y yo de estar muerto justo ahora y no descubrirlo jamás”, respondió él, convertido en huracán. Incluso las nubes decidieron evitarle para no ser transformadas en niebla o lluvia. “Hasta los rayos de sol temen perderse dentro de mí y las distancias reconocen que no hay camino capaz de retenerme. Vuela e inventémoslo todo de nuevo”.

El viento recorría las paredes del acantilado preso de su propia fiebre de poder, creyendo que podría derribar aquello que jamás debió ser escalado y esculpir sobre acero esculturas imposibles. Sin pies, manos, rostro o corazón, anhelaba crear formas concretas que representaran términos abstractos como el odio, el amor, el miedo o la felicidad. “Salta al abismo y subvertiremos el universo”, repitió sinuoso, hecho brisa para acariciar con malicia el carnoso lóbulo de su oído, como si fuera la parte más libidinosa del cuerpo de ella. “Les enseñaremos qué es estar vivo”.

Y nunca supo si más allá del final del risco esperaban el suelo, el mar o un cielo convertido en universo de libertad, porque en el último momento decidió aferrarse a la tierra que pisaban sus pies y al mundo que la había rodeado durante toda su vida.

El viento se desgarró la garganta golpeando las paredes del propio universo y la sonrió con engreimiento antes de marcharse, convencido de que sólo cuando estuviera muerta dejaría de respirar su aire; libre para volar y condenado a ser más fuerte que su propia ira, su amor, su resentimiento y su nostalgia; soplando a ras de suelo para saborear el polvo del camino antes de elevarse nuevamente hacia el firmamento en otro impulso de vertiginosa incertidumbre.

Quedó el risco como la prueba del miedo que impide a los mortales alcanzar la gloria, o acaso de la prudencia que les salva de morir a manos de su loco afán por alcanzar la felicidad.

El viento seguía creando formas ilusorias sobre el acero y la nada. Trampas oníricas para arrastraban a las mentes incautas hacia al vacío o quizas señales divinas que guiaban a la plenitud. Vivió preso de su propia libertad y esclavo de su irracional deseo de ser apresado, anhelando almas que convertir en duda, vértigo o grito de excitado terror ante la inminente llegada de lo desconocido.

Indecisión… asfixia… fuego

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , on marzo 14, 2011 by silvio11

El sudor se funde con la pegajosa humedad que precede a una violenta tormenta de verano. Hay algo a punto de explotar y no sabe si será el cielo o su paciencia. Los músculos, tensos, esperan una señal para empezar a arder. Nota el sabor del acero en la boca. Quiere estallar.

Las lágrimas podrían ser como fuego si se atrevieran a salir de su pecho. Arde por dentro, sin motivo. Es un volcán a punto de entrar en erupción. El cielo lo sabe, por eso las nubes se han congregado sobre él.

Cierra los ojos, buscando una razón.

Está preparado para luchar, pero contra qué. Son tan pocas las opciones que le quedan y tantos los huracanes que recorren su imaginación que ni siquiera sabe dónde desea volar.

Sus puños anhelan golpear el mundo hasta derribar los ladrillos de esa pared que amenaza con aplastarle. Quiere asfixiarse en sangre. Teme el dolor físico, pero el fuego consume todo lo que lleva dentro. Desea correr hasta encontrar el fin del mundo.

Los músculos de su cuerpo saben que debería estar en cualquier otro lugar, como su alma.  Hasta los sueños le dicen que éste no es su sitio. Las paredes se cierran en torno a él y le falta el aire. Quiere asfixiarse en sangre para que no puedan robarle su oxigeno.

El mundo da vueltas, como todos los días. Ayer es igual que mañana y hoy no ofrece vía de escape alguna. Quiere estallar, pero el miedo a la tormenta le impide hacerlo. Teme que la lluvia apague su fuego. Se ahoga en un líquido viscoso. No sabe si es sudor o humedad.

Tendría que estar en otro lugar.

El fuego sigue ardiendo en su interior. Amenaza con estallar… o con apagarse. No sabe si quiere sofocarlo… o darle de comer. Sus piernas quieren correr… pero no sabe hacia dónde. Sus puños desean despellejarse contra muros de ladrillo visto… y no sabe si eso le hará libre o si le dejará indefenso frente al peligro. Los sueños se retuercen, delirando sobre incendios descontrolados que lo arrasan todo.

¿Y si soy un incendio? ¿Y si arder está en mi naturaleza?

 

Imagina la explosión. Su mente es como un caleidoscopio de sentimientos. Dolor y placer unidos en un continuo de sensaciones desprovistas de racionalidad. La pegajosa humedad del verano quiere lamer su cuerpo y trata de zafarse de ella.

Es el foco de un incendio encerrado dentro de un ser humano. Entre los millones de personas que caminan por el mundo, él lo hace envuelto en llamas. Lleva algo dentro que está ardiendo, descontrolado, amenazando con estallar.

Cierra los ojos, dejando la decisión en manos del destino, incapaz de moverse… asustado. ¿Acaso existe algún incendio que no lo destruya todo a su paso antes de desaparecer?

Los segundos van dando paso a los minutos, como una mecha encendida que se pierde en la oscuridad de un viajo barco abandonado.

Breve danza a ras de suelo

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on noviembre 16, 2010 by silvio11

Soplaba un viento pacífico. Un viento relajado que no arrastraba las hojas caídas durante el otoño, sino que las invitaba a unirse a él en su deambular hacia ninguna parte. El marrón de los árboles contagió al aire, que también se volvió marrón… asumiendo a ratos un triste amarillo, como el de las manzanas que coquetean en exceso con el paso del tiempo. El viejo no echó de menos el pasado. Su único deseo era ser capaz de saborear cada uno de los compases que marcaban aquellas tristes hojas en su breve danza con las corrientes aéreas que, en un arrebato de pasión, decidieron asir todavía con más fuerza la cintura de su pareja. Se caló la boina hasta las cejas para evitar que se uniera al multitudinario baile y siguió observando, desde su incómodo banco; verde; con la pintura levantada en algunas barras del asiento, dejando ver el gris metálico que coloreaba su alma.

Las hojas giraban y giraban. Pudo imaginarlas levemente mareadas, ebrias de música y felicidad, dispuestas a besar los labios del aire en cuanto él lo pidiera. Y en los remolinos que hacían sobre la arena del parque, adivinó los caprichosos cambios de rumbo que tantas veces había estudiado en las bandadas de pájaros que sobrevolaban la Plaza Mayor. Siguió mirando, ni triste ni feliz, ni muerto ni vivo, como un impasible observador que ha aprendido a apreciar la belleza, aunque ya no aspire a ser su dueño… aunque ya no le conmueva.

Justo antes de llegar a sus pies, el viento dejó de soplar, dejando a todas aquellas tristes hojas otoñales abandonadas en el suelo, y  desapareció, como si nunca hubiera existido, como el amante que se escabulle entre las sábanas al llegar la mañana. El viejo sintió ganas de llorar por aquel breve romance, pero en su lugar decidió frotarse las manos desnudas, agrietadas y repletas de pliegues, para intentar protegerlas del frío.

Una pequeña ráfaga de viento se coló entre los escasos milímetros de vacío existentes entre la pesada ropa de algodón y su piel, provocándole un escalofrío demasiado similar al de una caricia. Cuando se recompuso, aspiró brevemente aire con la boca, en un gesto demasiado parecido al reverso mortal de un suspiro. Con un leve quejido se inclinó hacia delante y recogió una de las hojas del suelo, sujentándola entre el pulgar y el índice de la mano izquierda, y la puso a salvo dentro de unos de los bolsillos de su gruesa chaqueta de lana.

Otra aspiración, esta vez para coger fuerzas, y se puso en pie con un quejido más. Comenzó a caminar despacito hacia la plaza mientras el viento agitaba sonoramente las escasas hojas que todavía se aferraban a los árboles, como si despidiera a un amigo o se riera de él. El viejo se acurrucó todavía más dentro de su ropa y, casi sin quererlo, cerró el puño, aplastando la triste y marchita hoja dentro de él.

El otoño siempre le parecía más frío que el invierno.

PD: Sí, sí. He vuelto a repetir canción. Y no es que me falten temas para subir, que conste, es que hay algunos que no me canso de escuchar, así que la inspiración suele cogerme cuando estoy con ellos… o a lo mejor es que son ellos quienes me inspiran, vete a saber.

Fuego (Elementos: IV de ?)

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags on agosto 26, 2010 by silvio11

La mira y siente el frío en sus ojos. Desea hablar, pero todo le resulta tan tópico. Odia referirse a ellos mediante tópicos. Le gustaría encontrar nuevas palabras con las que definir lo que les está pasando. Cree que las merecen. Ha sido demasiado especial como para no tener una palabra propia que les defina. Quiere que ella lo sepa, que lo entienda, pero no puede ir más allá del frío que les rodea.

El dolor le consume por dentro mientras busca las palabras correctas, allí, de pies, en medio de la habitación, con el crepitar de la chimenea como banda sonora. Con los pies desnudos sobre la alfombra y el pantalón del pijama como única prenda de vestir. Con la mirada baja, escondida en la penumbra de la habitación que sólo iluminan las llamas de fuego del hogar, por llamarlo de alguna manera.

Siente el frío de su mirada. Le llega con total claridad desde el sofá en el que está sentada, con una copa en la mano y la pierna izquierda cruzada sobre la derecha. Digna, estirada, tensa. Adivina sus muslos bajo los pliegues del camisón, pero no se siente atraído por ellos. Sabe que, si se acercara más, el frío le congelaría. Esos dos metros están bien, son seguros.

– ¿Y dónde irás?

Él  se encoge de hombros, mostrándole las palmas vacías de sus manos. Ella frunce el ceño.

– No lo sé… – Levanta la mirada, soñando con que pueda ayudarle- ¿A dónde puedo ir?

Ella bebe despacito y puede escuchar el tintineo de los hielos dentro de la copa cuando golpean unos contra otros. Él siente deseos de escapar del frío. Instintivamente, se acerca más al fuego.

– Estás siendo tan… ilógico, lo sabes ¿verdad?

Sigue esquivando sus ojos, pero esta vez se oculta en el fuego, en las llamas y en cómo devoran el tronco. Ella sigue hablando y él sólo puede ver el fuego, ardiendo, hasta que comienza a arder con él. Siente como atraviesa su piel y como va incinerando la carne. Siente como le abrasa de arriba abajo. Se siente libre para arder. Está en llamas. Las paredes, las barreras, el miedo, nada puede detenerle, aunque el desee ser detenido. Arde tanto que convertiría el agua en vapor si osara aproximarse a él.

Indiferencia.

La voz le llega lejana, desde el pasado y los meses de verano. Ahora, en pleno invierno, busca un fuego que le caliente. Los tópicos le hacen polvo. Todo es tan… común. Sigue ardiendo. Mientras su cuerpo se consume, no hay nada más que importe. No grita.

El calor eran las manos de ella recorriendo su cuerpo. La suave fricción de la piel. Era la intensidad de su mirada prendiendo algo dentro de él. La confianza, el deseo, la necesidad. Sobre todo la necesidad. Nunca soñó que alguien pudiera necesitarle tanto. Aquello sí que le hacía arder. Era la sonrisa, cuando estallaba como una bomba incendiaria, prendiéndolo todo. Era una palabra susurrada en el oído o escrita en la piel. Era un beso perdido en cualquier parte del cuerpo. Un beso a traición.

Fuego.

Entonces ardía con violencia, con pasión. Ahora lo hace con indiferencia. Dos metros y puro hielo. Ella se congela, muerta de lógica y determinismos, de cosas que son porque tenían que ser. Él arde. Su incertidumbre, su miedo, sus sueños, sus deseos… Todo es combustible para el fuego que le consume con parsimonia. Es una sosegada  necesidad de continuar enfrentándose a todo, de intentar quemar el mundo. Un fuego indiferente… tan distinto del que habían compartido… Arde en soledad, incapaz de prender a nadie con su tacto. Arde perdido en medio de la noche, sin desprender luz alguna. A dos metros del frío. Pidiendo a gritos agua con la que sofocar las llamas y seguro de que nada podría detenerlas.

Desea dejar de arder.

La mira, envuelto en llamas, en medio del cuarto de estar. Detenido sobre la alfombra en la que hicieron el amor cientos de veces. Junto a la chimenea que calentó sus cuerpos desnudos. Con el pantalón del pijama que ella le regaló como única prenda de vestir. Mira el hielo de su mirada y desea derretirlo. No puede dejar de arder y no puede combatir el frío.

Llora, de alguna manera, el hombre de fuego comienza a llorar.

– No puedo dejar de arder. – Confiesa desesperado.

Ella esboza una mueca de fastidio.

– ¿No se te podía haber ocurrido algo un poco menos previsible?

La lágrima continua descendiendo entre las llamas que lamen su piel, como si fuera parte de ellas. En vez de desaparecer o consumirse, también comienza a arder, porque hasta sus lágrimas son combustible para el fuego.

– No… y lo he intentado, pero no sé qué hacer para que me comprendas… Te quiero tanto… Pero no puedo dejar de arder y tú no puedes amar a un hombre envuelto en llamas. No puedes abrazarle y no puedes respirar cerca de él.

Ella estudia su copa. Los hielos se han derretido casi por completo. Le mira y sólo ve a un hombre triste y medio desnudo, encorvado sobre sí mismo, indefenso, llorando. Se levanta, cruza junto a él sin apenas mirarle a la cara y sale de la habitación.

Él sigue ardiendo, solo, sin desprender resplandor alguno. Tan  irracional, injusto, noble e imprevisible como un incendio condenado a arder eternamente.

Tierra (Elementos: III de ?)

Posted in cosas que podrían haber rimado, extensos microrrelatos with tags , on agosto 25, 2010 by silvio11

Carne convertida en tierra. Soy la tierra que piso y el polvo de mis zapatos. Soy la arena que retiene el agua dentro del mar. Soy polvo, carne, arena y tierra. La tierra en la que respiro. La tierra sobre la que duermo. La tierra que corre por mis venas y la que me sepultará cuando mi vida no sea más que polvo de sueños y no de tierra.

Soy la tierra en la que he nacido y la tierra en la que crezco. Soy la tierra que defiendo y la tierra en la que creo. Soy un saco de arena esperando ser depositado en una trinchera. El polvo de tus zapatos. Soy tu tierra. Soy la playa que te retiene y el saco de arena que te protege del fuego enemigo. Soy la tierra en la que hundes tus manos y también la tierra sin bandera que espera ser conquistada.

Soy la llamada de la tierra. La tierra que te hace camino. La tierra que se humedece cada vez que lloras y la tierra que se reseca sin tus lágrimas. Soy la tierra en la que hundes tus manos. La tierra que acaricias. La tierra con sangre en las venas y la tierra que amenaza con enterrarte. Soy la tierra que espera ser arada. La tierra virgen, sin objetivo. La tierra que no quiere ser construida. La tierra que no desea ser asfaltada. Soy la tierra en la que sólo tus píes hacen camino.

Soy el polvo de sueño de tus sueños, tierra. Soy la tierra que busca tierra bajo la que ser sepultada. La tierra sin corazón ni latido. La tierra sin espíritu y el sólido terrón de arena que se hace añicos al ser golpeado contra tu roca. Soy la tierra sin objetivo si no estás tú para ser mi árbol. Soy la tierra baldía sin ti para ser río. Soy la tierra infinita sin ti para ser mar. La tierra desierta si ti para ser bosque. La tierra muerta sin ti para ser vida. La tierra perdida sin ti para recorrerme.

Soy la tierra silenciosa peleada contra el mundo. La tierra sorda. La tierra abrupta. La tierra deprimida. La tierra montañosa, con picos y simas. La tierra aterrada. La arena que arrastra el aire y la tierra eterna. La tierra que graba sus promesas sobre la tierra y las entierra bajo tierra. Soy la tierra de los juramentos sagrados. Soy tierra con manos ensangrentadas de tanto arañar la tierra. Soy tormenta de arena y tierra, y tú el milagro que vive en medio de ella.

Soy tierra escavada por el hombre. Tierra atravesada con cimientos para el hombre. Tierra civilizada. Tierra vuelta contra sí misma. Tierra que no quiere ser asfaltada. Soy tierra que busca luna. Tierra que busca mar. Tierra que busca árbol y tierra que añora bosque. Soy la tierra que aprieta los dientes. La tierra que espera. La tierra vengativa que amenaza con temblar. La tierra destinada abrirse el pecho. La tierra voraz. La tierra sedienta de carne. La tierra hambrienta de mundo. La garganta abismal que anhela devorarlo todo. Soy la tierra que añora ser tierra, virgen y salvaje.

Soy la tierra sin ojos. La tierra sin manos. La tierra sin alma. La tierra escondida. La tierra sangrante. La tierra olvidada. La tierra iracunda. La tierra olvidada.

Y tú, mar, bosque, milagro, árbol y mano que mantiene cerradas mis heridas.

Aire (Elementos: II de ?)

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , on agosto 24, 2010 by silvio11

Desaparecer.

El viento agita mi pelo. La nada se extiende frente mí. Vacío. Es la representación física de mi propio interior. El reflejo real del terror imaginado. Una corriente de aire me hace perder el equilibrio durante milésimas de segundo. Muevo el pie unos centímetros para recuperar el control. Estoy peligrosamente cerca de la cornisa.

Desaparecer.

La calle transita ajena a todo. Está a kilómetros de distancia de mi corazón y a metros del tejado. La distancia que separa mi alma de todo los demás no puede matarme. Los metros que recorrerá mi cuerpo si una corriente consigue hacerme caer, sí. No tengo intención de saltar. Sólo quiero saber si allí, al filo del abismo, encuentro una razón para no hacerlo. Espero. Observo. Lo de dentro y lo de fuera. Observo. Espero… Sólo hay miedo. No hay esperanza, sólo miedo. La única razón para no saltar es el miedo.

Desaparecer.

No quiero morir, quiero esconderme. No quiero correr, quiero volar. No quiero gritar, quiero taparme los oídos. No estoy deseando que el mundo me comprenda, estoy cansado de intentar entenderle yo a él. Hace calor. Es de noche, pero hace calor. El verano da sus últimos coletazos. El calor asfixiante es cada vez más fresco. Añoro las noches sudorosas, densas. Son tan raras… Nadie aprecia el olor de las noches densas. El peso del aire caliente en los pulmones. No sé si la luna está llena o si no es nada más que media luna girando sobre sí misma, a toda velocidad. Gira. Gira. Gira. Es incapaz de elegir el lado en el que quiere detenerse. Hace calor.

Desaparecer.

El viento sopla un poquito más en mi espalda. No es constante. A veces empuja y otras desaparece. Presiona levemente con su dedo fantasma. Sopla con suavidad sobre mi cuerpo. Me invita a volar con él. Cierro los ojos y escucho sus palabras.

Cállate.

Desaparecer.

Quiero ser un tornado que gira sobre sí mismo, como la media luna que parece luna llena. Quiero ser un tornado que camina hacia delante mediante movimientos cíclicos. Un pequeño avance seguido de un pequeño retroceso, con el presente enjaulado entre el ayer y el mañana. Congelando el instante preciso del pasado en que empecé a girar. Con el ayer escondido bajo el brazo mientras avanzo hacia el futuro. El ayer que miro fijamente, convirtiéndole en ahora, dando la espalda a un mañana cada vez más incomprensible. Un tornado que arrasa con todo lo que hay a su alrededor, centrado sólo en su propio movimiento circular.

Desaparecer.

O una brisa. Las brisas viajan ligeras. Una brisa que sopla indiferente sobre todo. Una brisa que se desliza entre la gente sin apenas hacerse notar. Quiero ser una brisa caprichosa que cambia de rumbo según… ¿qué? Una brisa contradictoria de movimientos contrapuestos. Una brisa enfrentada a sí misma.

Desaparecer.

Quizás una corriente que fluye hacia un punto determinado. Una corriente que entra y sale por los caminos que otros le abren. Una corriente que no se cuestiona nada de lo que ocurre, como si fuera sujeto pasivo de su propia existencia. Una corriente que no tiene que dar explicaciones sobre sus actos porque están determinados y sujetos a la voluntad del mundo. Una corriente cobarde que se deja llevar, que fluye, incapaz de oponerse a la esencia del determinismo que ha escogido como excusa para justificar su egoísmo.

Una corriente que huye. Una corriente que no mira atrás. Una corriente que entra por la puerta y escapa por la ventana, incapaz de buscar nuevos caminos. Una corriente mezquina. O una brisa cobarde. Una brisa alagadora. Una brisa juguetona. Una brisa indefinida. Una brisa traicionera.

O mejor un huracán. Una fuerza destructiva que corroe sus propias entrañas. Una declaración de intenciones. Una afirmación de sí mismo a pesar de todo. Un órdago a la existencia. Un grito. Una ostia con la mano abierta. La salvaje satisfacción de vivir desatado. Una fuerza de la naturaleza condenada a vivir alejada del mundo, enfrentada a él. Violencia en vez de sumisión. Confrontación y no huída. Amor y odio encerrados en un todo incapaz de dejar de girar, de gritar, de luchar, de enfrentarse.

Un viento huracanado que arranque las baldosas de la puta calle que no consigo entender.

Desaparecer y girar con la luna sobre nuestro eje imaginario, incapaces de decidir en qué lado queremos detenernos.

Antes de pararme a pensar en ello, he desaparecido de la cornisa.

Agua (Elementos: I de ?)

Posted in extensos microrrelatos with tags , on agosto 23, 2010 by silvio11

La noche que estalló la tormenta, la luna dibujaba una alfombra blanca sobre el mar que iba desde la orilla de la playa hasta el horizonte. Ariadna se adentró en el agua, que la esperaba ansioso por poseer su cuerpo. Sus dedos rasgaban la superficie cristalina y la masa oceánica subía poco a poco por sus muslos. El mar bramía, hambriento e inconsciente de que el deseo que sentía por la joven era el mismo que se escondía en las esponjosas nubes del cielo. Celosas, las gotas de lluvia se precipitaron sobre ella en forma de nocturna tormenta de verano. Ariadna, desconcertada, con medio cuerpo golpeado por las embestidas del mar y el otro medio sometido a los mil besos que la regalaba el cielo, fue incapaz de elegir entre ambos.

Furiosos, mar y cielo discutieron para tratar de descubrir cuál de los dos era dueño del amor de la joven. Cada vez que uno, solicito, acudía a visitarla allá donde estuviera, ella se deslizaba hasta el parque más cercano para dejarse besar por él y sentir cómo se escurría dentro de su ropa en forma de pequeños ríos que la acariciaban suavemente. Sin embargo, todos los años iba al encuentro del otro, furioso y enigmático, para fundirse con él bajo la luz de la luna.  Sometida a la fuerza de la masa marina, complacía cada uno de los deseos de aquel amante insaciable que la devolvía con delicadeza a la orilla cuando terminaba de hacerla el amor.

Un año, ansioso por gozarla y cansado de esperar su visita, el mar decidió infiltrar una de sus gotas dentro de los millones que viajaban en el interior de las nubes. La minúscula porción marina esperó pacientemente hasta que encontró aquella que estaba destinada a bañar la piel de Ariadna. Cuando la vio abajo, como un grano más perdido en un desierto de arena, saltó desesperada por llegar junto a ella. Aterrizó en su mejilla y, ansiosa, comenzó a correr hacia su cuello. De ahí, con un brusco giro, paso a la abertura de su escote y puso rumbo hacia el ombligo. Apenas unos segundos tardó en cruzar su cintura antes de adentrarse en el pubis en introducirse en su sexo, saborearlo y diluirse en él. La intensidad de la unión fue tal, que la joven cayó de rodillas al suelo, casi sin respiración.

Al reconocer al más violento de sus amantes, Ariadna supo entonces que el mar también le seguiría allá donde estuviera, como la lluvia, y decidió no visitarle nunca más como castigo por su mentira. La lluvia, feliz al conocer la ruptura, no quiso preguntar los motivos. Así vivió siempre engañada, creyendo que Ariadna era totalmente suya. Sin sospechar jamás que dentro de sus propias nubes viajaba un polizón dispuesto a saciar el deseo que las caricias de un devoto esposo no podían apagar.

Quisiera ser la gota de lluvia que cae del cielo para besar tu cuello… O aún mejor, la lágrima que nace en lo más profundo de tu ojo izquierdo, te acaricia la mejilla y se cuela por la comisura de los labios para diluirse con la saliva que se esconde en el interior de tu boca.