Archivo para Otras formas de rebelarse

Detenido

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on marzo 29, 2011 by silvio11

Si pudiera traducir en palabras la violencia de sus sentimientos, serían jirones de carne ensangrentada; poesía de la ira contenida en caracteres vibrantes, como letras desenfocadas dispuestas a cargar unas contra otras. La rabia del silencio habita en sus ojos, tan inmóvil como los músculos e igualmente dispuesta a estallar en un huracán  inconsciente y despiadado.

Sopesa la posibilidad de que todo sea tan ligero como un puñado de aire, tan propenso a desaparecer como los sueños. ¿Qué debería quedarle cuando todo desaparezca? ¿Qué es lo realmente importante? ¿Por qué merece la pena luchar hasta morir?

Puede que sea la justicia, los demás, ¿un trabajo? ¿L a propia vida? La familia es un buen motivo para jugárselo todo. “Siento que perdiera su trabajo”. “Mejor él que tú”, responde con el maldito cinismo de quienes han aprendido a ser unos hijos de puta. “También es mejor que se muera tu madre antes de que te mueras tú, pero imagino que de todas formas lo sentirías, ¿no?”

¿Por qué merece la pena estallar?

¿A quién debería estar buscando en estos momentos? ¿Qué carretera debería estar recorriendo con el pie hundido más allá del límite del acelerador? ¿Qué puerta debería echar a bajo? ¿Hasta dónde debería arriesgarse? ¿Cómo conocer el destino hacia el que se dirige si todavía no ha comenzado a moverse? ¿Qué desconocido merece la pena sacar de este universo repleto de estrellas fugaces?

Si pudiera traducir en palabras la violencia de sus sentimientos, serían un tenso espacio en blanco, como el silencio que precede a una explosión.  Dientes mordiendo la propia carne hasta desgarrarla con una sadomasoquista satisfacción. Triunfo y derrota a la vez, tan justo y equitativo como el movimiento detenido, como la quietud que avanza en el tiempo desgastando la vida.

¿Acaso existe filosofía en la estática del televisor, la radio, su mirada? ¿Acaso hay poesía en la desesperación por encontrar un algo que complete ese vacío?

¿Por qué merece la pena luchar hasta morir?

Todo es tan frío como un mundo construido a partir del hielo. Todo lo que se extiende más allá es silencio, porque no hay una sola voz que quiera decir algo. Todo es conocido. Todo es bonito. Todo es mentira. Todo es fácil… tan fácil como la cobardía, el miedo y la autocompasión. No hay nada más que seres en perpetua búsqueda de una autojustificación. No hay valor donde no hay riesgo ni deseo sin lágrimas. No hay lucha sin dolor. No hay nada más que estática, sonido sin significado igual de inútil que el movimiento detenido.  No hay verdad alguna más allá del silencio. Sería demasiado dolorosa… demasiado para seguir manteniendo las mentiras.

¿Por el trabajo? ¿Por la familia? ¿Por el amor? ¿Por la justicia? ¿Por los amigos? ¿Por…?

Si pudiera traducir en palabras la violencia de sus sentimientos, las letras dibujarían una lágrima sin inocencia, fría y sedienta de venganza… buscando una razón que le permita saber hacia dónde dirigir su ira.

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Digital

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on marzo 28, 2011 by silvio11

Sufre convulsiones que no llegan a estremecer su cuerpo. Permanece erguido mientras siente como algo en su interior palpita. Músculos, corazón, párpados, cerebro. Una corriente de energía negativa le infecta  la sangre. Todo es demasiado… pulcro, técnico, artificial. La vida parece mentira, como los edificios que le rodean. El universo mismo, lo importante, está a punto de venirse a bajo, igual que las piezas de un Lego virtual. Las calles, el aire y las personas son de un gris metalizado. No hay nada a lo que aferrarse y la ansiedad continúa palpitando, convulsa.  

Los pilares se han venido abajo y el mundo cae con ellos. No tiene nada más que la carne en la que hunde sus uñas, buscando algo real: dolor. Respira profunda, intensamente, llenando sus pulmones de ese aire metálico que parece impregnarlo todo. Las emociones saltan dentro de él, impidiéndole tomar el control de sus propias acciones. Ansiedad, ira, miedo, debilidad… impotencia, sobre todo impotencia. Mental y física, en todo su significado. Impotencia. No se siente hombre es… espectador. Otros marcan las reglas y dirigen su destino. Da igual que no esté de acuerdo… no es más que un espectador… o quizás una víctima. Clava las uñas esperando que el dolor le ayude a despertar a la pesadilla, no de ella. Quiere enfrentarse al miedo, no que sea una mentira; reunir el valor necesario para luchar… para luchar de verdad.

Su ansiedad se contagia a las calles. La ciudad entera sufre convulsiones y el gris metálico del universo no deja de contraerse sobre si mismo antes de volver a gritar. Su cabeza crece y vuelve a concentrarse dentro de un microuniverso. En un segundo cree que la presión la hará implosionar y al siguiente amenaza con derramarse después de un seco estallido. Lo siente como si estuviera viéndola a través de un caleidoscopio, deformada, en constante movimiento.

Sus pies se hunden en el mundo de la mentira y las caras que se cruzan con él, muecas imposibles y aberrantes de cordialidad, le hacen sentir solo, perseguido, asustado. Los escaparates, de un azul metálico inquietante, se niegan a reflejar nada que no sea su propia frialdad. No se encuentra en ellos y duda de su propia existencia. Lame la sangre que brota de su carne, bajo las uñas, y también es metálica. Visualiza las válvulas de su corazón en movimiento, como una imperfecta máquina de precisión condenada a sucumbir a su propia naturaleza. Él es una máquina hecha de carne y hueso. Sus sentimientos habitan en un mundo virtual. Alguien dirige su destino. No es nada más que otro muñequito indefenso poblando una pantalla de ordenador llena de Lemmings.

El código fuente de su cuerpo es erróneo. Desea escapar del universo en el que le han concebido; encontrar una forma real de huir antes de que los hombres de gris vayan en su busca. El tacto del mundo, los olores, el sabor de las fresas y la madera crujiendo en la soledad de la noche no son nada más que líneas y líneas de programación, como su vida.

El hombre digital observa aquello que le es propio y se pregunta cuánto hay de verdad en sí mismo. Nada le pertenece. Todas sus decisiones son heredadas, la continuación del movimiento iniciado por un estúpido hombre de piedra. Su vida es el resultado de la evolución lógica del mundo y sus líderes, egoístas y depravados. Ahora han perfeccionado el juego. Le manejan desde lo alto. Es el daño colateral de un juego que ni siquiera comprende. Decide luchar y redefinir el concepto de víctima para poder convertirse en agresor. Puede hacerlo, a fin de cuentas, no es nada más que un fallo del sistema. Una vez lo comprende, la decisión simple, morir o matar.  Un minuto después de su nacimiento, el hombre digital ya ha aceptado su papel vocacional de virus.

Consejos para dejar de ser… o quizás para seguir siendo

Posted in cosas que podrían haber rimado, fragmentos de historias jamás escritas with tags , on enero 19, 2011 by silvio11

Huye de todo lo que necesites. Posee sólo aquello que no te importe perder. No regales a nadie las palabras que verdaderamente sientes. Trata de salvar tu corazón de la tormenta convirtiéndote en rayo. El más luminoso. El más rápido. El mas letal. Guarda un pedazo de tu propia naturaleza y escóndelo en ese cajón del que siempre te olvidas, porque será la única manera de asegurarte de que algo de ti perdura cuando por fin llegue el final. 

Si consigues hacerlo todo y saber que nada es verdad, ¿qué seras, metiroso o engañado?

Espíritu

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on enero 14, 2011 by silvio11

Hay algo en la distancia que llama su atención. Es un tornado. Avanza rápido, demasiado, y va destrozando todo lo que encuentra a su paso. No tiene miedo. De hecho, le gustaría verlo más de cerca. El cielo está nublado. Las nubes, grises, se arremolinan alrededor del ojo del huracán como si fuese un agujero negro. Se siente pequeño y eso también le hace sentir grande. Enfrentarse a su propia debilidad le pone al borde del abismo. Recuerda algo que le dijo una vez su abuelo, algo sobre el miedo y la lucha. Por fin lo comprende. Es capaz de aguantarle la mirada al titán y descubre la fortaleza que guarda en su interior.El tornado sigue avanzando y destroza campos de maíz, viejas casas de madera e incluso atrapa coches que mastica con furia. Es como estar en medio de un torbellino de ira. El viento le despeina. Ya lo nota cerca. Siente un escalofrío y sabe que va a aguantar hasta el final. Su grito es más que un reto. Parece que estuviera teniendo un orgasmo.

“Es algo que tenemos”, le dice. “Una cosa extraña”, continúa. “No somos como los demás… O quizás sí, pero lo llevamos de otra manera”. Con los codos apoyados en la mesa de la cocina, el padre mira directamente a los ojos de su hijo. “Tú nos ves preocupados y eso te asusta”. Es pequeño y siempre ha confiado en ellos. Su cabeza no puede aceptar que tengan miedo. Si ellos están asustados, cómo debería estar él. Por eso llora. “Pero si tienes miedo es porque todavía eres demasiado joven para saber cómo somos”. Invencibles, ¿no? Todos los padres son invencibles. “Somos humanos y a veces las cosas nos superan”. Le aguanta la mirada todo lo que puede. Está apunto de romper a llorar, otra vez. “Pero tenemos algo especial”. Guarda silencio. Su padre sigue con los codos apoyados en la mesa y la mirada fija en él. Muy fija y muy seria. “Nunca nos rendimos”.

La gente a la que no le importa nada tiene un problema, cuando hay algo que sí les importa no saben dejar de luchar. Tiene lógica. Una y otra vez le piden que abandone, pero no puede hacerlo. “¿Deberías importarme?”. Ella respondió que sí y aquello fue suficiente, para toda la vida.  “Pues que sepas que me importas”. Cuando desapareció, supo que nadie la buscaría. Le dijeron que empezara otra vida, que olvidaría el dolor, que algunas cosas son demasiado grandes, que sólo un loco correría hacia un huracán. No hizo caso. Siguió buscando. “Me importas”. La gente cree que alguien a quien no le importa nada es alguien que pasa de todo. Con él se equivocaban. Nunca permitió que le importara nada porque tenía miedo. Sabía que acabaría llegando un día como éste. Un día en el que le obligarían a tomar partido. “Quiero importarte”. La dictadura terminó silenciando su voz, pero tardó demasiado. Ya había inspirado a cientos. El cielo puede ser la memoria del pueblo. Una llama de esperanza también necesita sacrificios humanos para seguir ardiendo.

Tiene una teoría. Existen unos bichitos pequeñitos que viven dentro de la sangre. Son muy pequeñitos. Más pequeñitos incluso que esas cosas que decían que eran las más pequeñitas que existían. Esas que si chocan explotan y pueden liarla parda. Más pequeñitos que ellas, sí, y más extraños. Y mira que lo de las cositas esas que chocan y explotan ya es muy extraño. Éstos son unos bichitos sádicos. Les pone cachondos el dolor. Les excita. El dolor, el miedo, la derrota… Les pone burrísimos. Tanto, que eyaculan en medio de la sangre, excitándola también a ella. Son millones de bichitos eyaculando a la vez adrenalina en el torrente sanguíneo que recorre todo el cuerpo, desde el corazón al cerebro. Bichitos sádicos, lascivos y salvajes, muy salvajes. Contaminan la sangre. Por eso sonríe cuando todo se le pone en contra. Debería sentarse en un rincón, en el más cercano, y llorar por un hijo al que ya no verá más, pero está demasiado excitado. “Nosotros nunca nos rendimos”. Se lo enseñó su padre. Aprieta la mandíbula, cierra los puños y sonríe, tan sádico como los bichitos pequeños que tiene eyaculando dentro de su sangre, los que le contaminan. Les planta cara. Jamás un pelotón de fusilamiento estuvo tan asustado.

El huracán lo arrasa todo y él continúa persiguiéndole. Pasan tanto tiempo juntos que la gente termine odiándole… o quizás le temen. Ya no saben quién persigue a quién. No saben si es él tornado quien le va marcando los pasos o es él quien guía a la furia del viento, como si fuera su mascota. Es lo que tiene el espíritu, puede imponerse a las fuerzas de la naturaleza, a la tragedia y a las derrotas. Incluso la muerte tiene miedo de acudir a algunas citas.

34 (¿Por qué corres? I de ??)

Posted in Colaboraciones, Historias del terruño (Guadalajara), La zapatilla parlante with tags , on enero 11, 2011 by silvio11

Autor: Daniel Andrés

Lunes, 12 de enero.

Paseo de la Rosa. El fin de semana, por las puertas de madera de la estación de tren, llegan a él bocanadas de eclécticos y entusiastas turistas. Hoy, lunes, es un lugar frío que atraviesan estudiantes y trabajadores de camino a sus rutinas. También es mi cumpleaños. Me siento melancólico y triste. Para mí no es un día de rutinas. Quiero que mi carrera sea armónica, fusionarme con el entorno y reencontrarme con Toledo. He dejado a mi espalda el puente Alcántara y corro por la ruta de Don Quijote, con la muralla del casco a mi derecha y la ribera del Tajo a los pies. Controlo la respiración para no enturbiar con mis excesos la imponente estampa. Me adentro tímidamente en sus piedras y de inmediato lo abandono escaleras abajo, intentando mantener el ritmo. Casi de puntillas y alargando la zancada penetro en La Barca del Pasaje. Avanzo por el serpentéante sendero de juncos y barro procurando no molestar a los gansos del camino. Esta postal hoy no debe ser mancillada. Hoy no. Hoy quiero ser como la luz y el aire que todo lo envuelve. Hoy mi entrenamiento es secundario. Hoy no quiero hacer ruido. Quiero ser una estrofa más en esta poesía.

Atrás han quedado las imágenes bucólicas. El paisaje, en un picado y breve descenso, se ha vuelto cetrino. Los montes escarpados desde donde el Greco se inspiro para plasmar Toledo han dado paso a fábricas derruidas de un pasado industrial. Por lo menos la lluvia de ayer ha evitado que el hedor de los vertidos lo empobrezca aún más. A pesar de todo, hoy es un día triste. Las notas se han vuelto terriblemente barrocas y la música arranca la primera lágrima de mis treinta y cuatro.

He bordeado una gasolinera y comienza la jungla de asfalto. La ciudad medieval ha desaparecido y la capital  vomita toda su mediocridad. La partitura se ha roto. Las notas se han quebrado. Por más que agudizo el oído, ya no las siento. Estoy empezando a desafinar. Avenida Europa, calle Bruselas…éste es el punto de inflexión.

El regreso es anodino. Intento escapar de mi cuerpo, pero mis piernas me recuerdan que llevo una hora castigándolas. Les cuesta fluir. El río está manso y entro en una espiral de angustia donde no consigo avanzar. Ahora él y yo somos uno. Mi mujer, mis amigos, mi familia… me siento tan solo.

Hombrecillos verdes

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags , , on enero 10, 2011 by silvio11

Somos un poco como esos tipos extraños que se mueven agitando la cabeza de un lado a otro,

casi como si se les  fuera a caer de los hombros.

Exactamente como esos tipos extraños

con grandes estómagos hinchados

y ojos grandes como platos, sin párpados.

Verdes todos ellos.

Justo como esos extraterrestres que llegaron a la tierra en su nave espacial

y miran a todas partes con expresión alucinada,

sin comprender nada,

y que llevan una pistola de rayos láser en el cinto,

por si algo decidiera atacarles.

Tenemos grandes antenas en la cabeza,

verdes e inútiles,

que nos hacen parecer un poquito más simpáticos.

Porque somos como esos hombres de las estrellas que parecen indefensos,

pero que nunca salen a dar un paseo interestelar sin su cañón de protones.

Caminamos por las calles casi como si fuéramos a caernos nosotros,

no ya nuestras cabezas,

ajenos a las risas de los nativos del lugar,

porque sabemos que no pueden comprendernos.

Pobres terrestres, rosas en vez de verdes,

y sin grandes, inútiles y simpáticas antenas en la cabeza.

Somos como extraterrestres emporrados,

con una estúpida sonrisa de felicidad en la cara.

Somos como hombres de las estrellas viviendo una gran aventura,

conociendo universos extraños que se extienden más allá de la panadería de la esquina.

Astronautas sin escafandras ni largos cables que nos aseguren a nuestras naves.

Exploradores espaciales sin planeta al que volver

porque explotó el día en el que todos sus habitantes encendieron,

por error,

los secadores de pelo a la vez.

Viajeros de un crucero que atravesará la vía láctea,

sin destino ni punto de partida.

Somos, quizás, como esos marcianitos verdes que no eran malos,

pero que a veces tenían miedo.

Marcianitos verdes que cantan mientras viajaban en su nave espacial,

en coche o en metro

mientras mueven un poquito los brazos y ponen cara de poder ver las notas musicales dibujadas en el aire.

Somos seres nacidos de las estrellas,

a quienes no les quedan más cuerpos celestes que conocer

que los escondidos dentro de sus propias pupilas,

o quizás de las tuyas,

pero extraterrestres a fin de cuentas.

Ilustración: Patricia Dubreuil

La ilustradora

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , , on diciembre 2, 2010 by silvio11

Las líneas que componían cada uno de sus cuadros reflejaban el mundo hasta que… comenzaban a inventarlo.

Se acercó a ella con sigilo, para no desconcentrarla. No era necesario. Nunca le habría escuchado llegar. No mientras dibujaba.  Inclinada sobre el papel, armada con un lápiz, rescataba de la nada los trazos que veía con claridad en su cabeza.

Recordaba el mundo, lo inventaba.

– Ojalá yo pudiera hacer algo así.

Si sus palabras la cogieron por sorpresa, no se dio cuenta. Ella ni siquiera se inmutó.

– No sabes qué dices. Esto tiene un precio.

Su mano voló a la caja de lápices y agarró uno, el rojo. Él se preguntó si realmente era el que estaba buscando. Cuando comenzó a colorear el dibujo supo que sí, que era exactamente el que quería. Tenía todo ordenado sobre la mesa. Conocía cada milímetro de aquel espacio. Fuera de allí era torpe… fuera.

– Supongo que aprender a imaginar no es fácil.- Aventuró él sintiéndose un poco estúpido.

Devolvió el lápiz rojo a su sitio y recuperó el de grafito antes de emborronar una parte del dibujo con la yema de su dedo índice.

– Aprender a ordenar la imaginación no es fácil. Es casi tan difícil como aprender a dejar de mirar el mundo… Supongo que yo jugaba con ventaja. – Su sonrisa melancólica fue dulce. – ¿Qué te parece? – Levantó el dibujo para que lo viera.

– Violento.

– ¿Cómo de violento?

– No sé, violento, confuso.

– ¿Crees que es una confusión convulsa o contenida?

– Hay más gris que rojo… contenida, supongo… ¿Cómo haces para seguir viéndolo todo en tu cabeza?

Ella volvió a sonreír, pero esta vez sin melancolía.

– Yo… ya no lo veo. Ahora sólo puedo mostrarlo. Eres tú quien lo ve.

Imaginó como sería vivir en un mundo de sombras que ansiaba estallar en una explosión de colores.

Siguió mirando el dibujo.

– ¿Sabes? – Dijo ella – A veces me pregunto si no aprendí a imaginar el mundo sólo porque deje de verlo. Si esto no es nada más que una defensa contra mi ceguera.

– ¿Qué prefieres? ¿Te gustaría más que fuera un don o… una defensa?

Dudó, sin mirar a nada más que hacia dentro. Ella lo tenía más fácil para ver dentro de sí misma.

– No lo sé. ¿Qué tiene más mérito?

Él estudió la mesa, la posición que ocupaba cada uno de los lápices sobre ella, con la goma en la esquina superior izquierda, el sacapuntas en la superior derecha y un buen montón de utensilios distribuidos por toda la superficie de madera.

– ¿Para mí? Conseguir ordenar la imaginación. – La sonrisilla de sus labios quebró la última palabra de su frase. – Es poético, ¿no? Aprender a imaginar el mundo a raíz de cuatro cosas que sabes de él.

– Te cambio mis dibujos por tus ojos.

Era imposible saber si estaba bromeando.

– ¿Lo harías?

Volvió a dudar.

– Ahora… esto es lo único que sé hacer. A lo mejor, si hubiera tenido vista habría sido otra cosa, pero soy dibujante de realidades inventadas.

Él volvió a coger el dibujo. Lo sujetó entre los dedos mientras la observaba.

– No vives de esto.

– Ni tú de la locura, pero tampoco renunciarías a ella. Es lo que somos, no de lo que vivimos.

Él sintió la estocada en el lado derecho de su estómago.

– Puede que para soñar con algo mejor debamos estar mal.

– Mucha gente que sabe que el mundo está jodido sin necesidad de quedarse ciega.

– Ellos creen en arreglar el mundo real. Para reinventarlo como queremos nosotros, hace falta estar ciego, loco, sordo… A lo mejor los imperfectos lo tenemos más fácil para soñar con otras perfecciones.

– ¿Y eso?

– Los sueños del mundo son los sueños de la mayoría, de los normales. Los imperfectos somos… ¿una élite?

Ella soltó una carcajada.

– Sí, una élite.

Él sonrió por última vez. Siguió mirándola cuando se giró y, después de hacer un rápido cálculo de espacio con la palma de la mano para saber en qué punto de la mesa se encontraba, ordenó el dibujo que él había dejado alegremente sobre la mesa.

– Déjame crear lo que no veo, acariciar lo que no tengo y soñar todo lo que ni siquiera soy capaz de concebir.

Cuando abandonó la habitación, no podía dejar de pensar en la filosofía que respiraban todos aquellos dibujos que ella había creado y que no podría ver jamás.