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Más real que la vida (El fabricante de sueños V de V)

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , on febrero 14, 2011 by silvio11

Pasa las horas sentado en un banco. Quiere grabar en su memoria el color que tienen las hojas en cada estación del año, pero siempre olvida fijarse en ellas. El tipo que se ha sentado hoy a su lado lleva gafas de sol. Lamenta haberse dejado las suyas en casa. La primavera ciega más de lo normal. “Ésta es la mejor época del año”. Le gusta entablar conversaciones casuales con desconocidos. Suelen ser forzadas, pero a veces encuentra personas a las que les gusta mirar el mundo y decir cosas sin pensar demasiado en las palabras. “El sol calienta lo justo, a veces llueve y los colores son mucho más intensos”. No son razones demasiado originales, pero la verdad tampoco suele serlo. El otro tipo se coloca mínimamente las gafas y saca una libreta en la que empieza a tomar notas. Le mira durante unos segundos y una idea estúpida cruza por su mente. “¿Eres poeta o algo así?”. Responde que no, “dibujante”. Toma notas. “¿Qué notas?”. Señala con la barbilla a otro hombre, un señor muy mayor; en otro banco y con otra libreta. “Él sí es un poeta”, explica. No un poeta famoso ni nada de eso. Ha ido aprendiendo a escribir su poesía gracia a la vida… o por culpa de ella. Un día descubrió que ya no podía disfrutarla como antes y empezó a observar. “Siempre utiliza un boli BIC”. No entiende qué importancia puede tener eso, pero el tipo de las gafas de sol sigue hablando. “Si usara una pluma sería más elegante, parecería más poeta, pero nunca habría visto lo que acaba de ver”. “¿Qué?”.

–  Un rayo de luz ha pasado a través de las hojas de los árboles -hace un gesto con la mano, abarcando todo lo que les rodea- hasta dar en el bolígrafo. Al refractar la luz, el plástico la ha descompuesto –cierra el puño y, tras un segundo de espera, lo abre estirando los dedos al máximo, como si estuviera reproduciendo una explosión-, dibujando un pequeño arcoíris en el cuaderno.

Levanta la vista y estudia al señor mayor. Está inclinado sobre su cuaderno, con la punta del boli pegado a la hoja de papel, pero sin moverlo. Vuelve los ojos al tipo de las gafas de sol. “¿Estás seguro de eso?”. Se encoge los hombros. “¿Acaso importa?”. Vuelve al señor mayor. ¿Y si está viendo un pequeño arcoíris en las hojas de su cuaderno? “No sabía que pudiera ocurrir algo así… Que un rayo de luz pudiera descomponerse y dibujar el arcoíris sobre una pagina de papel”, reconoce. “Yo tampoco… Ni siquiera estoy seguro de que sea verdad. Sólo sé que él lo está viendo ahora mismo”. “¿Cómo va a verlo si no es real?” “A lo mejor sólo desea que pueda ocurrir. Lo desea tanto que incluso puede verlo. Si puedes ver algo en tu cabeza, entonces es real, de alguna forma”.

Da vueltas a la idea durante unos segundos.

“¿Y si es un sueño? ¿También es real si no es nada más que un sueño?” El tipo de las gafas de sol asiente con la cabeza, lentamente. “Tengo un sueño que se me repite de vez en cuando en el que sale una chica…” “Eso no es verdad”, le corta sin levantar la vista del cuaderno de notas. Se siente avergonzado, como si le hubieran descubierto tratando de robar una golosina en una tienda de chucherías. No sabe qué decir a continuación. Por fortuna, el tipo de las gafas de sol sigue hablando, como si nada hubiera pasado.

– Soñaste con una chica que dormía de espaldas a ti –el tipo ya no toma notas. Ahora está haciendo bocetos con un pequeño lápiz de carboncillo-.  Estabas en la cama. Era de noche y sentías miedo. Te giraste y descubriste su espalda desnuda. Tenía el pelo ondulado y rubio. Juegaste con sus casi rizos, enredando tu dedo índice en ellos, y acariciaste su espalda. Te sentiste mucho mejor y querías que se despertara para decirle lo afortunado que te sentías por haberla encontrado. Comenzó a girarse. Tenías unas ganas locas de besarla, pero te despertaste antes de llegar a ver su cara.

“¿Cómo…?”, trata de preguntar. “Sólo tuviste ese sueño una vez. Siempre has querido recuperarlo, llegar a ver su cara para saber quién era”. “¿Cómo sabes eso?” “Te gustaría que fuera un sueño recurrente porque eso le daría un significado”. No sabe qué decir. “Pero eso es una tontería. ¿Qué es más importante, un sueño que necesita recordarte su existencia o uno que no consigues olvidar?” “¿Quién es ella? ¿Qué significa?” El tipo de las gafas de sol sonríe. Cierra el cuaderno de notas y se pone en pie. “Es tu sueño, tú sabrás”. Suena a despedida, pero en vez de irse vuelve a sonreír y parece que incluso está a punto de soltar una carcajada. 

– A veces estás en tu casa, sentado en el sofá y sintiéndote muy solo. Entonces te bebes una cerveza. Podrías encadenarla con otra y otra más, hasta emborracharte y olvidarlo todo, pero mientras bebes esa primera lata te empiezas a sentir mejor. Le pierdes el miedo a la vida y sales a dar una vuelta, para despejarte, o al cine.

No puede pensar en nada. Lo que acaba de decir es delirante, pero cierto.

– A lo mejor la rubia no era nada más que una cerveza y el sueño tu subconsciente diciéndote que no hay motivos para temer a la soledad. O a lo mejor era esa niña pecosa que compartía pupitre contigo en la escuela. O tus caricias pidiéndote a gritos que busques un cuerpo en el que liberarlas –se encoge de hombros y echa a caminar-. Lo más importante de un sueño es el soñador.

Se queda callado. ¿De qué le vale tener un sueño si no recuerda de dónde procede o no sabe qué significa?  El señor mayor también se ha marchado. Le parece verle a lo lejos, unos metros por delante del tipo de las gafas de sol. Piensa en la chica del pelo ondulado y cómo le hace sentir ahora, si es que le hace sentir algo. Ha sido siempre una presencia junto a él, como un crucifijo o un amuleto. Siempre está ahí, en su cabeza. Sólo un sueño y, a pesar de todo, más real que la vida.

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El Fabricante (El Fabricante de Sueños IV de ??)

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , on febrero 9, 2011 by silvio11

El fabricante de sueños no puede dormir. Vive de los destellos que otros olvidaron recordar y anota en su libreta esas cosas que no se ven más que por el rabillo del ojo. No recuerda su nombre y siempre tiene un poso de melancolía en la mirada. Sólo gracias a ella puede ver aquello que está condenado a caer en el olvido.

La mañana le dio permiso para andar entre los soñadores durante un día, pero debe regresar a la oscuridad con el nuevo amanecer. No tiene más voluntad que la de ver y crear lo que otros no mirarían jamás. No es bueno ni malo, justo ni injusto, Dios ni diablo. Es una fuerza de la naturaleza que se alimenta de imágenes robadas.

Construye mundos oníricos en los que el mundo es consciente de su propia debilidad y el soñador inconsciente de su poder. Espera encontrar belleza, no le tiene miedo al horror y camina solo. Nadie quiere conversar con un tipo que ve sueños por todas partes.

El fabricante de sueños viste un abrigo largo y lleva gafas oscuras para protegerse del sol, incluso en los días de lluvia. No le gustan los desiertos porque cada grano de arena es distinto de los demás, pero todos son igual de despiadados. Tampoco le atraen las ciudades.

Es lo más parecido que existe al Apocalipsis y le gustaría fabricarse un sueño para sí mismo. En él sería polen, polvo, pequeñas partículas de agua o cualquier cosa que pueda ser esparcida por el viento, para estar en todas partes a la vez y sentirse siempre acompañado.

El fabricante de sueños se refugia en el rincón más oscuro del mundo para dibujar tranquilo bajo la luz de una vela, tan intensa como discreta. El pequeño lápiz de carboncillo que esconde en su mano izquierda transforma en láminas de trazo nervioso los deseos ocultos del soñador, dando vida al reflejo de una realidad oculta.

A veces ríe mientras trabaja. Otras llora incapaz de retirar la mirada de la tristeza. Y en ocasiones cierra los ojos para no ver las pesadillas que nacen de su puño. Entonces los trazos se vuelven violentos y la rabia inunda su alma. Espera que alguien venga a rescatarle de su propia imaginación, pero nadie quiere conversar con un tipo que ve pesadillas en cualquier rincón de la realidad.

Cada vez que vuelve de la nada espera encontrar un poco de fantasía que le permita regresar al amanecer con una sonrisa en los labios. A veces lo consigue y otras no. El fabricante de sueños no entiende a los soñadores. No sabe qué significan sus miedos, deseos y anhelos. No comprende su corazón, pero conoce las infinitas posibilidades que se esconden en él.

Al fabricante de sueños le gustaría ser destino, para poder decidir, u hombre, para poder rebelarse contra el destino, pero no es más que una pistola con seis balas en el tambor que esperan ser disparadas. No tiene esperanza, amor ni odio, aunque lo sienta todo con una intensidad suicida. 

Camina por calles desiertas o abarrotadas de gente con las manos metidas en los bolsillos de su largo abrigo negro. Lleva la libreta en el bolsillo trasero de sus vaqueros, en el derecho. El lápiz viaja escondido entre las anillas del cuaderno. En el bolsillo izquierdo guarda un bolígrafo, para anotar las cosas que no deben olvidarse jamás.

Aunque nadie ha visto sus ojos, tienen un brillo verde esmeralda y siempre los lleva ligeramente cerrados, como si calibrara el peligro que se esconde dentro de cada soñador.

El fabricante de sueños sólo teme una cosa, quedar atrapado en los secretos de una mente desesperada por vivir.

Llega con el sol, precediendo a sus rayos con un andar pausado y seguro, como un pistolero que se juega la vida por honor, pero sin comprender demasiado bien los motivos que le ponen siempre en el disparadero, con las manos crispadas y una molesta tendinitis que no terminará de curarse jamás.

Conversación (El fabricante de sueños III de ??)

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , on febrero 8, 2011 by silvio11

Dos hombres están sentados en el banco de un parque. Comen pipas y beben cerveza de un litro. Parecen cansados, como si llevaran horas y horas de fiesta y hubiesen decidido tomarse un descanso.

Hombre 1: Una vez tuve una novia que me dio a elegir entre mi colección de porno y ella.

Hombre 2: ¿Y?

Hombre 1: Llevaba mucho más tiempo pelándomela con las películas que saliendo con esa zorra. Era una cuestión de lealtad.

Hombre 2: Que romántico.

Hombre 1: Pufff.

Hombre 2: ¿Qué?

Hombre 1: Lo del romanticismo… Puffff.

Hombre 2: ¿Por qué?

Hombre 1: Es mentira… bueno, no mentira. Es relativo.

Hombre 2: Tiene que serlo si prefieres tu porno antes que una mujer de verdad.

Hombre 1: ¿Sabes que tengo un sueño que se me repite todos los años?

Hombre 2: …

Hombre 1: Sale una chica en él, una chica que me jodió a base de bien.

Hombre 2: Vaya.

Hombre 1: Y cuando me despierto la quiero como el primer día en que empezó a joderme.

Hombre 2: …

Hombre 1: Siento la necesidad de salir a buscarla… Una de esas necesidades que te superan, como si haciéndolo todo fuera a estar bien.

Hombre 2: ¿Y la buscas?

Hombre 1: Claro que no.

Hombre 2: ….

Hombre 1: Es una de esas tías que siempre está con alguien. Sólo deja a un hombre cuando encuentra otro mejor… Y yo nunca he sido mejor que nadie.

Hombre 2: Vaya.

Hombre 1: Supongo que por eso me jodió tanto, porque me hacía sentir como un cromo.

Hombre 2: ¿Y la querías mucho?

Hombre 1: … No sé… No creo… Sí… ¿Puedes querer a alguien que sólo te hace daño?

Hombre 2: A veces.

Hombre 1: Yo creo que no… En todo caso,  necesitas que te quiera para sentirte bien.

Hombre 2: ¿Eso no es inseguridad?

Hombre 1: … Puede ser.

Hombre 2: No creo que sueñes con alguien todos los años sólo porque te sientes inseguro.

Hombre 1: ¿Te parece más creíble que sea por amor?

Hombre 2: Ya sabes que lo amores reñidos son los más queridos.

Hombre 1: Como vuelvas a utilizar un refrán para explicar mi vida onírica te doy una ostia.

Hombre 2: Sólo digo que el amor es caprichoso.

Hombre 1: Y sadomasoquista, no te jode.

Hombre 2: … A mí me parece romántico que sueñes con ella.

Hombre 1: … Lo sería si ella soñara conmigo.

Hombre 2: A lo mejor lo hace.

Hombre 1: No creo, estará demasiado ocupada follando como una perra.

Hombre 2: …Eres un amargado.

Hombre 1: Dentro de cada amargado hay un pequeño filósofo existencialista… Los amargados siempre tenemos razón, como los pesimistas.

Hombre 2: ¿Y qué hacéis?

Hombre 1: Intentamos no pegarnos un tiro, que no es poco.

Hombre 2: No, en el sueño, qué hacéis en el sueño.

Hombre 1: ¿Quién ha dicho que yo salga en el sueño?

Hombre 2: Es lo normal ¿no? Que estés con ella.

Hombre 1: Que va. Hace tiempo que renuncié a estar con ella. Hasta mi subconsciente sabe eso… No. Está sola… y llora.

Hombre 2: ¿Por qué?

Hombre 1: No lo sé. Siempre ha sido muy suya para esas cosas. Si me preguntas te diré que no hay nada capaz de hacerla llorar, pero en mis sueños llora.

Hombre 2: ¿Y por eso quieres buscarla cuando despiertas?

Hombre 1: …

Hombre 2: ¿Crees que puedes hacer que deje de llorar?

Hombre 1: Joder, ni siquiera sé si está llorando de verdad.

Hombre 2: Pero da igual, quieres consolarla tío.

Hombre 1: …

Hombre 2: …

Hombre 1: No creo que pudiera hacerlo… A lo mejor tengo que buscar a alguien capaz de consolarla.

Hombre 2: A lo mejor llora por ti.

Hombre 1: Seguro.- Ironía.

Hombre 2: A lo mejor lloraba, pero tú no llegaste a oírla… Bueno, tu subconsciente sí la escuchó. Por eso te lo recuerda siempre, para que no vuelvas a cagarla.

Hombre 1: En el sueño también se masturba.

Hombre 2: No me extraña. Es el subconsciente de un tipo que prefiere su colección de putas a una mujer de verdad.

Hombre 1: ¿Y por qué van a tener más sentido sus lágrimas que sus gemidos?

Hombre 2: Chico, en un sueño siempre hay que buscar explicación a las cosas que están fuera de lugar.

Hombre 1: …

Hombre 2: Que te pongas palote con ella es normal, que llore…

Hombre1: … ¿Alguna vez te he hablado de El Principito?

Hombre 2: … ¿El principito? No, creo que no.

Hombre 1: Lo leí justo después de terminar una relación.

Hombre 2: ¿La de las pelis de putas?

Hombre 1: No, otra. Habitualmente dejo a un tía antes de que me deje ella… o mientras lo esta haciendo, ¿vale?

Hombre 2: Muy chungo.

Hombre 1: No, inseguridad. La cosa es que poco después de dejarla me leí El Principito.

Hombre 2: ¿Y?

Hombre 1: El niño se pira de su planeta porque hay una rosa, una tía, que no deja de putearle.

Hombre 2: Vaya.

Hombre 1: Se pasa años y años de planeta en planeta, pero no consigue olvidar a su rosa, aunque encuentra un zorro que le quiere muchísimo.

Hombre 2: ¿Una metáfora?

Hombre 1: Con estos franceses nunca se sabe, son todos unos guarros. Al final el crío llega a la conclusión de que la rosa le quería, pero que él no supo entender su amor.

Hombre 2: ¿Y vuelve con ella?

Hombre 1: Sí, pero dejando su cuerpo en la tierra… Vamos, que como que se muere, pero no lo dicen a las claras.

Hombre 2: Joder, que mal rollo.

Hombre 1: Supongo que elige el amor espiritual o algo así… Vete a saber. Además, seguro que si llega a volver con cuerpo y todo se la habría encontrado con un roso metidito en la campana de cristal.

Hombre 2: ¿Campana de cristal?

Hombre 1: Deberías leerte el cuento.

Hombre 2: ¿Y tú eres el principito?

Hombre 1: No, yo sólo soy un gilipollas que no aspira a ser nadie y que a lo mejor no se da cuenta de la suerte que tiene.

Hombre 2: …

Hombre 1: …

Hombre 2: ¿Y esa fue la tía con la que sueñas?

Hombre 1: Tampoco… Supongo que la de El Principito me dejó la duda y a la del sueño la quería más.

Hombre 2: … Que jodidos son los sueños. Uno nunca sabe por dónde le van a salir.

Los dos siguen comiendo pipas, en silencio, durante un rato.

Hombre 1: Algunas noches también sueño que te como la polla.

Infancia y realidad (El fabricante de sueños II de ??)

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , on febrero 7, 2011 by silvio11

Carlos tiene diez años y todo el mundo le llama Litos. Hasta hace tres semanas, el momento más importante de su vida llegaba a media tarde, con su serie favorita. Ahora tiene lugar los martes, a las tres y media, justo después de la comida, cuando va con el resto de compañeros a la biblioteca. Allí está ella, al otro lado de la pantalla. Leandra se llama. Vive muy lejos, en Venezuela. Todos los martes, justo a las tres y media, conectan con su colegio a través de Internet. Se supone que es para conocer otras culturas, aunque la verdad es que eso le importa un bledo. A él le interesa Leandra, siempre allí, al otro lado del océano -ha mirado el Atlas para saber dónde está Venezuela y saber si puede ir en autobús-. Desde el primer día su imagen le deja hipnotizado. Le encandila la timidez que emana, mirando de reojo a la webcam, como si temiera que le fuera a robar el alma. Le fascina con la pureza con la que sólo una niña puede fascinar a un niño.

Esta tarde hablan de los juegos, de que a la peonza de aquí allí la llaman trompo y a las canicas metras, pero todo es muy raro, como borroso y fugaz. De repente Litos se da cuenta de que los ojos de la Leandra de la pantalla se fijan en él tanto como los suyos en ella.  Su valor es más audaz que su cuerpo y que el mismo tiempo. Con un rápido giro de 360 grados se planta delante de la pantalla, mientras todos los niños enmudecen tras él… y los profesores… y hasta el ruidoso aire acondicionado. En el otro lado del océano, Leandra también se acerca a la pantalla. Como si su cuerpo no fuera el suyo y lo estuviera viendo todo desde fuera, estira la mano para rozar la tela y acariciar el rostro de Leandra, que cierra los ojos, sintiendo la yema de los dedos. Entonces se echa a reír, porque le hace cosquillas, y se retira un poco, igual de tímida que siempre. Litos golpea su muñeca como quien golpea la esfera de un reloj. Les quedan 40 minutos antes de que se corte la conexión. Ella asiente con la cabeza y estira una mano. Él hace lo propio y sus palmas se encuentran en algún lugar entre los dos mundos.

Flotan en un aire denso, lleno de información y energía, mecidos por un viento que fluye hacia el horizonte. Escapan de la red a través del sol y aterrizan en medio de una jungla salvaje. Leandra camina entre la maleza y se convierte en pantera antes de encaramarse a la rama de un árbol con asombrosa agilidad. Litos intenta ser tigre, pero sólo consigue cambiar el color de sus ojos, que adquieren un tono pardo amarillento. Leandra regresa a su lado y comienza a correr entre plantas y raíces. Litos logra ponerse a su altura. De vez en cuando ella se funde con las sombras, desapareciendo durante breves segundos antes de reaparecer justo delante de él. Entonces le mira y ríe como sólo una pantera que se siente libre puede reír.

Al final llegan corriendo a un parque, el preferido de Litos. Tiene grandes y complejos columpios en los que puede jugar a ser marino, aventurero, explorador e incluso astronauta. Se transforman en delfines y surcan las aguas verde esmeralda de un lejano estanque situado a medio camino entre el cielo y la tierra; siempre avanzando hacia alguna parte; escapando del tiempo, que cada vez avanza más rápido. Cuando alcanzan la orilla, ya reconvertidos en niños, se tienden sobre una fresca hierba veraniega, bajo la luz de la luna más grande que haya visto jamás un ser humano. Trata de hacerle preguntas a las que ella responde con un simple pensamiento. Lo vierte en su cabeza, como si él siempre hubiese conocido la respuesta. En unos pocos segundos comparten siglos de sueños y justo cuando sus manos están a punto de enlazarse, los profesores comienzan a llamarles desde el suelo.

Al día siguiente Litos mira la pantalla con desesperación. No hay ninguna Leandra allí. Nunca ha existido. Incluso ella no era nada más que un sueño. Una semana después finge tener dolor de cabeza y logra quedarse en la enfermería. No vuelve nunca. Años después siguen recorriendo espesas selvas transformados en pantera y tigre, nadando como delfines y hablando durante horas bajo la luz de una luna que oscila un palmo por debajo del firmamento.

Una noche Litos, ya Carlos, despierta sudando en la cama. Ha soñado que alguien dispara a su pantera. Nervioso enciende el ordenador y reserva un billete de avión a Venezuela. Nadie supo más de él.

El fabricante de sueños cierra la libreta y comienza a andar tranquilamente hacia el amanecer, notando como un extraño sabor a sueño impregna la nueva mañana.

Pesadilla (El fabricante de sueños I de ??)

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , on febrero 7, 2011 by silvio11

Cuando sube a lo alto de la colina, el amanecer todavía le está esperando, impaciente. Llega tarde. Pide perdón con una mueca de circunstancias y mete las manos en los bolsillos justo después de ponerse las gafas de sol. El fabricante de sueños comienza a desaparecer. La silueta de su cuerpo se desvanece en el aire lentamente, conforme los rayos de luz van iluminándola, como si fuera una mentira puesta al descubierto.

Mateo recorre las calles sin darse cuenta de que alguien le sigue. Deja que su mirada se pierda en los escaparates, sin ver nada en realidad. Sus pensamientos son un bosque oscuro, un bosque denso y lleno de sombras. Mira los cristales, los bolsos, gafas y televisores como quien ve ramas, madera y vegetación. Las personas que se cruzan con él son animales. El asfalto se vuelve más duro y menos denso. Le duelen las rodillas, pero también se siente pegado al suelo. El fabricante de sueños anota en su libreta.

Alguien está gritando. El fabricante tiene menos de 24 horas para hacer su trabajo. Mateo está gritando algo ininteligible. Tiene la cara llena de sangre, aunque no es más que su propia desesperación convertida en herida. Espera en un paso de peatones, mirando a la nada. Dentro, la desesperación grita. Fuera, mira el muñequito rojo. Su respiración es profunda, sosegada.

Un demonio con aspecto de serpiente se enrosca sobre sí mismo. En rojo oscuro, muy oscuro, casi negro. El fabricante lo ve con claridad. Todo es de ese rojo denso y pastoso, casi como pintura. Mateo tiene la barbilla pegada al pecho y no ve nada más que la próxima baldosa. Es rojo oscuro, casi negro. Es dolor, casi muerte. Es algo que está a punto de no ser. El fabricante adivina qué ocurrirá a continuación . Podría echar a correr, tratar de evitarlo, pero sabe que no llegaría a tiempo. Esta vez Mateo no mira el semáforo. Está perdido en su bosque, gritando con la cara llena de sangre. Sangre de color rojo oscuro, casi negro. No ve venir el coche. Su último pensamiento es como un fogonazo. La luz es tan intensa que deslumbra al fabricante de sueños. Cierra los ojos en un acto inconsciente para protegerse del estallido que ciega su cerebro. La libreta cae al suelo, como Mateo. Ella, a los pies del fabricante. Él, a unos tres metros del vehículo. La gente corre y grita. Desorientado, entra en varias mentes antes de regresar a la de Mateo. No hay nada, sólo oscuridad.

Mateo camina despacio, por la calle. Le cuesta levantar la mirada del suelo. Cuando por fin lo hace, el reflejo de un escaparate le devuelve la imagen de un bosque, denso y oscuro. Está solo, perdido. No hay nadie a su alrededor. La angustia  crece dentro del pecho y extraños animales salvajes se mueven entre las sombras del bosque. Son casi como seres humanos, pero están deformados, caminan a cuatro patas y les adivina sedientos de sangre. Van en grupos, como cazadores. Trata de correr, pero el suelo se convierte en fango, apresando su cuerpo. Agarra troncos y ramas en un intento desesperado por huir. El barro se endurece cada vez que saca las piernas de él, causando heridas profundas que se infectan de inmediato. La sangre que mana de ellas es densa, casi viscosa. A lo lejos ve a los animales, como depredadores, detenidos frente a un semáforo que ilumina con su luz roja la oscuridad del bosque. No necesita mucho más para saber que el tiempo se está agotando. La sangre infectada escapa de su cuerpo. Le brota de los ojos. Cae por los agujeros de su nariz e incluso siente como se le escurre por la pernera de los pantalones. Trata de aferrarse a los árboles con tanta intensidad que las uñas se le parten. Grita. Un pitido intermitente tras él le recuerda el semáforo. Luz verde. Las bestias echan a correr, rugiendo. Consigue girarse justo a tiempo para ver como la primera de ellas, con una boca llena de dientes caninos, se lanza contra su yugular.

Mateo despierta. El pitido intermitente lo provocan las máquinas a las que está conectado. El olor a Hospital se le mete en lo más profundo de la pituitaria. No puede recordar con claridad nada de lo ocurrido justo antes del accidente, pero sí todo lo anterior. La tristeza real y el terror onírico. Sólo ha sido un sueño, dice para sí mismo.

Se alegra de estar vivo.