Archivo para En rosa

Pintado en negro

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags , on julio 26, 2010 by silvio11

Pintaré de negro el mar

y, sin tu nombre en mis palabras,

pintaré de negro el viento.

Pintaré de noche el día en tu recuerdo

y, también en tu memoria,

de un negro azabache mis sueños.

Pintaré de negro tu ausencia

y aún ausente,

seguirás tú pintando de negro

la sonrisa que se muere sin tus ojos,

sin tu olor,

sin tu alegría y nuestros juegos.

Pintaré el amanecer en tonos densos

de negro tristeza y negro desierto,

del negro ese del ya no te tengo

y el negro cercano del siempre te quiero,

del negro de aún no te has ido

y el negro del odio sentirte tan lejos,

del negro de quiero tocarte

y el negro de nada besando mis dedos.

Pintaré de negro mi cuerpo

para no poder ver mi reflejo

y fundirme en las sombras

como se fundían tus besos

con la piel y con el miedo,

con la soledad y el silencio

prendiendo la llama,

reanimando mi cuerpo

y haciéndome andar

aunque quisiera estar muerto.

Pintaré de negro el mundo

y después,

obligado por el amor que te profeso,

rascaré llorando ese negro

de los árboles, de la gente,

de los abrazos y del suelo,

para poder ver cómo flotan las nubes

y cómo va corriendo el tiempo.

Hasta que un día muerda tu nombre

y con él muerda también el cielo,

abrazándome al calor

que me inspirará tu aliento.

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Sol

Posted in cosas que podrían haber rimado, extensos microrrelatos, Historias del terruño (Guadalajara) with tags , , , on mayo 30, 2010 by silvio11

Silenciosa, la paradoja se consuma. Durante meses, el sol marcaba el final del sueño. Ahora, en una suerte de bipolaridad, se sienta en su cama. Sonríe. Pregunta por la decoración. El sol baña todo con la timidez de un nuevo día, con la timidez de su nuevo día.

Después de pasar demasiadas noches haciéndole preguntas a la luna, es el sol quien viene a darle las respuestas.

No tiene prisa por abandonar la cama. Se sienta en ella sin esperar invitación alguna. Curiosea y le ciega con cada una de sus sonrisas.

Cuando rompe el miedo a morir abrasado, se asfixia con sus besos y acaricia los rayos de luz que le brotan del alma, como si fuera un adorador pagano bendecido por su deidad. Se envuelve en sus brazos, en su calor, en la frescura de sus besos, recuerdo del rocío que moja cada mañana el pétalo de una rosa, tan involuntario como una lágrima que escapa en medio de un bostezo después de pasar la noche en vela; una solitaria y dulce lágrima, de esas que no da miedo derramar.

Y por una vez no hay prisa.

No necesita correr a ninguna parte, ni temer las horas.

Puede abrazar su cuerpo envuelto en llamas y respirar el inocuo olor del fuego en el musical silencio de su mañana, la que existe sólo porque brilla en el firmamento.

El sol y él duermen a ratos. Y a ratos se despiertan. Sólo parar mirar y, si coinciden los segundos de vigilia, sonreír.

En su presencia, vuelve a sentirse visible, así que busca un lugar en el que esconderse de la mañana sin dejar de disfrutar de ella.

El mundo sonríe al ver un hijo de la noche corriendo tras la luz de la madrugada.

Un segundo de belleza. Un solo segundo de belleza. Un solitario y dulce segundo de belleza, como la lágrima que recoge con la punta de su dedo,  recuerdo del día en que  formó parte del amanecer.

Un vals bien vale una boda

Posted in Historias del terruño (Guadalajara) with tags on noviembre 30, 2009 by silvio11

Me daba igual ir a la boda de mi primo “El Perfecto”. He pasado toda una vida mirándole desde abajo. Los dos tenemos la misma edad y de pequeños éramos los mellizos. A nadie se le habría ocurrido llamarnos gemelos. Parecíamos nacidos de un mismo parto, pero no éramos iguales. Alto, fuerte, inteligente y con don de gentes creo que sólo le ganaba la partida en el tema de la imaginación. También aguanto mejor el alcohol que él, pero claro, es que mi primo “El Perfecto” no bebe alcohol, al menos que yo sepa. No me extrañaría que ahora, que ya se ha casado, se convierta en un experto catador de vinos.

Creí que ya me daba igual todo lo referente a su vida, hasta que le vi bailar un vals el día de su boda. No sé mucho de baile, pero me pareció que lo hacía bien. Momentos antes de empezar a dar vueltas conversaba en voz baja con su mujer, Ana. Todo el mundo les estaba mirando y ella parecía nerviosa. Tenía miedo de pisarse el vestido, creo. Él intentaba tranquilizarla. Justo antes de dar el primer paso, alargó su mano derecha y le sujetó la barbilla suavemente para besarla con dulzura. Después deslizó la mano por la espalda de ella, que se dejó caer delicadamente hacia atrás, sonriendo. Un segundo, puede que dos; una ovación, no recuerdo si mental o física; y volvió a erguir su cuerpo. Empezaron a bailar. Él lo hacía bien, tan perfecto como siempre, pero por ese mismo exceso de perfección parecía un poco antinatural. Ese es otro de sus pocos defectos. El exceso de perfección hace que uno pierda parte de su humanidad.

Recuerdo el último verano que compartimos. Yo mismo me extrañé de que todavía quisiese venir a Guadalajara a pasar unos días conmigo. De pequeños estábamos deseando que llegarán las vacaciones para vernos, al menos yo. Inventaba juegos y él los seguía. En alguna ocasión llegué a pensar que era mi imaginación la que le estaba convirtiendo en una especie de héroe de película, uno de esos que siempre intentaba hacer lo correcto. Por desgracia, al final nos hicimos mayores y tuvimos que dejar nuestros juegos a parte. Está mal visto jugar cuando uno es mayor. Supongo que por eso empecé a escribir. Por eso espero a estar solo en casa para fingir que soy un policía que va registrando las habitaciones. Y por eso me cuesta poco quedarme callado en los bares, pensando finales felices para historias tristes.

En aquel último viaje quedó patente que éramos dos polos opuestos. Yo había empezado mi camino nocturno, el de lo bares y el calimocho. Él no quería entrar en las discotecas para no dañarse los oídos. Estaba pensando hacerse piloto y no quería perder audición… la verdad, no me lo creí del todo. Un sábado que le propuse salir con mis amigos decidió quedarse en casa, con mis padres y hermanos. Fui incapaz de arrastrarle a la calle y en pleno berrinche me largue sin él. Supongo que empezaba a poner en práctica esa facilidad que tengo para ignorar a la gente que quiero, para aprender a vivir sin ella. Dos o tres días después se iba de casa sin despedirse. Ni si quiera me di cuenta de que ya se había marchado al autobús que le devolvería a Madrid.

El día de su boda realizó un discurso de agradecimiento a todas las personas que les habían acompañado a lo largo de su vida tanto a él como a Ana. Me fastidia decirlo, pero le quedó bien. Antinatural, pero bonito. Excesivamente ensayado, pero efectivo. Demasiado afectado, pero creo que hasta mi padre lloró. También se le da bien escribir. Recordó a sus amigos, a sus hermanos, a sus primos y al resto de la familia. Me noté muy alejado de él, de todos. Y no era sólo yo. También mis hermanos parecían pertenecer a otro mundo. Después de todo lo que habíamos vivido durante tantos años y simplemente el tiempo, en la mayor parte de los casos, nos había terminado separando. El tiempo, la gente que nos rodea, los mundos que habitamos y nuestra propia perfección. Quizás una noche de un lejano fin de semana y unos cuantos decibelios. O quizás la imposición de vivir, de terminar con los juegos… Quién sabe.

Le vi bailar el vals y me sentí orgulloso cuando depositó aquel beso tranquilizador en los labios de Ana. Apenas hablé con él durante la celebración. Fui casi de los primeros de abandonar la boda, pero puede imaginar cómo le decía a su esposa un “no te preocupes” justo antes de besarla. Sonreí. Sinceramente, sonreí. Mientras les veía deslizarse por la pista de baile seguí sonriendo y sentí un par de escalofríos en la espalda, en los brazos. Noté que me picaba la punta de los dedos, como cuando necesito escribir, que el corazón se me iba a una parte del pecho a la que sólo viaja cuando quiere ver la realidad con otros hijos. Noté que mi primo, “El Perfecto”, me estaba inspirado. En ese mismo instante juré que me tomaría unas cuantas copas a su salud esa noche y me alegré por mí mismo, porque todavía soy capaz de sentirme feliz por otras personas, aunque sienta que ya no tengo nada que ver con ellas, que habitamos mundos distintos, puedo alegrarme por su felicidad.

Felicidades primo. Espero que seas feliz, que todo te vaya bien, aunque la mayor parte del tiempo no me importe, espero que seas muy feliz… Creo que lo digo en serio.

Carta para Ada

Posted in Historias del terruño (Guadalajara) with tags on julio 30, 2009 by silvio11

Hola Ada. Me acabo de poner a escuchar la canción que te ha dedicado tu otro tío Javi, el de las rastas. La verdad es que él sabe mucho más de música que yo. También la tía Tricia, que te ha dejado otra, pero es que a mí siempre me ha motivado más la melancolía. Por cierto, tendrás que perdonarme si me extiendo. Tengo muchas cosas que contarte y ninguna prisa por acabar.

Por norma general, los adultos tenemos miedo a las llamadas que se producen de madrugada. Supongo que por eso lo tuyo fue un mensaje. Llegó a las 5.28. Era de papa. “Chavales, nos hemos puesto de parto. No sé si será ya o dentro de horas, pero la Lore ya se queda ingresada en el doce hasta que dé a luz”. Y así empieza esta historia. Por lo menos en lo que a mí respecta. Me quedé sentado en la cama, con las piernas cruzadas y cara de tonto. Verás, vivo con un amigo al que le molesta mucho que le despierte para hacerle preguntas estúpidas, así que no sabía qué hacer y tampoco me parecían horas para llamar nadie. Tras unos minutillos de duda decidí que lo más divertido (en la vida casi siempre hay que hacer lo más divertido) sería coger el coche y salir zumbando hacia Madrid. Tu otro tío Javi, el de las rastas, me envió un mensaje a las 5.38 para asegurarse de que me enteraba de la noticia. Resulta que sabe que soy un poco despistado, así que es como si tuviese tres hermanos mayores en vez de dos. De hecho, acabó llamándome para asegurarse del todo. Toda tu familia materna estaba movilizada desde hacía un rato. Aquella mañana se me olvidó ponerme los calzoncillos. Las prisas, supongo.

Las j´s nos metimos en mi coche, algo que a tu otro tío Javi, el de las rastas, siempre le convierte en una especie de padre. Él es así, un libertino visual, pero serio en todo lo que concierne a las cosas serias. Delante, en el Picasso, que es un miembro más de la familia Ballesteros Plaza, iban Pepe, La Inma y La Eduarda. Sobre tu abuela te diré una cosa. Si no me traiciona la memoria, una vez me dijo que su madre se comportaba con ella como si fuera una hermana más, y creo que eso se le ha pegado. La Eduarda (muy importante esto del artículo “La”: La Eduarda, La Loreto, La Inma y La Patri) es un poco niña, que lo sepas. Ten cuidado, porque si te descuidas con ella es probable que termines interpretando a Hamlet antes de que aprendas a hablar. Desde este mismo momento te adelanto que todos te vemos un gran futuro como Principito.

El Picasso lo conducía tu abuelo Pepe, Maculy para los amigos, el genuino hombre de hielo. Parece que nunca se pone nervioso, en eso se parece un poco a tu abuelo Miguel, pero algo alterado sí que debía estar, porque iba unos cinco kilómetros por encima del límite de velocidad y eso, tratándose de él, ya es mucho decir.

Cuando llegamos al Hospital no encontramos a papa ni a mama, así que nos pusimos a esperar. ¿Te has preguntado de qué habla la gente en este tipo de circunstancia? Yo también, porque la verdad es que no me acuerdo demasiado de qué hablamos aquella madrugada. Me parece que la abuela Eduarda nos contó la vida y milagros de una tal Teresa. Tu tía Inma sacó uno de sus recuerdos traumáticos de infancia, cuando nació y no había nadie en casa para recibirla. Tu abuelo Pepe sonreía de esa manera tan suya, con la sonrisilla de circunstancias que le sale de vez en cuando. Y tu otro tío Javi, el de las rastas, se quedó dormido en una postura bastante incómoda. Yo me preguntaba cómo era posible que se me hubiese olvidado ponerme los calzoncillos.

El siguiente en llegar al Hospital fue tu abuelo Miguel. Con las manos detrás de la espalda, como siempre que va a hacer alguna petición extraña a algún extraño, asaltó a un médico para pedirle que nos consiguiera algo de información sobre papa, mama y sobre ti. Tardó un poco, pero al final papa salió a decirnos que todo iba bien, que mama estaba dilatando como Dios manda y que venías un poco de lado. Eso, hija mía, lo has heredado de los Pastrana. Nosotros nunca hacemos nada de la manera sencilla si podemos complicarlo un poquito. Tu abuela Eduarda se dio un gusto al cuerpo y se metió unos churros en la cafetería. En serio, espero que no se convierta en una tradición ir el día de tu cumpleaños al 12 de Octubre para comer churros.

Más espera.

Esta vez la que se durmió fue la tía Inma y al despertar debió tener algún tipo de iluminación, porque decidió pasarse por el forro las prohibiciones y meterse de lleno en la sala de dilataciones. Sí, lo de la impulsividad de la tía Inma también debe ser de nacimiento. Hay gente a la que no le importa ponerse el mundo por montera. Estoy seguro de que tú vas a ser igual, no por tu madre, si no porque tienes a otra tía, la tía Patri, que en ese sentido es completamente igual. Seguro que a mama y a papa les gustaría que fueses más seria y que el otro tío Javi, el de las rastas, se hará el escandalizado cuando decidas saltarte las normas, pero está bien eso de que ajustes las reglas del mundo a las tuyas y no las tuyas a las del mundo… Bueno, al menos eso es lo que yo creo.

A la abuela Eduarda no le hizo ni puñetera gracias la incursión de la tía Inma… Para ser exactos le dio envidia. Mucha envidia. “Esta bruja que se ha colado”. Pero eso nos sirvió para que los demás decidiéramos dar un paso al frente y adentrarnos un poco en la zona prohibida, que era un pasillo muy largo y que sólo tenía ascensores. Cuando volvimos a ver a la tía Inma nos dijo que ya estábamos en la parte seria del día. Papa, vestido de enfermero y habiendo soltado lastre en el último minuto, ya estaba dispuesto para el reto. Mama siempre está lista para todo. Incluso cuando está preocupada, está serenamente preocupada. A mi no me sale imaginármela con miedo, pero sí que me sale verla mandando a la gente a la mierda.

Sobre el parto sólo diremos que papa debió asustarse un poco y que mama… mama debió enfadarse, porque mama no se asusta nunca.

11.27 horas de la mañana. La tía Inma y yo reforzamos la amistad de la abuela Eduarda con unos gitanos frente a la puerta que da al ala de los quirófanos. La tía Patricia ya ha llegado al hospital. Ella no lleva rastas, pero es tan hippie como tu otro tío Javi (los dos son vegetarianos, que no te líen). Los abuelos Pepe y Miguel hablan de sus cosas. A todos nos vibra el móvil, aunque algunos nos damos más cuenta que otros. “Ya está aquí Ada. Las dos bien”. Respiramos tranquilos. No me había dado cuenta de lo nervioso que estaba hasta que leo el mensaje. Me quedo en el plano astral durante unos minutos, pensando en lo bien que está que le pasen cosas buenas a la gente buena, y sólo reacciono cuando veo llegar a tu abuela Eduarda. La han operado de la cadera hace unos meses y tiene que ir con muleta a todas partes, pero se las apaña para llegar la primera a casi todos los sitios. Puede que mañana le duela todo el cuerpo, pero hoy no va a dejar que eso le estropee la experiencia.

Nos juntamos todos frente a los quirófanos… Todos menos el abuelo Miguel, que es pragmático antes que muchas otras cosas y se va para la sala de espera por si nos llaman por megafonía. Él es de esas personas que saben que algunos tienen hacer las cosas menos divertidas o importantes para asegurarse de que todo sale bien. Creeme, no hay mucha gente así, y se les valora poco. Los demás nos agolpamos frente a la puerta del quirófano para ver si podemos descubrir algo. Al final aparece papa. Todo ha ido bien, pero está un poco impactado por la situación. Ya es padre. Y tú ya eres hija.

Con los nervios, la abuela Eduarda le planta dos besos a la primera rubia que sale por la puerta del quirófano. La muchacha no es tu mama, pero supongo que se agradece eso de que te besen, ¿no? No ha sido la única con algún despiste. Minutos antes yo le he preguntado a una médico por Ada Pastrana en vez de por Loreto Ballesteros. Nervios. Nervios que por fin se van marchando ahora que ya sabemos que estás aquí y que las dos estáis bien.

El resto del día, que te lo cuente otro. También van a verte el tío Miguel y la abuela Marisa. El tío Miguel es el papa del otro miembro más cojonudo de la familia Pastrana, Miguelón, tu primo, mi ahijado y el hijo de la tía Ester, que también es otra de esas tías con una cabeza sobre los hombros que sirve para algo más que para llevar sombrero. Del tío Miguel vas a aprender la realidad sobre el cómic y el cine que mama te va a ir transmitiendo de forma adulterada. Él se ocupará de que Miguelón y tú leáis tebeos y veáis películas divertidas, te lo prometo. Sobre la abuela Marisa mejor sólo te digo que es todo pasión y que creo que en eso yo he salido un poco a ella. A los dos se nos da mejor sentir que pensar.

No te doy más la brasa, que ya casi me sé de memoria la canción de Paco Ibáñez. Sólo te dejo un apunte de la primera vez que fui consciente de que tenías tu propia familia. Ocurrió en tu segundo día de vida, pero no fue cuando llegué por la mañana al hospital y me encontré a mi hermano acunándote en sus brazos mientras mama dormía un poco. Tampoco cuando fuimos a por la baja de mama al médico de cabecera. Llevábamos una media hora esperando a que nos atendiesen y de repente, con un gesto de fastidio, me dijo: “Estoy cansado de estar aquí. Echo de menos a Ada”. Fue por la noche, cuando se había ido casi toda la familia. Papa y Mama llevaban todo el día separados y creo que era la primera vez que tenían un segundo para descansar y contarse las penas y alegrías de las últimas doce horas. En el Hospital sólo quedábamos la tía Inma y yo, pero ella se salió un segundo para hablar por teléfono, así que nos quedamos en la habitación papa, mama, tu y yo, que estaba hablando con tu otro tío Javi, el de las rastas, por teléfono. Entonces mama dijo: “La verdad es que estoy un poco preocupada”. Se refería a ti. Ya era de noche y hacía un poco de calor en la habitación. Papa dijo algo para tranquilizarla. Tú dormías en la cuna. Me los imaginé a los dos hablando mientras seguías durmiendo. Me imagine la noche que les esperaba; la de cosas que podrían contarse, y me di cuenta de que ya tenías tu propia familia, porque es tu familia, no la de ellos. De eso puedes estar segura. Es lo que tenéis los niños, por lo menos Miguelón y tú, nos robáis el protagonismo y la propiedad de nuestras propias vidas. Ni siquiera os los regalamos, simplemente os hacéis con ellos.

PD: Tu otro tío Javi, el de las rastas, y yo hemos decidido que vas a permancer virgen hasta los 40. Lo siento, es así. Soy consciente de que no te gustará demasiado esta idea, pero…

Para más información sobre Ada, se recomienda leer blogs realmente útiles:

http://glawar.org/wordpress/2009/07/28/bienvenida-al-mundo-ada/ (del otro tío Javi, el de las rastas)

http://koaladelunares.blogspot.com/2009/07/ada-nueva-personita-en-el-universo.html (de la tía Patri, que también es hippie , pero no tiene rastas).