Archivo para en negro

Polvo

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags on agosto 9, 2011 by silvio11

La habitación está vacía. Sobre la cama, una escuálida sábana recuerda tiempos mejores mientras permanece olvidada en una esquina del colchón. Las partículas de polvo reflejan los rayos de sol y parece que nieva luz sobre los muebles. La persiana gime, como si estuviera a punto de partirse por la mitad. Mira a su alrededor y trata de recordar la última vez que estuvo allí. Deberíamos haber cubierto los muebles con un plástico, se dice mientras pasa la yema del dedo sobre la mesilla de noche. Después la frota contra el pantalón para tratar de limpiarla. Estudia la silla en la que él acostumbraba a dejar la ropa del día siguiente. Parece desnuda. Comienza a picarle la nariz. Todo es silencio.

Se sienta sobre la cama y casi de forma impulsiva salta un poco sobre ella. Los muelles crujen, igual que sus recuerdos. Los fantasmas cruzan los copos de luz, brillando bajo ellos, y tuerce la cabeza para tratar de verlos desde una perspectiva diferente. De noche todo sería distinto, recordaría otras cosas, pero es medio día. Los fantasmas no se aman, ni se gritan, sólo conviven el uno junto al otro, brillando bajo la luz del sol.

Ignora la suciedad y los años. Tumbado en la cama trata de recuperar algún olor, pero no hay nada, sólo polvo. Todo huele a abandonado. Las partículas de polvo, de luz, flotan en el aire, rebotando contra los fantasmas de su memoria. Uno de ellos se tumba junto a él. Parece inmóvil… parece. Al final estira una mano y comienza a acariciarle el cabello, como hacía cada vez que él, siendo niño, no podía dormir y se colaba en su cama. Siempre le despertaban las caricias de aquella mano.  

Las lágrimas se escapan de los ojos y caen sobre el polvo del colchón. Escucha la voz de su padre llamándole desde el piso de abajo. Tiene prisa por irse de allí. Se pregunta si él también estará viendo fantasmas. Seca sus lágrimas antes de incorporarse. Sorbe mocos y se despide de ella. Una solitaria foto de matrimonio le dice adiós desde la mesilla. Es una de las pocas en las que sus padres salen sonriendo.

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Encrucijada

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on agosto 5, 2011 by silvio11

Al fondo del camino hay un perro negro. Bueno al fondo, en realidad es una encrucijada. Siempre hay una encrucijada allí donde pensamos que se encuentra el final del camino. Hay un perro negro y una encrucijada. Los errores fatales son aquellos que se pagan durante toda la vida. Hay una encrucijada que bien podría ser el final del camino. Escéptico y confuso camina hacia ella, sonriendo a pesar de todo. La matemáticas son la poesía de Dios y el lenguaje las matemáticas del hombre. En la formulación exacta de su propio pensamiento espera encontrar el conocimiento absoluto de sí mismo. Ese es el reto, ser capaz de traducir con precisión el pensamiento, que a su vez no es nada más que la traducción del sentimiento… El lenguaje del sentimiento. Y el perro ladra.

Los errores fatales se pagan durante toda la vida, repite mentalmente de camino al cementerio. Sobre su hombro, una sexta parte del ataúd. Los ladridos llegan desde la encrucijada. Hay amores que se pierden por una decisión estúpida, pero su error no fue perderlo, su error fue aferrarse a él… Tantos años. Y el perro vuelve a ladrar, desafiante o indignado, imposible saberlo. Agacha la cabeza y mira al suelo. Fue tan fácil vivir preso, con el error, acomodado. Se pregunta qué hará a continuación, libre. La encrucijada se aproxima y la cochambrosa entrada del cementerio le recuerda a la puerta de su hogar.

Toda una vida preso, pero hubo un día en el que le perdió el miedo a la muerte… Una noche, mejor dicho. Abrazado a ella supo que podría morirse tranquilo. No plenamente feliz, pero sí tranquilo, en paz. Durante unos días jugó con la idea mental del suicido. El perro vuelve a ladrar. Le fascinaba la posibilidad de abandonar en el punto alto, justo cuando todo estaba en orden, aunque no hubiera perfección.

Sus emociones le hablaron. El miedo, la esperanza, la felicidad… Pero no supo entenderlo. No supo entenderse y los ladridos apunto estuvieron de hacerle estallar la cabeza. Pesa tanto el ataúd como cada uno de los días en los que tuvo que regresar a casa a regañadientes. No fue siempre y no fue todo, pero si bastante como para que por norma general se sintiera sin sonrisas. Pasaron los buenos días. Giran a la izquierda y el perro se hace a un lado para que puedan encarar la puerta del cementerio. ¿Y qué fue de la paz? Nada, allí se quedó, junto a él y la tranquilidad. A lo mejor es que él había nacido para la agitación y el caos.

Mientras se adentra en el cementerio, el perro vuelve a ladrar. Una vez más, es ella quien le marca el camino a seguir.

La percepción del asesino (Monstruos IV de IV)

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , , on febrero 3, 2011 by silvio11

En invierno las mañanas son grises. Los árboles, desnudos de hojas, dan a las desiertas calles de la ciudad un aire de postal melancólica. Las pocas personas que se enfrentan al frío se defienden de él con gruesos abrigos, bufandas, gorros y en algunos casos con simpáticas orejeras. Es como si fueran montañas de ropa que se inflarán al nacer la mañana y se desinflaran al caer el sol. Imagina que no hay nada en su interior, que sólo están llenas de aire caliente, de ese vaho que se les escapa por la boca en forma de humo blanco, como si fuera su alma. Caminan rápido, sin tiempo para fijarse en sí mismos o en quienes les rodean, incapaces de apreciar la singularidad de su rutina, la estudiada coreografía que componen, tanto andando como detenidos en una parada de autobús o en un paso de peatones. Les observa, hipnotizado, desde la mesa en la que despacha su café con un par de churros.

Hace unos minutos que ha dejado de llover, pero las nubes siguen tapando el sol de media tarde. El mundo adquiere los tintes de un ocre metalizado. Rendido el cielo, las gotas de lluvia continúan cayendo con una rítmica cadencia que debería demostrar la existencia de una fuerza superior, capaz de ordenarlo todo. Un charco concreto atrapa su atención. Ahora que la tormenta ha parado, se nutre del agua que cae desde el toldo de un quiosco de periódicos. Cada gota tarda cuatro o cinco segundos en desprenderse de él. En cuanto una se precipita al vacío, comienza a crecer la siguiente. Se hincha poco a poco, hasta que pesa demasiado para continuar aferrada a la tela. Al impactar en el charco, crea pequeñas ondas que se deslizan sobre la superficie. No sabe si es una metáfora de la vida o de la muerte.

El pasillo mide unos siete metros. Hay puertas a ambos lados. Puertas que casi siempre están cerradas, que esconden secretos embarazosos como la cocina, un cuarto de baño y la habitación de sus padres, pero la del fondo, la de la abuela, siempre está entreabierta. La luz se escapa de su interior, bañando la pared y el suelo con su calidez amarilla. Es caliente, como calientes son el olor de la abuela, los pliegues de su piel, el brasero que tiene bajo la mesita y sus abrazos. Andar hacia la puerta es como avanzar hacia un lugar seguro. Ella siempre le sonríe. A veces la sorprende rezando y se queda callado, escuchando el susurro constante, como un siseo, que se interrumpe cada vez que el sueño le gana la mano a la devoción.

Ser capaz de identificar las matemáticas de la  belleza no significa sentir su esencia. ¿Acaso la observación me impide integrarme en la armonía del conjunto, ser una pieza más de él ?

 

Es capaz de ver imágenes, metáforas y pautas. Puede eliminar todo aquello que rodea a la esencia, destaparla… y no sentir nada. Anhela formar parte de ella, pero se encuentra en una dimensión diferente, incapaz de tocar el etéreo fantasma que  flota ante de él. Trata de dejarse mecer por la belleza, pero le esquivaba como una amante caprichosa que acaricia sin llegar a besar jamás. Y la soledad crece en su alma. Intenta amarla, pero necesita calor y no el gélido tacto de la distancia. Intenta crearla, pero nunca quiso el arte la mecánica precisión de una mente metódica. Y con más razón que alma se encierra en un mundo de lógica, buscando una forma de abrazar aquello que la mayoría ni siquiera puede ver.

Frío, mecánico, calculador, paciente. Sólo la destrucción se ajusta a los dones que le ha dado la naturaleza. Después del primer asesinato siente algo moverse en su interior. Tengo derecho vivir. Busca la belleza perfecta que le haga estremecer en el momento justo de acabar con ella, pues ya ha perdido la esperanza de ser feliz y el dolor se presenta como la única alternativa a la nada.

La gota de sangre se desliza como una lágrima por su pómulo, desde la pequeña herida que acaba de horadar con el destornillador de estrella junto a su ojo. Le mira con terror, esperando clemencia, indefensa, como una paloma herida sobre el asfalto de la carretera. Le tiembla el labio inferior y lo muerde, quizás para tratar de detenerlo, probablemente para aliviar la tensión. Es consciente del pavor que genera su figura recortada a contraluz. Desde la silla no puede verle la cara, sumergida en las sombras que proyecta la bombilla desnuda, recuerdo de un amanecer que ya nunca volverá a contemplar. Le enseña las fotos de sus hijas y amenaza con ir a visitarlas, con hacerles exactamente lo mismo que la está haciendo a ella, y la ve llorar como no lo hizo mientras le sacaba el ojo izquierdo de su cuenca, con el mismo destornillador que sujeta en alto, amenazante. Llora como sólo se puede llorar por aquello que más se ama, sin egoísmo. La pureza de su amor podría conmoverle, pero no lo hace. Le promete parar a cambio de la vida de una de ellas y acto seguido utiliza el mechero para quemar uno de sus pezones. Ella grita de dolor y de rabia. Repite la operación con el otro, y la oferta. Después acerca el destornillador a su pupila, deteniéndose a pocos centímetros. Ella le implora que no lo haga. Él comienza a introducir la punta, lentamente, dispuesto a hacer palanca. Ella vuelve a llorar. Ya sólo quiere que la mate. Las notas de su voz le recuerdan la desesperación que debe sentir el último rayo de luz del atardecer, consciente de la soledad con la que afrontará su propia desaparición, asustado frente al avance de la noche.  No le saca el ojo, no todavía. En su lugar, decide practicar un nuevo camino, a través de la piel y la carne, hasta las muelas de la mujer. Rasca, arrancando trozos de carne, repitiendo periódicamente la oferta y recibiendo siempre la misma contestación. Al final, incluso le pide que vaya aún más lejos, que apacigüe su sed de mal en la carne de ella. Una santa dispuesta al martirio por el bien sus seres queridos. Y desea que exista un paraíso, para que tenga un lugar al que huir una vez termine de torturarla. Y desea que haya un infierno, para poder escapar él mismo a un lugar en el que pueda sentir algo, aunque sea miedo. No puede ser peor que la nada.

Se sienta, orgulloso, cuando el corazón de ella al fin se rinde y deja de latir. Su espíritu, sin embargo, aguantó hasta el final. Le da un dulce beso a su cadáver antes de trocearlo, bendiciendo su pureza.

Yo también tengo derecho a amar.

El asesino y su mujer (Monstruos III de IV)

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , , on febrero 2, 2011 by silvio11

– ¿Alguna vez has sentido que deberías tener alguien a tu lado, pero que es como si le hubieran recortado del mundo y sólo existiera una silueta blanca junto a ti?

No era guapa ni fea. Amable ni antipática. Ingeniosa ni estúpida. Profunda ni superficial. Soñadora ni pragmática. Era un justo y aburrido término medio compatible con la vida aparentemente anodina que llevaba él. Permanecía callada, mirándole desde su sillón, a un escaso metro del que ocupaba él todas las noches, cuando veían juntos la tele.

Estas son nuestras vidas, separadas por un insalvable metro de distancia.

 Dormía, ella al menos. No había más que un palmo de distancia entre ellos… siempre la distancia. Acababa de despertarse, violento, aunque su respiración permanecía tranquila. Había soñado que estaban así, justo como ahora, frente a frente; que sus manos se acariciaban sin querer; que luego se entrelazaban y de repente comenzaban a besarse sin mediar palabra alguna entre ellos. La pasión le consumía. Al tercer o cuarto beso despertó. Marta dormía plácidamente. Él sentía su corazón agitado. Deseaba volver a dormir, recuperar el sueño y las emociones que, ahora, con los ojos abiertos, se diluían en la realidad.

Marta, caminando nerviosa de un lado a otro de la habitación, le gritaba. Estaba cansada de su frialdad, de la distancia.

Rozas mi piel sin tocarme. Besas mis labios sin estremecer mi alma. Tus lágrimas mojan mis manos sin conmover mi conciencia.

Escuchaba en silencio sus gemidos mientras hacían el amor… o follaban, o lo que quiera que fuese aquello. Ella nunca alcanzaba el orgasmo. Él simplemente se corría, sin hacer ruido alguno, limitándose a tensar los músculos cada vez que eyaculaba. Al principio no parecía importarla, pero un día, pasados los años, después de sacarle de su interior, se tumbo de espaldas a él, casi en posición fetal, como protegiéndose de una corriente de aire frío que acabara de colarse en la habitación. A los pocos segundos comenzó a escuchar sus sollozos. Continuó mirando al techo, consciente de que aquello era por él. Trató de abrazarla. Pidió disculpas. Ella las aceptó en silencio cuando se giró para devolverle el abrazo. No le besó. Se limitó a aceptar la mentira.

Cada mañana, durante uno o dos segundos, la miraba anhelando que pudiera salvarle de sí mismo, deseando descubrir algo dentro de él que fuera parecido al amor. Después, cerraba los ojos, triste, y repetía el papel que tan concienzudamente había aprendido.

– Ojala pudiéramos elegir a quien amar. – Susurró una noche, amargada, mientras veían la televisión.

Él no dijo nada. Se limitó a asentir en silencio. Nunca olvidaba comprarle un regalo el día de su aniversario. Sus amigos veían en ellos una pareja perfecta. Nada fuera de esos dos sillones imaginaba cuan largo era aquel metro que les separaba, únicamente superado por el triste palmo que les distanciaba en la cama. Esa era la verdad, cuanto más cerca estaban, más grande era el abismo.

Un día la encontró a punto de salir por la puerta, con dos maletas llenas de ropa.

– No vuelvas.- Le dijo.- No iré a buscarte. Si fuera capaz de amar a alguien, sería a ti. Podría describir cada una de tus formas de sonreír o mirar a la nada, pero ninguna de ellas me conmueve… Si tan solo pudiera amarte a ti… Contigo sería suficiente para calmarlo todo.

Ella dejó caer las maletas en el suelo, consciente de que no era nada más que un espacio en blanco junto a él. Estaba allí, pero no podía sentirla, no podía salvarle de aquello que le devoraba por dentro, de las largas noches fuera de casa ni de la extrema frialdad de sus ojos.

El día que la estranguló con las manos desnudas, deseó con todo su corazón sentir dolor, culpa o algo que le hiciera saber que la había amado, que estaba destruyendo lo único que tenía algún valor para él, pero sólo encontró el mismo vacío de siempre. Cerró sus párpados con delicadeza y maldijo al mundo. En el pálido rostro de Marta, en las marcas moradas del cuello, pudo ver su tristeza. Ni con la propia muerte había conseguido satisfacer una mínima parte del hambre que padecía su esposo.  Celebraban sus Bodas de Oro. Durante la mañana, antes de acabar con ella y la radiante felicidad que desprendía, sintió ganas de reír. Estaba convencido de que esta vez lo conseguiría, de que después de tantos años, por fin sentía algo parecido al amor. Pobre viejo estúpido y soñador, se acusó frente al espejo, tan impasible como siempre.

El asesino y la niña (Monstruos II de IV)

Posted in extensos microrrelatos with tags , , on febrero 1, 2011 by silvio11

A Elena le gusta mirar las flores, sobre todo las margaritas. Ella nunca se ha parado a pensarlo, pero le encanta el olor a campo. Justo en frente de su casa, en una urbanización de pueblo, arranca la ladera de una pequeña montaña, toda ella recubierta de una hierba espesa y primaveral. A la pequeña Lena le parece gigante. Como hace cada vez que programa una excursión, mete bizcochos y algún bollo en su mochilita, para tener algo que comer cuando llegue la hora de la merienda. Casi siempre la acompaña algún amigo, pero hoy todos están viendo la tele o jugando a la consola. Acostumbrada ya a los paseos campestres de la niña, ni siquiera mamá está tan pendiente de ella como en otras ocasiones

Nadie ve al hombre que, sentado en un triste banco de la calle, come con paciencia metódica un bocadillo, casi ausente, pero con los ojos fijos en la pequeña.

Es un angelito. Salta de flor en flor, como las mariposas o el mismo polen, dejando tras de sí un rastro de luz. El pelo rubio le brilla con los rayos del sol que, al atraversarlo, se dispersan en un número incalculable de brillos y resplandores. Me atrevería a decir que ilumina el mundo. Sería imposible que una nube de oscuridad no se disolviera ante su presencia. Intenta oler una margarita, dobla las piernas sin llegar a arrodillarse en el suelo. Se acerca todo lo que puede para estudiarla, pero ni uno sólo de sus gestos hace pensar que vaya a cortarla. Después cierra los ojos e inspira con fuerza, llenándose los pulmones con su delicada belleza. Cuando vuelve a abrirlos, se quita la mochila con agilidad, aunque pierde el equilibrio durante un segundo y está a punto de caer. Saca un bollito y comienza a masticarlo con tanta paciencia como yo devoro mi almuerzo, mientras observa su margarita con el mismo interés con el que yo la observo a ella.

 

Cuando mama echa una ojeada por la ventana de la cocina no ve a Lena. Tampoco se preocupa demasiado. La próxima vez si lo hará, dentro de cinco minutos, cuando sea demasiado tarde. Tampoco se da cuenta de que el señor del banco ha desaparecido. Es normal. Nadie se fija en el hombre del banco.

Antes su sonrisa era luz. Ahora su miedo es tristeza. No hay odio ni resentimiento. Es como una santa, incapaz de guardar  rencor. No comprende que alguien pueda querer hacerla daño. Su síndrome de down es tan leve que apenas puede adivinarse en sus rasgos físicos, aunque no me extraña encontrarme con él. Es imposible que un niño  desprenda tanta inocencia, no en este mundo. Me mira y vuelve a suplicar. No me teme. No sabe cuánto dolor voy a inflingirla. Sólo quiere volver con su madre, a su montaña y su margarita, comerse otro bollito, quizás. Para abrir la cremallera de la mochila hay que tirar de un osito. Cojo un dulce, el mismo que la vi comer en el campo. Se lo ofrezco. Estira la mano para hacerse con él. El sonido de mi bofetada rebota en las paredes. Antes de llorar, antes del miedo y el dolor, aflora en su cara la sorpresa. Yo tenía razón. Pobre ángel devorado por mi infierno. Nada como yo  debería existir en tu mundo. Llora y en sus ojos asustados descubro que jamás imaginó un terror como el que siente ahora.

 

Los golpes son fríos, mecánicos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Repetitivos, con la mano abierta, silenciosos por su parte y demencialmente humanos por la de ella. La corta y después se corta a sí mismo, tratando de encontrar analogías entre su dolor. Es tan metódico desfigurando su rostro como lo era masticando el bocadillo. La estudia. Se estudia. Vuelve a golpear. Coge clavos y su martillo. Recupera también el serrucho de la bolsa de cuero que siempre lleva en el coche. Cansado, consciente de que hace horas que ha muerto, sale del interior de su caseta, a pasear por el campo. Refresca y un moco se escapa de su cavidad nasal. La limpia con la manga de la mano. Mira la luna, cuarto creciente. Nada tiene sentido. Sobre todo él.   

 

Se perdieron las sonrisas en el delirio carmesí de mi vacío, tan repleto de locura que atravesó los extremos de la emoción para convertirse en una máscara de frialdad. La luz escapó por las ventanas, empeñado el dulce resplandor de la vida en esquivar mi alma, e incluso el dolor y la rabia se diluyeron en un mar de oscuridad que nada entendía de amor. El rocío manó de mi ángel tembloroso, poniendo fin a la última oportunidad de redención que me atreví a despreciar, y recorrí una vez más el camino hacia la noche acompañado de la muerte. Dios reía en algún lugar de su trono celestial, viéndome chocar nuevamente contra mi nada. Dónde iba a encontrar un refugio si ni siquiera sabía de qué estaba intentando huir. ¿Cómo buscar el perdón cuando no existe la culpa?

 

Continúa observando la luna mientras se limpia las manos con un viejo trapo grasiento. Consulta el reloj y decide darse un poco de prisa. Se le hace tarde. Marta debe estar esperándole para cenar.

El asesino (Monstruos I de IV)

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , , on enero 31, 2011 by silvio11

No ve nada, aunque está seguro de tener los ojos abiertos. El asesino está ciego y las únicas imágenes que puede evocar son las de sus crímenes. Recuerda las lágrimas de aquella chica joven, poco más que una niña, a la que estuvo torturando durante horas, haciéndola cortes con su oxidado cuchillo de caza. Recuerda su cara, llena de lágrimas, y su dulce voz, pidiéndole una y otra vez que la deje volver a casa. “Papá y mamá estarán preocupados”. Y tanto que lo estaban. Pasaron años buscándola. Nunca lo reconocieron en voz alta, pero al final sólo querían encontrar un cadáver. Mejor que no lo hicieran. En su mente podía ver con claridad el rostro deformado por los golpes, la sangre en su mano y el estúpido vació que intentaba llenar a base de dolor.

El marrón de sus ojos gélidos era ya incapaz de ver nada más que muerte. Tampoco la cariñosa madre que acompañaba a sus hijos todas las mañanas al colegio fue capaz de saciarle. Le dijo que, cuando la hubiera matado, visitaría a los pequeños y ella lloró. Lloró tanto que terminó quedándose sin lágrimas y sin voz. Incluso afónica continuaba apelando a un corazón que él no tenía. Aquella vez no utilizó un cuchillo de caza. En lugar de eso recurrió a la contundencia roma del martillo con el que arregló el escalón de la entrada. Marta siempre tropezaba con él. Un día se enfadó de verdad y comenzó a gritar. Gritó y gritó hasta que le vio arrodillarse con el martillo en la mano y comenzar a golpear la madera, igual que meses después golpeaba las manos de aquella pobre madre, frío y enérgico, examinando con curiosidad el efecto que causaba cada uno de los impactos. Cuando comprendió que todo aquello no le conducía a ninguna parte, ella era incapaz de mantenerse consciente. Tres golpes más, en la base del cráneo, y la cabeza se quebró como un melón maduro.

Resulta evidente que no sufre remordimiento alguno por sus actos. Quizás es eso lo único que lamenta, no sentirse culpable. Si por lo menos tuviera remordimientos, sabría que es humano, pero si sólo hay vacío ¿en qué le convierte eso? Ni siquiera ha encontrado satisfacción en cada uno de sus crímenes. Sólo calmaba la necesidad de causar dolor. ¿Venganza? Cuando se miraba en el espejo, con los restos de sangre, piel, sesos y carne manchando su delantal de carnicero, trataba de encontrar palabras que pudieran definir esa mezcla de miedo, desesperación y vacío que le inundaba por dentro. Era todo y nada a la vez, algo que le desbordaba sin ser, como un agujero negro. Buscaba en sus ojos, pero seguían fríos y tristes. Se limpiaba con cuidado. Metía toda la ropa sucia en una bolsa de basura y las herramientas… esas simplemente volvían a su lugar. Resultaba prácticamente imposible que dieran con él, porque es el mal oculto y caprichoso que ataca sin razón.

El asesino está ciego y ya no puede ver la belleza. No lo siente, pero sabe que eso es bueno. Si no la ve, no la odia. No pude acecharla ni acabar con ella. El asesino se sacó los ojos cansado de matar. No tenía valor para entregarse a la policía, pero sí para automutilarse. A fin de cuentas, ¿no llevaba toda la vida herido? Aplicó su odio a sí mismo y se condenó a la soledad deseando no volver a ser él mismo. Al asesino le acompañan sus crímenes en la oscuridad. Los repasa sin sentir regocijo o tristeza alguna. El asesino sólo lamenta no haberse dado cuenta antes de que debía alejarse del mundo.

El viento sopla entre las maderas de la apartada cabaña que habita en medio del bosque. Es como esa trampa mortal que habita en el lugar más oculto de una pesadilla.

Adios mundo

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags on septiembre 30, 2010 by silvio11

Hoy se acabó el mundo

y no hubo presentimiento en la madrugada

ni perro alguno ladrando a la luna.

Simplemente se acabó el mundo,

un mundo.

Uno de tantos esos mundos que me giran,

a mí, mundo,

en este universo de mundos egocéntricos.

Acabó un mundo moribundo que,

como todos los mundos,

fue mundo verde en su juventud

y árido en su decadencia.

No sabría decir si fue mundo hermoso

o imprescindible para otro.

Sólo sé que fue mundo de mi mundo

y que habitamos órbitas coincidentes,

nunca juntas, pero siempre unidas.

Murió un mundo y habría merecido la pena que la luna tapara el sol,

que los mares se embravecieran

o que la tarde fuera un poco menos perfecta.

Hoy se acabó el mundo

y ni uno solo de los semáforos que cruzo cada día dejó de funcionar.

Murió el mundo

y no cerraron las panaderías.

Murió el mundo

y no se abrió la tierra para tragarnos a todos.

Murió el mundo,

viejo y sabio mundo,

con los ojos cerrados y los llantos de otros enjugando su partida.

Se acabó el mundo y no tuvo la decencia el universo de pararse un solo instante

para observar el lento marchar de ese mundo de mi mundo.

Que le follen.

Nadie necesita al universo cuando tiene un solo mundo que aprender a echar de menos.

A mi Hobgoblin.