Archivo para ideales

Nacidos para correr

Posted in La zapatilla parlante with tags , on julio 15, 2011 by silvio11

Título: Nacidos para correr.

Autor: Christopher McDougall.

Editorial: Debate.

Algunos libros te pueden cambiar la vida… o simplemente confirmar la que tienes, que es igual de importante.

Fue hace dos años, en Marchamalo. Llegaba a la media maratón con buenas expectativas y el objetivo de bajar de una hora y treinta minutos. Durante dos meses me había obligado a salir de la cama para hacer cambios de ritmos o series, pero nada de aquello sirvió. Acabé la carrera en uno y treinta y cinco. No había excusas por dolores.  Me había sobre estimado y punto. Estaba tan decepcionado conmigo mismo que casi dejo de correr. ¿Para qué había servido tanto sufrimiento? Para nada… y quizás ahí estaba la respuesta.

Desde aquel día me esforcé por hacer de la carrera un momento de libertad y ocio. Empecé corriendo distancias cortas, otra vez, y reduciendo las salidas a tres días a la semana. Y auque me costó meses, al final la sensación volvió. La calle me llamaba, no para entrenar, si no para perderme en ella. Aquella rutina realizada sólo por necesidad, a veces física y otras espiritual, era mi pequeña victoria. Correr cada día volvió a ser un fin en sí mismo. Ya no necesitaba preparar carreras ni grandes objetivos para seguir saliendo cada mañana.

Encontrar este Nacidos para correr fue dar con ese otro loco que te ayuda a sentirte menos solo. Los personajes de Christopher McDougall son en gran medida leyendas, pero sobre todo desprenden humanidad y amor al campo, la carretera y esa salvaje satisfacción que produce correr. Sus tesis defienden la carrera como pasión de toda una vida, no como deporte de élite, permitiendo a cualquier corredor empatizar con esos seres sobrehumanos que pueblan sus páginas. No hay costosos entrenamientos, aunque se intuyen, si no amor por un estilo de carrera, las ultramaratones, que se encuentran en el lado oscuro de las actividades deportivas.

¿Ser corredor puede hacerte mejor persona? Para McDougall es evidente que sí, y que además puede hacerte más feliz. Al leer la traducción realizada por Debate, a uno le dan ganas de saber inglés para echar mano del original, esquivando una escritura algo descuidada que, por fortuna, no impide a apasionarse con una historia de dimensiones épicas. En más de una ocasión el lector se preguntará si lo que está leyendo es realmente cierto. También deseará haber estado en aquel lejano Leadville para ver el apasionante duelo entre los raramuri y Ann Trason, un enfrentamiento que por desgracia no encuentra su reflejo en la última carrera del libro, ya en tierra de los tarahumaras. Más centrado en su propia experiencia como ultramaratoniano, en ella el escritor parece olvidarse de los auténticos protagonistas de su historia.

A parte de Trason y los tarahumaras, una raza de corredores de fondo, decenas de personajes inolvidables pueblan estas páginas. Y sí, parece que todos ellos existieron y existen. Nacidos para correr es filosofía de vida dirigida a aquellos que ya nunca serán grandes estrellas, pero que siguen calzándose las zapatillas para correr, buscar, pensar… Gente que cuando acude a una carrera ya no necesita mejorar marcas.

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Forajidos

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on mayo 3, 2011 by silvio11

Teníamos un sueño compartido, cabalgar hasta que no quedara tierra alguna bajo los cascos de nuestros caballos. Éramos forajidos de sombrero de ala ancha, pesadas pistolas de ruleta y pañuelos cubriendo el rostro. Forajidos en medio de la ciudad, entre coches, motos, señores con traje y madres que volvían de la compra, pero forajidos a fin de cuentas, que era lo importante.

El día en que nos dieron caza acabábamos de dar un golpe en la cafetería que hay enfrente del viejo hotel. Pasamos horas robando tiempo y sueños. Creíamos tenerlo todo bajo control, pero en la puerta estaban esperándonos el sheriff y todos sus secuaces, con las sucias y polvorientas suelas de sus botas manchando el perfecto gris oscuro, casi negro, de la calzada. Creo que yo fui el primero en desenfundar. “Rápido, cúbrete en los coches”, le ordené. Él, tan descoordinado como aquel día en que la carísima taza de café de mis padres se le escurrió entre los dedos, apunto estuvo de dejar caer su pistola al suelo. Al final consiguió aferrarla con las dos manos y una embarazosa inseguridad. Por fortuna, los del sheriff tampoco eran tiradores expertos.

Podía escuchar las balas silbando a nuestro alrededor. Una señora pasó junto a mí con un rábano asomando de la bolsa de plástico, pero ningún proyectil llegó a impactarla. Era imposible que lo hiciesen. Ella no podía verlos.

La banda tenía un tercer compinche, pero fue el primero en caer. Tres agujeros decoraban su pecho. Con el rostro serio, nos miró sin reconocernos y farfullando, demasiado ocupado con todo, se fue para el otro barrio sin decir media palabra. Estaba aterrado. Ellos podían matarnos, pero nuestra munición apenas conseguía distraerles. Pensé que estábamos condenados y vi al cuarto de los nuestros derrumbarse en el suelo, mortalmente herido. Poco a poco se le iba a pagando la luz de los ojos, alejándose del mundo y de nosotros para acercarse a su mundo y a ellos. Sentí el gélido tacto de sus ilusiones moribundas bajo la palma de mi mano y la ira me encendió el ánimo. No creo haber disparado jamás con tanta rabia como lo hice entonces.

Habíamos aflojado el paso. Ese fue nuestro error, confiarnos. Nos dieron alcance por confiarnos y ya prácticamente habían conseguido rodear nuestra posición. Él y yo nos miramos y sonreímos, cansados, como sonríen los héroes de las historias épicas. “Hasta la última bala”, me rogó él.

Y del último rincón del mundo surgimos como dos diablos llegados del averno, en medio de un infierno de realidad, dispuestos a morir antes que rendir nuestras ilusiones a sus expectativas, esquivando balas y mordiendo plomo como sólo un par de románticos perdedores podían hacerlo… con clase. Con mucha clase.

Fabula del viento

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , , , on abril 18, 2011 by silvio11

Miró al abismo que se extendía a sus pies y pudo sentir el miedo subiéndole por la boca del estómago mientras el viento, salvaje, continuaba gritando dentro de su cabeza. “Vuela conmigo”.

El risco era como una puerta hacia el infinito, sin más límites que su propio miedo a volar y la seguridad de que acabaría estrellándose contra el suelo si lo intentaba. “Ya he llegado hasta aquí, no puedo subir más alto”, vociferó tratando de imponerse al aullido del vendaval, pero su voz parecía el susurro de una niña justificando un temor absurdo a la oscuridad.

El viento levantaba hojas, arena y briznas de hierba, haciéndolas girar y girar como se hacen girar los sueños, en ciclos enloquecidos que igual podían ser la promesa de un delirio salvaje y eufórico que una espiral de dolor y fracaso. Y la risa enloquecida del viento ensordecía el ruido.

“Tengo miedo de morir… o de disolverme en el cielo”, intentó explicar ella. “Y yo de estar muerto justo ahora y no descubrirlo jamás”, respondió él, convertido en huracán. Incluso las nubes decidieron evitarle para no ser transformadas en niebla o lluvia. “Hasta los rayos de sol temen perderse dentro de mí y las distancias reconocen que no hay camino capaz de retenerme. Vuela e inventémoslo todo de nuevo”.

El viento recorría las paredes del acantilado preso de su propia fiebre de poder, creyendo que podría derribar aquello que jamás debió ser escalado y esculpir sobre acero esculturas imposibles. Sin pies, manos, rostro o corazón, anhelaba crear formas concretas que representaran términos abstractos como el odio, el amor, el miedo o la felicidad. “Salta al abismo y subvertiremos el universo”, repitió sinuoso, hecho brisa para acariciar con malicia el carnoso lóbulo de su oído, como si fuera la parte más libidinosa del cuerpo de ella. “Les enseñaremos qué es estar vivo”.

Y nunca supo si más allá del final del risco esperaban el suelo, el mar o un cielo convertido en universo de libertad, porque en el último momento decidió aferrarse a la tierra que pisaban sus pies y al mundo que la había rodeado durante toda su vida.

El viento se desgarró la garganta golpeando las paredes del propio universo y la sonrió con engreimiento antes de marcharse, convencido de que sólo cuando estuviera muerta dejaría de respirar su aire; libre para volar y condenado a ser más fuerte que su propia ira, su amor, su resentimiento y su nostalgia; soplando a ras de suelo para saborear el polvo del camino antes de elevarse nuevamente hacia el firmamento en otro impulso de vertiginosa incertidumbre.

Quedó el risco como la prueba del miedo que impide a los mortales alcanzar la gloria, o acaso de la prudencia que les salva de morir a manos de su loco afán por alcanzar la felicidad.

El viento seguía creando formas ilusorias sobre el acero y la nada. Trampas oníricas para arrastraban a las mentes incautas hacia al vacío o quizas señales divinas que guiaban a la plenitud. Vivió preso de su propia libertad y esclavo de su irracional deseo de ser apresado, anhelando almas que convertir en duda, vértigo o grito de excitado terror ante la inminente llegada de lo desconocido.

Estaciones (2.0)

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags , , on abril 4, 2011 by silvio11

Pos que me ha dado un tabardillo y he dedicado la mañana a rehacerla.

Confundí las briznas de hierba, húmedas por el rocío de la mañana,

con mechones de pelo empapados durante la tormenta

y los sentimientos, incapaces de reconocer su propia derrota, con cadenas.

En realidad eran gotas de lluvia quienes me besaban las mejillas

y no lágrimas.

Con la llegada del sol vi el jardín apunto de florecer

y los ojos se me llenaron de una esperanza acuosa,

infantil e ilusionada ante la promesa de una explosión de colores.

Estaba dispuesto a darle otra oportunidad al mañana

y a perdonar al pasado.

Igual que las hojas congeladas por el invierno se funden con la tierra durante el otoño,

se descompuso el odio en las entrañas de mi memoria.

Pensé que eran mentiras las palabras que me decía para seguir respirando,

pero resultaron ser tan ciertas como los cuentos que flotan entre los bosques de mis sueños

y descubrí que si me engañaba con otro mundo

era sólo porque podía acariciarlo con la yema de los dedos.

Cerré los ojos y respiré un universo de jardines secretos empapados de vida

y apunto de florecer,

siempre apunto de florecer.

Inconsciencia de viernes

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on enero 28, 2011 by silvio11

Repasemos con frialdad los hechos.

1º) ¿Somos almas o simples máquinas hechas con elementos orgánicos?

2º) ¿Acaso debería importarnos qué somos?

3º) ¿Realmente deseo que exista un más allá si no acabo de estar plenamente convencido de que me agrade el más acá?

No sé qué intentaba decir con eso de “Repasemos con frialdad los hechos”. ¿Qué hechos? Es como si me olvidara de que no tengo una mente analítica y ordenada… Si la tuviera, seguro que no se me olvidaba que no la tengo… Espera, lo que no se me olvidaría es que la tengo.

Esta mañana tuve el placer de conocer a un pájaro que planeaba bajo las ruedas de mi coche. Estaba aparcado y le reté a que lo hiciera cuando estuviera en marcha, “si tienes cojones”, que siempre viste mucho. “¿Pero tú te crees que soy gilipollas o qué?” Entonces me di cuenta de que yo lo habría intentado… Bueno no, que soy un cobarde, pero me habría jodido no intentarlo por cobardía. Lo que me lleva a pensar que mi cobardía es más astuta que yo mismo. Desde entonces mi razón y mis emociones mantienen un acalorado debate sobre quién debería llevar los mandos de la nave. Hace tiempo que solucionamos ese punto, pero mi intelecto es demasiado estúpido para comprender que nunca tuvo posibilidades de ganar y mi compasión prefiere dejarle vivir en la ignorancia.

La piedra a la que di una patada en un estúpido gesto de frustración me recordó dos cosas. Primero, la futilidad que tiene el uso explosivo e irracional de la violencia, al menos en mi caso, porque me hace parecer ridículo. La segunda, eso de que el 75 por ciento de un iceberg está bajo el agua. Su puta madre, que daño. La tercera, que cojear durante todo el día acaba haciendo que te duela el gemelo de la pierna buena. Y la cuarta, que nunca se me han dado bien las matemáticas (jaja, me parto. ¿A que nadie se lo esperaba?)

Llevo toda la tarde dialogando seriamente con mi ordenador sobre estupideces. Le digo tonterías a través del teclado y él las refleja en la pantalla para que me dé cuenta de lo mucho que estoy perdiendo el tiempo. Es como si fuera uno de esos amigos que siempre te llevan la contraria. Su secreto para ganar es ese, repetir todo lo que dices. Si haces eso, la otra persona sólo puede forzar el empate callándose. Si se empeña en hablar, acabará cagándola. Un tío tonto con mirada profunda siempre parece más listo que uno inteligente con diarrea verbal. Por eso mi ordenador no dice nada más que lo estrictamente necesario: Windows ha detectado un error y debe cerrarse. Entonces sé que se está descojonando.

Que mierda de vida. Últimamente, hasta el Linux se me jode.

No me veis, pero estoy bailando en este lado del universo virtual que habitamos.

¿Y el más allá?

Pues eso, allí, ya llegaremos. Por si acaso echemos un polvo aquí y ahora. Al menos, que la muerte nos pille bien folladitos.

¿Y el más acá?

¿Tengo que volver a repetirte lo del polvo?

¿Y nuestra alma inmortal?

Pedísima en el bar de al lado intentando ligarse al alma inmortal de la rubia esa de las tetas gordas.

Buen fin de semana.

Espíritu

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on enero 14, 2011 by silvio11

Hay algo en la distancia que llama su atención. Es un tornado. Avanza rápido, demasiado, y va destrozando todo lo que encuentra a su paso. No tiene miedo. De hecho, le gustaría verlo más de cerca. El cielo está nublado. Las nubes, grises, se arremolinan alrededor del ojo del huracán como si fuese un agujero negro. Se siente pequeño y eso también le hace sentir grande. Enfrentarse a su propia debilidad le pone al borde del abismo. Recuerda algo que le dijo una vez su abuelo, algo sobre el miedo y la lucha. Por fin lo comprende. Es capaz de aguantarle la mirada al titán y descubre la fortaleza que guarda en su interior.El tornado sigue avanzando y destroza campos de maíz, viejas casas de madera e incluso atrapa coches que mastica con furia. Es como estar en medio de un torbellino de ira. El viento le despeina. Ya lo nota cerca. Siente un escalofrío y sabe que va a aguantar hasta el final. Su grito es más que un reto. Parece que estuviera teniendo un orgasmo.

“Es algo que tenemos”, le dice. “Una cosa extraña”, continúa. “No somos como los demás… O quizás sí, pero lo llevamos de otra manera”. Con los codos apoyados en la mesa de la cocina, el padre mira directamente a los ojos de su hijo. “Tú nos ves preocupados y eso te asusta”. Es pequeño y siempre ha confiado en ellos. Su cabeza no puede aceptar que tengan miedo. Si ellos están asustados, cómo debería estar él. Por eso llora. “Pero si tienes miedo es porque todavía eres demasiado joven para saber cómo somos”. Invencibles, ¿no? Todos los padres son invencibles. “Somos humanos y a veces las cosas nos superan”. Le aguanta la mirada todo lo que puede. Está apunto de romper a llorar, otra vez. “Pero tenemos algo especial”. Guarda silencio. Su padre sigue con los codos apoyados en la mesa y la mirada fija en él. Muy fija y muy seria. “Nunca nos rendimos”.

La gente a la que no le importa nada tiene un problema, cuando hay algo que sí les importa no saben dejar de luchar. Tiene lógica. Una y otra vez le piden que abandone, pero no puede hacerlo. “¿Deberías importarme?”. Ella respondió que sí y aquello fue suficiente, para toda la vida.  “Pues que sepas que me importas”. Cuando desapareció, supo que nadie la buscaría. Le dijeron que empezara otra vida, que olvidaría el dolor, que algunas cosas son demasiado grandes, que sólo un loco correría hacia un huracán. No hizo caso. Siguió buscando. “Me importas”. La gente cree que alguien a quien no le importa nada es alguien que pasa de todo. Con él se equivocaban. Nunca permitió que le importara nada porque tenía miedo. Sabía que acabaría llegando un día como éste. Un día en el que le obligarían a tomar partido. “Quiero importarte”. La dictadura terminó silenciando su voz, pero tardó demasiado. Ya había inspirado a cientos. El cielo puede ser la memoria del pueblo. Una llama de esperanza también necesita sacrificios humanos para seguir ardiendo.

Tiene una teoría. Existen unos bichitos pequeñitos que viven dentro de la sangre. Son muy pequeñitos. Más pequeñitos incluso que esas cosas que decían que eran las más pequeñitas que existían. Esas que si chocan explotan y pueden liarla parda. Más pequeñitos que ellas, sí, y más extraños. Y mira que lo de las cositas esas que chocan y explotan ya es muy extraño. Éstos son unos bichitos sádicos. Les pone cachondos el dolor. Les excita. El dolor, el miedo, la derrota… Les pone burrísimos. Tanto, que eyaculan en medio de la sangre, excitándola también a ella. Son millones de bichitos eyaculando a la vez adrenalina en el torrente sanguíneo que recorre todo el cuerpo, desde el corazón al cerebro. Bichitos sádicos, lascivos y salvajes, muy salvajes. Contaminan la sangre. Por eso sonríe cuando todo se le pone en contra. Debería sentarse en un rincón, en el más cercano, y llorar por un hijo al que ya no verá más, pero está demasiado excitado. “Nosotros nunca nos rendimos”. Se lo enseñó su padre. Aprieta la mandíbula, cierra los puños y sonríe, tan sádico como los bichitos pequeños que tiene eyaculando dentro de su sangre, los que le contaminan. Les planta cara. Jamás un pelotón de fusilamiento estuvo tan asustado.

El huracán lo arrasa todo y él continúa persiguiéndole. Pasan tanto tiempo juntos que la gente termine odiándole… o quizás le temen. Ya no saben quién persigue a quién. No saben si es él tornado quien le va marcando los pasos o es él quien guía a la furia del viento, como si fuera su mascota. Es lo que tiene el espíritu, puede imponerse a las fuerzas de la naturaleza, a la tragedia y a las derrotas. Incluso la muerte tiene miedo de acudir a algunas citas.

Hombrecillos verdes

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags , , on enero 10, 2011 by silvio11

Somos un poco como esos tipos extraños que se mueven agitando la cabeza de un lado a otro,

casi como si se les  fuera a caer de los hombros.

Exactamente como esos tipos extraños

con grandes estómagos hinchados

y ojos grandes como platos, sin párpados.

Verdes todos ellos.

Justo como esos extraterrestres que llegaron a la tierra en su nave espacial

y miran a todas partes con expresión alucinada,

sin comprender nada,

y que llevan una pistola de rayos láser en el cinto,

por si algo decidiera atacarles.

Tenemos grandes antenas en la cabeza,

verdes e inútiles,

que nos hacen parecer un poquito más simpáticos.

Porque somos como esos hombres de las estrellas que parecen indefensos,

pero que nunca salen a dar un paseo interestelar sin su cañón de protones.

Caminamos por las calles casi como si fuéramos a caernos nosotros,

no ya nuestras cabezas,

ajenos a las risas de los nativos del lugar,

porque sabemos que no pueden comprendernos.

Pobres terrestres, rosas en vez de verdes,

y sin grandes, inútiles y simpáticas antenas en la cabeza.

Somos como extraterrestres emporrados,

con una estúpida sonrisa de felicidad en la cara.

Somos como hombres de las estrellas viviendo una gran aventura,

conociendo universos extraños que se extienden más allá de la panadería de la esquina.

Astronautas sin escafandras ni largos cables que nos aseguren a nuestras naves.

Exploradores espaciales sin planeta al que volver

porque explotó el día en el que todos sus habitantes encendieron,

por error,

los secadores de pelo a la vez.

Viajeros de un crucero que atravesará la vía láctea,

sin destino ni punto de partida.

Somos, quizás, como esos marcianitos verdes que no eran malos,

pero que a veces tenían miedo.

Marcianitos verdes que cantan mientras viajaban en su nave espacial,

en coche o en metro

mientras mueven un poquito los brazos y ponen cara de poder ver las notas musicales dibujadas en el aire.

Somos seres nacidos de las estrellas,

a quienes no les quedan más cuerpos celestes que conocer

que los escondidos dentro de sus propias pupilas,

o quizás de las tuyas,

pero extraterrestres a fin de cuentas.

Ilustración: Patricia Dubreuil