Archivo para mi tigre

Recuerdos de mi tigre (Mi tigre II de II)

Posted in 1, extensos microrrelatos with tags on marzo 21, 2010 by silvio11

Mi tigre tenía un nombre que no le puse yo.

Vivía en el salpicadero de mi coche, pero un día desapareció.

Creo que aprovechó un despiste. Buena parte del peso de su cuerpo lo tenía concentrado en la cabeza. Supongo que esperó un frenazo, pensó muy fuerte para que sus pensamientos rompiesen el equilibrio que le mantenía estático, y se dejó caer fuera del coche.

Mi tigre no anda, es de felpa, pero puede concentrarse y hacer que unas partes de su cuerpo pesen más que otras. La sale especialmente bien si tiene agua cerca. También es un experto en aprovechar la inercia para dejarse caer hacia un lado u otro.

Nunca estuve seguro de si se marchó o si le eché sin darme cuenta.

Dicen que esas cosas pasan, que echas a alguien de tu vida sin darte cuenta, sólo por no prestarle atención, tratarle mal… No sé.

A veces pienso que nunca debí permitir que le pusieran un nombre. A lo mejor eso le molestó. Era mi tigre. No necesitaba un nombre porque era el único tigre que había cerca. No había más tigre que él. Si yo hablaba de mi tigre, estaba claro a quién me refería. A lo mejor se pensó que al ponerle nombre le estaba vulgarizando, que tenía más tigres por ahí y que necesitaba ponerles nombre para diferenciarlos a todos.

Menuda estupidez.

Pero tiene su parte de razón. Si un amigo es Amigo, si cada vez que dices esa palabra todo el mundo sabe a quién te estás refiriendo, entonces ¿por qué vas a ponerle otro nombre? Cuando llamas a alguien, también te estás identificando. Dependiendo del nombre que utilices, su usuario sabe a qué círculo de su vida perteneces. Es un poco como cuando las parejas se llaman cariño o cari, que es una horterada, pero convierte a una persona en un todo. Es bonito ser un todo. A lo mejor se pensó que al ponerle nombre le convertíamos en una parte, que ya no era un todo.

Yo también me ofendería si dejase de ser un todo.

A lo mejor simplemente tomé una curva a demasiada velocidad, con la ventanilla abierta, y mi tigre salió disparado de mi coche y de mi vida…

Es duro pensar eso. No pudo gritarme. Los tigres de felpa no pueden gritar alto. Les pica la garganta cada vez que lo intentan.

Mi tigre llego a mi vida cuando le necesitaba. Me sentía solo y él estaba esperándome en una gasolinera. Te regalaban un tigre de peluche con un repostaje superior a los 20 euros. En realidad no me iba a tocar él, pero cuando me vio supo que le necesitaba, así que se saltó un par de puestos en la fila y se vino conmigo.

Congeniamos rápido, aunque siempre tuvo más habilidad entenderse con las mujeres. No le costó nada hacer comprender a Patri que lo de los collares no iba con él. Por eso le liberó y le quitó el que le habían puesto en la ESO. Pude escuchar claramente su primera bocanada de aire como un tigre libre. Así aprendí a odiar los collares. Bueno, ya los odiaba de antes, pero ese día supe que estaba bien odiarlos.

Cuando yo tenía ganas de llorar, se venía conmigo en coche. Dimos largos paseos por la lluviosa primavera de la campiña. A él le encantaban esos verdes tan intensos. Me hizo prometer, siempre con su silencio, que un día le llevaría a Galicia o Asturias para sepultarnos en el verde.

También le gustaba Bruce Springsteen, sobre todo Magic.

Escuchaba mis delirios, aunque lo hacía con una pose extraña, con la cabeza torcida hacia mí mientras su cuerpo apuntaba en otra dirección. Era como si supiera que debía marcharse, pero estuviese demorando su partida sólo para que yo pudiera desahogarme del todo.

Mi tigre es serio y tiene imán para las féminas, pero es un compañero de batallas más que un amigo de esos que dan abrazos. Me enseñó que cuando descubres a un mentiroso, lo mejor que puedes hacer es quedarte callado y dejar que siga mintiendo. Ya no te puede importar lo que esa persona diga, pero tienes ventaja. Si se da cuenta de que le has pillado, a lo mejor inventa una forma nueva de mentir y entonces sí que consigue engañarte. Él siempre aguantaba impasible todas las mentiras.

Mi tigre era duro conmigo, como los maestros más exigentes, pero siempre estaba ahí. Silencioso y fiel.

Hasta que se marchó.

En el fondo fui un poco tonto por no adivinar lo que pasaría. Hay mucha gente que necesita tener un tigre en su vida, pero ellos cada vez son menos, así que tienen que repartirse. No pueden quedarse sólo con una persona. Son demasiado valiosos.

Le busqué un par de días, pero es difícil encontrar a un tigre cuando quiere macharse.

Además, soy consciente de que no me puede escribir. Al menos, no con esas patas de felpa… y tampoco sabría que ponerme en la carta. ¿Qué me echa menos? No va con él. ¿Qué espera que sea feliz? No va conmigo. Supongo que él y yo nos pensamos, como se piensa a los amigos a los que ya no puedes ver, con los que ya no puedes hablar. Él y yo nos cuidamos desde la distancia y siempre tenemos una parte de nuestro espíritu pendiente del otro. Cerramos los ojos y nos vemos.

Ya, es difícil de entender… Lo siento. Supongo que estoy unido a mi tigre de felpa por un invisible hilo mágico, y la magia no es fácil de explicar.

Mi tigre en posición de descanso.                Ilustración: Patricia DubreuilMi tigre en posición de descanso.

Ilustración: Patricia Dubreuil

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Mi tigre (I de II)

Posted in extensos microrrelatos with tags on marzo 19, 2010 by silvio11

Un día me levanté con ganas de no ir al gimnasio. Con ganas de no lavarme los dientes y ganas de no ir a trabajar. Me pareció una sensación extraña, porque habitualmente estas cosas no funcionan así. Por lo que yo sé, lo normal es que la gente no tenga ganas de hacer algo, y no que tenga ganas de no hacer algo. Extraña, sí. Aún siendo cierto que lo único que pretendía hacer era seguir tumbado en la cama, la verdad es que se trataba de un pensamiento positivo. Tenía el deseo activo de permanecer pasivo. Lo que pasa es que la inactividad está mal vista y goza de una injusta mala fama.

Allí estaba yo, tirado en la piltra, que es el término más chavacano que se me ocurre para referirme a la cama y que mejor coincide con el deseo que sentía de malgastar un día de mi vida. Como si las circunstancias estuviesen deseando darle la razón a mis temores, la primera en pasar por mi habitación fue mi madre. Embutida en su traje de faena: bata, guantes de cocina y una perpetua cara de mala ostia que sin lugar a dudas había heredado del perro de mi abuela. Me preguntó indignada si no iba a sacar el culo de las sábanas. Le respondí que no, que ese lunes me lo iba a pasar positivamente tumbado en la cama hasta altas horas de la tarde, que no de la madrugada, por lo que no me parecía que mi postura fuese demasiado censurable. También le pedí, por favor, que llamase a mi jefe para explicarle que en aquella dura jornada el deber anhelado por mi subconsciente y el sugerido por el resto de la sociedad estaban claramente contrapuestos y que debía reconocer, no sin cierto pesar achacable a mi escaso compromiso con las reglas del mundo, que no me iba a ser posible acudir a la oficina. Mi madre despotricó agriamente contra mí y salió de la habitación dando un no portazo, porque, aunque durante unos instantes pareció que iba a desencajar la puerta, lo cierto es que cuando sólo faltaban milímetros para el impacto retuvo la fuerza de su brazo y se limitó a cerrar con un leve click.

Y allí seguía yo, tirado en la cama, mirando el techo y atentando contra mi propia cordura a base de sugerirme imágenes fantabulosos surgidas directamente del gotelé de mi pared. “Fascinante oye”, le comenté al peluche que descansaba junto a mí en la cama y que acostumbraba a acompañarme como copiloto cada vez que hacía un largo trayecto en coche. A él también le pareció bastante sorprendente lo mucho que se parecía a un dragón encerrado en un castillo la conjunción de la mancha de humedad y el relieve de la pintura que había sobre nuestras cabezas. “Resulta que llevamos años durmiendo bajo un animal mitológico y nunca nos habíamos dado cuenta”, continué comentándole. Él no respondió, claro. Es bien sabido que a los peluches no les gusta hablar demasiado porque cada vez que lo hacen se les llena la garganta de felpa, por lo que intentarlo les produce unos picores horrorosos. Sin embargo, sí pude percatarme de cómo se ensanchaban sus ojos y supe que estaba flipándolo (así, en plan guay). Tenía la misma expresión en la mirada que aquel día en el que atravesamos La Campiña en primavera bajo una intensa lluvia. Aunque mi peluche es un tigre, le gustan los verdes de la campiña y aquel día casi se puso a llorar, pero como a mí se me empezaron a escapar las lágrimas antes, tuvo que dejar su sitio preferido (el salpicadero, justo delante del volante) para sentarse sobre mi regazo y coger el volante.

Pasamos la mañana y buena parte de la tarde entregados a la noble tarea de malgastar nuestro tiempo. A eso de las dos de la tarde se nos unió mi padre que, tras pedirme que le hiciera un hueco en la cama, confesó que a él también le apetecía no ir a trabajar. “No pasa nada”, le dije, “hoy no se va a morir nadie porque la piscina municipal se quede sin cobrador en la taquilla… Mientras el socorrista siga teniendo ganas de socorrer, todo irá bien”. También mi madre, que había añadido los rulos a su uniforme habitual, se sumo a la imaginarium party y, para sorpresa nuestra antes que del Señor, demostró tener un talento innato para descubrir falos y demás formas obscenas en las sombras que recreaba el atardecer. Incluso llegó a llamarme un amigo y le convencí para que dejase de hacer cualquier cosa que estuviese haciendo, lo cual fue bastante fácil porque no estaba haciendo nada; se tumbase en alguna parte, algo que tampoco revistió demasiadas complicaciones porque ya estaba tumbado en el sofá; y se pusiese a mirar al techo, encargo rápidamente cumplido porque se había echado boca arriba para hablar conmigo por teléfono. Le pedí que me contase todo lo que veía para ver si podía localizarlo en mis propios aposentos, pero la verdad es que tampoco nos aportó demasiadas novedades. “Normal, es que tú me llamas porque te apetece hacer algo, no porque te apetece no hacer nada”.

Y al final acabó al día. Y llegó la noche. Y al día siguiente me levanté con ganas de hacer cosas y de contarle al resto del mundo que a veces se pierden días; que a veces se ganan; que a veces tienes ganas de no hacer y otras tienes ganas de hacer cosas; que hay secretos fabulosos escondidos en el gotelé de las paredes; que mi padre ha descubierto que no le gusta cobrar a la gente por dejarles usar un agujero lleno de agua, aunque esté climatizada; y que he tenido que ir en taxi al curro porque mi peluche me ha cogido prestado el coche para escaparse a dar una vuelta por La Campiña. Y aunque últimamente sólo digo gilipolleces, algo de razón debo tener, porque mi madre sigue sentada en una silla de la habitación, esperando que la luz del atardecer vuelva a formar imágenes lascivas en la pared de mi cuarto.

FIN