Archivo para Miguel y Ada

Una nana para Gonzalo

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags , on febrero 11, 2011 by silvio11

Hoy he descubierto que casi todas las nanas que conozco van de dar miedo a los niños para que se duerman. Como recientemente me he convertido en tritio, he decidido escribirle una a nuestro nuevo expedicionario de la realidad: Gonzalo. Aunque sólo Dios sabe cuándo podré cantársela, dejo la letra. Cuando esté pedo me grabo y lo cuelgo, para que tengais la melodía.

 

UN SOÑADOR AL RESCATE

Podrías ser una sonrisa en los labios

o el papel de colores en mi regalo de navidad.

El beso de buenas noches que dan mis párpados a tus párpados

o un gato revoltoso, revolviendo en mi soledad.

El suspiro que le nace en el pecho a la lluvia,

justo antes de romper a llorar

o un pirata perdido, sin barco ni agua,

que me aborde en los charcos disfrazado de mar.

Podrías ser un cuento que espere en la nada

a la voz suave que lo empiece a narrar

o la caricia tímida del viento en mi nuca

que me consuele los días en que no quiero soñar.

Podrías ser mi mano y darme un abrazo

o mi imaginación y echar a volar.

Ser mi mitad buena, la que veo si callo,

y la que me cuida, cuando todo va mal.

PD: Ya sé que rimar con infinitivos está muy visto y todo eso, pero se supone que las nanas son facilonas, ¿no? Además, no se me ocurría nada mejor.

Feliz cumple Adita

Posted in extensos microrrelatos with tags on julio 29, 2010 by silvio11

Ada cumplió ayer su primer añito. Creo que fue poco antes de que naciera, cuando su tía Tricia y yo nos pusimos a pensar en el regalo perfecto: un cuento personalizado. A lo largo de este último año hemos estado con ello y, sobre todo gracias al esfuerzo de la tita, hemos conseguido terminarlo. Yo, aquí, cuelgo el texto. Justo es que, quien desee disfrutar de las ilustraciones, visite el blog de mi koala favorito: http://koaladelunares.blogspot.com/2010/07/feliz-cumpleano-ada.html

Ada nació en el segundo que separa la noche de la mañana. En ese segundo que se encuentra situado justo después de la muerte de la última estrella y antes de que el Sol se queda con el cielo para él solo. Son muchos los que creen que no existe ese instante; los que piensan que el paso de la noche a la mañana forma parte de un proceso continuo e indivisible. Se equivocan.

Ada lo supo desde su nacimiento. Nacer en el segundo que separa la noche de la mañana le enseñó a apreciar el instante preciso. Nunca se le escapaban esos momentos mágicos en los que ocurren las cosas. Como cuando mama la mira y sonríe y cuando, justo después de eso, papa sonríe porque ve sonreír a mama. O como cuando el viento cambia de dirección y todas las flores del campo se pliegan a su capricho.

Ada aprendió que en los momentos importantes casi nunca hay palabras, pero casi siempre hay ruidos. Risas, sollozos o ese leve roce que se escucha cuando la yema de unos dedos familiares te acarician la piel. Y luego está el silencio, que algunas veces es capaz de hacer que te estallen los oídos. El silencio que antecede a uno de esos besos que se dan antes con los ojos que con los labios. El silencio que acompaña a las despedidas.

Ada descubrió que esos momentos mágicos, únicos, pueden ser buenos y pueden ser malos. Algunos hacían que la gente estuviese triste durante un tiempo. Otros te ponen contento. Sin embargo, todos están llenos de emoción. Ada es capaz de adivinar el dolor que se oculta detrás del brillo de unos ojos risueños. También sabe que todos los caminos que llevan hasta el instante preciso están llenos de piedrecitas, esguinces y miedos. Ella nunca tendría miedo a caminar. Eso lo ha aprendido de sus padres.

Ada sabe que lo realmente importante es sentir el momento. Saborear las sonrisas y paladear las lágrimas. El segundo que separa la noche de la mañana se siente en el corazón, no se ve con los ojos. Por eso sonríe cuando se cruza con esas personas que se pasan todo el amanecer mirando hacia el cielo con visores especiales. Ella conoce la hora exacta a la que tiene pararse, cerrar los ojos y sentir como desaparece la última estrella del firmamento con un dulce “hasta mañana”.

Ada no le tiene miedo a la oscuridad. Ella nació entre la noche y la mañana. Le gusta que el sol le golpee la cara en los días más calurosos. Le gusta mojarse cuando a las nubes les da por llorar. Le gusta extender el brazo y dejar que los copos de nieve vayan cayendo sobre la palma de su mano. Le gusta el misterio que rodea a la niebla. Y cada vez que la luna sale a dar un paseo, le gusta soñar.

Ada ha visto muchos instantes precisos y no todos han sido bonitos. Al final, ha llegado a la conclusión de que el miedo y la tristeza también son buenos porque te recuerdan que la felicidad no depende sólo de uno mismo. “Que triste sería la vida sino nos hicieren falta los demás”, se dijo un día. Por eso le gusta abrazar a la gente que se siente mal, y que la abracen cuando ella no está bien. Un abrazo sincero siempre te hace recordar que es lo realmente importante.

Ada nunca ha preguntado la hora de su nacimiento No le importan el día, el mes ni el año. Sabe que nació justo después de la noche y justo antes de la mañana porque lo vio en lo ojos de sus padres. Ada sabe que nacer en ese momento exacto, que llegar en el instante preciso a la vida de alguien, no es cuestión de suerte. Es un don que te dan quienes te aman cuando te aman de verdad.

Ada nació en el segundo exacto que separa la noche de la mañana.

Alvite (mi papá me quiere)

Posted in Historias del terruño (Guadalajara) with tags , , on junio 11, 2010 by silvio11

Mi madre me mira con amor, porque cada vez que posa sus ojos en mí sólo ve cosas buenas. Lo de mi padre tiene más mérito, porque se hace una idea de lo que soy, y aún así le simpatizo.

Lunes. Duermo en el sofá de casa de mi hermano después de pasar la noche viendo el segundo partido de las finales de la NBA entre Lakers y Celtics. Escucho una voz que reconozco de inmediato, papa. Ha ido a pasar un rato con su nieta, Adita. Aprovecha el lance y mi debilidad para hacer una foto con su móvil de mis calcetines, escandalosamente desgraciados y rotos. No contento con eso, se la enseña a mi madre, que para la hora de comer ya ha comprado tres cientos pares y amenaza con hacérmelos tragar si no me los llevo.

Martes. Hora de comer. Mi padre se desliza dentro de la cocina. Paradojas de la vida, a mi madre le hace una ilusión tremenda que vaya a comer a casa. Sin embargo, nuestros horarios no coinciden, así que casi siempre como solo. No me molesta, más bien todo lo contrario. A veces, algunos de mis progenitores se cuela dentro y me hace alguna pregunta rápida, como para saber qué tal me va sin molestar demasiado. Hoy le toca a papa. “¿Has leido alguna vez a José Luis Alvite?” “¿Quién es ese?” “Es uno que escribe en La Razón”. “Entonces no, de La Razón sólo me leo a Ussia y es por puro sadomasoquismo”. “Pues deberías, es como tú… o como eso de lo que vas tú”. No sé si tomarme esa última frase bien o mal porque, básicamente, no sé si la dice porque todavía tiene esperanzas puestas en mí o porque considera que, aún con 30 años, no soy nada más que una impostura.

Reflexión: ¿Hay algún columnista de La Razón que se parece a eso de lo que pretendo ir yo? Vaya … Bueno, los de derechas siempre han sido tan puteros como los de izquierdas, lo que pasa es que nosotros lo reconocemos y a ellos les cuesta más. Ya sabes, se van a abortar al extranjero y cosas raras de esas. Ahora, con la derecha laica, a lo mejor empezamos reconocer que todos nos parecemos más de lo que pensamos.

Miércoles. Mañana post victoria de Pau (Dios bendiga a Fisher). Sofá de mi hermano. Voz conocida… Voces conocidas, Adita llorando y… El señor del móvil toqueteándome los pies en busca de nuevos agujeros. Instintivamente me giro y le suelto una patada. No era mi intención, o a lo mejor sí, pero ni siquiera ahora soy capaz de reconocerme a mí mismo que he intentado pegarle una patada a mi padre por buscarme tomates en los calcetines. Por cierto, antes del ataque los encuentra. Después del ataque sale corriendo del salón mientras se ríe como un niño pequeño. Lo que son las cosas, con la mala ostia que tiene y lo abrazable que es otras veces, como un osezno inofensivo.

Jueves. Hora de comer. Incursión de mi madre en la cocina. Dos besos, así, sin venir a cuento. A veces lo hace y mi reacción siempre es la misma: susto inmenso. No me atrevo a decírselo, pero el mundo se ha impuesto al cariño materno. Cada vez que una mujer me besa sin razón o pago previo, desconfío. Me hace una pregunta que no recuerdo y vuelve al sofá. Aparece mi padre y abre la puerta de la terraza que acabo de cerrar. “¿Qué haces?” “Es que huele a fritanga”. “Ya, pero tengo frío”. “¿Tienes frío, a ver si estás enfermo?” “No… bueno, sí que estoy enfermo, pero no es por culpa del frío”. “¿Has leído ya algo de Alvite?” “¿Quién es ese?” “El de La Razón del que te hablé el otro día”. “No, todavía no”. “¿Si quieres te recorto algún artículo y te lo guardo?” Parece que le hace tanta ilusión… ¿Por qué a mis padres les hace tanta ilusión hacer cosas por mí? No, mejor ¿por qué al resto del mundo no le hace tanta ilusión hacerme feliz como a mis padres? Sí, la respuesta a esa pregunta me sería más útil.

Accedo.

Viernes. Mañana post derrota de los Lakers (un tipo gordo que pone caritas nos ha reventado el partido). Sofá de mi hermano. Las voces suenan lejanas. Hoy, que llevo puestos los putos calcetines nuevos, resulta que no le da por pasar revista.

Hora de comer. Aparece con tres recortes de periódico, tres columnas de opinión. Leo dos durante la comida y la tercera en el cuarto de baño. Almas con cremallera refleja con bastante fidelidad mi relación con el sexo opuesto. “Yo he perdido muchas veces la cabeza con las mujeres, pero la verdad es que, no sólo no me arrepiento, sino que siempre he tardado poco en reincidir”. Es buena, pero hay otra mejor: “Ocurre entre los hombres con esta clase de emoción lo mismo que con la impagable sensación que supone almorzar a sabiendas de que después del sensorial placer del paladeo vendrá sin remedio el excitante placer de la defecación”.

¿Papá?

Duro y sentimental está dedicada a Frank Sinatra. “Su piel siempre fue más resistente que la de los zapatos de quienes intentaron pisarlo”. Además, Alvite y yo compartimos admiración por otra virtud que poseen algunos seres humanos: lo bien que hacen las cosas que hacen mal. De hecho, de mí mismo siempre he destacado mi capacidad para perder con cierto estilo.

Este tío mola.

Última, Hernias azules. “En una época de mi vida era un joven pulcro y romántico que se enamoraba de las chicas buenas y recién lavadas… en el que mi aparato digestivo incluso convertía el asco en jabón”. Bueno, todos hemos sido un poco así, ¿no? “Un día mi existencia cambio de aromas y descubrí que, por culpa de las chicas malas, cualquier cosa que me comiese con las manos me sabría sin remedio a pescado”.

Vaaaaaaaaaaaaaaaya. Por cierto, me ahorro las múltiples referencias a bares de cada columna.

Viernes, después de salir del retrete y justo antes de volver a trabajar. Mamá y papá duermen en el sofá. La abuela está viendo el tiempo en la tele. Cojo la cartera, bolsillo izquierdo, y las llaves de casa, el coche y el móvil, bolsillo derecho. Mi padre me intuye y se despierta. “¿Te lo has leído?” “Sí” “¿Y?” “Todavía tengo que entrenar un poco, pero no voy desencaminado”. Sonríe. Es como si, después de tener dos hijos convertidos en padres formales, a ese diario lector de La Razón le hiciera gracia tener un tercero como yo… o como si no le importase tenerlo. A lo mejor se ha hecho a la idea antes que yo.

“¿Te importa seguir guardándome las columnas?”

“Que va”.

Llevo toda la semana sin beber, ni siquiera una cerveza en la puerta de la casa de David por la noche, que es un sitio de puta madre para hacerlo. Nada. Esta noche, sin embargo, no sé… Siento que mi padre me ha dado permiso.

Un refugio del mundo

Posted in extensos microrrelatos with tags , on mayo 19, 2010 by silvio11

Ada respira tranquilidad. Duerme plácidamente dentro de su carrito, con el dedo índice metido en la boca. Tiene los ojitos cerrados. La cabeza ladeada. Y su pecho se mueve muy despacio. Por fin calor. Un poco de calor. Suficiente calor. Cuando suban las temperaturas, ella ya no podrá pasear por esa acera. Pero ahora el tiempo es ideal y se rinde al sol, al calido abrazo del sol, respirando un susurro constante de sueños.

Él se despierta bañado en su propio sudor. Triste. Lo más duro, siempre es despertarse. Si uno quiere saber cómo está, sólo tiene que fijarse en la primera emoción que le asalta cada mañana, cuando tiene la guardia baja. Por lo menos no es la angustia de otros días. Busca una camiseta que ponerse. En la mesilla, junto a su cama, el hielo se ha derretido por completo en el vaso de Brugal. Anoche, cuando su compañero de piso lo dejó allí, se juró a sí mismo no bebérselo. Hoy agradece el sabor del ron aguado.

Nadie sabe qué sueña Adita. Ni siquiera Miguel lo sabe. Ningún bebe puede contar lo que sueña a alguien que sepa hablar. Es la Ley. Los adultos no pueden saber qué sueña un recién nacido porque acabaría con ellos. Por eso tienen que mantener el secreto. Ada sonríe a sus sueños. Les abraza y, sólo muy de vez en cuando, le dan miedo.

El sol pega duro en la calle y se arrepiente de haber cogido la chaqueta. Si lo hubiera pensado… probablemente se la habría pues igual. Es como una coraza más. No puede dormir a pecho descubierto, sin ni siquiera una manta, ni caminar por la calle con una simple camiseta. Se siente desprotegido. El sol recorta sombras definidas en la calle. Recortes de realidad hechos en el suelo. Fantasea con la posibilidad de que sean agujeros negros y siente la tentación de lanzarse de cabeza contra uno de ellos. En el peor de los casos se abriría la cabeza y la darían la baja.

Miguel estudia a Ada tratando de recordar los sueños que tenía él a su edad, pero… aunque hay algo, como una imagen que flota delante de sus ojos, como una sensación o una idea, no es capaz de concretarla. Y sólo ha pasado… cuánto, ¿un año y medio? En un año ha olvidado sus sueños de bebe. Le da miedo olvidar igual de rápido sus sueños de niño. Miguel se sienta en la calle, al lado del carrito de Ada.

El sol es como una fuente de energía, pero no de optimismo. Se siente capaz de seguir caminando, pero sin demasiadas esperanzas de nada. Le apetece sentarse en un escalón, un banco o un parque y mirar a su alrededor. Ver la gente pasar, abrazarse, hablar, pensar, correr. Ver la vida en pleno movimiento. Sería como ver una película a cámara lenta. Es probable que al final se le moviese una fibra en lo más profundo de sí mismo, sólo a base de mirar, de vampirizar la vida a través de otro.

Poco saben los recién nacidos sobre la vida. Para ellos, casi todo es instinto. El amor, el miedo, el hambre, todos los sentimientos son demasiado puros. Ningún adulto podría sentirlos dentro de su corazón sin volverse loco. Por eso han aprendido a relativizarlo todo y a ser prácticos. Si no fueran mezquinos, no podrían seguir respirando. Si un adulto tuviera un sueño de bebe, al despertar empezaría a llorar desconsoladamente, por miedo al desamparo presentido o por añoranza de la belleza perdida, pero no podría dejar de llorar. Lloraría hasta que su cuerpo se quedase sin lágrimas, hasta que su piel comenzase a arrugarse, deshidratada, y su mismo corazón perdiese volumen, consumido por la intensidad de las emociones.

Sentado en su banco del parque, mientras observa la vida pasar a cámara lenta, trata de recordar algo que le haga ilusión. Algo que le haga sonreír y no esbozar una mueca de fastidio, como si todo fuesen problemas. Algo que le devuelva la paz perdida. Y cae en la cuenta de que todo lo bueno que le ha ocurrido, al final resultó ser malo.

Se alegra de no tener más ilusiones que romper.

Los bebés saben muy poco sobre la vida real. Por eso los sueños no pueden hacerles daño.

Una paloma picotea pan del suelo. Considera que ya ha llegado el momento de marcharse  y volver a ser parte de esa vida que avanza a cámara lenta mientras devora segundos. Caminar a ninguna parte, porque ya no sabe de ningún lugar en el que pueda sentirse a salvo. Hace de las calles su hogar. Su eterna huída. Su forma de esquivar al resto del mundo.

El mismo Miguel añora aquellos sueños que ya casi son olvido. Recuerda pequeños fragmentos de ellos y, aunque no puede encontrar las palabras, siente destellos de vida corriéndole por las venas, naciendo de envites oníricos casi olvidados, empujándole hacia delante. Comprende que esos sueños de los que nadie sabe nada, los de los recién nacidos, son una fuente de energía para el resto de la vida.

Está cansado. Cansado y vacío. Convencido de que la edad le ha ganado la partida. Encerrado en su cárcel de rutina asfixiante. Con la mirada perdida y ganas de tomarse otra copa. Sin saber muy bien cuál será el próximo paso o si tendrá las fuerzas necesarias para darlo.

Miguel mira a su alrededor y ve un mundo de adultos repletos de certezas. Seguros de sí mismos. Conscientes de la realidad en la que viven. Capaces de hacer lo necesario para conseguir sus objetivos. Adultos a los que no les queda un solo chispazo de los sueños que tuvieron siendo niños. Adultos que triunfarán y serán admirados.

Cansado de vivir en el mundo, camina hasta que alguien le da una cerveza y le pone al lado de un carrito de bebé, con un niño de apenas dos años agarrado de la mano.

Miguel se pregunta si la vida en la que triunfan todos esos adultos es una vida que merece la pena y si la felicidad que les espera es la felicidad que a él le interesa. Miguel se pregunta si realmente la felicidad, el mundo y el triunfo son lo que los mayores dicen que son. A fin de cuentas, quién hay menos apropiado que un adulto para definir la felicidad. ¿Acaso no es mucho más feliz un niño feliz que un adulto feliz? ¿Por qué nadie le pide a ese niño feliz que defina la felicidad? Miguel sabe que existe una felicidad compartida y otra egoísta… Y prefiere dejar la respuesta en blanco cuando se pregunta cuál de las dos le será más propia a una sociedad construida por adultos prácticos, lógicos y razonables.

Miguel se agarra a su tío que, con cara de pánfilo y después de rascarse la barriga, se agacha para ponerse a su altura.

– ¿Has visto Miguelón? La prima está dormida.

Ada chupa su dedo índice. Duerme. Sonríe.

– ¿Qué estará pensando?

Miguel, en su interior, le lanza una mirada paternal. Por fuera, simplemente se acerca un poquito más a Ada. Cuando se gira para mirar a su tío, nota que hay un brillo especial en su cara. Los sueños de Ada saltan de su carrito y se mezclan con los rayos de sol que atraviesan el cuerpo de su tío, aportándole algo de vida. Miguel tiene ganas de reír.

– Mida tío, ¿haz vizto que zapaz maz chudaz tengo?

La vida sigue sin hacer daño unos minutitos más. Los suficientes para tener una idea.

– ¿Miguel, has pensado alguna vez en robar la luna para Ada?

Gracias Bea por la canción. La verdad es que venía al pelo.

MAGIA (III de III)

Posted in 1, extensos microrrelatos with tags on febrero 26, 2010 by silvio11

Ilustraciones: Patricia Dubreuil

Abrió los ojos. Una mariposa gigante, casi tan grande como el mago, pasó volando ante él a toda velocidad. Era morada. Familiar. Era la mariposa de Ada. Todavía la estaba mirando cuando una niña de unos diez años la siguió corriendo.

– Vuelve, no te vayas.- Gritaba.

A Miguel le resultaban conocidos los rasgos de la niña. Era Ada.

– Ada. – Grito entusiasmado.

La niña se giró para mirarle.

Iba tocada con una especie de corona de juguete y, al observarla fijamente, uno podía distinguir lo que realmente sería de lo que podría ser. Los trazos concretos que componen la personalidad de una persona, de aquellos que sólo son un boceto sobre el papel.

– Es un sueño.- Le explicó el mago, que permanecía sentado a su lado.- El alma está compuesta de sueños, deseos, ilusiones, fantasías, miedos, amor, odio… Lo que hemos sido y lo que podemos ser representan el 90 por ciento de los que seremos. – El mago miró a su alrededor. Cientos de Adas corrían de un lado para otro.- Esto va a ser difícil Miguel.

A unos metros de ellos, un Ada de unos 30 años lloraba amargamente, sentada en una silla, sin más compañía que sus propias lágrimas. Miguel se levantó y trató de caminar hacia ella, pero, al verle, la porción de suelo en la que se encontraba la chica se elevó en el aire y salió disparada hacia el cielo.

– No quiere que la alcancen. Prefiere estar sola para poder llorar tranquilamente por su soledad.

Risas. Miguel se giró y vio a Ada, con la cara llena de arrugas, jugar con unos niños que no debían superar los seis años. Parecía divertifo. Miguel quiso ir a jugar con ellos, pero el mago le detuvo.

– Tampoco es verdad, no pierdas el tiempo. Por ahora, la mayor parte son fantasías que se repiten en infinidad de versiones de sí mismas.

El mago miró a su alrededor y sonrió satisfecho.

– Al menos hemos tenido suerte. Al ser la última alma que ha devorado el hada, todo está aquí, al principio de su estómago. Cuanto más tiempo esperemos, más se irá apelotonando con el resto de almas que se ha tragado… Malditas hadas, siempre creen que la mejor solución para los problemas es quitarle el alma a la gente.

Empezaron a caminar lentamente a través de una cosa muy esponjosa que a Miguel le hizo pensar en la palabra dafur.

– Cuando consiguen acabar con las lágrimas se marchan corriendo, por eso no echan de menos las risas sinceras.

El eco de unas voces llegó desde todas partes. No decían nada con sentido, pero a Miguel le resultaban familiares. Eran los papás de Ada. Su tío le hacía sentir seguro. Su tía generaba calor dentro del pecho. Se detuvo un momento e inspiró las palabras por la nariz sin ninguna dificultad. Se llenó los pulmones con su seguridad y su candor. Le entraron ganas de sentarse en el suelo y no avanzar un solo metro más.

– Miguel, vamos. A todos nos gustaría quedarnos a vivir en los buenos momentos, pero no puede ser, hay que seguir avanzando. Ningún buen momento es eterno. La gracia está en buscar una sucesión eterna de buenos momentos.- Le comentó sonriendo.

Llegaron hasta un punto en el que la sencillez de los sueños y temores de Ada se convertían en cosas más… enrevesadas. Un señor mayor y feo hacía muchos trabajos, a cada cual más complejo que el anterior, mientras un grupo de personas le observaban y aplaudían.

– No ama Ada.

– Ya. – Corroboró el mago que, pese a todo, avanzó unos metros para asegurarse de que no había ninguna parte del alma de la niña que se hubiese mezclado con la de aquel adulto. – Si sólo la quería para esto, tampoco es que le estuviera dando demasiado uso.- Comentó mientras veías escenas laborales, sexuales y algún que otro miedo egoísta.

Cuando regresó con Miguel, se dieron la vuelta para ver los millones y millones de Adas que debían llevar… a dónde. No tenían muy claro cómo sacarlas de allí. Miguel preguntó con la mirada al hechicero.

– Tampoco es que yo sea un experto en estos temas… ¿Tienes una bolsa grande en las que meterlas a todas?

Miguel negó con la cabeza sin apartar la vista de él.

– Vaaaaaaaaaaaaaya.

– Utilizar los recuerdos. – La voz, femenina, llegó desde el suelo, donde estaba tumbada un Ada adolescente. Tenía vaqueros, las piernas flexionadas y un montón de revistas la rodeaban. Ni siquiera apartó la vista de la que estaba leyendo, una de cine.

– ¿Qué has dicho?- Preguntó el mago.

– Todavía soy pequeña, así que todos mis sentimientos, emociones y sueños tienen un punto en común, el pasado desde el que se proyectan al futuro. Cuando sea mayor seré un poco de todo lo que me haya pasado. Las experiencias que viva y la gente que conozca me irán formando, pero ahora mismo, casi todo nace de de dos o tres recuerdos

El mago pensó que le molestaba hablar con una chica a la que ni siquiera podía ver la cara, pero sus palabras tenían lógica.

– Buscar algo que tenga suficiente fuerza como para atraer a todas las versiones de mí misma que hay andando por aquí y hacer que os sigan hacia la salida.

Miguel levantó la mirada… La salida. Era fácil. Si en una dirección estaban las almas que se iban mezclando unas con otras, en la contraria debía estar la salida, ¿no?

– Pues sí que eres lista. – Reconoció el mago.

– Ya, es que por ahora me paso todo el día en la cuna, menos cuando estoy jugando con papa y mama, comiendo o durmiendo… Cuando eres un bebe tienes mucho tiempo para pensar. Lo que te fallan son las cuerdas vocales.

Un recuerdo poderoso. De repente, Miguel tuvo una idea. Un recuerdo poderoso y reciente que pudiera ser significativo para Ada… Su mariposa.

Tras pasar varios minutos lanzándole miguitas de pan, el mago y Miguel consiguieron atraer a la mariposa gigante lo suficiente como para explicarle la situación. Ella accedió a ayudarle e incluso le dio una buena idea a Miguel, que se hizo con una cajita de barro fabricada por un Ada ceramista para atrapar en ella las voces de sus tíos. Después, montado a lomos de la mariposa, fue dejando escapar pequeñas ráfagas de palabras dulces, seguras y calidas. Las Adas de todas las edades levantaron sus cabezas hacia el cielo, incluso la adolescente que leía revistas, y comenzaron a seguirles. El mago, desde el suelo, vigilaba que ninguna se quedase rezagada.

Todo el futuro y los sueños de Ada persiguieron sus recuerdos, buenos y malos. A la gente que querían y que aún estaba esperándolas. A los seres fabulosos que adoraban y que ya se habían ido, para siempre, pero que seguían dentro de ellas. Todo el futuro buscó el pasado mientras el pasado viajaba hacia el futuro para unirse en un solo tiempo, el presente en el que se viven los sueños que alguna vez tuvimos, en el que se añoran los sueños que alguna vez perdimos, y en el que se anhelan los sueños que pretendemos convertir en realidad. Qué es un alma si no sueños, se preguntó el mago, si no recuerdos. Caminó despacito, disfrutando del olor a ahora que lo inundaba todo.

Cuando volvió a casa, Miguel, cansado, se guardó al mago en el bolsillo y apenas tuvo tiempo de meterse en la cama antes de quedar profundamente dormido.

En su cuna, Ada abrió los ojos y recordó a la mariposa. Sintió ganas de llorar porque ya no estaba, pero sonrió al sentirse afortunada de haberla conocido.

MAGIA. Interludio (II´5 de III)

Posted in extensos microrrelatos with tags on febrero 26, 2010 by silvio11

Resumen: Tras la muerte de la mariposa de Ada, Miguel intenta hacer un hechizo que le permita devolverle la vida y así darle una alegría a su prima. En vez de eso, invoca un hada que le roba el alma para evitar que la niña vuelva a sentir pena. Lo malo es que también le quita la posibilidad de experimentar una felicidad real. Decidido a recuperar su alma, y tras superar un pequeña trampa tendida por su amigo el hechicero para protegerle, Miguel vuelve a invocar al hada.

El hada volvió a aparecerse ante ellos, incrédula. Les miró y, cuando intentó a hablar, un enorme bostezo acaparó toda su boca. El mago no pudo evitarlo y retrocedió un par de pasos para colocarse detrás del joven aprendiz mientras intentaba disimular su nerviosismo.

– Miguel, no es que no me alegre de verte, pero necesito descansar. Me ha costado mucho ayudar a tu prima.- Le dijo el hada.

Miguel la miró enfurruñado.

– Queo ama Ada.

El hada sonrió.

– Pero eso no puede ser, se la hemos quitado para que no sufra.

– No guta.

El comentario de Miguel provocó una inmediata sorpresa.

– ¿Es que quieres que sienta dolor y que esté triste?

Miguel asintió con la cabeza, muy serio.

– Pues lo siento, pero no puede ser. – Dibujó un círculo en el aire con su dedo índice y, cuando lo hubo cerrado, su interior se convirtió en un espejo en el que se reflejaba la imagen de Ada dormida. Parecía que nada en este mundo pudiera trastocar su sueño.- ¿Quieres despertarla para que vuelva a estar triste?

Miguel asintió con la cabeza, muy serio.

– Las de tu especie no podéis entenderlo porque siempre le estáis dando la espalda al dolor. –Intentó explicar el mago desde la espalda de Miguel, con un tono de terror más que marcado en su voz-. Descartáis las penas constantemente, como si no fuesen una parte más de la vida. Por eso vuestra felicidad es tan vacía y sabe a cartón, porque no os importa nada más que vosotras mismas. No aprendéis nada del dolor, no a conoceros, no a conocer lo demás, ni a distinguir las cosas importantes de las tonterías. Sólo buscáis la risa, flotar por encima de los sentimientos, no sumergiros en ellos.  

Las alas del hada zumbaron con furia cuando pasó por encima de la cabeza de Miguel y se situó cara a cara con el mago. Estaba realmente enfadada y, aunque no fuera más grande que la palma de la mano, su ira daba bastante miedo.

– ¿Quién eres tú para juzgar el dolor que puede sentir un hada? ¿O para decirle a nadie cuánto debe sufrir?

El mago bajo la vista, avergonzado.

– Sólo tienes que ver lo que has hecho.- Levantó su mano y, con el dedo índice extendido, señaló la imagen de Ada, tumbada en su cuna, con los ojos inexpresivos.

El enfado del hada pareció incrementarse. Su cabeza tembló levemente y el color de sus ojos pasó del violeta al rojo.

– ¿Queréis su alma? Bien, pues vosotros, que sois tan sabios, tendréis que buscarla. Vosotros, que todo lo sabéis, tendréis que separar los pedazos de sus risas y sus llantos de los pedazos de las risas y llantos de otros.

El hada gesticuló con sus brazos y pronunció unas palabras indescifrables. Miguel notó unas cosquillas en el estómago y vio como su mano comenzaba a convertirse en una especie de polvo que era directamente ingerido por ella. Y tras su mano fue su brazo, y tras su brazo su hombro, y tras el hombro el resto de su cuerpo. Lo último que escuchó antes de ser completamente digerido fueron las palabras del mago.

– Te lo advertí, son muy brutas.

MAGIA (II de III, creo)

Posted in extensos microrrelatos with tags on enero 25, 2010 by silvio11

La dirección lamenta la larga extensión del post que sigue. Esperamos que comprendan que algunos cuentos es imposible fraccionarlos más. Hemos hecho auténtico propósito de enmienda y ya estamos pensando en relatos más breves.

Miguel cerró el cajón. El hada volvía a estar encerrada dentro de su prisión de metal y él se notaba extraño. Miró al mago, que permanecía callado y un poquito nervioso a su lado.

Cerró los ojos.

El mundo se movió hacia atrás. ¿Cuánto? No podía precisarlo.

De repente estaba en casa de sus tíos. Sentado en el suelo, con el colgante en la mano, frotándolo con todas sus fuerzas mientras el miedo crecía en su interior.

– Rápido Miguel, sécalo, sécalo del todo. – Le apremiaba el mago mientras el hada succionaba el espíritu de Ada.

Cerró los ojos. O a lo mejor el mundo simplemente se volvió negro.

Volvía a estar en casa de sus padres, frente al cajón en el que mamá tenía guardado el colgante, pero estaba abierto. Su lágrima, con la mejor de sus intenciones, acababa de caer sobre él. El aire chisporroteó. Ante los asombrados ojos de Miguel, el metal comenzó a contorsionarse sobre sí mismo. Era como si… se estuviera desperezando.

Cerró los ojos. No, no los cerró. Ahora estaba seguro. No había parpadeado. Era el mundo el que se apagaba y encendía a voluntad.

Miró el cajón, cerrado. Algo seguía sin funcionar del todo. El tiempo estaba descolocado. Miguel buscó respuestas en el mago, que parecía tan extrañado como él.

Esta vez las imágenes se fundieron. Paso de un punto a otro del tiempo sin respiro alguno. Su misma boca se abrió sin que él se lo ordenara.

– Iposa.

El hada le sonreía beatíficamente. Era tan pequeña como la palma de su mano y revoloteaba delante de su cara. El zumbido que hacían sus alas era un poquito molesto, pero era tan hermosa que resultaba imposible no perdonarle cualquier cosa. Llevaba un camisón verde que había sido cortado a la altura de las rodillas. El color de su pelo, recogido en una coleta, viajaba entre el rojo y el morado. Dos ojos de un brillante violeta le daban la última pincelada a un conjunto fascinante.

– Una mariposa…

Miguel asintió entusiasmado con la cabeza, sólo que delante de él no había nada más que un cajón cerrado y un mago que le tiraba de la manga de su camiseta. Sus ojos se abrieron como si despertase de un sueño, aunque estaba seguro de no haberse quedado dormido.

Ada miraba a su primo con terror en los ojos. Estaba en su cuna, indefensa. El hada seguía tragándose todas las sonrisas que le quedaban por ofrecer al mundo. Y cuanto más absorvía, menos colores era ella capaz de ver a su alrededor. Todo se volvía gris. Miguel, sentado en el suelo, sostenía en su mano un pañuelo y un colgante que parecía que nunca iba a dejar de estar húmedo.

El colgante seguía desperezándose… No, en realidad el metal no se movía, era como si otra cosa que estuviese dentro de él estuviera cobrando vida, como si intentase fugarse de una funda grisácea que recubriese todo su cuerpo. El primero en conseguir romper el envoltorio fue un bracito. Después le siguió una pierna chiquitita. Y al final la cabeza del hada consiguió escapar de la red en la que había estado atrapada. En cuanto se sintió libre, echó a volar por toda la habitación de un lado para otro, agitando sus alitas a toda velocidad, soltando breves carjadas de fascinación y alegría. El colgante volvía a ser un pedazo de metal, pero estaba húmedo, como si no pudiese dejar de sudar.

El cajón de la mesilla de sus padres volvía a estar abierto y era la mano de Miguel la que sujetaba el tirador. En seguida lo cerró. Estaba perdido. Perdido en el tiempo o perdido en sus propios recuerdos, no estaba seguro. El mago le miraba con franca preocupación mientras se mordía la parte inferior del labio.

– Estás embrujado, todavía no hemos ganado.

– ¿Ién? –Miguel no conseguía recordar contra quién se suponía que estaban luchando. Sólo sentía una urgencia, pero estaba demasiado confundido.

El mundo no dejaba de fundirse ni un solo momento.

– ¿Tú me has salvado? ¿Has sido tú?- Le preguntó el hada sobreexcitada.

Miguel sonrió y asintió con la cabeza.

El hada se acercó a él y le dio un milimétrico beso en la mejilla. Era pequeñísimo, pero notó de inmediato una agradable sensación en todo su cuerpo, un escalofrío que le recorrió de arriba a bajo.

– Guta. – Le confesó al hada sonriendo.

– Tienes que centrarte en el ahora, Miguel. No puedes estar mirando hacia atrás o terminarás por confundirlo todo. Si mezclas las cosas nunca sabrás cuando es el ahora y perderás la oportunidad de vivir. – Se afanaba por explicarle el mago. Por desgracia, Miguel era incapaz de detenerse más de un segundo en el momento actual.- Escucha mi voz. Cierra el cajón y vuelve a tu cuarto.

Algo no estaba bien. Nada estaba bien. Ada le necesitaba.

Fundido.

Casa de los tíos. Cuna de Ada.

– ¿Echas de menos a tu mariposa? – Le pregunto el maravilloso ser alado a Adita. Ella, sonriendo, asintió con la cabeza. – Pero tú sabes que hay cosas que no pueden regresar, ¿verdad?- En cuanto terminó la frase, Miguel supo que algo no iba bien. Se suponía que sí iban a traer de regreso a la mariposa.

Fundido.

Casa y habitación de papá y mamá.

– ¿Y está triste tu prima porque ha perdido su mariposa?

Miguel respondió con un gesto afirmativo.

– ¿Y tú quieres que deje de estar triste?

Otra afirmación.

Fundido.

Casa de los tíos. Cuna de Ada.

– Ya no vas a estar triste nunca más.

Todo gris, ni blanco ni negro. A Ada se le estaban consumiendo los colores, los extremos. Todo gris. Tenía las mismas ganas de reír que de echarse a llorar: ninguna. Era como si no mereciese la pena sentir pena ni dolor por nada.

El hada viajó escondida entre el pelo de Miguel hasta la habitación de Ada. Ella dormía plácidamente. En cuanto la vio, abandonó a toda velocidad los cabellos de Miguel y se puso frente a la dulce niña a la que apenas se escuchaba respirar. El zumbido de sus alas despertó a Ada, que primero la confundió con una nueva mariposa y luego se quedó prendada de su hermosura.

– MIGUEEEEEEEEEEEEEEEEL

El cajón estaba abierto. El medallón ya estaba en su mano derecha mientras que con la izquierda se daba un pellizco enorme en la pierna, intentado provocar alguna lágrima. El mago le estaba gritando justo al oído.

– No vuelvas a invocarla. Ves a tu cuarto. Hazme caso.

Fundido.

Casa de los tíos. Cuna de Ada.

Algo iba mal. No se trataba de eliminar el dolor. Se trataba de invocar una mariposa como la que Ada había perdido.

– Sécalo del todo.- Le seguía apremiando el mago.

El hada se inclinó sobre la boca de Ada y comenzó a aspirar. Llantos y risas comenzaron a salir mezclados del pequeño cuerpo de su prima.

– Me gustaría que hubiese otra forma de llevarme tu dolor, pero es muy difícil separa los extremos.

Sí, algo iba pero que muy mal. Miguel miró a su alrededor buscando ayuda y entonces recordó que tenía a su mejor consejero para estos temas guardado en el bolsillo.

En cuanto recuperó su metro y medio de estatura, Mickey Mouse miró a su alrededor y evaluó la situación.

– Es un hada de agua Miguel, un hada de agua. – Le alertó.

Fundido.

Casa y habitación de papá y mamá.

Notaba como una lágrima se le empezaba a formar en el ojo derecho.

– Suéltate la pierna Miguel. Hazme caso o todo volverá a empezar.

Fundido.

Casa de los tíos. Cuna de Ada.

Miró atentamente a Ada, al hada y escuchó el sonido de las risas y los llantos que viajaban de una boca a otra.

– Le está quitando el alma. Miguel, le está quitando el alma. Miguel, rápido, seca el colgante.

Superposición de tiempos.

Miguel miró los dos colgantes que tenía en la mano. Uno, en un tiempo, estaba mojado y pretendía secarlo. Otro, ahora, esta seco y pretende mojarlo. ¿Qué es lo correcto?

– Sin alma no hay dolor. – Le susurró mentalmente el hada.

– Sin dolor no puede haber alegría.- Le gritó el mago mientras Miguel se afanaba por seguir secando.

Gris, gris, gris. No importa nada. En un mundo de blancos y negros, hay extremos. Sin extremos sólo hay un justo punto intermedio en el que nada puede conmoverte.

El hada cerró la boca. Había terminado de chupar el alma de Ada, que permanecía inmóvil en su cuna. Miguel, al darse cuenta, se echó a llorar. Las lágrimas volvieron a caer sobre el medallón que sujetaba en la mano. El hada volvió a su cárcel de metal.

– He terminado, ahora debo regresar. Gracias por los segundos de libertad.

– No guta.- Dijo Miguel mirando a Ada, pero ya era demasiado tarde. El hada había regresado a su cárcel creyendo haberle hecho un favor a los dos niños.

Mickey miró a Miguel con pesar en sus ojos mientras devolvían el colgante al cajón de papá y mamá.

– Lo siento, no hay nada que podamos hacer- se disculpaba el ratón-. Sería muy peligroso dejar que volviera a ser libre. Lo entiendes, ¿no?

No, no lo entendía. Su prima había perdido el alma por una estúpida mariposa y allí estaba él, a punto de dejarlo todo correr.

Miguel, de pies, pellizcándose la pierna, con las lágrimas rodando por sus mejillas, permanecía fiel a su impulso. El mago le pedía que parase.

– Sólo conseguirás perder tu propia alma.

– Lo siento, no hay nada que podamos hacer. Sería muy peligroso dejar que volviera a ser libre. Lo entiendes, ¿no?

Miguel dejó el colgante en el cajón de la mesilla de mamá. Cerró con cuidado, dubitativo. Algo no estaba bien. Miró al ratón.

– No guta.

Mickey abrió mucho los ojos. Miguel se quitó las gafas de ver la realidad, consciente de que con los seres mágicos había que tratar en igualdad de condiciones. Asustado por lo que Miguel estaba a punto de hacer, el mago intentó un último truco para evitar que el niño siguiera jugando con fuerzas que no podía manejar.

– Confundis. – Gritó mientras gesticulaba con los brazos lanzando un hechizo capaz de hacer que Miguel se perdiera en el tiempo reciente.

Las lágrimas del niño volvieron a caer sobre el medallón. El aire volvió a chisporrotear. El aprendiz miró al mago enfadado. Había estado a punto de evitar que intentase salvar a su prima.

– Lo siento Miguel, me daba miedo perderte a ti también.

Miguel le perdonó sin decir una sola palabra. El ratón lo supo y se colocó junto a su aprendiz. El hada estaba a punto de volver a romper su prisión.

– Las hadas de agua son unas inconscientes… y muy brutas. Hay que manejarlas con mucho cuidado.

Miguel asintió. Sí, esta vez tendrían mucho cuidado. Ada necesitaba que lo tuvieran.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE.