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Lisboa story (III de V)

Posted in étranger with tags on enero 2, 2010 by silvio11

Me gusta la relación que Lisboa tiene con el fado. Supongo que es como la relación que tenemos aquí con el flamenco o las sevillanas. Cuanto más viajo a las grandes ciudades del extranjero más consciente soy de no conocer las grandes ciudades de mi propio país. ¿Se pueden pasar tres días en Madrid viendo monumentos? Me gustan los portugueses. Cuando llego a la Taberna do Chico, el interior del local está abarrotado. La gente también se agolpa en la puerta y las ventanas para tratar de escuchar algo. Junto a mí, un señor con abrigo, corbata, bufanda, bigote, zapatos y sus sesenta años escucha complacido. Creo que está borracho. En el interior no hay escenario. El fadista, chupa de cuero, casi cuarenta años y sombrero, está subido en un escalón que hay en la pequeña puerta que da al almacén. Las luces del recinto están apagadas. Los focos son el contraluz generado por la bombilla del propio almacén. Las paredes del local están repletas de fotografías. Se sirven vasos de vino, cañas de cerveza y comida. Cuando acaba la actuación, el señor del bigote y yo aprovechamos el sitio que dejan los que salen para entrar y acomodarnos junto a la barra. Él se pide un vasito de vino. Yo una caña. Corre a conversar con los guitarristas. Sí, está borracho, seguro. Cuando ya está de vuelta en la barra, a mi lado, empieza la segunda actuación. Los aproximadamente setenta años del cantante no le permiten alzar demasiado la voz. Aún así, se le escucha, pese al jaleo que montan los otros tres españoles que hay en el bar. Mi amigo espiritual, el borracho, les mira con reprobación. El camarero les pide que se callen. Me avergüenzo de los míos y cierro muy fuerte la boca. Cuando llega el momento de comenzar con la tercera actuación, el supuesto borracho se sube al escalón. Resulta que no estaba bebido y que canta bastante bien. Me gustan los portugueses, al menos aquellos en los que me he fijado. Antes de volver a España, David y yo nos compramos un par de Cd´s. El mio es de Ana Moura y el suyo de Amalia Rodrigues, que es como la super reina del fado. Gracias a su disco me reencuentro con Barco Negro, una canción fabulosa, aunque prefiero la versión de Mariza.

A diferencia de otros lugares, nuestros paseos turísticos me hacen sentir parte de un colectivo entrañable, el de los guiris. En Praga, los turistas eran tantos que casi parecían ser los propios ciudadanos. En Lisboa es fácil ver cómo los mismos rostros se repiten día tras días. Ya en Escocia sentí algo similar, pero aquí la cosa es más evidente. Hay un grupo de chinos jóvenes con grandes cámaras que hacen fotos hasta a los carteles de las calles. Me parece divertido ver a gente con cámaras caras hacer todas las fotos con el automático puesto. También hay una pareja de españoles jóvenes que parecen disfrutar del viaje. Doy por sentado que son novios y me dan envidia. Que coñazo de ciclos vitales. También hay otra pareja, aunque mucho más mayor, a la que le adjudico la nacionalidad francesa por la boina roja que lleva ella a todas partes. En uno de nuestros encuentros me disfrazo de francotirador y aprovecho para hacerla una foto. El rojo de su boina le da el toque pasional a los marrones del Castillo de San Jorge. No puedo evitar hacer cábalas sobre todos ellos.

Cuanto más desaparece la sensación de poder, más aumentan las dificultades para dormir. El miércoles confundo un terremoto con un exceso de alcohol, primero, y con la actividad frenética de un iracundo poltergeist, después. Al menos encuentro la excusa perfecta para mudar mi cama al salón. Siempre me ha gustado dormir en los sofás y aquí entra más luz por las ventanas. Mi habitación daba a un patio interior del que no llegaba nada más que oscuridad. No puedo dormir a oscuras, me agobia la nada.

Jueves, Sintra. Mucho monumento y muchas distintas entradas que comprar. Sólo vemos el Palacio do Pena. Ocho euros por ser temporada baja. Me dejan llevar a Ada pegada al pecho y de lo contento que me pongo una de las primeras cosas que hago en cuanto llego al Palacio es escaparme con ella por el paseo de ronda, aunque lo hago sin darme cuenta. Después imagino a Loreto maldiciendo mi persona y decido esperarles. El exterior es fascinante, con toda su mezcla de estilos y colores. El interior… Como el de tantos otros palacios llenos de muebles de reyes. Lo que más me llama la atención siempre, visto el diminuto tamaño de sus camas, es lo pequeñitos que debían ser. También me doy cuenta de que yo no podría dormir en esas habitaciones. Todas son oscuras y tienen una decoración sobrecargada. Terreno abonado para fantasmas.

De Sintra nos llevamos una comilona que rematamos en Lisboa con las torradas, tostadas a fin de cuentas, de la Confitería Nacional. No son gran cosa si se comparan con los Pasteis de Belem. Loreto sigue mirando a la señora y al final sonríe. “Me ha dado por pensar que era una mujer viuda que viene todas las tardes aquí para tomarse algo y no sentirse sola”, nos explica cuando minutos después ya vamos caminando por la calle. “La gente mayor que está sola me da mucha pena”. Sin embargo, la repentina llegada de lo que parece ser una de sus hijas cambia toda la película. Final feliz.

De vuelta a España siento algo en el estómago. De entrada es una gastroenteritis, un mal que también me aqueja cada vez que voy a Madrid, pero también es el dolor que lleva implícito cualquier reseteo vital. No esta bien intentar dominar a nadie. No me gustan las luchas de poder. No me gusta la persona en la que me estoy convirtiendo. No me gustan las reglas del mundo, por eso me inventé las mías, aunque de vez en cuando olvide que son las buenas. Se supone que el amor debe hacerte mejor persona, no peor. Decido renunciar a todo y ejercer de parte débil. Creo que sólo cediendo todo ese poder que tengo para hacer daño podré romperme lo suficiente como para poder empezar a reconstruirme. Dentro de mí, aún hago cábalas con la posibilidad de que ocurran milagros. Mi parte racional, por fortuna, no sé engaña y sabe que lo peor está por llegar. Lisboa me ha dado más tiempo con David, Loreto y Ada. Es un buen día para decidir volver a ser libre. Viernes, 18 de diciembre. Podría haber sido el aniversario de algo a lo que nunca he sabido ponerle nombre. Otra paradoja cósmica más. Adiós Lisboa. Adios mi niña. Llueve durante casi todo el camino de regreso.

PD: Esta historia la completan Otoño triste, invierno frío y Reflejos. Toda decisión y acción tiene una consecuenca de igual fuerza o mayor… ¿Era así? No lo recuerdo. Nadie dijo que intentar seguir el camino correcto fuese fácil.

Lisboa story (II de V)

Posted in étranger with tags on enero 2, 2010 by silvio11

Loreto parece un poco despistada. David y yo nos damos cuenta. Dice que luego nos lo explica. Seguimos comiendo nuestras torradas con chocolate. Por lo que se ve, es la merienda obligada en la Confitería Nacional. El chocolate está demasiado líquido. Loreto sigue mirando fijamente algo que está situado tras de mí. Giro un poco la cabeza y no veo nada más que una señora mayor.

Lisboa es un poco como Madrid. Resulta casi imposible sentirse en el extranjero. Hablas español y te comprenden. Esta vez no hay necesidad de practicar inglés. Nosotros también intuimos un poco lo que dicen ellos. Lisboa, como Madrid, está en obras. Tenemos que asomarnos por encima de unas vallas para ver la Plaza do Comercio que, por cierto, ni siquiera sé si se escribe así. Lisboa, como Madrid, no termina de gustarme. Como todas las grandes ciudades, me hace sentir pequeño, desligado de las cosas… Es un poco cínico quejarme de eso. A fin de cuentas, ¿para que he venido hasta aquí si no es para desconectarme de todo? Me habría gustado olvidar el móvil e internet durante cinco míseros días. No lo consigo. El móvil me recuerda que existe a las seis y media de la madrugada del lunes. No respondo al mensaje y sigo durmiendo. Es lo mismo que hago durante casi todo el viaje de ida. Duermo varias horas al día, pero cada vez me siento más intranquilo.

Yo he regresado de Lisboa, Rafa y María han vuelto de Polonia, aunque en breve volverán a marchase. Les digo que los países a los que viajo no me aportan demasiado. “Entonces, ¿por qué viajas?” Para descubrir algo acerca de mí mismo, supongo. El bar en el que estamos es grande y luminoso. Recuerdo la Taberna do Chico, en el Barrio Alto. Era de un amarillo cálido, aunque algo oscuro, y pequeña, como muchos de los bares del Barrio Alto. Creo que es una de las razones por las que dejan a todo el mundo beber en la calle. Quizás viajo para encontrar algo que está escondido dentro de mí. Para ver el bosque sin que los árboles me den el coñazo. En la Taberna do Chico, donde los lunes y miércoles hay sesión de micro abierto para fadistas amateurs, incluso tienen las ventanas abiertas para que la gente pueda mirar y escuchar las canciones desde fuera. Aquí, ahora, no podrían hacer algo así. Hace demasiado frío y en la calle llueve. Creo que me marché a Lisboa en busca del dolor.

La Lisboa en la que nos instalamos, en la Rua da Prada, es una Lisboa que recuerda al Madrid de la Plaza Mayor, con calles y plazas anchas. La zona de copas también es comparable con la de la capital de España, con calles más estrechas, más sucias y más canallas. Viajamos con bebe, Adetta, y eso me salva la vida. Ella nos frena el ritmo, pero aún así me paso la mayor parte del tiempo mortalmente cansado. Tampoco es que Lisboa me cautive. El castillo de San Jorge es como tantos otros y las impresionantes vistas son sólo más casitas vistas desde arriba. Me canso de mirar a la ciudad y empiezo a centrar mi atención en la gente con la que viajo. Intento meterles en la mayor cantidad de fotos posibles, hacer que formen parte del paisaje. Es entonces cuando me doy cuenta de que me alegro de que estén allí. Tengo la sensación de que sólo voy a entender todo esto a través de ellos y el resto de personas que hay en la ciudad. Alfama, otro de los barrios clásicos, uno de los más antiguos y de origen árabe, parece un pueblo. Me da la impresión de que toda la gente allí se conoce desde hace años. La camarera, cocinera y regente del restaurante en el que hacemos nuestra primera comida lusa le hace carantoñas a Ada constantemente. “Fofiña”. Ésta es la parte de la ciudad en la que más cómodo me siento, al menos de día.

Consigo reducir la tiranía del móvil. Lo enciendo un par de minutos al día para ver si tengo alguna llamada o mensaje importante. Casi ninguno lo es. Una compañera me recuerda el miércoles que esa noche es la cena de empresa y yo le recuerdo que estoy en Portugal. ¿Llegué a decirles que me iba? En el mensaje de respuesta le mando un beso y me sorprendo a mí mismo. No suelo escribir ese tipo de cosas si no las siento de verdad. Yo que estaba seguro de no soportarla y resulta que es la primera y única persona a la que echo de menos.

Desde la primera noche, el lunes, hay algo que no funciona en mi habitación. Me intranquiliza. Sé que no estoy en mi casa, aunque no sé cuál es mi casa. No sé si mi hogar está en el piso en el que estoy alquilado o en la casa de mis padres. Que coño, no sé si alguno de los dos es un hogar para mí. Supongo que la mera pregunta ya es una respuesta. En Guadalajara descubro que el progresivo nerviosismo nocturno puede estar relacionado con ese mensaje de las seis y media que no llegué a contestar. Es el poder. Me queda mucho por aprender de las relaciones de pareja, pero creo que en los momentos más autodestructivos la sensación de poder es muy importante, sentir que se aventaja a la otra persona. Creer que el otro sufre más que tú te aporta seguridad, te hace sentir que tienes ventaja, te da tranquilidad emocional… Espero de corazón que sea algo que sólo me ocurre a mí. El resto del mundo no puede ser tan mezquino.

El martes, en el viaje hasta el aparcamiento en el que tenemos el coche, me deslumbra el ejército de gorrillas que ayudan a los conductores a encontrar un hueco libre a cambio de una pequeña propina. También queda claro que David terminará regalándole el gorro de lana al que la lluvia y el frío me han unido de manera indisoluble. Con lo que yo odio los complementos y resulta que ahora tengo uno. Es divertido que la vida esté siempre sorprendiéndote, pero tanta vuelta de tuerca termina dejándote con el culo al aire… Me lo tomo con filosofía. Perdí mi tigre de peluche, mi copiloto y amigo silencioso. Ahora tengo un gorro que me proteje de los malos pensamientos. Dios te lo da, Dios te lo quita.

En Belem repetimos con el bacalao a Bras en la comida y visitamos el monasterio de los Jerónimos. Estoy cansado de pagar a cambio de entrar en monumentos. De hecho, la Torre de Belem la veo desde fuera mientras David y Loreto recorren su interior. Desde donde estoy, se ve preciosa. Está atardeciendo y las gaviotas se elevan en el aire. En sus picos llevan mejillones que dejan caer contra el suelo para que se rompa la concha y así poder llegar hasta el interior. La primera vez que escucho el golpe no se cuál es su procedencia. La segunda sí. Entonces miro hacia abajo y descubro un montón de conchas quebradas. Tiene algo de triste, poético y… peligroso. ¿Y si te dan en la cabeza? Cuando levanto la mirada me da la sensación de que estoy viendo el mar, pero creo que todavía es el río Tajo. Soy consciente de que cualquier portugués me abofetearía si le pidiese que me aclarara la duda… y puede que cualquier español también.

Otoño triste, invierno frío (Lisboa story V de V)

Posted in Historias del terruño (Guadalajara) with tags , on diciembre 27, 2009 by silvio11

¿Cuando acaba el otoño? Si el mundo fuese justo, terminaría hoy. Otro ciclo más cumplido.

No me pasa a menudo, pero no encuentro las palabras exactas. El corazón sigue desbocado. Ya me estoy acostumbrado a la sensación. Es como si me hubiesen robado algo… Sólo que no era mío.

Tengo a Adita aplastada contra el pecho. Tiene poco más de cinco meses. Va metida en la bolsa. Yo soy mama kanguro y ella es mi cría. Recorremos el Palacio Do Pena con mucha tranquilidad. De vez en cuando noto como se hinchan sus pulmones. Es como si suspirase. La miro. Tiene cara de alucinada y me dan ganas de comérmela entera.

Es como una corona de espinas que se te clava en el llanto.

No sé si no me ve o si simplemente hace que no me ve. Sea lo que sea, me parece correcto. Él no deja de abrazarla y darle besos. Todavía no ha llegado a sus labios, pero lo hará. Parece que ella intenta resistirse. Terminará cediendo. Observo, buscando respuestas. Si no me ha visto tampoco es tan raro, tiene cosas mejores que mirar. Todas mis predicciones terminan cumpliéndose. Me siento como un acechador. Sé que debería marcharme y no entrometerme en su intimidad, pero no puedo apartar la vista.

Como una corona de espinas que te araña la retina.

No tengo las palabras ni el ritmo. Escribo sólo porque necesito hacerlo. Guillermo me regañaría, no tengo objetivo. Bueno sí, busco en las letras el consuelo que no consigo encontrar en ninguna otra parte. Me gustaría sentir ira, pero no hay nada de eso. Simplemente miro. No puedo dejar de mirar y descubro que cuando el corazón se vuelve loco no sigue ningún ritmo. Sólo late, como en caída libre. La paradoja universal la cierra mi media sonrisa.

En esta ocasión no hay demasiadas cosas que contar. No hay señales del cielo ni nada de eso. Sólo otro cuarto de año que ha quemado toda la tierra a su paso.

Es como una diadema de sueños que estalla antes de llegar la mañana.

A la parte más mezquina de mi propio yo le da envidia que ella sea capaz de volver al mundo real más rápido. Yo sigo perdido en el universo de los sueños. Me pueden las malditas costumbres. A veces tiro la mano derecha al bolsillo del pantalón en busca del paquete de tabaco. Otras saco el móvil para ver si me ha enviado un mensaje.

Tengo grabado el suspiro de Adita en mi pecho. Es profundo, sosegado, tranquilizador.

Recuerdo el consejo de Rafa. “No escribas sobre tu vida. Aprende a disfrazarla de poseía”. Y con todo el dolor de mi corazón lo ignoro. Tiene razón, pero necesito saber que estoy haciendo algo que es verdad. Estoy cansado de un mundo en el que los sentimientos y las palabras se pierden con demasiada rapidez en medio de una bruma de circunstancias. Necesito llorar, pero las lágrimas se me quedan encerradas en el pecho. Ya que siento que no puedo hablar con nadie, le escribo a todo el mundo. A alguien tiene que importarle que haya gente con la necesidad de tener sentimientos. ¿Por qué hemos dejado que nos roben los sentimientos? ¿Por qué tengo la sensación de que para ser más fuerte debo sentir menos?

El otoño cumplió su palabra. Fue triste. Ahora el invierno promete ser frío.

Tiene más de 90 años. “Ésta es la tercera Navidad que paso en el hospital”, me comenta sonriendo. Demasiada lucidez para tanta edad. A su lado, una mujer con las piernas gangrenadas extiende el brazo como queriendo tocar un ángel que flotase por encima de ella. No me atrevo a mirarla demasiado. Sus ojos parecen perdidos. “Tampoco tiene bien la cabeza. Está mayor”. La compañera de habitación de mi abuela supera por poco los 80. La ironía me hace sonreír. Ella se da cuenta y sonríe también. “Por lo menos está callada. Así puedo dormir”. Mi visita apenas dura los 25 minutos que marcan la fecha del día. Según salgo veo un desfile de octogenarios atados a sus camas. En algunos casos están acompañados, pero son pocos. ¿Cuál es el sentido de todo esto? Me encantaría fumarme un cigarro, pero lo he dejado. Hay tantas cosas que me gustaría hacer y que he dejado que me da pereza pensar en ello. Soy un nieto cojonudo. Tres días ingresada y no le dedico más de 25 minutos… Creo que me lo merezco todo.

Y deslumbrando a la noche, brilla su corona de plata, mientras le regala a otros ojos, las mismas sonrisas que me encendían el alma.

Por fortuna no estoy solo. Dos pares de manos amigas me arrancan de la tortura en la que tan alegremente me he sumergido. Supongo que éste es un buen motivo para buscar compañía… Podría perderme en la oscuridad, en los sueños, si no fuera porque de vez en cuando hay un par de manos amigas que me llevan de paseo por un mundo un poquito más amable, si no fuera por los suspiros de Adita o por la pícara sonrisa de Miguelón. Los seres diminutos es lo que tienen, puedes mirarles y beberte su paz con pequeños y sosegados tragos.

Sigo sin encontrar frases que puedan expresar algo. Sigo sin dar con el ritmo adecuado, con el sentimiento que me permita pintar las palabras con los colores que he elegido para ellas. Quiero volver a dormirme y soñar, pero no puedo. No me atrevo a dejar los sueños en manos de mi subconsciente. Tampoco consigo dormir. Hay muchas teorías que podrían explicar mi falta de sueño. Son todas una mierda.

Acaso no nos queda nada más que dejar pasar el tiempo. Y fingir, seguir fingiendo. Sonreír, seguir sonriendo. Tiene gracia, la Navidad es como el reverso tenebroso del verano. Necesito un sol que me caliente los huesos. Me he prometido que dejaré de ir solo por los bares con el mismo cinismo con el que me prometí cualquier cosa de esas que no llegué a cumplir jamás.

Es como una corona de plata. Como una diadema de sueños. Como una cadena de espinas. La princesa de un delirio nocturno. Y aunque ya me he ido sigo mirando. Y aunque ya no es ayer, el corazón sigue desbocado, sin ritmo, como las palabras. Ambos están heridos, pero me juran que seguirán luchando. Les creo. Son ciclos. Hoy puedo dejar que sufran. Necesito pensar que algo real habita en el universo de los sueños en el que estoy constantemente perdido.

Ser fuerte no es sentir menos, es aceptar los sentimientos y vivir con ellos. Negarlos es dejarse matar por una vida que cada vez tiene más miedo de sí misma… Es un hecho, cualquiera que haya estado vacío lo sabe. Guillermo va a regalarme un nórdico para que no tenga frío por las noches. David me ha dado su gorro de lana. Creo que voy a comprarme un abrigo nuevo. Estoy listo para el invierno. Lo único que se me podrían congelar son las lágrimas, pero eso da igual, porque yo no puedo llorar. Duele hijo de puta, duele. Ni siquiera te imaginas cuánto podemos soportar. Besa a otro, yo no duermo y suspira Ada. El mundo sigue estando en orden, pero no siempre respira al gusto de todos. Prometo volver a buscar mi reflejo… quien sabe, puede que esta vez intente encontrarlo en un charco.

El viento no ha dejado de soplar.

Reflejos (Lisboa Story IV de V)

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on diciembre 20, 2009 by silvio11

Tenía cara de cansado, allí, plantado delante del espejo del cuarto de baño. Miraba su reflejo con detenimiento, preguntándose cómo pueden cambiar tanto las cosas en tan poquito tiempo. Lo de los ojos rojos y somnolientos no le extrañó demasiado. Eran más de las seis de la mañana. También se alegró de no poder oler su propio aliento y una sombra manchaba el mentón afeitado hacía poco más de un día. Casi sin darse cuenta, comenzó a pensar en todas las primeras veces que había vivido con ella, porque lo de aquella noche también había sido una primera vez, aunque nadie fuera a acordarse de ella en el futuro.

La primera vez que se vieron fue casi accidental… Bueno, fue trabajo. Apenas se fijó en ella… La verdad, no recordaba el momento exacto en el que se la presentaron. Tampoco la situación. Estaba casi seguro de que no le llamó especialmente la atención.

La primera vez que se vieron fuera del trabajo fue en una noche de verano. El calor tampoco apretaba demasiado. Iba con un amigo. Un saludo fugaz. El alcohol y el anhelo de poseer un cuerpo, no necesariamente el de ella, antes de que acabara el fin de semana le llevaron a ser más simpático de lo normal… Que mezquino es el deseo, le comentó a su reflejo.

Tampoco recordaba la primera vez que hablaron con fluidez. Esos momentos se habían hecho hueco en su memoria a base de risas. No se había reído tanto nunca… Mentira, hubo otra chica que… Por eso le dio miedo sentirse libre para reír, para hablar, para decir en voz alta todos los pensamientos que se le cruzaban por la cabeza, lo que ya era mucho decir. Las ideas circulaban demasiado rápido por su cerebro. No eran mejores que las del resto del mundo. Sólo eran más rápidas y, por lo tanto, algo más desquiciadas… Siempre se había sentido avergonzado de eso.

Instintivamente bajo la mirada hacia sus manos. Los dedos se restregaban unos contra otros, nerviosos. Tenían ganas de acariciar, pero sólo podía ofrecerles su propia piel. En cierta forma era como un acto de masturbación, aunque no había posibilidad alguna de alcanzar el orgasmo.

No le costó recordar la primera vez que intentó quedar con ella fuera del encorsetado ambiente laboral. Una cerveza al finalizar la jornada. Ella acepto. Él no se lo creía. Al final le pudo la cobardía y se marchó sin formalizar ni cumplir el compromiso. En aquella ocasión, al valor le faltaron el deseo y el alcohol. Quería estar con ella y ese era un sentimiento que no se sentía capaz de aceptar. Al menos no de entrada.

Su mirada no era la de una persona cansada, era la de un tipo triste. Decidió quitarse el gorro de lana que todavía llevaba puesto encima de la cabeza, pero no lo hizo.

Al final, la primera cita extra laboral llegó. Estuvo llena de deseo reprimido, al menos por su parte… Le costaba tan poco desear. También hubo conversaciones nerviosas. Fuera del trabajo no era tan fácil hablar. Quizás porque ya no lo hacían como una forma de escapar al tedio del día a día. Querían conocerse mejor. A él siempre le había dado miedo que le conocieran mejor y, por eso mismo, siempre le ponía nervioso conocer mejor a otras personas. Una cerveza, dos, puede que tres, y cada mochuelo a su olivo. Agradable. La emoción se intuía, pero estaba atada. No le gustaba llevar sus sentimientos con correa.

La primera vez que dejó de verla no le importó demasiado. Simplemente se alejaron. Cuando dos personas dejan de verse es porque ninguna tiene suficiente interés en seguir viendo a la otra. Todo aquello era inoportuno, inapropiado. Había hecho bien en protegerse. Tenía tendencia a la desconfianza. La gente no es consciente del daño que puede hacer a las personas que deciden ponerse en sus manos. Por eso prefería no dar esa responsabilidad a nadie. El problema es que a veces lo hacía sin darse cuenta, sin pretenderlo. De repente alguien externo a él se convertía en su patrón, en su razón para estar triste o feliz. Anhelaba sentir el vacío en su interior… No, eso era mentira. Mejor el dolor que la nada… Que injusto debe ser que un tipo con gorro de lana te nombre luz de su vida sin ni siquiera pedir tu opinión.

Tampoco se había quitado el abrigo. Seguía plantado de pie delante del espejo.

El primer día del reencuentro no fue nada especial. Otra vez trabajo. No había nada que perdonar porque no había existido nada más que amistad entre ellos. Las intuiciones son tan irrelevantes como los rumores, y entre ellos sólo habían existido intuiciones. Pese a todo, un estúpido nerviosismo infantil recorrió su cuerpo durante todo el día. Saber que ella estaría cerca de él a diario le permitía respirar mejor.

La historia se repitió. Hubo otros encuentros fuera del trabajo. Hubo más intuiciones brutalmente silenciadas y las correas se terminaron convirtiendo en cadenas. Hasta el primer día en el que decidieron romperlas todas. Sudor, alcohol y calor. Mucho calor. No quería recordar la primera vez que se quedó dormido abrazado a ella. A cambio, le asalto otra primera vez, aquella en la que fue consciente de que estaba en paz con el mundo. Era como si hubiese llenado el último espacio vacío. Se sentía tranquilo… No, ella le hacía sentir traquilo. Tenía la sensación de que estaba allí, junto a él, porque quería estar. Por eso mismo no tenía miedo de que se marchara… Quería que ella se sintiese igual que él.

Por fin se quitó el dichoso gorro. Sus ojos pasaron de observar su propio reflejo a estudiar con detenimiento la forma en que sus cuerpos se habían entrelazado bajo las sábanas durante aquella primera noche que no quería recordar. Los dedos se acariciaron con mayor intensidad, como si esperaran hacer saltar una chispa que prendiera fuego a su memoria.

La primera vez que ella dio un paso atrás fue como si alguien le degollara lentamente. Sus palabras le resultaron tan familiares. Otra vez la primera vez. Ya las había oído antes. Existía algo, la razón, que amordazaba, otra vez, los sentimientos. Las explicaciones estaban ahí, como las buenas intenciones. Y sin embargo él no se creía nada. Era la primera mentira, aunque todo fuese verdad. Formas de enmascarar la realidad con excusas. Palabras. Palabras. Palabras. Palabras. Todas las palabras tapando la verdad. Lo intuía. Eran rumores, sí, hipótesis, pero desde entonces no volvió a confiar en ella. Así de cabrón era. Empezó a decir adiós sin abrir la boca. Odiaba las palabras y más aún los anuncios de despedida. Desde aquel momento todo se volvió feo. Las cadenas querían regresar, pero cómo devolver un animal salvaje al cautiverio sin matarle en el intento. Para bien o para mal, él era un animal. También se avergonzaba de eso, pero gruñía, era egoista y le costaba pensar. Un animal.

Tenía demasiado calor. Se quitó el abrigo sin apartarse del espejo.

Aquella noche, en un bar, la vio de refilón. Hablaba con un chico. Sonreía, como si todo estuviese bien, en orden. Por primera vez le pareció que lo más apropiado era no hablar con ella, dejar que siguiera sonriendo. Por primera vez sintió que su presencia allí podía ser perjudicial para los dos. Y se marchó intentando no imaginar. Intentando ignorar el grito que había dado alguien dentro de su pecho. Intentando que por fin el dolor pusiera los dos pies dentro de su alma y que la verdad destrozase todas las mentiras que se había contado a sí mismo. Por desgracia, lo consiguió.

Se apoyó contra la pared del cuarto de baño y dejó que su cuerpo se deslizara lentamente por ella, hasta quedar sentado en el suelo. Todavía tenía el gorro de lana en la mano. Se lo puso, como si con ello pudiera conseguir que los pensamientos dejaran de circular por su cabeza tan rápido como siempre.

Lisboa story (I de V)

Posted in étranger with tags , on diciembre 16, 2009 by silvio11

Me da miedo casi todo. Estar lejos. Estar sólo. Estar acompañado. Estar cerca. No estar contento donde y como estoy. No saber si estaría contento en otra parte o de una forma distinta… Sigo pensando que todos los lugares son el mismo lugar. Todas las ciudades, la misma ciudad. Lo único que cambia es la perspectiva desde la que se mira lo que hay fuera, más allá del universo conocido. Las emociones que puede despertar el retorno al hogar: tristeza, esperanza, desilusión, alegría…

Punto 1: ¿No cabe la posibilidad de que romper las barreras geográficas sea una forma física de romper las barreras mentales a las que tememos hacer frente? A fin de cuentas, en los dos casos se busca abandonar el mundo en el que nos sentimos seguros para ver si somos capaces de vivir experiencias, afrontar riesgos, adquirir nuevos conocimientos…

Punto 2: Hace dos años, durante un viaje por Escocia, aproveché unos minutos de soledad para escribirle un mensaje a un amigo. “Me gustaría que estuvieses aquí”. Llevo casi un año sin hablar con él. Hace unos meses hice algo similar desde Praga. Incluso intenté llamar a orillas del Moldava… El resultado, a la larga, no fue mejor. Palabras perdidas, sin sentido. Ahora me da miedo utilizar el móvil para decirle a alguien que le echo de menos. No sé quién está maldito, si el aparato o yo. Me da miedo la caducidad de los sentimientos propios y ajenos. A lo mejor es que soy demasiado voluble.

Viajar es una forma de ponerse a prueba a uno mismo, de autodescubrirse… Estoy deseando volver a casa para poder emborracharme en la tranquilidad del hogar. Mañana me estreno en la noche lisboeta, pero, al margen de los resultados que pueda tener la experiencia, en una primera aproximación al famoso Barrio Alto he descubierto que las zonas de bares de las grandes capitales también me dan miedo.

PD: Lisboa me gusta, pero es pronto para escribir. Por ahora os adelanto que creo que mi mirada más efectiva sobre ella la estoy haciendo a través de los ojos de otros seres humanos. Me alegro de no haber venido solo.