Archivo para monstruos

Atroz

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags , on julio 29, 2011 by silvio11

Tenía un cordero disfrazado de rutina.

Pobre cordero, pobre cordero.

Pacía por el campo tranquilo y descuidado.

Pobre cordero.

Siempre se acercó a todos aquellos que quisieron acariciarle,

mi pobre cordero,

y creo que vi lágrimas en sus ojos cuando le lleve a la última habitación de nuestra casita roja.

Pobre cordero, pobre cordero.

Cuando cierro los ojos para dormir, nunca escucho sus agónicos chillidos…

y siempre tengo sueños hermosos.

Mi pobre cordero.

Almas paralelas

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags on mayo 25, 2011 by silvio11

Todo acaba con un disparo, como suelen terminar las historias.

Sus ojos parecían un agujero negro dispuesto a tragarse mi alma además de la suya. Le miré mientras continuaba apagándose y… nada. Supongo que incluso la muerte es pueril cuando la observas de cerca… Que dos vidas sean paralelas no quiere decir que tengan la misma longitud.

Se hizo sacerdote antes de que yo llegara a ser pecador. Por las noches teníamos las mismas pesadillas. Sólo nos diferenciaba una cosa, él siempre llegaba al final del sueño. Supongo que eso le enseñó a temerse. El viento nos despeinaba el pelo, dejándolo exactamente igual. Era como si la naturaleza quisiera mandarnos un mensaje.

Rompió el espejo de su cuarto de baño en primavera. Yo lo hice un día de año nuevo. Me compré otro. No quería que los invitados pensaran cosas raras al verlo. A él nadie iba a visitarle jamás. Ni siquiera se molestó en limpiar la sangre de los trozos de cristal. Le gustaba mirar a través de ella, como si estuviera viendo una fotografía de su espíritu.

Nos conocimos una tarde de otoño, en un pequeño parque. Habíamos oído hablar el uno del otro, pero sin llegar a encontrarnos jamás, cosas de los pueblos grandes. Cuando sentí sus ojos, supe que me había visto exactamente como soy. Él estaba horrorizado y los niños jugaban en el parque, ajenos a los lobos. Comía pipas, yo, mientras él se escondía bajo la sombra de un árbol. No sentí miedo. Estaba seguro de que sería incapaz de delatarme. Se avergonzó y dejó de espiarme. Habría sonreído, pero sentí por él la lástima que nunca había sentido por mí.

Volvimos al parque. Yo esperaba mi presa y él aguardaba… No sé, me tenía intrigado. Al final no me interesaba nada más que su cuerpo culpable, aunque el pecador fuese yo. Así de cabrona es la moral. Él, tan recto y consciente. Tan condenado a ser infeliz. Una noche, al llegar a casa, me estaba esperando junto a la ventana. Intuí su presencia antes de encender la luz y decidí dejarlo todo a oscuras. “¿Has venido a detenerme?”, pregunté mientras trataba de recordar dónde estaba el candelabro. Respondió con una seca y breve negación. “He venido a que no me dejes empezar”. Le miré extrañado. “¿Aquí?”. “Donde quieras”. Nunca había confiado tanto en nada como en la voluntad que tenía aquel hombre de morir.

Cogí mi caja de los recuerdos antes de salir de casa. Cromos, peonzas, pulseras… nada era mío. Al verme con ella debajo del brazo, sacó una estampita vieja y usada. “Me la regaló mi abuela. Siempre ha estado conmigo”. Asentí, satisfecho. No era mi tipo y lo sabía, pero incluso en el sexo se pueden hacer trampas cuando te equivocas de pareja. Eso sí, no podía hacerlo con mis propias manos. El amor tiene sus reglas. Lo solucionó dándome una pistola. No sé si en algún momento llegó a querer que lo hiciera rápido o si siempre deseó sufrir.

La bala entró por su estómago, le atravesó y fue a incrustarse la pared del almacén. Tardó minutos en morir entre gritos de dolor. No me maldijo ni mostró arrepentimiento alguno. Parecía extrañamente feliz. Me pareció escuchar algo así como la sirena de un coche de Policía. Limpié el arma y la dejé en el suelo. Miré a mí alrededor y me pregunté dónde estaría escondida la cámara de vídeo. A lo mejor podía encontrarla antes de que llegaran los agentes.

Imposible.

Mire su cuerpo, en el suelo, hecho un ovillo, y le comprendí. No deseaba confesar ante nadie. La pistola aún estaba a mis pies y descubrí el asombro, la impotencia y el pavor de mis niños, tan estúpido como ellos.

Todo termina con un disparo, como suelen acabar las historias. Éramos líneas paralelas, con los mismos deseos, para bien y para mal. Difícil de explicar. Le echaré de menos allí donde voy. Espero no encontrarme con él.

Egoísta y peligroso

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags , , on mayo 9, 2011 by silvio11

Sabes que te quiero…

al menos yo no puedo decírtelo más claro.

Que hablo contigo aunque no estés

y organizo el calendario de mis días en base a tu probable presencia.

Que sólo siendo hielo puedo vencer a la intensidad

y que la amargura de mis ojos desaparece cada vez que me pierdo en el resplandor esmeralda de tu mirada.

Por eso necesito que intentes traerme de vuelta a casa.

 –

Sabes que sueño contigo,

aunque siempre termine perdido en mis pesadillas,

que me encierro en cuartos oscuros para destrozarme a golpe de pensamiento

y que suelo quedar atrapado en mi propio laberinto,

allí donde tu voz no es más que un eco del pasado en vez de un dorado hilo mágico que me conduce hasta la luz.

Por eso, aunque es pedir demasiado,

necesito que intentes traerme de vuelta al hogar.

 –

Sé que estoy condenado a que te canses de salvarme la vida

y cada vez que beso tus labios, en cada despedida,

imagino que será la última vez.

Intento amarte con todo mi alma cada segundo,

como si fueras una estrella fugaz que surca el cielo durante un suspiro de perfección,

e imaginar que nunca has existido cada vez que te marchas para no tener que soportar el dolor de echarte de menos,

porque sólo siendo de hielo puedo evitar morir de intensidad.

Por eso necesito que intentes traerme de vuelta a casa.

 –

Es injusto,

pero ¿acaso he dicho alguna vez que fuera razonable?

Necesito que salgas a buscarme en medio de la tormenta,

bajo la lluvia,

en la ensordecedora oscuridad de mis silencios

y que intentes llevarme de vuelta a casa, contigo,

porque te quiero,

aunque no sea bueno para ti.

Reflexiones sobre el exceso de trabajo… y la vida

Posted in Estrambotismo with tags on mayo 6, 2011 by silvio11

Echo de menos tener más tiempo para llenar este espacio en negro de letras naranjas. Supongo que por eso me comporto como uno de esos maridos que siempre están demasiado ocupados con el trabajo, prestando poca y mala atención a mis seres queridos. Todo es cuestión de prioridades, supongo. Es tan triste como eso, prioridades. No sé si es que estoy demasiado cansado o simplemente prescindo de las letras porque ahora hablo antes de sentarme a escribir. La imaginación se me va viviendo y puedo volcar mis sentimientos en el mundo real. Supongo que eso es bueno… supongo. A veces echo de menos guardarme algo para este espacio en negro… a veces. Y otras ni siquiera sé de qué estoy escribiendo. Es tan complejo todo como los sueños, absurdos y disparatados, felices y groseros o tétricos, incluso, cuando el alma está inquieta.

Veo con claridad que somos como el mar, como olas que vienen y van, deslizándose entre estados de ánimos y ciclos vitales. Odio los ciclos. Odio ser mar y odio las olas. Odio pensar que hoy estoy aquí y que mañana estaré allí y odio saber que puedo prescindir de mi pequeño espacio en negro. A fin de cuentas, ¿qué soy sin mi oscuridad?

Esto sólo significa una cosa: tengo miedo de que todo lo que hoy es importante para mí mañana deje de serlo. Siempre me sorprende de la facilidad que tengo para abandonarlo todo, incluidas las personas… supongo que me odio por eso… supongo.

Fabula del viento

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , , , on abril 18, 2011 by silvio11

Miró al abismo que se extendía a sus pies y pudo sentir el miedo subiéndole por la boca del estómago mientras el viento, salvaje, continuaba gritando dentro de su cabeza. “Vuela conmigo”.

El risco era como una puerta hacia el infinito, sin más límites que su propio miedo a volar y la seguridad de que acabaría estrellándose contra el suelo si lo intentaba. “Ya he llegado hasta aquí, no puedo subir más alto”, vociferó tratando de imponerse al aullido del vendaval, pero su voz parecía el susurro de una niña justificando un temor absurdo a la oscuridad.

El viento levantaba hojas, arena y briznas de hierba, haciéndolas girar y girar como se hacen girar los sueños, en ciclos enloquecidos que igual podían ser la promesa de un delirio salvaje y eufórico que una espiral de dolor y fracaso. Y la risa enloquecida del viento ensordecía el ruido.

“Tengo miedo de morir… o de disolverme en el cielo”, intentó explicar ella. “Y yo de estar muerto justo ahora y no descubrirlo jamás”, respondió él, convertido en huracán. Incluso las nubes decidieron evitarle para no ser transformadas en niebla o lluvia. “Hasta los rayos de sol temen perderse dentro de mí y las distancias reconocen que no hay camino capaz de retenerme. Vuela e inventémoslo todo de nuevo”.

El viento recorría las paredes del acantilado preso de su propia fiebre de poder, creyendo que podría derribar aquello que jamás debió ser escalado y esculpir sobre acero esculturas imposibles. Sin pies, manos, rostro o corazón, anhelaba crear formas concretas que representaran términos abstractos como el odio, el amor, el miedo o la felicidad. “Salta al abismo y subvertiremos el universo”, repitió sinuoso, hecho brisa para acariciar con malicia el carnoso lóbulo de su oído, como si fuera la parte más libidinosa del cuerpo de ella. “Les enseñaremos qué es estar vivo”.

Y nunca supo si más allá del final del risco esperaban el suelo, el mar o un cielo convertido en universo de libertad, porque en el último momento decidió aferrarse a la tierra que pisaban sus pies y al mundo que la había rodeado durante toda su vida.

El viento se desgarró la garganta golpeando las paredes del propio universo y la sonrió con engreimiento antes de marcharse, convencido de que sólo cuando estuviera muerta dejaría de respirar su aire; libre para volar y condenado a ser más fuerte que su propia ira, su amor, su resentimiento y su nostalgia; soplando a ras de suelo para saborear el polvo del camino antes de elevarse nuevamente hacia el firmamento en otro impulso de vertiginosa incertidumbre.

Quedó el risco como la prueba del miedo que impide a los mortales alcanzar la gloria, o acaso de la prudencia que les salva de morir a manos de su loco afán por alcanzar la felicidad.

El viento seguía creando formas ilusorias sobre el acero y la nada. Trampas oníricas para arrastraban a las mentes incautas hacia al vacío o quizas señales divinas que guiaban a la plenitud. Vivió preso de su propia libertad y esclavo de su irracional deseo de ser apresado, anhelando almas que convertir en duda, vértigo o grito de excitado terror ante la inminente llegada de lo desconocido.

Buzón de correos

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , , , on abril 8, 2011 by silvio11

Pocos conocen la oscura historia de Jurgën Dasz, además los escasos testigos de las transformaciones que sufre en las noches de luna llena. Aunque no tardaron en ser conscientes de la maldición que padecía, sus padres jamás pudieron encontrarle sentido alguno. “Si al menos fuera un hombre lobo o un psicópata…”, divagan al relatar la historia del hombre triste y gris que fue su hijo.

Con la marcha del sol, Hans y Danna Dasz contemplaban aterrados como la boca de Jurgën comenzaba a ensancharse de forma inhumana. También perdía estatura mientras sus hombros se ensanchaban y la piel le adquiría un tono amarillo metálico. Dasz, de ascendencia polaca y ancestros húngaros, era un hombre buzón y cada noche de luna llena buscaba cartas que devorar.

La tragedia ya se intuía cuando Jurgën contaba con diez años. En el colegio, el resto de niños percibía algo extraño en él. Por algún motivo, el joven no parecía disponer de capacidad alguna para imaginar. “Era muy triste verle con sus propios juguetes. Los tenía en las manos así, inmóvil, sin saber qué hacer”, recuerda su profesora, Marta Clover, mientras intenta reproducir la expresión del niño, con la mirada ausente. “Era como si esperara que alguien le dijera qué debía hacer a continuación”, apostilla su padre tapándose los ojos con la mano para ocultar las lágrimas.

De familia pobre y escéptica con eso de los tubos catódicos, Jurgüen terminó descubriendo los placeres de la lectura. Aunque nunca fue capaz de imaginar los mundos descritos en los libros, todas aquellas letras le hacían olvidar su propia inexistencia. “Jamás se sintió protagonista de su vida, sino de la de otros”, asegura Hans. “Es que usted no lo entiende… El niño escuchaba y escuchaba, pero nunca conseguimos que se entusiasmara con nada”.

El joven Dasz terminó estudiando Derecho Mercantil. Para evitar el sobrepeso, adquirió la costumbre de jugar al pádel e incluso inició una relación con una estupenda y alegre muchacha que nunca le fue fiel. “No le molestaba, que va. Incluso me pedía que le contara mis aventuras. Creo que sentía más los besos que me daban otros que los  suyos”, relata amorosa Annia Webbergar. “A mi manera, le quería… Pero es difícil amar a única persona cuando eres consciente de que deseas el mundo entero”. Pelirroja y de mirada risueña, Webbergar confiesa que le dio auténtico pánico presenciar la primera transformación de Dasz. “Una cosa es que alguien te diga que es un hombre buzón y otra muy distinta que resulte serlo de verdad. Yo siempre digo que soy una mariposa, pero coño, no por eso voy por ahí convirtiendo mis brazos en alas las noches de luna llena”.

En algún momento, durante su juventud, Jurgën comenzó a escribir cartas a direcciones escogidas al azar. En ellas relataba su existencia con absoluta frialdad y precisión. “La primera vez que me llegó una de ellas me quedé consternada, pensé que un psicópata me estaba vigilando”. Marieta Hofferhofen, ama de casa de mediana edad, recibió hasta tres misivas de Jurgën antes de que su maldición evolucionara. El psicólogo literario, Ernesto Luppi, señala que la repetición de receptores “no fue algo que ocurriera de forma fortuita. Quería establecer vínculos emocionales concretos y sinceros a través de su propia cotidianidad. En el fondo, anhelaba esas relaciones interpersonales que presenciaba de forma diaria en su entorno”, termina de explicar Luppi con su cargante acento argentino.

Estudioso de las religiones de la comunicación y actual gurú de las redes sociales, Martin Valantine, de quince años de edad, asegura que el proceso de metamorfosis de Jurgën era inevitable. “Él creía estar expresándose, pero lo que realmente necesitaba era una retroalimentación que no podía llegar a materializarse. Al no poner remitente en sus cartas, no había posibilidad de respuesta”. Por eso, el ansia le llevó a convertir su propio cuerpo a un receptor. “No es tan raro. Si aceptas que una mente puede fundirse con Internet, ¿por qué un cuerpo no va a transmutarse en un buzón de correos? Es simple evolución, mecánica en vez de digital, pero evolución a fin de cuentas”.

Con 30 años, Jurgën Dasz, conducido por una necesidad de interrelación humana, hizo un pacto con la luna. Quería conocer historias reales, vidas. A cambio estaba dispuesto a sacrificar si propia alma.

Jurgën pasó años devorando cartas de madrugada. Era como si un sexto sentido dentro de él le dijera en qué punto exacto debía colocarse para saciar su apetito de historias pasionales. Eleuterio Riazor, encargado de correos en un pequeño pueblo de La Mancha, explica la situación. “¿Sabe cuántas personas echan una carta al correo a las tres de la mañana? Ya… yo tampoco. ¿Sabe qué dicen en ellas? Ni yo. Imagine un buen motivo por el que escribiría usted una carta a esas horas… ¿Lo tiene? ¿Sí? ¿A que ya está todo un poco más claro?” Debido a la maldición de Jurgën, miles de pensamientos íntimos y pasionales no llegaron jamás a sus destinatarios. Por desgracia, eso nunca la  importó a Dasz, que seguía aullando a la luna con su tremenda boca de buzón de correos.

Al final, fue el propio Eleuterio Riazor quien le dio caza. “Aquello no podía seguir. Estaba apropiándose de muchos secretos que no eran suyos… La historia de todos los monstruos es triste, pero eso no les da permiso para ser monstruos”.

Ahora, Jurgën Dasz se encuentra recluido en una institución especial para gente rara e inadaptada. Allí, en su habitación acolchada, hace frente al paso del tiempo mientras crece el vacío dentro de su corazón… ¿Han visto alguna vez llorar a un buzón de correos en las noches de luna llena?

La percepción del asesino (Monstruos IV de IV)

Posted in extensos microrrelatos, fragmentos de historias jamás escritas with tags , , on febrero 3, 2011 by silvio11

En invierno las mañanas son grises. Los árboles, desnudos de hojas, dan a las desiertas calles de la ciudad un aire de postal melancólica. Las pocas personas que se enfrentan al frío se defienden de él con gruesos abrigos, bufandas, gorros y en algunos casos con simpáticas orejeras. Es como si fueran montañas de ropa que se inflarán al nacer la mañana y se desinflaran al caer el sol. Imagina que no hay nada en su interior, que sólo están llenas de aire caliente, de ese vaho que se les escapa por la boca en forma de humo blanco, como si fuera su alma. Caminan rápido, sin tiempo para fijarse en sí mismos o en quienes les rodean, incapaces de apreciar la singularidad de su rutina, la estudiada coreografía que componen, tanto andando como detenidos en una parada de autobús o en un paso de peatones. Les observa, hipnotizado, desde la mesa en la que despacha su café con un par de churros.

Hace unos minutos que ha dejado de llover, pero las nubes siguen tapando el sol de media tarde. El mundo adquiere los tintes de un ocre metalizado. Rendido el cielo, las gotas de lluvia continúan cayendo con una rítmica cadencia que debería demostrar la existencia de una fuerza superior, capaz de ordenarlo todo. Un charco concreto atrapa su atención. Ahora que la tormenta ha parado, se nutre del agua que cae desde el toldo de un quiosco de periódicos. Cada gota tarda cuatro o cinco segundos en desprenderse de él. En cuanto una se precipita al vacío, comienza a crecer la siguiente. Se hincha poco a poco, hasta que pesa demasiado para continuar aferrada a la tela. Al impactar en el charco, crea pequeñas ondas que se deslizan sobre la superficie. No sabe si es una metáfora de la vida o de la muerte.

El pasillo mide unos siete metros. Hay puertas a ambos lados. Puertas que casi siempre están cerradas, que esconden secretos embarazosos como la cocina, un cuarto de baño y la habitación de sus padres, pero la del fondo, la de la abuela, siempre está entreabierta. La luz se escapa de su interior, bañando la pared y el suelo con su calidez amarilla. Es caliente, como calientes son el olor de la abuela, los pliegues de su piel, el brasero que tiene bajo la mesita y sus abrazos. Andar hacia la puerta es como avanzar hacia un lugar seguro. Ella siempre le sonríe. A veces la sorprende rezando y se queda callado, escuchando el susurro constante, como un siseo, que se interrumpe cada vez que el sueño le gana la mano a la devoción.

Ser capaz de identificar las matemáticas de la  belleza no significa sentir su esencia. ¿Acaso la observación me impide integrarme en la armonía del conjunto, ser una pieza más de él ?

 

Es capaz de ver imágenes, metáforas y pautas. Puede eliminar todo aquello que rodea a la esencia, destaparla… y no sentir nada. Anhela formar parte de ella, pero se encuentra en una dimensión diferente, incapaz de tocar el etéreo fantasma que  flota ante de él. Trata de dejarse mecer por la belleza, pero le esquivaba como una amante caprichosa que acaricia sin llegar a besar jamás. Y la soledad crece en su alma. Intenta amarla, pero necesita calor y no el gélido tacto de la distancia. Intenta crearla, pero nunca quiso el arte la mecánica precisión de una mente metódica. Y con más razón que alma se encierra en un mundo de lógica, buscando una forma de abrazar aquello que la mayoría ni siquiera puede ver.

Frío, mecánico, calculador, paciente. Sólo la destrucción se ajusta a los dones que le ha dado la naturaleza. Después del primer asesinato siente algo moverse en su interior. Tengo derecho vivir. Busca la belleza perfecta que le haga estremecer en el momento justo de acabar con ella, pues ya ha perdido la esperanza de ser feliz y el dolor se presenta como la única alternativa a la nada.

La gota de sangre se desliza como una lágrima por su pómulo, desde la pequeña herida que acaba de horadar con el destornillador de estrella junto a su ojo. Le mira con terror, esperando clemencia, indefensa, como una paloma herida sobre el asfalto de la carretera. Le tiembla el labio inferior y lo muerde, quizás para tratar de detenerlo, probablemente para aliviar la tensión. Es consciente del pavor que genera su figura recortada a contraluz. Desde la silla no puede verle la cara, sumergida en las sombras que proyecta la bombilla desnuda, recuerdo de un amanecer que ya nunca volverá a contemplar. Le enseña las fotos de sus hijas y amenaza con ir a visitarlas, con hacerles exactamente lo mismo que la está haciendo a ella, y la ve llorar como no lo hizo mientras le sacaba el ojo izquierdo de su cuenca, con el mismo destornillador que sujeta en alto, amenazante. Llora como sólo se puede llorar por aquello que más se ama, sin egoísmo. La pureza de su amor podría conmoverle, pero no lo hace. Le promete parar a cambio de la vida de una de ellas y acto seguido utiliza el mechero para quemar uno de sus pezones. Ella grita de dolor y de rabia. Repite la operación con el otro, y la oferta. Después acerca el destornillador a su pupila, deteniéndose a pocos centímetros. Ella le implora que no lo haga. Él comienza a introducir la punta, lentamente, dispuesto a hacer palanca. Ella vuelve a llorar. Ya sólo quiere que la mate. Las notas de su voz le recuerdan la desesperación que debe sentir el último rayo de luz del atardecer, consciente de la soledad con la que afrontará su propia desaparición, asustado frente al avance de la noche.  No le saca el ojo, no todavía. En su lugar, decide practicar un nuevo camino, a través de la piel y la carne, hasta las muelas de la mujer. Rasca, arrancando trozos de carne, repitiendo periódicamente la oferta y recibiendo siempre la misma contestación. Al final, incluso le pide que vaya aún más lejos, que apacigüe su sed de mal en la carne de ella. Una santa dispuesta al martirio por el bien sus seres queridos. Y desea que exista un paraíso, para que tenga un lugar al que huir una vez termine de torturarla. Y desea que haya un infierno, para poder escapar él mismo a un lugar en el que pueda sentir algo, aunque sea miedo. No puede ser peor que la nada.

Se sienta, orgulloso, cuando el corazón de ella al fin se rinde y deja de latir. Su espíritu, sin embargo, aguantó hasta el final. Le da un dulce beso a su cadáver antes de trocearlo, bendiciendo su pureza.

Yo también tengo derecho a amar.