Archivo para Latidos de madrugada

Fabula de la ardilla y el pingüino

Posted in cosas que podrían haber rimado, Estrambotismo with tags , on julio 19, 2011 by silvio11

“Las cosas suceden”, le dijo la ardilla a la nuez antes de ser devorada por el zorro.

El mundo se mueve en sinsentidos y nosotros,

asustados de lo que es incierto,

decidimos fingir que no ocurre

o que quizás existe un plan.

 –

Fingimos para poder seguir viviendo,

intentando que las mentiras nos duren más que las ganas de seguir viviendo.

 –

Cerrar los ojos y saltar al vacío.

Las imágenes son siempre tan la misma

que hasta el caos pierde su esencia.

Convertido lo excepcional en norma,

el mundo se llena de tragedias, catástrofres que no merecemos

y algún que otro milagro inconfeso achacable a la justicia de una existencia injusta.

 –

¿Puedo vivir siendo consciente de la incertidumbre?

¿Y si mañana viene a por mí?

¿Y si soy yo mañana quien está ahí?

 –

La única forma de no pensar en la agobiante realidad de todo lo que es grande

pasa por obsesionarse con lo que es pequeño.

No tienes que mirar al gran monstruo a los ojos si sólo quieres observar sus pupilas

… Todo lo que es grande…

… Suena tan pequeño.

 –

Quiero beber, comer y amar en exceso,

tan exceso que todo pierda su significado,

su valor y su esencia.

Deseo cansarme de los juguetes antes de que se rompan.

Y aunque no es inventar orden en un caos que me aterra,

es la misma mentira, la misma forma de huir del miedo.

 –

¿Y si vivir es aceptar la incertidumbre como parte del orden?

¿Es posible vivir con la conciencia asumida de que mañana es sólo una posibilidad?

 –

El segundo. El segundo en que escribo, escucho y sueño el mañana.

El segundo en el que preparo el segundo que vendrá a continuación.

Vivida segundo a segundo, parece imposible que la vida no sea eterna.

¿Cómo no voy a ser capaz de vivir un segundo más?

 –

El segundo, el orden, el exceso y la certeza del caos.

Me siento como un pingüino observando el amanecer en medio del desierto,

un desierto precioso,

por cierto.

Paisajes utópicos

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags , on junio 13, 2011 by silvio11

Más allá del sol se esconde un pequeño lago.

Las gotas de agua caen sobre él cuando a las nubes se les desbordan los miedos…

Y de la tormenta nace el espejo en que se mira el cielo cada vez que quiere recoger su pelo.

 –

Los ojos cerrados del niño son dos intensos nubarrones a punto de estallar.

Sus gritos, un trueno ensordecedor que retumba en medio del incendio.

Y el muro de piedra contra el que chilla, una triste presa de papel que lucha por contener el mar

Recuerdos de un cuarto vacío

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags , on junio 2, 2011 by silvio11

Sip, el vídeo no es nuevo, pero ¿acaso no es bonito que una misma canción te inspire cosas diferentes?

 

Tenía un susurro en la palma de la mano.

Era tuyo, de hace meses.

La voz seguía siendo infantil, como entonces,

y apenas entendía tus palabras.

Esta vez tampoco me importó.

No tenía enfrente tus ojos para perderme en ellos,

pero podía cerrar los míos y soñarlos.

 –

Y sentado en mi habitación volví a recorrer las calles mojadas de Madrid,

con el viento de cara

y el vértigo de la ciudad rendido al tacto tranquilizador de tu mano.

Caminamos como exploradores en la luz,

recorriendo  kilómetros de palabras mientras las nubes lloraban sobre nuestras cabezas.

 –

Necesitaba volver a imaginarte antes de que me llevara la oscuridad,

para tener un talismán que me permitiera sobrevivir a mis propios demonios.

 –

Me encerré en el ascensor que compartimos a mediados de marzo

y juntos salimos del sótano de los miedos, camino del octavo piso.

Y del “¿por qué me quieres?” compartido

pasé al “porque eres mágica” de mi media respuesta.

A veces la verdad es alentadoramente tan simple.

 –

Tenía un susurro tuyo en la palma de la mano y dos pupilas hablándome en la imaginación,

la seguridad de ser un tipo afortunado

y una habitación gigante y solitaria en la que perderme acompañado de tu presencia.

 –

Y cada vez que me dejo llevar al lado oscuro del sol,

eres tú quien me trae de vuelta al mundo,

porque no te necesito,

pero el mundo es infinitamente mejor si estoy contigo.

Y quizás por eso te quiero,

porque te amo como sólo puede amar alguien que es libre,

sin miedo,

y queriendo que seas tan libre como yo.

 –

Volvimos al cine y la misma lágrima te cruzó la mejilla al final de la película,

dejando un surco acuoso a su paso que resplandecía en la oscuridad de la sala,

como un relámpago de luz en medio de este mundo sin corazón,

y por eso también te quise ayer y te querré mañana,

porque lates por mí y me haces sentir fuerte cada vez que a mi corazón le da por gritar.

 –

Y desde mi habitación caminé contigo por Madrid,

nos encerramos en un viaje de ida y vuelta en ascensor

y volvimos a ver al estúpido castor que te hizo llorar.

 –

Y entre las lagrimas de mi tristeza vocacional

nació una sonrisa.

 –

Pensé en llamarte, pero una mirada al reloj y la madrugada me borraron la idea.

Podía esperar unas horas antes de volver a abrazarte,

porque no hay nada mejor que echar de menos aquello que no se ha perdido

y porque a veces me gusta regocijarme en mi buena estrella.

Reflejos

Posted in Estrambotismo, extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , , on junio 1, 2011 by silvio11

Me preocupaban los reflejos. Sobre todo, me preocupaba que no tuvieran un sindicato. Siempre escondidos al borde de todos los espejos, en tensión, esperando que pasásemos frente a ellos porque, creía yo, si algún día se despistaban, podíamos pensar que somos vampiros o algo así. La conciencia de nuestra propia humanidad dependía de los reflejos. Deberían tener, pensaba, además de sindicato, un plus de horas extras y cosas así. Sí, deberían. Un día incluso pregunté a mi reflejo sus reivindicaciones, pero no quiso romper el formalismo laboral con el que yo creía que encaraba su deber para conmigo. Por eso empecé a intentar hablar con los reflejos de otros, asomándome por encima del  hombro de mis amigos cada vez que entraban en el cuarto de baño o en un probador.

Mis amigos dejaron de hablarme, por cierto.

Creo que mi imagen les coartaba, a mis amigos y a sus reflejos. Ella es muy como yo. Muy de coartar a otros.

Creía yo que los reflejos sólo podían estar tranquilos por las noches, cuando los seres reales dormíamos. Menos en las casas de esos que tienen sus habitaciones llenas de espejos. A esos les recordaban, no ya su humanidad, si no su propia existencia. Si no se vieran al despertar cada mañana, todas esas personas que tienen tantos espejos se olvidarían de que son alguien y comenzarían a comportarse como si no fueran nadie, estando siempre callados y sin molestar a los demás… “No sabéis el flaco favor que hacéis al mundo recordando a esos reflejados que existen”, mascullaba por aquella época entre dientes.

A veces apoyaba el oído contra la pared, justo al lado del marco del espejo, para intentar escuchar algo de lo que decían todos los reflejos que estaban al otro lado, pero nunca lo conseguí. “Como son los reflejos, siempre tan profesionales… y sin sindicato”.

Me equivocaba en todo.

Ayer, de camino a casa, pasé por delante de uno de esos edificios de cristal, de los que tienen un montón de ventanas, y empecé a escuchar susurros a mi alrededor. Creí que eran los reflejos hablando de mí y de mi interés por ellos. Me acerqué a uno de los cristales, hasta encontrarme conmigo mismo, otra vez. Estudie cualquier rasgo de mi cara que no pareciera mío y me percaté de que aquel bien podría no ser mi reflejo, que conocía mis rasgos  porque siempre los veía en el espejo, pero ¿y si aquella no era mi cara? Así que se lo pregunté. “¿Eres yo?” Y me apresuré a afirmar con la cabeza, no fuera a negarme mi propia identidad. Y el autoengaño fue aún peor, porque descubrí que a lo mejor yo no soy más que lo que creo que soy. ¿Y si nunca he sido lo que soy sólo porque no he descubierto qué soy en realidad? “¿Enséñame quién debo ser?” Y me pareció que mi reflejo estaba a punto de echarse a reír. “¿Y si no soy nada más que la imagen de un cristal?”

¿Cabía la posibilidad de que yo fuera el reflejo y él la realidad? Siempre pensé que dominaba mis actos, pero a lo mejor era yo quien viajaba de espejo en espejo, caminando por un mundo de cristal que podía romperse en cualquier momento, esperando sin saberlo que mi yo real cruzara por delante de un escaparate. Aquello tenía su lógica. Si mi vida no era nada más que un trabajo de reflejo, el mundo no tenía por qué tener sentido para mí. Sólo debía tenerlo para él. ¿Y si vivía una vida reflejada y mi trabajo no era nada más que la imagen distorsionada del trabajo de otro? ¿Y si mis propios pensamientos eran esos reflejos aberrantes que se forman en el agua de los ríos, siempre agitada?

Miré a mi yo real con lágrimas de desesperación en los ojos y él, a su vez, lloró otras de compasión, pues lamentaba que me hubiera dado cuenta de que vivía un reflejo.

Comencé a golpear el cristal y las sombras, que eran realmente quienes susurraban en aquella noche, se agolparon en torno a mí, expectantes. “Déjame entrar… Aquí ni siquiera tengo un sindicato para luchar por mis derechos”.

Asusté tanto a mi yo real, que decidió romper la entrada a su mundo de una sola patada. Yo, por mi parte, descargue toda mi rabia contra la ventana a esa otra vida perfecta. Y las sombras se partieron de risa disimulando sus carcajadas con el susurro del viento.

Seguí llorando en la calle durante horas. Era un reflejo sobrepasado por el mundo que tiene el deber de reflejar.

Casualidad

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on mayo 30, 2011 by silvio11

 

Acaricia su escote como si fuera la entrada a un refugio secreto.

 

– Creo que el erotismo no es más que el anuncio de la pornografía que está por llegar.

 

Ella pasa la yema de su dedo izquierdo por el dorso de la mano de él.

 

– ¿Y esto también es erotismo? –Le pregunta provocadora.

 

– ¿Es un adelanto?

 

Sonríe… Sonríen.

 

Están tumbados, una encima del otro, de una de esas formas extrañas, casi onírica, en la que los cuerpos encajan con suavidad.  

 

La mano de él, la otra, puede jugar con el obligo desnudo de ella. A veces se acerca a su cintura, acariciando el borde del pantalón, como si fuera una frontera invisible.

 

– ¿La proximidad puede crear deseo?

 

– No, es el deseo quien provoca la proximidad.

 

Como si quisiera plantarle cara a tal afirmación, la mano se aleja del pantalón, del botón y de la cremallera metálica, pese al deseo. Vuelve al ombligo, al piercing de metal que atraviesa con violencia la carne provocando turbadores metáforas en la imaginación de él.

 

– ¿Tienes miedo de ceder antes que yo?

 

– Quiero que me lo pidas.

 

– Puede que ya lo esté haciendo, pero que tú no me escuches.

 

Su cuerpo se retuerce, igual que una culebra lividinosa, sobre el de él. Siente cada milímetro del suave movimiento en su piel. La mano se detiene en el abdomen de ella, estirándose al máximo, como si quisiera abarcar toda la piel que la rodea, compartiendo el placer que siente el resto del cuerpo.

 

– ¿Y ahora?

 

Cuando el minucioso escalofrío deja paso a la calma y una poco discreta erección, vuelve a recuperar el control de su mano, que desanda el camino recorrido desde el pantalón. Resueltos, sus dedos abren camino hacia el lugar en el que la piel de ella pierde el tacto de la seda. Escucha una leve aspiración dental, como de anhelo contenido. La imagina excitada.

 

– Puede.

 

Se pierde en el monte de Venus, como si fuera el centro de placer en vez de su antesala. Ella se deja llevar, excitada por la proximidad de las sensaciones.

 

No hay más palabras que sus respiraciones. Los dos cuerpos terminan de acoplarse mientras el sol se cuela por la ventana, a través del cristal, aumentando la temperatura dentro de la habitación, pero sin provocar más humedad que la nacida del deseo.

 

Los dedos bajan la cremallera con la misma tranquilidad con la que la cintura de ella continúa culebreando, tímida aún.

 

Cuando por fin vuelve a recorrer las montañas, ya es para cruzarlas.

 

El primer gemido suena a confirmación, pero a él le parece que hay algo de decepción en él, como si nada pudiera igualar al placer imaginado. Durante minutos, sólo se comunican con su propia carne.

 

Los violentos jadeos de ella lo dicen todo. Él disfruta de su orgasmo como si fuera propio, con la respiración profunda de un animal hambriento que lucha por contener su sed de sangre.

 

En la lejana calman que comparten antes de la despedida, los besos son tan necesarios como superficiales.

 

– ¿Imaginas lo que podría ser si al menos hubiera un poco de cariño entre notros?, le pregunta con indiferencia mientras vuelve a vestirse.

 

A veces el sexo es así de casual… y confuso.

Egoísta y peligroso

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags , , on mayo 9, 2011 by silvio11

Sabes que te quiero…

al menos yo no puedo decírtelo más claro.

Que hablo contigo aunque no estés

y organizo el calendario de mis días en base a tu probable presencia.

Que sólo siendo hielo puedo vencer a la intensidad

y que la amargura de mis ojos desaparece cada vez que me pierdo en el resplandor esmeralda de tu mirada.

Por eso necesito que intentes traerme de vuelta a casa.

 –

Sabes que sueño contigo,

aunque siempre termine perdido en mis pesadillas,

que me encierro en cuartos oscuros para destrozarme a golpe de pensamiento

y que suelo quedar atrapado en mi propio laberinto,

allí donde tu voz no es más que un eco del pasado en vez de un dorado hilo mágico que me conduce hasta la luz.

Por eso, aunque es pedir demasiado,

necesito que intentes traerme de vuelta al hogar.

 –

Sé que estoy condenado a que te canses de salvarme la vida

y cada vez que beso tus labios, en cada despedida,

imagino que será la última vez.

Intento amarte con todo mi alma cada segundo,

como si fueras una estrella fugaz que surca el cielo durante un suspiro de perfección,

e imaginar que nunca has existido cada vez que te marchas para no tener que soportar el dolor de echarte de menos,

porque sólo siendo de hielo puedo evitar morir de intensidad.

Por eso necesito que intentes traerme de vuelta a casa.

 –

Es injusto,

pero ¿acaso he dicho alguna vez que fuera razonable?

Necesito que salgas a buscarme en medio de la tormenta,

bajo la lluvia,

en la ensordecedora oscuridad de mis silencios

y que intentes llevarme de vuelta a casa, contigo,

porque te quiero,

aunque no sea bueno para ti.

Buzón de correos

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , , , on abril 8, 2011 by silvio11

Pocos conocen la oscura historia de Jurgën Dasz, además los escasos testigos de las transformaciones que sufre en las noches de luna llena. Aunque no tardaron en ser conscientes de la maldición que padecía, sus padres jamás pudieron encontrarle sentido alguno. “Si al menos fuera un hombre lobo o un psicópata…”, divagan al relatar la historia del hombre triste y gris que fue su hijo.

Con la marcha del sol, Hans y Danna Dasz contemplaban aterrados como la boca de Jurgën comenzaba a ensancharse de forma inhumana. También perdía estatura mientras sus hombros se ensanchaban y la piel le adquiría un tono amarillo metálico. Dasz, de ascendencia polaca y ancestros húngaros, era un hombre buzón y cada noche de luna llena buscaba cartas que devorar.

La tragedia ya se intuía cuando Jurgën contaba con diez años. En el colegio, el resto de niños percibía algo extraño en él. Por algún motivo, el joven no parecía disponer de capacidad alguna para imaginar. “Era muy triste verle con sus propios juguetes. Los tenía en las manos así, inmóvil, sin saber qué hacer”, recuerda su profesora, Marta Clover, mientras intenta reproducir la expresión del niño, con la mirada ausente. “Era como si esperara que alguien le dijera qué debía hacer a continuación”, apostilla su padre tapándose los ojos con la mano para ocultar las lágrimas.

De familia pobre y escéptica con eso de los tubos catódicos, Jurgüen terminó descubriendo los placeres de la lectura. Aunque nunca fue capaz de imaginar los mundos descritos en los libros, todas aquellas letras le hacían olvidar su propia inexistencia. “Jamás se sintió protagonista de su vida, sino de la de otros”, asegura Hans. “Es que usted no lo entiende… El niño escuchaba y escuchaba, pero nunca conseguimos que se entusiasmara con nada”.

El joven Dasz terminó estudiando Derecho Mercantil. Para evitar el sobrepeso, adquirió la costumbre de jugar al pádel e incluso inició una relación con una estupenda y alegre muchacha que nunca le fue fiel. “No le molestaba, que va. Incluso me pedía que le contara mis aventuras. Creo que sentía más los besos que me daban otros que los  suyos”, relata amorosa Annia Webbergar. “A mi manera, le quería… Pero es difícil amar a única persona cuando eres consciente de que deseas el mundo entero”. Pelirroja y de mirada risueña, Webbergar confiesa que le dio auténtico pánico presenciar la primera transformación de Dasz. “Una cosa es que alguien te diga que es un hombre buzón y otra muy distinta que resulte serlo de verdad. Yo siempre digo que soy una mariposa, pero coño, no por eso voy por ahí convirtiendo mis brazos en alas las noches de luna llena”.

En algún momento, durante su juventud, Jurgën comenzó a escribir cartas a direcciones escogidas al azar. En ellas relataba su existencia con absoluta frialdad y precisión. “La primera vez que me llegó una de ellas me quedé consternada, pensé que un psicópata me estaba vigilando”. Marieta Hofferhofen, ama de casa de mediana edad, recibió hasta tres misivas de Jurgën antes de que su maldición evolucionara. El psicólogo literario, Ernesto Luppi, señala que la repetición de receptores “no fue algo que ocurriera de forma fortuita. Quería establecer vínculos emocionales concretos y sinceros a través de su propia cotidianidad. En el fondo, anhelaba esas relaciones interpersonales que presenciaba de forma diaria en su entorno”, termina de explicar Luppi con su cargante acento argentino.

Estudioso de las religiones de la comunicación y actual gurú de las redes sociales, Martin Valantine, de quince años de edad, asegura que el proceso de metamorfosis de Jurgën era inevitable. “Él creía estar expresándose, pero lo que realmente necesitaba era una retroalimentación que no podía llegar a materializarse. Al no poner remitente en sus cartas, no había posibilidad de respuesta”. Por eso, el ansia le llevó a convertir su propio cuerpo a un receptor. “No es tan raro. Si aceptas que una mente puede fundirse con Internet, ¿por qué un cuerpo no va a transmutarse en un buzón de correos? Es simple evolución, mecánica en vez de digital, pero evolución a fin de cuentas”.

Con 30 años, Jurgën Dasz, conducido por una necesidad de interrelación humana, hizo un pacto con la luna. Quería conocer historias reales, vidas. A cambio estaba dispuesto a sacrificar si propia alma.

Jurgën pasó años devorando cartas de madrugada. Era como si un sexto sentido dentro de él le dijera en qué punto exacto debía colocarse para saciar su apetito de historias pasionales. Eleuterio Riazor, encargado de correos en un pequeño pueblo de La Mancha, explica la situación. “¿Sabe cuántas personas echan una carta al correo a las tres de la mañana? Ya… yo tampoco. ¿Sabe qué dicen en ellas? Ni yo. Imagine un buen motivo por el que escribiría usted una carta a esas horas… ¿Lo tiene? ¿Sí? ¿A que ya está todo un poco más claro?” Debido a la maldición de Jurgën, miles de pensamientos íntimos y pasionales no llegaron jamás a sus destinatarios. Por desgracia, eso nunca la  importó a Dasz, que seguía aullando a la luna con su tremenda boca de buzón de correos.

Al final, fue el propio Eleuterio Riazor quien le dio caza. “Aquello no podía seguir. Estaba apropiándose de muchos secretos que no eran suyos… La historia de todos los monstruos es triste, pero eso no les da permiso para ser monstruos”.

Ahora, Jurgën Dasz se encuentra recluido en una institución especial para gente rara e inadaptada. Allí, en su habitación acolchada, hace frente al paso del tiempo mientras crece el vacío dentro de su corazón… ¿Han visto alguna vez llorar a un buzón de correos en las noches de luna llena?