Archivo para Hipocroesía

El dilema de las magdalenas

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags on enero 24, 2012 by silvio11

Por las noches le gusta sentarse junto a la ventana y pensar en asteriscos… Bueno, no siempre, sólo los días en los que se siente al margen de todo. Y si tuviera que describir la cara que pone al comer sopa, diría que es como si estuviera pensando en castillos de arena, entre soñadora y melancólica… Era cuestión de tiempo que se le comieran sus propios pensamientos.

 

– Sí, sí, ese está bien –farfulla ensimismado mientras trata de localizar el barquillo perfecto entre cientos de ellos.-  Sí, sí y ese también.- Y ríe, inocente y desquiciado.

 

Al final coge uno y comienza a examinarlo de cerca.

 

– ¿Sabes? Hasta las magdalenas deben morir en el momento apropiado.

 

 

La magdalena estaba rellena de unas maravillosas pepitas de chocolate y recubierta por un delicado papel blanco con topitos morados. La habían dejado en la segunda repisa del armario de la cocina y Adelaida llevaba cosa de cinco minutos mirándola fijamente. El destino es simple, se dijo la magdalena. Tenía miedo de la oscuridad, pero conocía tantos y tantos bollitos que se habían ido secando con los años que… ¿Es un suicido cumplir con la vida? Nací para ser devorada. A nadie le gusta morir, ¿pero no es peor descubrir en el lecho de muerte que tu vida no ha servido para nada?

 

 

– Sí, sí, es bueno. – Y piensa en asteriscos de puntas redondeadas, en asteriscos a los que les faltan brazos y pasan por la vida como signos de multiplicar y en asteriscos que al llegar a casa descubren que un número pequeñito les ha robado la frase.

 

Un acto más… Sólo un acto más de diversión, locura y… ¿vida o superficialidad? Puede que sea lo mismo. Se pregunta cuál será el significado real de su próximo beso. ¿Un arrebato exultante de vitalidad o un remedio que se administra periódicamente para ahuyentar la soledad? El suicida obedece a sus impulsos, convencido de ser una magdalena.

 

Por cierto, más allá de los labios de Adelaida, la magdalena solo ve oscuridad.

 

A veces la noche protege… A veces la nada protege… A veces la muerte es acogedora.

 

 

Y pasa el resto de sus días buscando el barquillo perfecto, pensando en asteriscos y encerrado en sus propias ilusiones, incapaz de saber si tenía razón o no, pero soñando maravillosos castillo de arena que derriba el viento y lanzándose de cabeza dentro de los labios de una niñita con coletas y sonrisa infantil, como la magdalena que siempre ha sido.

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Osito y Martín

Posted in extensos microrrelatos with tags on enero 9, 2012 by silvio11

Fue la única nevada de todo el invierno. La capa de nieve tenía casi tres dedos de grosor y crujía cada vez que Martín la aplastaba con sus pequeñas botitas de plástico azul. Un grueso abrigo del mismo color y su gorro de lana blanco, a juego con los guantes, le protegían del frío. Era poco más que un par de ojos jugetones asomando sobre la bufanda. Apenas habría notado la mano de mama si no hubiera sido porque ella le agarraba con fuerza, obligándole a avanzar y avanzar. El callejón era estrecho y silencioso, aunque podía escuchar el bullicio que le esperaba unos metros más adelante, en la calle Mayor. Incluso el resplandor de las luces navideñas que la decoraban les urgía a abandonar cuanto antes la oscuridad de aquel lúgubre atajo.

Fue entonces cuando Martín se dio cuenta de que Osito se había perdido.

En realidad fue a él a quien se le escapó. Giró la cabeza, asustado, para saber dónde estaba. Intentó empujar de mama para que se detuviera e incluso gritar, pero el ruido de la Navidad se impuso a sus gritos. Lo último que vio antes de abandonar el callejón fue a Osito, medio enterrado en la nieve, tan silencioso como siempre y con sus grandes ojos marrones abiertos. Los copos seguían cayendo sobre su pelaje, dándole una tonalidad aún más oscura al convertirse en agua. Osito no dijo nada. Sólo mantuvo su patita derecha extendida, como esperando que Martín volviera a  buscarle.

Martín lloró, lloró y lloró hasta olvidarle. Se convirtió en una anécdota, en unas risas para las comidas familiares cuando el niño se hizo mayor y en una mirada melancólica sin nombre concreto, porque Martín nunca llegó a conocerse lo suficiente como para descubrir a qué se debía la tristeza que le asaltaba con la llegada de las solitarias nevadas invernales.

Osito debió morir de frío o pulmonía, sin hogar alguno en el que poder calentarse junto al radiador. Nadie se preguntó nunca qué habría sido de él ni volvió a buscarle, por si hubiera sobrevivido a las bajas temperaturas. Su corazón de peluche quedó en manos de la luna, perdido en el callejón más oscuro de la ciudad.

Osito quería a Martín y sólo la fragilidad de su patas de poliester le impidieron ponerse en píe y salir corriendo detrás de él. Habría llorado, pero sus ojos eran dos botones de plástico sin glándulas lacrimales, y tampoco era capaz de hablar. Solo podía querer y ¿acaso no era aquella una habilidad inútil para un peluche perdido?

“Nunca fuimos soñadores, ilusos ni afortunados”, se dijeron Raquel y Marcos poco antes de separar sus caminos. Ella rompió a llorar. Él no. Cosas de los tópicos. A él le entraron ganas de echar a correr, pero no sabía donde dirigir sus pasos, así que se quedó en casa. Ella quiso tumbarse en la cama y dormir hasta que llegara un mañana en el que todo brillara más, pero las paredes gritaban y gritaban. Al final se vio obligada a huir de su vida y de sí misma solo para dar esquinazo al dolor.

Osito les vio pasar a ambos, cabizbajos y temblorosos, pero ninguno si fijó en él. Estaban demasiado ocupados mirándose a sí mismos. Le hubiera gustado dejarse abrazar por ellos para que se sintieran mejor, aunque sabía que ahora no olía demasiado bien ni tenía buen aspecto. Ya no caía nieve, pero el agua se iba mezclando con la suciedad y él mismo había terminado por convertirse en una rata más de la calle.

Natalia veía pasear a su amiga Jimena arriba y abajo, como un sonámbulo condenado a no despertar jamás, solo que Natalia no conocía el significado de la palabra sonámbulo. Estaba triste por sus padres y echaba de menos todo de ellos. Las caricias, los abrazos, los besos, el olor del pelo de mama y las cosquillas que le hacía la barba de papa. Natalia quería decirle algo a Jimena que la hiciera volver a sonreír, pero aquella Navidad los sentimientos andaban algo faltos de palabras.

En la calle, las luces volvían a brillar una noche más. Los niños y sus padres reían tanto y tan fuerte que ahogaban los sollozos de quienes se acurrucaban en los rincones ocultos de la tristeza.

A Carlos le gustaba una niña de clase. Era el más rápido de todo su curso, pero aquello no fue suficiente para llamar su atención. Ella era más… Otra cosa. No se fijaba en las carreras. Carlos la veía mirar el aire de una forma extraña. “Es por la música”, le explicó ella. Su padre era músico, bailarín y le había enseñado que cada personas era como una canción. Así que ella, cuando miraba a sus compañeros, distinguía claramente las notas flotando alrededor de ellos. Les veía bailar su propia canción y, por el ritmo o la armonía con que lo hacían, podía saber cómo estaban.

El papa de Carlos no era bailarín ni músico, ni sabía nada de las personas canción.

Poco antes del desfile de reyes, todos los barrenderos salieron a la calle para limpiar la ciudad. Uno de ellos se dio de bruces con Osito y a punto estuvo de meterlo en un cubo con el resto de basura. Desastrado, como estaba, no parecía nada especial, pero el barrendero llevaba muchos años en el oficio. No sabía nada de magia, de cuentos, de aventuras ni de risas, o al menos no era un especialista en nada de eso. Él, de lo que sabía, era de basura y aquel Osito no lo era. Nada que fuera basura podía tener tanto amor encerrado en unos ojitos de plástico. Si acaso, había tenido un mal día.

El basurero rescató a Osito y decidió darle un lavado de cara. Le puso un par de botones en el pecho, como si llevara un traje, y limpió sus patitas con esmero. También saco brillo a sus ojos para que se le viera mejor el amor y peinó cuidadosamente su pelaje para que volviera a estar suave.

Un día después, se lo regaló a su hijo Carlitos, que corrió muy rápido por la calle para poder llevárselo lo antes posible a Natalia. Quería demostrarle que su papa también sabía hacer magia. En cuanto lo vio, Natalia pudo ver con claridad la música de Osito, que era capaz de abrazar siendo abrazado, y se lo cambió a Carlos por un beso en la mejilla. Jimena no dijo nada, pero sonrió a Natalia cuando ella le regaló el peluche y ya siempre fueron amigas. Cuando Marcos fue a buscar a su hija a casa de los abuelos, les preguntó por aquel extraño osito de peluche que se empeñaba en llevar de un lado a otro. Ellos intentaron contarle la historia, pero ni siquiera la conocían entera. Aquella noche, Jimena abrazó a su padre y le regaló a Osito. Él lloró y por fin tuvo fuerzas para asumir su propia debilidad.

Martín respira profundamente mientras observa los copos de nieve caer al otro lado de la ventana, con los ojos repasando cada palmo de suelo en busca de algo. Su mujer le besa en la mejilla. Se enamoró de él un día de nieve. “A veces tu mirada es la de un niño perdido”, le explicó ella una noche después de hacer el amor. Se quedó pensativo un rato y la abrazó muy fuerte para asegurarse de que seguía con él. “Creo que no es exactamente eso”.

Blanco comprensión

Posted in Estrambotismo, fragmentos de historias jamás escritas with tags on julio 21, 2011 by silvio11

Blanco, en realidad es blanco. Sí, blanco. Sólo hay que mirarlo fijamente, hasta que ciega, entonces el sol es blanco. Te arden las pupilas, el cerebro y todo se vuelve blanco. A veces pienso que mirar fijamente el sol debe ser como intentar comprender el universo. No se puede. No estamos preparados. El universo terminaría siendo blanco y acabaría por no entender nada, igual que mirar el sol fijamente acaba dejándome ciego.

 

Llevo días bebiendo. El alcohol y la tristeza también pueden llegar a ser blancos. El sofá huele a mi sudor y yo al polvo que se acumula bajo la cama. El despertador suena demasiado pronto por las mañanas… o demasiado tarde. No importa. El tiempo termina siendo igual de inútil siempre. Tengo migas de pan sobre la piel y cerveza en los pantalones. El calor del verano me asfixia. Me preguntó si habrá que estar presentable para recibir a la comprensión.

 

Pienso en soluciones, ideas, conceptos. Creo que el espejo del cuarto de baño conduce a un mundo paralelo. El mando de la televisión está roto. Yo aprieto los botones, pero nunca me obedece. Me preguntó si estará tratando de decirme algo, si habrá un mensaje oculto en la aparición aleatoria de programas y películas. Llevo días pensando en ello… y bebiendo. He terminado por olvidar qué fue primero, si el alcohol o la búsqueda de ese mensaje oculto. Ninguna posibilidad es más lógica o absurda que la otra.

 

Mi respiración es pesada, como si me costara o no quisiera respirar. La cerveza está caliente y, aunque todavía me quedan dos rebanadas de pan, ya no hay pavo ni queso con que rellenar el sándwich… Si tan sólo pudiera comprender el mensaje… o enfriar la cerveza. Los rayos de sol se cuelan por la ventana. Parecen blancos. Intento hacerme un bocadillo de rayos de sol. Cientos de hormigas me llaman desde la cocina. Preguntan si quiero que me traigan algo de comida. Llevan tanto tiempo recolectando que ya han llenado sus almacenes. No saben qué hacer, si regalarlo todo o realizar un suicido colectivo ahora que su vida ya no tiene sentido.

 

El bocadillo de sol me sabe a blanco. No tengo sueño, pero noto que mis ojos están entrecerrándose. La televisión me plantea un nuevo acertijo. Intento atravesar el espejo del cuarto de baño y tapo mis oídos para no escuchar más a las hormigas. Los pulmones se me llenan de polvo. Segundos antes de que la locura me haga empezar a llorar me asalta la certeza de haberlo entendido todo durante un segundo.

Río arriba

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags on julio 5, 2011 by silvio11

El pirata miró a su alrededor otra vez antes de reconocer que estaba completamente perdido. Tenía barco, tripulación y mapas, pero incluso con el viento a favor puede uno perderse. Lo achacó a su estupidez… o a su mala suerte. A fin de cuentas, todo era lo mismo. Tenía talento para perderse y punto.

 

Probó el agua de mar y descubrió que en realidad era de río. Aquello lo complicaba todo porque si realmente habían pasado del agua salada a la dulce, estaban tratando de navegar contra corriente. Si el viento dejaba de soplar a su favor las cosas se complicarían de verdad, a no ser que todos sus hombres accedieran a encadenarse a los remos. Lo peor del capitán pirata no era su estupidez, ni su facilidad para perderse, si no la falta de carácter que, de eso estaba seguro, le impediría aguantar la presión que implicaba remontar aquel maldito río.

 

– ¿Se puede saber cómo hemos vuelto a perdernos?- Le preguntó su contramaestre.

 

Él, con cara de fastidio, se limitó a encogerse de hombros y emitir un bufido.

 

– Así nunca podremos abordar un barco, robar tesoros ni hacer prisioneros.- Se lamentó.

 

El capitán continuaba mirando a un lado y otro. Los nativos se asomaron a las orillas del río para saludar con la mano a aquel el extraño artilugio que se empeñaba en remontar las aguas. Entonces se alegró de no tener parche alguno ni un garfio en la mano, aunque una vez se metió un lápiz en el ojo y a punto estuvieron de darle un martillazo en los dedos durante unas reparaciones de la embarcación.

 

– No servimos para tomar prisioneros -confesó- ni para robar oro ni para nada, sólo para perdernos y navegar río arriba.

 

El contramaestre se quedó callado. No pensó que dentro de sus palabras pudiera haber algún mensaje oculto, ni metáforas, sólo el pesimismo de alguien que no deja de perderse jamás. Así que, para tratar de animarle, hecho un cubo de agua por la borda y, tras recuperarlo, se metió un buen trago de agua fresca.

 

– Al menos podemos hartarnos de beber sin vomitar.

 

Y el capitán pirata se echo a reír.

 

 

Sin rostro

Posted in extensos microrrelatos with tags on junio 19, 2011 by silvio11

La chica de los ojos verdes no tenía rostro. Se lo robaron y decidieron encerrarle en una caja fuerte, justo detrás de la cama de matrimonio que ya nunca utilizaban. Le arrebataron la belleza y la sonrisa. Los labios y las cejas. Los pliegues de la piel y hasta la punta de la nariz. Era su cara el lienzo en blanco que espera ser dibujado.

Pero no pudieron robarle los ojos. Verdes, como el musgo de un bosque escondido en lo más profundo de la naturaleza. Un bosque en el que las hojas de los sauces acarician las aguas tranquilas del río. Un bosque nevado de helechos y tímidos caminos que se pierden entre la maleza. Como el musgo intenso de ese bosque era el verde de sus ojos, salvaje, húmedo y esponjoso.

Caminaba con la cabeza gacha, con el miedo con que caminan las personas a las que les han robado los rasgos faciales, temiendo que la gente comenzara a señalarla por la calle. Y se alegraba de no tener boca, porque así podía mantenerla cerrada sin esfuerzo. No hacía nada por destacar entre la multitud y su alma permanecía escondida con naturalidad entre documentos de oficina repetitivos, blancos y aburridos.

Pero no pudieron robarle los ojos.

Aprendió a mirar de una forma distinta. El verde del iris lo teñía todo con el color de una vida marcada por la ausencia de su belleza robada. A veces se quedaba absorta durante varios minutos, mirando un rincón aparentemente vacío, viendo allí lo que otros no podían ver, imaginar ni mucho menos entender. Lo miraba mientras algo comenzaba a bullir en su interior, hasta que la nada volvía a ser la ausencia de todo y las emociones de los rincones vacíos se quedaban, otra vez, sin sentimientos, hasta que todo dentro de ella volvía a estar en calma. Porque a veces, el filtro verde de sus ojos le permitía ver emociones flotando en el aire. Emociones intensas que se le grababan en el verde de los ojos, más allá del iris, en el centro del estómago. Hasta en las pisadas del suelo podía adivinar una sonrisa… o una lágrima.

La chica de los ojos verde solía dejar que el pelo le cayera sobre la cara, como una máscara.

Fue un día, un día extraño. Una hormiga iba hacia algún lugar del que sin duda terminaría volviendo exactamente por el mismo camino. Y la pantalla del ordenador parpadeó otras tres veces antes de quedarse encendida. El ventilador seguía haciendo sus mismos zumbidos y el sol estaba donde solía estar siempre a eso de las cinco de la tarde. Fue un día extraño en el que todo era exactamente como tenía que ser, aunque el pulso en su muñeca andara deprimido. Levanto la cabeza y… sus compañeros, la oficina, los muebles y las conversaciones se convirtieron en una pequeña obra de arte que no terminaba de tener sentido. Sus ojos verdes lo veían, su estómago lo sentía, pero ella no conseguía entenderlo… y comenzó a asfixiarse.

Salió a la calle en busca de aliento con el que llenar sus pulmones, pero sólo encontró el abrasador calor del verano y el rastro de cientos de emociones flotando en el aire, viajando de un lado como si nadie pudiera verlas. Nadie excepto ella. Y se siguió asfixiando. Andó por la calle esperando reactivar sus pulmones, pero sólo conseguía aspirar sentimientos que amenazaban con colapsar sus ojos verde. Y  continuó asfixiándose. Se quitó el pelo de la cara para buscar con los agujeros de su nariz sin punta una ráfaga de aire fresco y a punto estuvo de vomitar emociones. Empezó a correr.

Corrió hasta llegar a un parque, al agua de una fuente, a tres briznas de hierba secas y a dos familias con sus juegos. Entonces descubrió que sentía miedo, felicidad, tristeza y duda a la vez, que de tanto mirar a la nada ya veía todo en cualquier parte. Y además de ver, podía sentirlo, como si cada centímetro de espacio tuviera una vida propia que sólo ella pudiera apreciar. De tanto ver y respirar emociones se convirtió ella misma, la chica sin rostro, en un sentimiento. Y comenzó a llorar, no por nada, si no por todo. Trató de secarse las lágrimas con la manga de la camisa y descubrió que las suyas eran lágrimas verdes, así que buscó un cuarto de baño en el que esconderse. Pobre chica de belleza robada, con ojos y lágrimas verdes. Dentro del baño chocó con su propio reflejo y tras mirarse unos segundos, estuvo segura de que las lágrimas les estaban destiñendo el verde de los ojos. Y por el camino que seguía cada una de ella se le volvía a dibujar el rostro, rescatado de la caja fuerte gracias al verde de su alma que, de tanto estar prisionera, al final decidió desbordarse.

Y aquello no era nada más que el principio.

En conserva

Posted in extensos microrrelatos with tags on junio 9, 2011 by silvio11

Hablaban de los bichitos que viven en los rayos de luna. De las sombras que se escapan de sus dueños para fundirse con el sol y de los coches que siempre quisieron ser bicicletas. Alguna vez, incluso llegaron a hablar de las personas que realmente estaban destinadas a ser, aunque siempre sin demasiada convicción.

 

“Quizás deberíamos empezar a conservar nuestras conversaciones”. Algunas ideas, por simples, tienen su lógica. Pasaban todo el tiempo charlando sobre tonterías, como si sus pensamientos y palabras no fueran a agotarse jamás. Una noche, en el duermevela, a él le entró un pánico atroz. ¿Y si el día de mañana todo sonara a ya conversado? “Podríamos alargar un poco más las que tenemos ahora o… apurar los silencios hasta que jugueteen con la incomunicación”. Intentó explicarla que en el abismo de las palabras podía encontrarse la emoción que necesitaban para no caer en la rutina. A ella, claro, la idea le pareció descabellada. “¿Y qué haríamos con nuestras ocurrencias reprimidas?”. “Apuntarlas en un papel”, respondió él. “¿Cómo los sueños que anotas durante la noche y que al llegar la mañana ya no tienen sentido?”. “O como las ideas para una buena novela que ganan consistencia con el paso de los años y la madurez”. “¿De verdad quieres que las locuras que nunca llegamos a decir en voz alta se hagan maduras?”. Él dudó. En realidad, no le gustaría que sus conversaciones envejecieran con ellos haciéndose pragmáticas y aburridas. “A lo mejor podríamos conservarlas en la nevera, junto a mi bote de pepinillos”. “¿Y eso no las pondría agridulces?” “Claro”, recapacitó. Hay que tener mucho cuidado con el lugar en el que se guardan las conversaciones. Si las pones con la cebolla, mañana te harán llorar, y si las colocas junto los pimientos de padrón, se volverán picantes.

 

Aquella noche, otra vez en el duermevela, trató de pensar en las conversaciones que había decidido no tener a lo largo de su vida. No las dejó de lado por un deseo consciente de ahorrar para el futuro. Más bien fue por educación o pudor. Algunas seguían dando vueltas por su cabeza y aún le parecían inapropiadas. Con el paso del tiempo, las oscuras se volvieron más tenebrosas. Algunas absurdas resultaron ser lógicas y las divertidas se hacían un poquito más cínicas a cada segundo que pasaba. Pese a todo, decidió arriesgarse y guardar un pensamiento bajo la alfombra.

 

Años después, cuando las arrugas ya surcaban su piel y necesitaba un bastón para caminar, la redescubrió casi por accidente, porque no hay mejor escondite que el olvido. Sonrió. Estaba tan… y se acercó mucho al oído de Laura para contársela. No le hizo gracia. Normal, era un pensamiento guardado durante su vida con Nuria. “Son las personas las que crean las conversaciones, por mucho que nosotros nos alimentemos de ideas”, conjeturó frente al vacío. “… Por eso todos podemos morir”. Y algo de polvo se le debió meter en los ojos, porque un molesto picor le hizo soltar un par de lagrimitas. “Esto me pasa por guardar pensamientos debajo de las alfombras”.

Reflejos

Posted in Estrambotismo, extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , , on junio 1, 2011 by silvio11

Me preocupaban los reflejos. Sobre todo, me preocupaba que no tuvieran un sindicato. Siempre escondidos al borde de todos los espejos, en tensión, esperando que pasásemos frente a ellos porque, creía yo, si algún día se despistaban, podíamos pensar que somos vampiros o algo así. La conciencia de nuestra propia humanidad dependía de los reflejos. Deberían tener, pensaba, además de sindicato, un plus de horas extras y cosas así. Sí, deberían. Un día incluso pregunté a mi reflejo sus reivindicaciones, pero no quiso romper el formalismo laboral con el que yo creía que encaraba su deber para conmigo. Por eso empecé a intentar hablar con los reflejos de otros, asomándome por encima del  hombro de mis amigos cada vez que entraban en el cuarto de baño o en un probador.

Mis amigos dejaron de hablarme, por cierto.

Creo que mi imagen les coartaba, a mis amigos y a sus reflejos. Ella es muy como yo. Muy de coartar a otros.

Creía yo que los reflejos sólo podían estar tranquilos por las noches, cuando los seres reales dormíamos. Menos en las casas de esos que tienen sus habitaciones llenas de espejos. A esos les recordaban, no ya su humanidad, si no su propia existencia. Si no se vieran al despertar cada mañana, todas esas personas que tienen tantos espejos se olvidarían de que son alguien y comenzarían a comportarse como si no fueran nadie, estando siempre callados y sin molestar a los demás… “No sabéis el flaco favor que hacéis al mundo recordando a esos reflejados que existen”, mascullaba por aquella época entre dientes.

A veces apoyaba el oído contra la pared, justo al lado del marco del espejo, para intentar escuchar algo de lo que decían todos los reflejos que estaban al otro lado, pero nunca lo conseguí. “Como son los reflejos, siempre tan profesionales… y sin sindicato”.

Me equivocaba en todo.

Ayer, de camino a casa, pasé por delante de uno de esos edificios de cristal, de los que tienen un montón de ventanas, y empecé a escuchar susurros a mi alrededor. Creí que eran los reflejos hablando de mí y de mi interés por ellos. Me acerqué a uno de los cristales, hasta encontrarme conmigo mismo, otra vez. Estudie cualquier rasgo de mi cara que no pareciera mío y me percaté de que aquel bien podría no ser mi reflejo, que conocía mis rasgos  porque siempre los veía en el espejo, pero ¿y si aquella no era mi cara? Así que se lo pregunté. “¿Eres yo?” Y me apresuré a afirmar con la cabeza, no fuera a negarme mi propia identidad. Y el autoengaño fue aún peor, porque descubrí que a lo mejor yo no soy más que lo que creo que soy. ¿Y si nunca he sido lo que soy sólo porque no he descubierto qué soy en realidad? “¿Enséñame quién debo ser?” Y me pareció que mi reflejo estaba a punto de echarse a reír. “¿Y si no soy nada más que la imagen de un cristal?”

¿Cabía la posibilidad de que yo fuera el reflejo y él la realidad? Siempre pensé que dominaba mis actos, pero a lo mejor era yo quien viajaba de espejo en espejo, caminando por un mundo de cristal que podía romperse en cualquier momento, esperando sin saberlo que mi yo real cruzara por delante de un escaparate. Aquello tenía su lógica. Si mi vida no era nada más que un trabajo de reflejo, el mundo no tenía por qué tener sentido para mí. Sólo debía tenerlo para él. ¿Y si vivía una vida reflejada y mi trabajo no era nada más que la imagen distorsionada del trabajo de otro? ¿Y si mis propios pensamientos eran esos reflejos aberrantes que se forman en el agua de los ríos, siempre agitada?

Miré a mi yo real con lágrimas de desesperación en los ojos y él, a su vez, lloró otras de compasión, pues lamentaba que me hubiera dado cuenta de que vivía un reflejo.

Comencé a golpear el cristal y las sombras, que eran realmente quienes susurraban en aquella noche, se agolparon en torno a mí, expectantes. “Déjame entrar… Aquí ni siquiera tengo un sindicato para luchar por mis derechos”.

Asusté tanto a mi yo real, que decidió romper la entrada a su mundo de una sola patada. Yo, por mi parte, descargue toda mi rabia contra la ventana a esa otra vida perfecta. Y las sombras se partieron de risa disimulando sus carcajadas con el susurro del viento.

Seguí llorando en la calle durante horas. Era un reflejo sobrepasado por el mundo que tiene el deber de reflejar.