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Y una chacona (Passacaglia III de II)

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on febrero 1, 2010 by silvio11

Me siento en paz, que es lo mismo que decir que me siento vacío. Tengo envidia de la gente que puede proyectarse hacia delante a partir de la tranquilidad. Necesito la confrontación interna para que de la colisión nazca el movimiento, el punto intermedio, la emoción. La felicidad no me invita a mejorar, me obliga a detenerme para intentar encontrar un punto estable en el que permanecer inmóvil… Temo a la felicidad. Deseo ser feliz. Anhelo dejar de tener la necesidad de expresar emociones, porque eso significará que estoy en calma… Espera, a lo mejor eso no es del todo cierto.

Se agita bajo mi brazo. Entre mi brazo y mi pecho. Tiene frío. Reconozco perfectamente el sonido que hace. Es una aspiración de aire que penetra en la boca a través de la pequeña abertura que se crea entre el labio inferior y los dientes superiores. Se acurruca más contra mí, se recoge más sobre sí misma y me hace sentir impotente al no poder calentar su cuerpo.

No puedo quedarme dormido. Son las siete de la mañana y en vez de estar follando estamos en el sofá, abrazados. Ella dormida y con frío. Yo despierto y caliente… en los dos sentidos. Ni siquiera quiero pensar en cómo hemos llegado a esta situación. Son cosas que pasan, aunque resulten increíbles, pero uno nunca sabe cómo va a terminar la noche cuando la empieza. Supongo que eso es lo que le da gracia al asunto.

De la contradicción nace el punto intermedio. Del deseo de retroceder y avanzar a la vez surge la respuesta o, simplemente, una tercera opción. Improviso. Me dejo llevar intentando distinguir aquellos caminos que no transito por miedo de aquellos que jamás recorreré por principios. No es fácil.

Debería hacerme una foto y colgarla en la cuenta que no tengo de Facebook. Seguro que estoy tiernísimo. Me promocionaría como si fuese un juguete. No sé, un osito abrazador… un Abrazoso o algo así… Y encima sigue haciendo el dichoso ruidito y buscando más calor allí donde no lo hay. La calefacción está rota. En breve tendré que levantarme a buscar otra manta.

Con casi treinta años debería conocerme mejor… A lo mejor ya lo hago y la única característica que me define es la propia incertidumbre, la incapacidad para tomar decisiones y aún así aparentar una inquebrantable firmeza de carácter. Cuando la duda se convierte en seguridad, a ojos de los demás puede considerarse que has transformado la inconstancia en una constante.

Tanteo la posibilidad de deslizar una mano por el muslo de ella, que sigue profundamente dormida… La muy hija de puta. Pienso en una película X. Podría notar la fricción de mis manos en su pierna; despertarse de repente pensando en sexo y encontrarme ahí, al lado, anhelando satisfacer sus deseos. Pero no, en lugar de eso sigue durmiendo plácidamente. Tan plácidamente que no puedo resistir el impulso de acariciarla cuando le retiro un mechón de pelo de la cara. No se despierta… Bien, por el momento no habrá demanda legal por intento de violación. Vuelvo a juguetear con el mechón. Esto ya es puro vicio o adicción al riesgo, porque tampoco es que tenga tantas ganas de hacerlo.

Me pregunto dónde andará mi crisis de los treinta. A lo mejor no la paso porque nunca he tenido demasiadas esperanzas puestas en mi vida. Hay gente que se imaginaba casada y con dos hijas. Yo me veía en mi casa, muerto de asco, en la cárcel, desintoxicación, deprimido, terrorista… Cosas así, divertidas. Claro, que otra posibilidad es que lleve al filo del abismo desde los quince años, lo que haría de la crisis un estado natural de mi persona… No, dudo que sea tan guay como para llevar quince años en crisis existencial. Casi seguro que lo que me pasa es que soy gilipollas.

Le susurro unas palabras al oído con la esperanza de que se asienten en algún recóndito e influyente rincón de su mente, de que las recuerde al despertar: “Deseas que te penetre salvajemente”.

Sí, va a ser que soy un gilipollas.

¿En qué estaba pensando yo hace un momento? Ni siquiera me acuerdo. Isabel es taaaaaan mona… Espera no, que se llama Monica. Mierda. Desde hace un buen rato me estoy equivocando de nombre cada vez que la miro. Dios, que triste. Estoy teniendo pensamientos elevados con el nombre equivocado. Y yo que me quería casar con ella. O por lo menos desnudarla, acariciar su cuerpo y hacer todas esas cosas que tan bien hago en mi imaginación.

Suspiro profundamente.

Es tan bonito desnudar a una chica y practicar el sexo con ella.

Pues vale, habrá que acostumbrarse a ser un capullo. La estrecho contra mi pecho y me siento mejor. Creo que ella se imagina que está con su novio, un tipo fantástico por cierto, porque me devuelve el abrazo. No sé qué hace conmigo si tiene un chico que es como un gizmo imitando a Elvis Presley.

Me siento mezquino por semi traicionar a gizmo, pero poco y de un modo bastante cínico, la verdad.

Empiezo a tararear mentalmente una canción… Me alegro de estar en el sofá. No hay confrontación, no hay avance, retroceso ni grandes revelaciones. De este instante preciso no va a nacer nada que no sea una estúpida sensación de alegría por estar vivo. Sonrío. Le doy las gracias mentalmente a… Mónica, es Mónica, acuérdate ya carajo. Quedará mal que se lo cuente a los amigos, pero la maravillosa Mónica, la tierna Mónica, la muy besable y abrazable Mónica, la calientapollas de Mónica es como un pequeño oasis en medio del desierto.

Mañana me busco un drama que me reconvierta en un alma torturada. Hoy me conformo con sentir un poquito de calor humano.

Gracias Mónica.

Vuelvo a retirarle el pelo de la cara. Ni por impulso ni por vicio, sólo porque me da la gana. Me recreo viéndola dormir.

Bostezo. Empieza a entrarme sueño. Ella tirita. La madre que te pario. Hago auténticos malabares para ponerme en pie sin despertarla. Voy a buscar otra manta… y a echar una meadita de paso.

Recuerdos (Passacaglia II de II)

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on enero 28, 2010 by silvio11

Se dejó caer completamente exhausto encima de ella. El sudor de ambos se conjugó formando un único fluido que contribuía a mantener sus cuerpos aún más pegados. Rodó ligeramente hacia la derecha, rompiendo la comunión de la carne, para poder tumbarse a su lado. El suspiro que soltó ella al notar cómo volvía el vacío al interior de su cuerpo le arrancó una sonrisa que la noche ayudó a ocultar. Se sintió importante, imprescindible. Por desgracia, le traicionó la risa que se escapó por su nariz en forma de dos rápidas expiraciones.

– ¿Qué pasa?

– Nada.- Contestó avergonzado.

– Venga. – Le pidió alargando las vocales como si fuera una niña pequeña.

De repente se encaró con ella y su gesto se volvió serio.

– ¿Recuerdas aquella vez que te sequé el cuerpo?

– ¿Qué? – Preguntó cambiando la expresión de la cara y el tono de voz.- No.

– Sí. Fue aquí, en verano. Eran las cuatro de la tarde y hacía tanto calor que la luz del sol era más naranja que amarilla. Estábamos mojados porque te habías cansado de que el sudor se te pegase al cuerpo, así que me convenciste para que nos diésemos una ducha. Vinimos directamente a la cama, tu desnuda y yo con una toalla enrollada en la cintura. Empapamos las sábanas y te tumbaste boca a bajo. ¿De verdad que no te acuerdas?

Ella parecía fascinada.

– Para nada.

– Vi una gota de agua deslizarse desde lo alto de tu espalda, por tu cintura, y sentí deseos de convertirme en ella, aunque no te lo dije.- Confesó justo antes de esconder su mirada en el techo de la habitación.

– ¿Por qué?- Le inquirió con una profunda sonrisa en los labios.

– Las mujeres sois muy hijas de puta. En cuanto veis un poquito de debilidad os aprovecháis.-  Ella bufó como única respuesta.- Por eso intenté secar esa gota de agua, para borrar mi debilidad, aunque lo hice con cuidado, porque me gusta que me hagas sentir débil. Utilicé únicamente la punta de la toalla… Pero no fue suficiente… Quería ser todas las gotas que brillaban bajo la luz anaranjada del sol y corrían sobre tu piel. Así que fui eliminándolas, una a una, convirtiendo los deseos en recuerdos capaces de humedecer el paño del olvido.- Y volvió a centrar toda la intensidad de su mirada en los ojos de ella.

– Te lo estás inventando.- Protesto divertida.

– No puedo creer que no lo recuerdes. Tardé horas en terminar porque cuando acabé con tu piel, eliminé todas las gotas de agua que humedecían tu pelo con mis propias manos.  Y mientras lo hacía pude ver cómo iba cambiando el color de la tarde, pasando del naranja al carmesí y de ahí al negro de la noche… Y tú te quedaste dormida mientras te secaba con mis caricias.. 

– No te creo… ¿Cuándo pasó eso? Quiero le fecha exacta.

– El cuatro de agosto… de 2010. Dentro de tres meses. Empezaré a las cuatro y cuarto y terminaré a eso de las diez de la noche. No sé cómo has podido olvidarlo. Yo me acordé de ese día la primera vez que te vi.

Luz (Passacaglia I de II)

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags , on enero 27, 2010 by silvio11

Pego el dedo al cristal de la ventana.

La luz del sol lo atraviesa

y parece que brotara del mismo interior de mi carne.

El mundo respira y se mueve,

ausente, ajeno a todo.

El viento mece suavemente los árboles

y el cielo deja de llorar un instante.

La luz atraviesa mi carne

y soy capaz de distinguir el camino que recorre el haz hasta tocar mi dedo.

Es una diagonal descendente de unos 45 grados.

Del sol al cristal, del cristal al dedo;

del dedo al aire, de ahí a mi pecho;

del pecho a la carne, a los huesos, al corazón.

Lo atraviesa con cariño,

aportándole luz y calor,

dándole un breve segundo de perfección.

Respiro las ondas y partículas que componen cada rayo.

Las dejo penetrar en mis pulmones.

Las robo del aire, las integro en mi cuerpo

y me convierto en luz.

Recorro el espacio vacío entre el sol y la tierra en apenas 1,29 segundos.

No soy yo quien teme a la oscuridad.

Es ella quien no puede soportar mi mirada.

Impávido delante del cristal,

con el dedo pegado al cristal,

con el cristal pegado al mundo,

con el sol iluminando el mundo,

con el mundo palpitando bajo nuestros pies,

descubro que somos luz, porque brillamos.

Somos luz, porque cruzamos la noche.

Somos luz, porque nos iluminamos unos a otros.

Somos luz, aunque a veces nos asuste nuestra propia naturaleza.

Somos partículas que necesitan moverse en una misma onda,

porque sólo así conseguimos avanzar.

Somos la luz que no puede ser polarizada

y convertiremos cualquier oscuridad que intente absorvernos en una explosión de colores.

Somos la luz que atraviesa la carne.

El rayo que no cesa.

El sentimiento vivo que desea iluminar el mundo desde su mismo interior,

para que sea el Sol quien se caliente con nuestros rayos.