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Pequeños sueños gravemente heridos

Posted in Colaboraciones, cosas que podrían haber rimado, Historias del terruño (Guadalajara) with tags , , on febrero 18, 2011 by silvio11

Poema extraído de Pequeños sueños gravemente heridos, de Rafael González.

RESCATE (IM)POSIBLE

Objetos imprescindibles

a poner a salvo los días de naufragio:

la candidez de la fotografía recortada del fotomatón,

los prismáticos de campamento para atisbar a lo lejos

la orografía de tu cuerpo,

dos poemas escritos con la tinta que corre por tus venas,

un cuaderno para dibujarte las veces que haga falta,

la biografía que incompletamos juntos

y una lámpara mágica para pedirte

que pases por aquí

cuando no te necesite.

Portada del libro Pequeños sueños gravemente heridos, por Patricia Dubreuil

Nota: Corría el tercer año de carrera cuando un profesor me retó a un duelo -como lo cuento- ofendido por mi horrorosa forma de escribir. Poco después, otro achacaba a mi terrible narrativa el suspenso en un examen. Por aquel entonces dejé de hacer Agencias en el periódico en el que estaba de becario y entré en Cultura. Un tipo barbudo y espigado se propuso enseñarme a juntar letras. Tenía mi misma edad, pero era mayor en todo lo demás. Si puedo hacer esto que hago, mejor o peor, es por él. Pequeños sueños gravemente heridos es su primer libro de poesía. Para las ilustraciones ha contado con la ayuda de otra amiga de este blog, Patricia Dubreuil. Como soy un egocéntrico, dejo a continuación un comentario sobre esta pequeña joya a la que tan poquitos podremos ponerle la mano encima.

 

Nuestra esperanza vivía en cualquier otro lugar. La realidad, como una casera quisquillosa, siempre la estaba echando de casa. Y claro, luego teníamos que ir a buscarla a… vaya, algunos ni siquiera supimos dónde buscar. Nos limitamos a echarla de menos y caminar hacia el patíbulo despacio, con desgana -que a nadie le gusta que le den el tiro de gracia demasiado pronto- y arrastrando un poco los pies. Tristes y vencidos, puede, pero también con determinación.

Aprendimos que la esperanza estaba en el pasado, en el ahora que perdemos, y le cogimos un poquito de manía al mañana. Más pragmáticos que la propia vida, un día despertamos sabiendo que no necesitábamos creer en un nuevo amanecer. En nuestro idealismo utópico nos aferramos a la idea de que tan importante era mantenerse fiel a la belleza perdida como a la que está por llegar. Y es más, decidimos hipotecar el futuro en el mismo momento en el que asumimos que algún día llegaría su final.

Hablo en primera persona del plural inmerecidamente. Puede que sean mis conclusiones, pero han nacido de los sentimientos de otro. Emociones que, como si de una cadena de pensamientos lógicos se tratara, conducen humildes y decididas a un triste desenlace. Decididas, porque siempre fuimos conscientes de que la belleza acabaría tornándose en dolor y aún así la amamos. Humildes, porque no buscamos explicación al mundo más allá de nuestro propio fracaso. Triste, porque todo final deja un poso de amargura.

No buscamos más consuelo que el del daño compartido, las simetrías erróneas y los cuatro detalles que es imprescindible salvar cuando se avecina el naufragio. Realidad hecha sueño, por fortuna, y tragedia convertida en poesía, por necesidad. ¿Acaso nos perdimos la vida por un exceso de celo?

No hay que buscar moral en la poesía ni lecciones, al menos no en ésta. Nuestra esperanza estaba escondida en cualquier otro lugar. Nuestros sueños se vinieron abajo ante nuestros ojos y, pese a todo, decidimos permanecer fieles a ellos mientras se desmoronaban. Ni siquiera les traicionamos cuando ya estaban muertos y enterrados. No, eso nunca. El compromiso con la esperanza fue un puño crispado por el pasado.

Gracias por dejarme sentirlo y formar parte de ello, aunque no fueran mis conclusiones ni mis fracasos. Gracias por dejarme sentir parte de la tragedia de la humanidad y no de su éxito pragmático, como si fuéramos dos luchando por aceptar nuestro dolor y no uno perdido en el estúpido vendaval de segundos que nos rodean.

Permíteme que sea hoy yo quien lo diga: “Nunca nuestras vidas estuvieron a la altura de nuestras expectativas. Así me va… Así nos va… O tal vez no”.

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Tú (o el vacío de no sentir nada)

Posted in Colaboraciones with tags , on diciembre 25, 2010 by silvio11

Autora: Patricia Dubreuil

Anoche se pasó exactamente 48 minutos mirando al techo. Ni rastro de las estrellas. Vacío. Oscuridad. Negro. No pensaba en ti. Ni en nada. Ni en nadie. Podía escuchar su respiración, sus tripas, sus parpadeos. El caos, el ruido…todo se había convertido ahora en vacío.

Sentado desde el respaldo del banco la mira. Parece sentir una mezcla de extrañeza y admiración, o eso me parece. Sonríe. Agacha la cabeza. Viven a apenas 100 metros. Él tiene la cabeza en otra parte. Ella está herida. Ambos tienen miedo. Toman caminos diferentes. Aquello se parece mucho a historias que están ocurriendo simultáneamente en otros lugares, con resultado similar. Nulo.

Domingo. Vasos a medias, platos con restos, botellas vacías, globos desinflados, confeti pisoteado. No queda nada. No queda nadie. Aún así el silencio no le da miedo, es más, se siente protegido por él. Mejor la nada que un ruido lleno de mentiras.

Lo dejaron hace poco o mucho, no sé. Ella sonríe, pero hay cierto aire melancólico. O eso me parece. Creo que no le ha olvidado, que aún le busca sin respuesta. Se ha puesto tacones, está realmente guapa. Siempre le entran un montón de tíos y, tras un rato de conversación, siempre la misma respuesta y la misma sensación. Nada.

Sonríe mientras coge el ron. Bromea. Pero no está como siempre. O eso me parece. Le falta algo, estoy segura. Es como si la buscase por el bar. Si cierra los ojos puede recordar su olor, su voz, su cuerpo. Un calcetín tiene su pareja. Unos pendientes tienen la suya. Ellos se tienen el uno al otro. Aunque esta noche no sea así y sólo encontrará una cama vacía.

Se siente estúpida. A cada minuto. Busca algo en el bolso. Pastillas para desaparecer. O eso me parece. Ahora su mejor amigo es el silencio. Cada noche sale a pasear con él, y tienen ganas de tirarle piedras a alguna ventana o llamar a algún telefonillo…pero casi siempre alguna farola se apaga y el vacío y la noche se los come a los dos.