Archivo para malditos

Atroz

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags , on julio 29, 2011 by silvio11

Tenía un cordero disfrazado de rutina.

Pobre cordero, pobre cordero.

Pacía por el campo tranquilo y descuidado.

Pobre cordero.

Siempre se acercó a todos aquellos que quisieron acariciarle,

mi pobre cordero,

y creo que vi lágrimas en sus ojos cuando le lleve a la última habitación de nuestra casita roja.

Pobre cordero, pobre cordero.

Cuando cierro los ojos para dormir, nunca escucho sus agónicos chillidos…

y siempre tengo sueños hermosos.

Mi pobre cordero.

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Fabula del viento

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , , , on abril 18, 2011 by silvio11

Miró al abismo que se extendía a sus pies y pudo sentir el miedo subiéndole por la boca del estómago mientras el viento, salvaje, continuaba gritando dentro de su cabeza. “Vuela conmigo”.

El risco era como una puerta hacia el infinito, sin más límites que su propio miedo a volar y la seguridad de que acabaría estrellándose contra el suelo si lo intentaba. “Ya he llegado hasta aquí, no puedo subir más alto”, vociferó tratando de imponerse al aullido del vendaval, pero su voz parecía el susurro de una niña justificando un temor absurdo a la oscuridad.

El viento levantaba hojas, arena y briznas de hierba, haciéndolas girar y girar como se hacen girar los sueños, en ciclos enloquecidos que igual podían ser la promesa de un delirio salvaje y eufórico que una espiral de dolor y fracaso. Y la risa enloquecida del viento ensordecía el ruido.

“Tengo miedo de morir… o de disolverme en el cielo”, intentó explicar ella. “Y yo de estar muerto justo ahora y no descubrirlo jamás”, respondió él, convertido en huracán. Incluso las nubes decidieron evitarle para no ser transformadas en niebla o lluvia. “Hasta los rayos de sol temen perderse dentro de mí y las distancias reconocen que no hay camino capaz de retenerme. Vuela e inventémoslo todo de nuevo”.

El viento recorría las paredes del acantilado preso de su propia fiebre de poder, creyendo que podría derribar aquello que jamás debió ser escalado y esculpir sobre acero esculturas imposibles. Sin pies, manos, rostro o corazón, anhelaba crear formas concretas que representaran términos abstractos como el odio, el amor, el miedo o la felicidad. “Salta al abismo y subvertiremos el universo”, repitió sinuoso, hecho brisa para acariciar con malicia el carnoso lóbulo de su oído, como si fuera la parte más libidinosa del cuerpo de ella. “Les enseñaremos qué es estar vivo”.

Y nunca supo si más allá del final del risco esperaban el suelo, el mar o un cielo convertido en universo de libertad, porque en el último momento decidió aferrarse a la tierra que pisaban sus pies y al mundo que la había rodeado durante toda su vida.

El viento se desgarró la garganta golpeando las paredes del propio universo y la sonrió con engreimiento antes de marcharse, convencido de que sólo cuando estuviera muerta dejaría de respirar su aire; libre para volar y condenado a ser más fuerte que su propia ira, su amor, su resentimiento y su nostalgia; soplando a ras de suelo para saborear el polvo del camino antes de elevarse nuevamente hacia el firmamento en otro impulso de vertiginosa incertidumbre.

Quedó el risco como la prueba del miedo que impide a los mortales alcanzar la gloria, o acaso de la prudencia que les salva de morir a manos de su loco afán por alcanzar la felicidad.

El viento seguía creando formas ilusorias sobre el acero y la nada. Trampas oníricas para arrastraban a las mentes incautas hacia al vacío o quizas señales divinas que guiaban a la plenitud. Vivió preso de su propia libertad y esclavo de su irracional deseo de ser apresado, anhelando almas que convertir en duda, vértigo o grito de excitado terror ante la inminente llegada de lo desconocido.

Buzón de correos

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , , , on abril 8, 2011 by silvio11

Pocos conocen la oscura historia de Jurgën Dasz, además los escasos testigos de las transformaciones que sufre en las noches de luna llena. Aunque no tardaron en ser conscientes de la maldición que padecía, sus padres jamás pudieron encontrarle sentido alguno. “Si al menos fuera un hombre lobo o un psicópata…”, divagan al relatar la historia del hombre triste y gris que fue su hijo.

Con la marcha del sol, Hans y Danna Dasz contemplaban aterrados como la boca de Jurgën comenzaba a ensancharse de forma inhumana. También perdía estatura mientras sus hombros se ensanchaban y la piel le adquiría un tono amarillo metálico. Dasz, de ascendencia polaca y ancestros húngaros, era un hombre buzón y cada noche de luna llena buscaba cartas que devorar.

La tragedia ya se intuía cuando Jurgën contaba con diez años. En el colegio, el resto de niños percibía algo extraño en él. Por algún motivo, el joven no parecía disponer de capacidad alguna para imaginar. “Era muy triste verle con sus propios juguetes. Los tenía en las manos así, inmóvil, sin saber qué hacer”, recuerda su profesora, Marta Clover, mientras intenta reproducir la expresión del niño, con la mirada ausente. “Era como si esperara que alguien le dijera qué debía hacer a continuación”, apostilla su padre tapándose los ojos con la mano para ocultar las lágrimas.

De familia pobre y escéptica con eso de los tubos catódicos, Jurgüen terminó descubriendo los placeres de la lectura. Aunque nunca fue capaz de imaginar los mundos descritos en los libros, todas aquellas letras le hacían olvidar su propia inexistencia. “Jamás se sintió protagonista de su vida, sino de la de otros”, asegura Hans. “Es que usted no lo entiende… El niño escuchaba y escuchaba, pero nunca conseguimos que se entusiasmara con nada”.

El joven Dasz terminó estudiando Derecho Mercantil. Para evitar el sobrepeso, adquirió la costumbre de jugar al pádel e incluso inició una relación con una estupenda y alegre muchacha que nunca le fue fiel. “No le molestaba, que va. Incluso me pedía que le contara mis aventuras. Creo que sentía más los besos que me daban otros que los  suyos”, relata amorosa Annia Webbergar. “A mi manera, le quería… Pero es difícil amar a única persona cuando eres consciente de que deseas el mundo entero”. Pelirroja y de mirada risueña, Webbergar confiesa que le dio auténtico pánico presenciar la primera transformación de Dasz. “Una cosa es que alguien te diga que es un hombre buzón y otra muy distinta que resulte serlo de verdad. Yo siempre digo que soy una mariposa, pero coño, no por eso voy por ahí convirtiendo mis brazos en alas las noches de luna llena”.

En algún momento, durante su juventud, Jurgën comenzó a escribir cartas a direcciones escogidas al azar. En ellas relataba su existencia con absoluta frialdad y precisión. “La primera vez que me llegó una de ellas me quedé consternada, pensé que un psicópata me estaba vigilando”. Marieta Hofferhofen, ama de casa de mediana edad, recibió hasta tres misivas de Jurgën antes de que su maldición evolucionara. El psicólogo literario, Ernesto Luppi, señala que la repetición de receptores “no fue algo que ocurriera de forma fortuita. Quería establecer vínculos emocionales concretos y sinceros a través de su propia cotidianidad. En el fondo, anhelaba esas relaciones interpersonales que presenciaba de forma diaria en su entorno”, termina de explicar Luppi con su cargante acento argentino.

Estudioso de las religiones de la comunicación y actual gurú de las redes sociales, Martin Valantine, de quince años de edad, asegura que el proceso de metamorfosis de Jurgën era inevitable. “Él creía estar expresándose, pero lo que realmente necesitaba era una retroalimentación que no podía llegar a materializarse. Al no poner remitente en sus cartas, no había posibilidad de respuesta”. Por eso, el ansia le llevó a convertir su propio cuerpo a un receptor. “No es tan raro. Si aceptas que una mente puede fundirse con Internet, ¿por qué un cuerpo no va a transmutarse en un buzón de correos? Es simple evolución, mecánica en vez de digital, pero evolución a fin de cuentas”.

Con 30 años, Jurgën Dasz, conducido por una necesidad de interrelación humana, hizo un pacto con la luna. Quería conocer historias reales, vidas. A cambio estaba dispuesto a sacrificar si propia alma.

Jurgën pasó años devorando cartas de madrugada. Era como si un sexto sentido dentro de él le dijera en qué punto exacto debía colocarse para saciar su apetito de historias pasionales. Eleuterio Riazor, encargado de correos en un pequeño pueblo de La Mancha, explica la situación. “¿Sabe cuántas personas echan una carta al correo a las tres de la mañana? Ya… yo tampoco. ¿Sabe qué dicen en ellas? Ni yo. Imagine un buen motivo por el que escribiría usted una carta a esas horas… ¿Lo tiene? ¿Sí? ¿A que ya está todo un poco más claro?” Debido a la maldición de Jurgën, miles de pensamientos íntimos y pasionales no llegaron jamás a sus destinatarios. Por desgracia, eso nunca la  importó a Dasz, que seguía aullando a la luna con su tremenda boca de buzón de correos.

Al final, fue el propio Eleuterio Riazor quien le dio caza. “Aquello no podía seguir. Estaba apropiándose de muchos secretos que no eran suyos… La historia de todos los monstruos es triste, pero eso no les da permiso para ser monstruos”.

Ahora, Jurgën Dasz se encuentra recluido en una institución especial para gente rara e inadaptada. Allí, en su habitación acolchada, hace frente al paso del tiempo mientras crece el vacío dentro de su corazón… ¿Han visto alguna vez llorar a un buzón de correos en las noches de luna llena?

La chica sin magia

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , on marzo 23, 2011 by silvio11

A los 20 años descubrió que no tenía poderes mágicos…  Bueno, más bien descubrió que todos los demás sí los tenían. Por eso sabían qué hacer siempre y se entendían tan bien entre ellos.

Cuando caminaba por la calle, sentía sus miradas clavándose en ella. Veía sus reflejos en los escaparates, observándola. Pobre niña, parecían pensar. En las fiestas, hablaban de lo mismo. A la hora de hacer la compra, estaban de acuerdo en la ropa que debían ponerse e incluso sabían qué canal sintonizar todas las noches. Eran telépatas, claro, y ella tenía demasiadas cosas en la cabeza como para escuchar sus pensamientos.

Sus padres intentaron enseñarla, pero no lo consiguieron. Como carecía de un don natural para la telepatía, le dieron pautas de conducta. Aprendió qué hacer, cómo comportarse y qué ponerse. Si cumplía con todos los rituales, los pensamientos llegarían con más facilidad hasta ella. A base de ver siempre el programa que echaban la noche de los viernes, incluso aprendería a ser precognitiva, lo que sería útil para saber qué otros programas tendrían éxito. Desde un punto de vista racional, no parecía demasiado complicado.

Por desgracia, seguía distrayéndose con facilidad. Prefería tararear sus propias canciones antes que escuchar los mismos discos una y otra vez; los libros se le desordenaban en la memoria como sopas de letras;  y nunca supo qué cita interesante escribir en una felicitación, así que no tenía más remedio que inventarlas. Le costaba tanto hacerlo, que al escribir  se le escapaba la puntita de la lengua por la comisura izquierda de la boca.

Era muy difícil caminar por la vida sin ser telépata, precognitiva ni tener memoria fotográfica. Supuso que a alguien con sus carencias nunca le darían un puesto de responsabilidad en ninguna empresa, así que se dedicó a cosas de esas que hacen a los padres torcer el gesto. Tenía un piso pequeño, muy para imperfectos como ella, en la calle con más musgo de la ciudad. Había tanta humedad en el ambiente que era como si el aire estuviese llorando constantemente.

En el barrio también vivían algunos subperfectos, grupos alternativos a los mayoritarios que tenían la capacidad de discernir con claridad las injusticias. Sabían qué estaba mal en cualquier lugar del universo y cómo arreglarlo. Le daban miedo. Con sólo mirarla podían saber que ella era defectuosa.  

Con la cabeza llena de sus pensamientos, las letras desordenadas de otros y las imágenes de algunos más, era casi imposible adivinar nada o tener certezas. Lo único que aprendió fue a distinguir a otros imperfectos como ella. En sus ojos podía verse que ocultaban un montón de dudas y muchas imprecisiones. Eran los desubicados en medio de un mundo mágico que podía catalogar a todos sus habitantes.

Ser

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags , on febrero 17, 2011 by silvio11

Podría ser, si no fuera tanto… ¿Quizás siendo menos de lo que soy? A lo mejor no me devoraría eso de ser y alcanzaría un poco más de lo que soy ahora, siendo sin límites. Podría ser… que bien suena: ser. Podría ser como son otros o como son ellos… siempre ellos, dándome envidia… y celos. Podría ser mejor si fuera menos, supongo. Si supiera no ser tanto… Siempre tanto, como siempre ellos. Que rabia me da ser tanto y no poder ser un poco menos, como los que son silenciosos o como esos de allí, tan felices siendo superficiales. Sería lo que no soy, ESTUPENDO, porque me siento cansado de ser siempre lo mismo. A lo que quiera que fuese no lo importaría tanto lo que es, lo que podría ser o lo que ojalá fuera. Sería más pragmático, tan como los de antes, como esos que vimos en ese sitio, sentados al sol y bebiéndose los segundos… Que envidia me dan los que beben segundos… y que celos. A mí siempre me sale separarlos unos de otros, a los segundos quiero decir. Es como soy. Cada uno tiene su nombre, su peso, su altura y una película preferida. Preferiría ser otro, uno que no supiera el nombre de los segundos. Ser sin ser tanto. No tener estos ojos tan fríos que tengo, que me los veo en el espejo, con miedo de ser porque saben que no saben ser a medias. Ni tener el calor ese que me sube por el pecho, bullendo, imparable. No, ese tampoco quiero tenerlo. ¿Es que sólo puedo ser si soy lejos de todo? Pero yo quiero ser cerca, como los que vi en el césped, que eran dos siendo uno y parecían no odiar. ¿Es que todo tiene que ser con miedo, ira y recelo? Yo quiero ser uno seguro, que se sienta bien sin necesidad de sentirse a salvo en la soledad, donde todo es lo que es y no hay dobles sentidos ni trampas ocultas en las palabras. Yo quiero ser como era antes de tener sueños al margen de la vida, como cuando vivir era un sueño. ¿Ya no somos más los que fuimos? ¿Por qué no puedo ser de los que sonríen? Sería magnifico no tener que andar siempre buscando razones para ser, cada mañana. Sí, magnífico… hay tan pocas cosas que sean magníficas. Querría ser menos para poder ser más o, al menos, para poder ser lo justo. Querría ser lo que creen que soy, pero me temo que no soy nada más que lo que vengo siendo. Querría ser otro, como aquellos, sí, justo como esos en los que estás pensando.

La percepción del asesino (Monstruos IV de IV)

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , , on febrero 3, 2011 by silvio11

En invierno las mañanas son grises. Los árboles, desnudos de hojas, dan a las desiertas calles de la ciudad un aire de postal melancólica. Las pocas personas que se enfrentan al frío se defienden de él con gruesos abrigos, bufandas, gorros y en algunos casos con simpáticas orejeras. Es como si fueran montañas de ropa que se inflarán al nacer la mañana y se desinflaran al caer el sol. Imagina que no hay nada en su interior, que sólo están llenas de aire caliente, de ese vaho que se les escapa por la boca en forma de humo blanco, como si fuera su alma. Caminan rápido, sin tiempo para fijarse en sí mismos o en quienes les rodean, incapaces de apreciar la singularidad de su rutina, la estudiada coreografía que componen, tanto andando como detenidos en una parada de autobús o en un paso de peatones. Les observa, hipnotizado, desde la mesa en la que despacha su café con un par de churros.

Hace unos minutos que ha dejado de llover, pero las nubes siguen tapando el sol de media tarde. El mundo adquiere los tintes de un ocre metalizado. Rendido el cielo, las gotas de lluvia continúan cayendo con una rítmica cadencia que debería demostrar la existencia de una fuerza superior, capaz de ordenarlo todo. Un charco concreto atrapa su atención. Ahora que la tormenta ha parado, se nutre del agua que cae desde el toldo de un quiosco de periódicos. Cada gota tarda cuatro o cinco segundos en desprenderse de él. En cuanto una se precipita al vacío, comienza a crecer la siguiente. Se hincha poco a poco, hasta que pesa demasiado para continuar aferrada a la tela. Al impactar en el charco, crea pequeñas ondas que se deslizan sobre la superficie. No sabe si es una metáfora de la vida o de la muerte.

El pasillo mide unos siete metros. Hay puertas a ambos lados. Puertas que casi siempre están cerradas, que esconden secretos embarazosos como la cocina, un cuarto de baño y la habitación de sus padres, pero la del fondo, la de la abuela, siempre está entreabierta. La luz se escapa de su interior, bañando la pared y el suelo con su calidez amarilla. Es caliente, como calientes son el olor de la abuela, los pliegues de su piel, el brasero que tiene bajo la mesita y sus abrazos. Andar hacia la puerta es como avanzar hacia un lugar seguro. Ella siempre le sonríe. A veces la sorprende rezando y se queda callado, escuchando el susurro constante, como un siseo, que se interrumpe cada vez que el sueño le gana la mano a la devoción.

Ser capaz de identificar las matemáticas de la  belleza no significa sentir su esencia. ¿Acaso la observación me impide integrarme en la armonía del conjunto, ser una pieza más de él ?

 

Es capaz de ver imágenes, metáforas y pautas. Puede eliminar todo aquello que rodea a la esencia, destaparla… y no sentir nada. Anhela formar parte de ella, pero se encuentra en una dimensión diferente, incapaz de tocar el etéreo fantasma que  flota ante de él. Trata de dejarse mecer por la belleza, pero le esquivaba como una amante caprichosa que acaricia sin llegar a besar jamás. Y la soledad crece en su alma. Intenta amarla, pero necesita calor y no el gélido tacto de la distancia. Intenta crearla, pero nunca quiso el arte la mecánica precisión de una mente metódica. Y con más razón que alma se encierra en un mundo de lógica, buscando una forma de abrazar aquello que la mayoría ni siquiera puede ver.

Frío, mecánico, calculador, paciente. Sólo la destrucción se ajusta a los dones que le ha dado la naturaleza. Después del primer asesinato siente algo moverse en su interior. Tengo derecho vivir. Busca la belleza perfecta que le haga estremecer en el momento justo de acabar con ella, pues ya ha perdido la esperanza de ser feliz y el dolor se presenta como la única alternativa a la nada.

La gota de sangre se desliza como una lágrima por su pómulo, desde la pequeña herida que acaba de horadar con el destornillador de estrella junto a su ojo. Le mira con terror, esperando clemencia, indefensa, como una paloma herida sobre el asfalto de la carretera. Le tiembla el labio inferior y lo muerde, quizás para tratar de detenerlo, probablemente para aliviar la tensión. Es consciente del pavor que genera su figura recortada a contraluz. Desde la silla no puede verle la cara, sumergida en las sombras que proyecta la bombilla desnuda, recuerdo de un amanecer que ya nunca volverá a contemplar. Le enseña las fotos de sus hijas y amenaza con ir a visitarlas, con hacerles exactamente lo mismo que la está haciendo a ella, y la ve llorar como no lo hizo mientras le sacaba el ojo izquierdo de su cuenca, con el mismo destornillador que sujeta en alto, amenazante. Llora como sólo se puede llorar por aquello que más se ama, sin egoísmo. La pureza de su amor podría conmoverle, pero no lo hace. Le promete parar a cambio de la vida de una de ellas y acto seguido utiliza el mechero para quemar uno de sus pezones. Ella grita de dolor y de rabia. Repite la operación con el otro, y la oferta. Después acerca el destornillador a su pupila, deteniéndose a pocos centímetros. Ella le implora que no lo haga. Él comienza a introducir la punta, lentamente, dispuesto a hacer palanca. Ella vuelve a llorar. Ya sólo quiere que la mate. Las notas de su voz le recuerdan la desesperación que debe sentir el último rayo de luz del atardecer, consciente de la soledad con la que afrontará su propia desaparición, asustado frente al avance de la noche.  No le saca el ojo, no todavía. En su lugar, decide practicar un nuevo camino, a través de la piel y la carne, hasta las muelas de la mujer. Rasca, arrancando trozos de carne, repitiendo periódicamente la oferta y recibiendo siempre la misma contestación. Al final, incluso le pide que vaya aún más lejos, que apacigüe su sed de mal en la carne de ella. Una santa dispuesta al martirio por el bien sus seres queridos. Y desea que exista un paraíso, para que tenga un lugar al que huir una vez termine de torturarla. Y desea que haya un infierno, para poder escapar él mismo a un lugar en el que pueda sentir algo, aunque sea miedo. No puede ser peor que la nada.

Se sienta, orgulloso, cuando el corazón de ella al fin se rinde y deja de latir. Su espíritu, sin embargo, aguantó hasta el final. Le da un dulce beso a su cadáver antes de trocearlo, bendiciendo su pureza.

Yo también tengo derecho a amar.

El asesino y su mujer (Monstruos III de IV)

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , , on febrero 2, 2011 by silvio11

– ¿Alguna vez has sentido que deberías tener alguien a tu lado, pero que es como si le hubieran recortado del mundo y sólo existiera una silueta blanca junto a ti?

No era guapa ni fea. Amable ni antipática. Ingeniosa ni estúpida. Profunda ni superficial. Soñadora ni pragmática. Era un justo y aburrido término medio compatible con la vida aparentemente anodina que llevaba él. Permanecía callada, mirándole desde su sillón, a un escaso metro del que ocupaba él todas las noches, cuando veían juntos la tele.

Estas son nuestras vidas, separadas por un insalvable metro de distancia.

 Dormía, ella al menos. No había más que un palmo de distancia entre ellos… siempre la distancia. Acababa de despertarse, violento, aunque su respiración permanecía tranquila. Había soñado que estaban así, justo como ahora, frente a frente; que sus manos se acariciaban sin querer; que luego se entrelazaban y de repente comenzaban a besarse sin mediar palabra alguna entre ellos. La pasión le consumía. Al tercer o cuarto beso despertó. Marta dormía plácidamente. Él sentía su corazón agitado. Deseaba volver a dormir, recuperar el sueño y las emociones que, ahora, con los ojos abiertos, se diluían en la realidad.

Marta, caminando nerviosa de un lado a otro de la habitación, le gritaba. Estaba cansada de su frialdad, de la distancia.

Rozas mi piel sin tocarme. Besas mis labios sin estremecer mi alma. Tus lágrimas mojan mis manos sin conmover mi conciencia.

Escuchaba en silencio sus gemidos mientras hacían el amor… o follaban, o lo que quiera que fuese aquello. Ella nunca alcanzaba el orgasmo. Él simplemente se corría, sin hacer ruido alguno, limitándose a tensar los músculos cada vez que eyaculaba. Al principio no parecía importarla, pero un día, pasados los años, después de sacarle de su interior, se tumbo de espaldas a él, casi en posición fetal, como protegiéndose de una corriente de aire frío que acabara de colarse en la habitación. A los pocos segundos comenzó a escuchar sus sollozos. Continuó mirando al techo, consciente de que aquello era por él. Trató de abrazarla. Pidió disculpas. Ella las aceptó en silencio cuando se giró para devolverle el abrazo. No le besó. Se limitó a aceptar la mentira.

Cada mañana, durante uno o dos segundos, la miraba anhelando que pudiera salvarle de sí mismo, deseando descubrir algo dentro de él que fuera parecido al amor. Después, cerraba los ojos, triste, y repetía el papel que tan concienzudamente había aprendido.

– Ojala pudiéramos elegir a quien amar. – Susurró una noche, amargada, mientras veían la televisión.

Él no dijo nada. Se limitó a asentir en silencio. Nunca olvidaba comprarle un regalo el día de su aniversario. Sus amigos veían en ellos una pareja perfecta. Nada fuera de esos dos sillones imaginaba cuan largo era aquel metro que les separaba, únicamente superado por el triste palmo que les distanciaba en la cama. Esa era la verdad, cuanto más cerca estaban, más grande era el abismo.

Un día la encontró a punto de salir por la puerta, con dos maletas llenas de ropa.

– No vuelvas.- Le dijo.- No iré a buscarte. Si fuera capaz de amar a alguien, sería a ti. Podría describir cada una de tus formas de sonreír o mirar a la nada, pero ninguna de ellas me conmueve… Si tan solo pudiera amarte a ti… Contigo sería suficiente para calmarlo todo.

Ella dejó caer las maletas en el suelo, consciente de que no era nada más que un espacio en blanco junto a él. Estaba allí, pero no podía sentirla, no podía salvarle de aquello que le devoraba por dentro, de las largas noches fuera de casa ni de la extrema frialdad de sus ojos.

El día que la estranguló con las manos desnudas, deseó con todo su corazón sentir dolor, culpa o algo que le hiciera saber que la había amado, que estaba destruyendo lo único que tenía algún valor para él, pero sólo encontró el mismo vacío de siempre. Cerró sus párpados con delicadeza y maldijo al mundo. En el pálido rostro de Marta, en las marcas moradas del cuello, pudo ver su tristeza. Ni con la propia muerte había conseguido satisfacer una mínima parte del hambre que padecía su esposo.  Celebraban sus Bodas de Oro. Durante la mañana, antes de acabar con ella y la radiante felicidad que desprendía, sintió ganas de reír. Estaba convencido de que esta vez lo conseguiría, de que después de tantos años, por fin sentía algo parecido al amor. Pobre viejo estúpido y soñador, se acusó frente al espejo, tan impasible como siempre.