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Nina, préstame tu voz (Nina III de III)

Posted in cosas que podrían haber rimado, fragmentos de historias jamás escritas with tags , on mayo 9, 2010 by silvio11

Desde la dirección reconocemos que al leer el post mientras suena la canción, es posible que se genere cierta confusión en el lector. Ahora bien, la idea es precisamente dejarse llevar un poco por el ritmo de la música e intentar que Nina diga lo que un servidor quiere que diga y no lo que ella quería decir realmente… No sé si me explico, pero vamos, que suerte y al toro.

Nena, hay colores en la ciudad que nunca nos detenemos a observar. Pequeños detalles cromáticos que pasamos por alto. Leves rastros de belleza que son ignorados. Desde el misterioso naranja de una plaza iluminada por un puñado farolas en medio de la noche, hasta el intenso verde de los parques empapados por una furiosa lluvia primaveral. Nos faltan dos o tres segundos para poder disfrutar de ellos como podríamos hacerlo viendo una puesta de sol en medio de un campo de trigo, con sus amarillos espigados y los púrpuras guiños del atardecer haciendo el amor lentamente a medio camino entre su impoluto cielo y nuestro embarrado suelo. Dos o tres segundos para abrazar nuestro papel de privilegiados espectadores de la belleza que nos rodea y buscar la magia que destila cualquier paisaje cotidiano.

Dios, ¿por qué es tan difícil encontrar a alguien que quiera hablar sobre el color de las ciudades?

En tus ojos se esconde un pequeño secreto que nadie debería desentrañar jamás. Quiero recoger las lágrimas que derraman y acunarlas, dejar que corran arriba y abajo por las líneas de la palma de mi mano, como si fueran una parte más del destino que se esconde en ellas. Convencerlas de que su propia belleza es suficiente motivo para no perder de vista la felicidad, aunque la vida duela. Besarlas y que su sabor salado me recuerde que aún late un corazón dentro de mi pecho. Dejar que lo insignificante le dé sentido al esquivo misterio que tantos siglos llevan persiguiendo las grandes religiones. Encerrarme dentro de una de esas lágrimas y morir ahogado por la intensidad de tus emociones. Abrazar tu cuerpo con fuerza, intentando absorber todas esas penas que te provocan ganas de llorar.

Dios, nunca buscarías la sonrisa fácil si supieras el calor que desprende la hermosura de tu tristeza.

Si pudiera atrapar un solo segundo y utilizarlo para detener el tiempo, congelaría una nevada e intentaría caminar entre todos sus copos sin tocar uno solo de ellos, como un experto bailarín. Si pudiera cambiar la densidad y el color de mi cuerpo, intentaría ser una silueta más en medio de una calle atestada de sombras. Una silueta de las que se difuminan lentamente hasta desaparecer y fundirse con cualquier otra cosa, como un sueño infantil que termina comprendiendo lo difícil que es vivir en un mundo gobernado por adultos. Una sombra consciente de que sólo existe porque recorta la luz que genera el fuego del hogar.

Nena, ¿es que no te das cuenta de que tengo que congelar mi corazón para no abrasarme en sus llamas? No es fácil escoger entre el olvido, la mentira y los deseos de un cuerpo enfermo de tu recuerdo. Sólo trato de hacer lo correcto, pero tengo que reconocer que no soy nada más que un pobre ser humano y mi propia debilidad termina llevándome a ti una y otra vez. Algunas cosas son tan simples que asustan, así que es mejor no intentar comprenderlas. Si pudieras verme mirar el color de las ciudades, si me dejaras acunar tus lágrimas o fundirme como una silueta más en tus calles, creo que comprenderías de qué te estoy hablando.

Dios, no permitas que me quede encerrado en un cuarto oscuro conmigo mismo, porque sólo uno de los dos saldrá vivo de la habitación.

Dios, deja que mis sentimientos se conviertan en un torrente de palabras sin sentido dispuestas a ahogar el mundo y que el silencio sea la voz de lo que no debe ser dicho jamás.

Dios, no permitas que sea mal interpretado.

Olor a mierda (Nina II de III)

Posted in extensos microrrelatos with tags , , on mayo 6, 2010 by silvio11

Nota: Me recuerda HeraclitO que está abierto el plazo para participar en la IIª edición del concurso Relatos Para Parar el Mundo. Éstas son las bases: http://relatosparapararelmundo.blogspot.com/2010/02/bases-del-concurso.html . Aquí os dejo el relato que he mandado. He pensado que a lo mejor alguno de vosotros se animaba a participar. Gracias.

Ladra. El perro ladra. En este mundo los perros siempre ladran. Los niños lloran y los perros ladran. No sé cómo explicarlo. Los niños lloran y los perros ladran. De algún lugar que no consigo identificar sale un insoportable olor a mierda. El tipo del acordeón saluda todas las mañanas, como si eso fuese a salvarle la vida. Saluda. Sonríe. Toca el acordeón. Espera que almas caritativas se apiaden de él y le dejen unos céntimos de propina. Unos pocos céntimos con los que comprarse algo de comida. Quizás alcohol. El dichoso perro ladra. Nadie consigue que el niño deje de llorar. A lo mejor ni siquiera les importa que el niño esté llorando.

Miro por la ventana, como en aquella película, La ventana indiscreta. Miro por la ventana, pero sin prismáticos. No necesito ver nada de cerca. Ya lo conozco de pasear por las calles. El olor a mierda sube hasta mi casa. A lo mejor sale de ella. A lo mejor soy yo el que apesta a mierda. Allí, metido en casa, escuchando al perro ladrar, al niño llorar y al tipo del acordeón tocar canciones irreconocibles. A lo mejor estoy sentado sobre mi propia mierda. Allí, en casa, mirando por la ventana, cagando sin moverme del sitio. Sentado sobre mi propia mierda. Creo que la mierda es mi conciencia… Soy guay. Me lamento por la situación del mundo mientras sigo sentado sobre mi propia mierda.

El olor a mierda es cada vez más intenso.

Busco al perro, pero no doy con él. Sólo escucho sus ladridos. Yo, indiscreto, observo desde mi ventana. Escondido. Escondido. Escondido. Inmóvil. Inmóvil. Inmóvil. Soy un sexteto divido en dos trilogías de partes similares. Me siento como si fuera la puta Guerra de las Galaxias. El niño llora en la calle. Mi pierna se mueve nerviosa. El acordeonista se fuma un pitillo. Una pareja le deja cincuenta céntimos sobre la funda del acordeón. Van de la mano. Parecen felices. Son dos tíos, a cada cual más amanerado. Un señor les mira con asco. Él no le deja nada al acordeonista. De hecho, también le mira con asco.

Casi no puedo respirar. El olor a mierda me produce nauseas.

La televisión enseña muerte. Y eso en el mejor de los casos. Cuando no hay muerte, hay gente rara diciendo estupideces. ¿Debería ser optimista? ¿Por qué? Busco una sola razón para ser optimista, pero me distrae el olor de mi propia mierda. Y el perro. El maldito perro. El implacable perro ladrador. ¿También es mi conciencia? ¿Y el niño llorando? ¿La mierda, el perro y el niño son mi conciencia?

El tipo del acordeón vuelve a tocar. Los dos hombres se besan en un semáforo. El repelente señor escrutador mira algo más como si le diera asco. Mi pierna sigue moviéndose nerviosa. Me pide que me mueva, que deje de oler mi propia mierda.

Me pregunto si no hay nadie que pueda arreglar el mundo. Miro a mi alrededor, buscando alguien que solucione los problemas. Pienso que hoy en día no puedes fiarte de ningún político. Mi conciencia suelta un tordo todavía mayor. ¿A quién votas para que lo arregle? Su olor es profundo, casi dulzón, penetrante. La textura es blanda, pero no es diarrea. Todavía no. Mi conciencia todavía no tiene una diarrea. El perro ha dejado de ladrar y quiere morderme.

¿Quién va a venir a solucionar todo esto?

Mi pierna explota. Quiere moverse, pero yo no se lo permito. Quiere salir a la calle, pero tengo miedo. Quiere darle una patada al señor que mira todo con cara de asco, pero me da pereza. Sé cuáles son sus deseos, pero soy demasiado mezquino como para satisfacerlos. Yo no puedo arreglar el mundo. Soy demasiado pequeño. Demasiado débil. Quiero que alguien venga y lo arregle por mí. Cierro la ventana.

Un terrible retortijón me anuncia que mi conciencia al fin tiene diarrea.

Un buen día (Nina I de III)

Posted in Historias del terruño (Guadalajara) with tags , on mayo 5, 2010 by silvio11

Cuando te entran ganas de llorar porque Iron Man 2 no está a la altura de tus expectativas, quiere decir que estás atravesando un momento… complejo en la vida. Se podría decir que todo empezó la semana pasada, con un ladrón que seis días antes se llevó un móvil, un DNI, una tarjeta de crédito y otra de Carrefour que no eran suyas. Después decidió comprarse un portátil de 850 euros a la salud del pobre incauto que lo había dejado todo desprotegido en el vestuario del gimnasio.

¿Pillar al malo es suficiente recompensa? Pues debería, pero el dinero tardan unos tres meses en devolvértelo, si todo va bien. Además, en los bancos tienen un protocolo que  desconocía: tratan a los personas con barba como si fueran delincuentes. Es eso, o que el tipo que me atendió a mí era un auténtico gilipollas.

Pero todo eso es agua pasada. En serio, como los disgustos personales, las depresiones de fin de semana y el hecho de que Iron Man 2 no esté a la altura. Coño, nada de eso es grave. Es domingo y mañana empieza una nueva semana llena de alegría e ilusión. Cojones, seamos positivos.

Lunes: Mi jefe me aguarda con una hoja pintada en rojo. Resulta que la escribí yo, el viernes. El rojo es el color con el que se marcan los fallos. En un primer vistazo, cuento unos 30. Los periodistas somos así, echamos un vistazo a lo que sea y un número comienza a brillar en nuestra frente. Si no lo creéis deberíais ir a una manifestación. Se puede reconocer a los redactores por el numerito de la frente. Parpadea. Dependiendo del color político del medio para el que trabajen, el numerito será más o menos alto, pero siempre exacto. La Policía, como no tiene nada mejor que hacer, se dedica a dar cifras que siempre son mentira… Nazis de mierda. Y los de los sindicatos no saben contar, punto pelota. La razón sólo la tenemos los periodistas. Lo único que ocurre es que cada uno tiene la suya.

Pues resulta que mi jefe me espera con esa maravillosa oda al ketchup dispuesto a pegarme la bronca. Lo hace. Descubrimos que de los 30 fallos, bastantes más de la mitad responden a un único fallo: he escrito Centro de Interpretación y Recepción de Visitantes en vez de centro de interpretación y recepción de visitantes. Como uno es constante hasta en sus equivocaciones, lo he puesto mal cinco o seis veces. A la cuarta, la correctora planta un “se escribe en minúsculas” en el margen, como si esperase que la hoja tomase buena nota y no volviese a repetir el fallo. El resto de errores responden a una “s” que falta en algún lugar o sobra en otro. No sé qué cojones me pasa con la “s”. Mi jefe me pide más atención al escribir. “Lo siento, no me motiva una mierda lo que hago”. “Lo siento, soy incapaz de leerme dos veces las mierdas que redacto”. “Lo siento… porque hayas tenido que leértelo entero, quiero decir… ¿estás bien?”. La opción por la que se inclina mi mente es “¿en serio crees que perder el tiempo con esto es productivo?” Al final, descartadas todas las posibilidades, le doy otro trago al café y hago gestos de afirmación con la cabeza mientras dejo que mis ojos parezcan sinceros. “Cuenta con ello, pondré mas atención en el futuro”.

Por la tarde trato de buscar la fotografía de una iglesia situada en un pueblo cuyo nombre no voy a darles. Resulta que la van a restaurar con dinero de la administración pública, así que pido al párroco que me dé una imagen con la que ilustrar la noticia. Cuando le explico el asunto me dice con voz lacónica: “Pues tenemos un problema”. ¿Cuál? “Les he dicho que la obra ya está terminada porque si no me quitaban la subvención”. No pater, pienso, el problema lo tiene sólo usted. “Bueno, bueno, mejor defraudar a la hacienda pública que encular niños”. La práctica no es extraña, lo de justificar obras que aún no están hechas, pero es la primera vez que alguien me lo pone tan fácil para desenmascarar el asunto. Y como yo no soy un periodista estrella, me pongo a buscar otra puta noticia de apertura a las cinco de la tarde para no joderle el invento al entrañable padrecito… No puedo evitar ponerle la cara de Cantiflas cada vez que pienso en él.

Martes. Llamo a una delegada de la Junta de Comunidades para concertar una entrevista. Cuando me descuelga el teléfono deja claras dos cosas. Primera, “lo que escribiste ayer es mentira” (lo que significa que a lo mejor es verdad). Segunda, parece que el reportaje tendrá que esperar unas semanas hasta que… no sé, ¿cambie el Gobierno regional? Por desgracia no me dice ni en qué mentí ni cómo. Cuidado, no dudo que lo haya hecho. Cojones, cada día de trabajo miento como un bellaco, pero me tiene mosqueado la posibilidad de haber dicho la verdad sin querer. Ella no me lo cuenta. A fecha de hoy, todavía no ha llamado a nadie para quejarse. Creo que me está haciendo sufrir… JA, si ella conociera a mis ex no-novias… Caigo en la cuenta de que tengo 30 años y todavía no tengo ninguna ex novia como tal. Sólo tengo ex no-novias, que es como no tener nada o como tener un amigo imaginario… Y luego que por qué bebo.

Miércoles. Salgo de casa con la sonrisa puesta. No me he levantado contento de verdad, pero es el primer día de la semana en el que consigo ponerme en pie a la hora programada para ir al gimnasio. Incluso me da tiempo a desayunar mientras miro por la ventana, me deleito con la capa de tres centímetros de mierda que recubre el suelo de la cocina  y escucho un programa de Radio Nacional que ya he olvidado. Salgo casi bailando a la calle y le doy medio euro al acordeonista que hay delante de casa. Estoy intentando hacerme colega suyo para poder hacerle sugerencias sobre el repertorio. Me chupo dos ruedas de prensa de políticos sin vomitar… y me reconozco a mí mismo que ya les he cogido cariño a todos esos cabrones, sean del signo que sean. Me siento capaz de tomarme una cerveza hasta con el más facha de ellos… Incluso con el más progre.

A las doce descubro que la grúa se ha llevado mi coche.

Mi primer impulso es llamar a mi jefe para ver si puede venir a buscarme o, por lo menos, para advertirle de que llegaré tarde. No puedo. Todavía no tengo un móvil que sustituya al robado. Paso por el banco para activar mi nueva tarjeta de crédito. Me entran ganas de llorar cuando veo la cuenta corriente… imagino que en tres meses, con esos 850 euros de más, no me dará tanta pena. Voy a la Comisaría de la Policía Local para ver si puedo recuperar el coche, pero voy a la antigua. La nueva está en, seamos finos, el quinto coño… Si mi tigre hubiese estado en el salpicadero, nadie habría tenido huevos para tocarle un pelo al pobre Astra.

Bajo andando al trabajo.

Durante el largo paseo me da tiempo a tener pensamientos positivos, como que todo pasa por una razon. “Las cosas buenas… para que bajemos la guardia. Las malas… para que puedan ocurrirnos otras peores”. Empiezo a hacer cábalas de cosas malas que podrían ocurrirme durante ese paseo, para que no me pillen desprevenido cuando sucedan. “Que un coche se salga de la calzada y me lleve por delante”. ¿Eso sería necesariamente negativo? “No me mata, me deja tetrapléjico”. Vale. “Que me encuentra con alguna ex no-novia y su nuevo sí-novio”. Te chinchas, que no me afecta porque son imaginarias. “Que el ladrón de mi DNI, mis tarjetas de crédito y de Carrefour y de mi móvil pase junto a mí en coche y me tire el teléfono a la cabeza”. Bueno, llevas la nueva tarjeta del móvil en la cartera. Podrías ponerla y llamar a alguien… a la Policía Local para preguntarles si a él también le pusieron un multazo por robarte.

Decido recurrir al chocolate para saciar mi sed de amor y comprensión, así que entro en una gasolinera para comprar un bollo. Se les han acabado todos. Mis testículos adquieren unas dimensiones que sobrepasan cualquiera de las previsiones que hubiera podido albergar mi imaginación. Entro en un supermercado y me compro un paquete de gofres. Cuesta 1,19 euros. Los alcanzo por los pelos. A la salida le muestro el interior de mi mochila a la cajera. Debo reconocer que me sorprende que nadie me haya metido un paquete de droga dentro mientras no miraba. Si hubieras estado en una aduana, otro gallo te habría cantado.

Mientras camino por la calle, apunto de llegar al trabajo, voy comiendo mi primer gofre. Soy consciente de que todo puede empeorar, pero un pensamiento me consuela: Los pesimistas casi nunca tenemos razón. Al llegar al periódico mi jefe me regaña. Le doy un gofre. Me siento delante de mi ordenador y pienso en lo mucho que me apetece un café. No tengo los 40 céntimos que cuesta. En algún lugar de la ciudad, mi acordeonista preferido se compra un tetrabrick de vino, supongo.

Me pongo a Nina Simone. Dale fuerte Nina, dale fuerte, que nadie va a venir a salvarnos. Decido que voy a rebelarme contra el mundo. Mañana me voy a Madrid a ver Cómo entrenar a tu dragón en 3-D, a tomar por culo. El destino es como un niño pequeño, a veces tienes que enseñarle las cosas a base de fuerza de voluntad.