Archivo para Piratas

Despedida y cierre (Trilogía pirata: III de III)

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags on noviembre 4, 2009 by silvio11

Piensa que algunas cosas son inmejorables. No hay nada más que decir. Algunas canciones representan la perfección en medio de un cúmulo de palabras y oraciones imperfectas. Lo siente dentro de su corazón. Con el dolor, con la desesperación, vuelve a sentirse completo. “Prometo no mandar más cartas y no pasar por aquí”. Con la desaparición de la felicidad el círculo vuelve a cerrarse. “Prometo no llamarte más y no inventar ni mentir”. En medio de la desesperación sólo existe la necesidad de sobreponerse a todo. “Prometo no seguir viviendo así, prometo no pensar en tí”. La necesidad de gritar al mundo que ha llegado el momento de lamerse las propias heridas. “Prometo dedicarme solamente a mí”.

Grita a pleno pulmón. Deseoso de que cada una de las estrofas se convierta en una realidad. “Prometo que a partir de ahora lucharé por cambiar”. Deseoso de poder cumplir cada uno de sus deseos. “Prometo que no me verás, que no voy a molestar”. Quiere ser tan duro como la roca. “Sabes que lo digo de verdad, que no voy a fallarte en nada”. Quiere ser tan duro como el mismo acero. “Que tengo mucha fuerza de voluntad, que no te fallaré en nada”. Exige a cualquier divinidad que le esté escuchando en ese preciso momento que le permita ser capaz de sobreponerse al propio dolor. “Prometo no seguir así, prometo que no voy a pensar en ti”. Que le permita ser capaz de sobrevivir. “Prometo dedicarme solamente a mí”.

Está callado. Está sólo en su habitación. Y sin embargo sigue gritando. “Y el aire que me sobre alrededor”. Grita. “Y el tiempo que se quede en nada”. Grita. “Nunca más escucharé tu voz”. Grita hasta perder la voz. “Energía nunca liberada”. Grita, aunque nadie le escuche. “Promesas que se perderán en estas cuatro paredes”. Grita, aunque sus gritos no sirvan para nada. “Como lágrimas en la lluvia se irán”.

Es consciente de que sus buenos deseos no son nada más que intenciones vacías. “Siento que no tengo sueño y no puedo descansar”. Porque sabe que el dolor volverá a acosarle en cuanto baje la guardia. “Invento más de mil palabras y busco una verdad”. Y entonces llegará el momento de volver a contarse mentiras bajo las que sepultar la única realidad que existe. “Intento que suenen de forma genial”. De volver a autoconvencerse de que no ha pasado nada demasiado grave. “Intento que no digan nada”. De volver a negar los sentimientos que le van comiendo el corazón. “Nada siempre es toda la verdad”. Porque esa la única forma de superar el dolor. “Nada significa nada”. Pensar que no hubo nada más real que las propias mentiras.

Por desgracia, nadie puede detener a la verdad cuando decide imponerse al autoengaño. “Rompo las promesas que me hice a mí”. Y es entonces, cuando la propia vida le ahoga con sus manos, cuando hace sus auténticos juramentos. “Prometo pensar en ti”. El momento en el que brotan lágrimas de amargura provocadas por su propia debilidad. “Ahora prometo sólo pensar en ti”.

Con la realidad vuelven las mentiras. “Y hago que suenen de forma genial”. Mentiras sobre lo que pudo ser. “Prometo que no dicen nada”. Mentiras sobre lo que nunca será. “Nada siempre es toda la verdad”. Mentiras sobre un mundo muerto y enterrado. “Nada significa nada”.

Y entonces grita. “Palabras que no dicen nada en estas cuatro paredes”. Solo. En la oscuridad de su cuarto. Sin abrir la boca. Sin nadie cerca que le escuche. Grita. “Promesas que no valen nada, nada, nada, nada”. Grita. “Y el aire que me sobre alrededor”. Hasta que el mismo destino baje a pedirle perdón. Grita. “Y el tiempo que se quede en nada”. Hasta que a la luna le de vergüenza iluminar a cualquier otra pareja de amantes. Grita. “Nunca más escucharé tu voz”. Hasta que se sienta completamente derrotado de tanto gritar. Grita. “Energía nunca liberada”. Porque es consciente de que no hay nada más triste que aquello que nunca llego a ser. “Promesas que se perderán en estas cuatro paredes”. No hay nada más triste que los sueños perdidos en medio de una tormenta de realidad. “Como lágrimas en la lluvia se irán”.

Caos (Trilogía pirata: II de III)

Posted in extensos microrrelatos with tags on noviembre 2, 2009 by silvio11

Quería correr hacia ninguna parte. Correr. Correr mucho. Dejarlo todo atrás. Quería correr tanto que nunca le importó qué o quién dejaba a su paso. Sin cadenas. Correr. Libre. Siempre libre. Sin depender de nadie. Sólo. Todo el mundo cree que los solitarios eligen su condición. Es mentira. La soledad es una consecuencia. Correr. Es la demostración empírica de que el ser humano no está hecho para correr, no en libertad. Para la mayoría la carrera es sinónimo de confusión, de caos. El respiraba el orden en cada una de sus profunda aspiraciones. Correr no era una forma temporal de vivir la vida, era la única forma de no permitir que la muerte le atrapara. El caos era su refugio y su condena.

Sabe que el caos quema. Quema cada uno de sus pensamientos, de sus emociones. No quiere morir abrasado por el caos. Por eso necesita rutinas a las que aferrarse, reglas, clavos ardiendo que le impidan perderse entre tanto caos, aunque sus marcas queden grabadas a fuego en la piel. Sabe que el caos es estar demasiado ligado al mundo como para poder prescindir de él, como para no sentirlo… Está cansado de disimular que nada puede tocarle, pero es lo única forma que tiene de seguir viviendo. La oscuridad le sigue los pasos.

Es como los niños que ponen la mano encima de la llama hasta que el calor les abrasa. Pero en su caso no es un juego, sólo pretende darle esquinazo a la oscuridad. Dejarse llevar por las corrientes del caos es flotar en medio de la contradicción, dejarse arrastrar. Agarrarse al clavo ardiendo es luchar contra la corriente. Sólo quiere respirar, en paz, detenerse un momento, conseguir que todo deje dar vueltas, tanto dentro como fuera de su cabeza. Intenta hacer pie en medio de la nada, en medio de la corriente de caos. No hay nada en lo que apoyarse, sólo el maldito clavo que a veces le coge la mano y otras arde con más fuerza que nunca, deseando que le suelte y se aleje flotando.

La confusión es todo lo que queda allí donde no hay equilibrio. El miedo, el maldito miedo. Estar en medio del caos ofrece orden, equilibrio. Intentar ponerse en pie es caer. Intentar recuperar la estabilidad que ofrece la corriente de caos mientras se aferra al clavo es peor aún. Patalea, se deja llevar, vuelve con brusquedad, gesticula obscenamente. Es ridículo, patético. Mira el clavo desesperado y desea que arda un poco menos, que le dé un respiro. No hay respiro allí donde no hay equilibrio. Sólo hay confusión y miedo.

El caos le pide que vuelva con él y quema casi tanto como el clavo. Son demasiadas llamas, pero no hay lágrimas allí donde sólo hay calor. El calor es ira. El calor es venganza. El calor es pasión. El calor es necesidad. El calor es desesperación. El calor una mirada completamente helada que mantiene bajo control el fuego dentro de un recipiente humano. Todo arde tanto como el mismo odio. Soltar el clavo es la única forma de no acabar odiándolo. Olvidar el clavo es la única forma de no volver su ira contra él. Quizás deberías odiar su incapacidad para encontrar la paz en su propio interior, pero eso es imposible. Él vive en medio del caos, en una perpetua carrera. Nunca llegará orden del caos, sólo más caos. Tiene lágrimas en los ojos, o las tendría si no hiciera tanto calor, si no estuviera tan centrado en odiarlo todo, pero es la única forma que conoce de seguir corriendo, de seguir disimulando que nada puede tocarle. Es la única forma que conoce de vivir.

Cuando suelta el clavo comienza a girar con violencia. Da tumbos de un lado a otro. Se golpea contra paredes y piedras invisibles, imaginarias. Apenas tiene tiempo de echarle una última mirada melancólica a su adorado clavo. ¿Sabrá alguna vez cuánto dolor ha sido capaz de soportar por él? ¿Cuánto se ha opuesto a sí mismo antes de que su propia naturaleza se impusiera sobre todo? La corriente gira su cuerpo tan rápido que no hay tiempo. El caos le abraza como un antiguo amante. La soledad le baja los pantalones. El odio le besa dulcemente los labios. Se deja llevar por el caos. Tarde o temprano volverá a encontrar el equilibrio dentro del caos. Hasta que eso ocurra es caos dentro del caos. Las contradicciones se regocijan en sí mismas y ya que no es capaz de derramar ningún tipo de líquido por sus ojos, se dedica a ingerirlo salvajemente. El caos ríe a su alrededor. Claro, que a lo mejor no es una risa. A lo mejor es el soplido desatado de un huracán. A lo mejor es la estridencia incontenida de una riada. Se siente en casa. Por desgracia, vuelve a estar libre y sólo, soñando con el equilibrio.

Ella quería compartir parte de una falsa libertad. La libertad nunca es real. Allí donde no hay reglas es la propia conciencia quien debe separar lo correcto de lo incorrecto. Dogmas de fe que están en permanente conflicto, luchando entre sí, buscando el lugar perfecto en el que mantener el equilibrio. Son muchos los que piensan que vivir en el caos, en ese estado de conflicto constante, implica libertad, indiferencia, capacidad para desligarse del mundo. Son muchos los que piensan que vivir libre es poder prescindir del resto del mundo.

Habrá un día en el que él consiga llorar. Será cuando comprenda y acepte que todos esos clavos a los que fue incapaz de aferrarse eran otros seres humanos sumidos en su propio caos. Lo único que le diferencia de ellos es la incapacidad que tiene para amar, para comprender, para perdonar. La corriente le da un nuevo empujan y golpea su cabeza contra una piedra imaginaria que le deja sin sentido. Sigue corriendo, flotando, pero ya no tiene conciencia de sí mismo. La oscuridad aprieta el paso y recorta la distancia que le separa de su presa.

Animales Heridos (Trilogía pirata: IV de III, un bonus track adelantado)

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags on noviembre 1, 2009 by silvio11

Hay un tipo. Hay un parque. Al final del parque, hay una pequeña plaza. En la pequeña plaza, hay un banco. En frente del banco, hay una rotonda. Sentado en el banco, está el tipo. Todas las mañanas, desde las ocho, mirando a los coches que pasan por la rotonda.

Algunos perros ladran excitados. Otros no. Se limitan a dejarse poner los arneses, obedientes. Están a las afueras de un pueblo. Los dueños llevan ropa deportiva. Se atan a sus mascotas y corren con ellas. A pocos metros del grupo, que está a punto de comenzar la carrera, un perro abandonado observa los preparativos. Es blanco, con manchas marrones. Está delgado. Ni siquiera se sabe su raza.

– Me alegro de que hayas recobrado tu independencia, pero siento que haya sido a mi costa. Supongo que tendrás razón, que para sentirte libre debes demostrarte a ti misma que puedes prescindir de mí… ¿Por qué es como si eso me convirtiese en tu enemigo?

El tipo siempre está callado. Tiene la mirada perdida entre los coches. Probablemente padece algún tipo de autismo, pero eso no explica la tristeza de sus ojos… ¿O sí? Siempre lleva unos pantalones de chándal y una camiseta de tirantes de baloncesto, incluso en otoño. ¿Habrá alguien que le obligue a cambiar de ropa cuando llegue el frío?

Todos los perros abandonados tienen cara triste. Por eso parecen más guapos. Éste no es ninguna excepción. Si acaso, es más guapo aún. Dan ganas de cogerlo y llevárselo a casa. Mira a los otros perros y a sus amos con envidia. No es una suposición, es un hecho. Siente envidia. Ha tenido un amo que le abandonó, lo que no se podría asegurar es el tipo de relación que mantuvo con él, si le llegó a acariciar. Por su mirada, por su docilidad, es probable que sí lo hiciera. Eso sólo lo hace todo más doloroso.

– Yo no quiero dejar de depender de ti, pero tampoco quiero que aproveches esa dependencia en tu beneficio. Te he dado mi libertad y sólo tú puedes hacer que no me sienta un esclavo. No necesito que estés conmigo todo el rato, ni llamándome, ni escribiéndome mensajes. Necesito saber que tienes ganas de estar a mi lado, que me echas de menos y que para ti es tan importante que te bese como para mí besarte, pero claro, quién querría besar a su enemigo.

Cuando camina lleva los hombros caídos y parece que va sacando barriga. A veces tiene una botella de Coca-Cola en la mano, de esas de plástico que se parecen tanto a las antiguas de vidrio. No arrastra los ojos por el suelo, va mirando al frente, pero se nota que no hay nada que llame su atención. Nunca se fija en lo que le rodea. Simplemente está allí, sentado, al margen del mundo.

Amos y perros empiezan a correr. Él les sigue, a distancia. Se ha acercado a algunos de los animales para olerles, pero los humanos le producen miedo… o respeto. No se integra en el grupo. Sólo lo sigue. Puede que no entienda qué están haciendo, pero le gustaría formar parte de ello. Bueno, uno nunca puede saber qué es exactamente lo que quiere un perro, pero da la impresión de que eso es lo que querría éste.

– ¿La única forma de que tú te sientas bien es causarme dolor a mí..? Y si acepto, en qué me convierte eso… Es culpa mía, tienes razón. Estaba tan centrado en abrigarte todas las noches que olvide tapar mis propios pies.

A veces, en el fondo de sus ojos, tan inexpresivos por norma general, se adivina un poso de amargura, de odio. Es como si supiese que las cosas no deberían ser así, como si fuera consciente de su propia situación y no se sintiese capaz de cambiarla. Entonces mira los coches con más intensidad. Le gustaría ser un lobo para poder lanzar un aullido de dolor. Quizás algún día un coche se salga de la carretera y se lo lleve por delante.

Sigue al grupo de corredores durante varios minutos, pero al final se queda rezagado. No está bien alimentado ni tiene dueño que le entrene. Él no es ellos. No forma parte de su grupo. No forma parte de nada. De vez en cuando, algún vecino del pueblo le lanza un cacho de pan y se lo come agradecido, pero no es lo mismo. Cuando perros y humanos le dejan atrás, lanza un pequeño gemido de tristeza que nadie escucha.

– ¿Cómo se consigue equilibrar tus ansias de libertad y mi necesidad de sentirme seguro? Simplemente no se puede, ¿no? Hay cosas que no pueden ser y ya está. Cuando empiezas a buscar el equilibro es porque ya has comenzado a caerte… ¿Tu crees que se pueden detener las caídas?

Lo normal es que se termine aburriendo de ir al mismo banco todos los días… Pero no. Más bien sucede lo contrario. El tipo también va a su banco cuando empieza a anochecer. Junto con el amanecer, es el momento en el que más tráfico hay. Hoy, en el cielo, las nubes han creado una forma curiosa, como si fueran la cabeza de un pez. Venus es el ojo, pero él ni siquiera levanta la mirada. Observa todos esos cientos de coches y se pregunta qué más debe hacer para que el resto del mundo se dé cuenta de lo solo que está.

Tiene suerte y la carrera acaba en el mismo lugar en el que ha comenzado. Los perros vuelven y puede jugar un rato con ellos mientras los amos hablan de sus cosas y hacen estiramientos. Sabe que se tendrán que ir y descubre que a veces las despedidas comienzan con un saludo. “Hola perrito”.

– Al final todo se reduce a que me siento triste, vacío y solo… Siento todo lo que haya podido hacer para arrancarte una sonrisa, para hacerte feliz. Siento haberte regalado mis palabras. Es más, quiero que me las devuelvas. Las quiero todas. Es injusto que te las quedes. Son parte de mí, de mi alma. Son el resultado de los experimentos que haces con mi corazón… Sí, es ñoño… Son las lágrimas que no se me escapan por los ojos y las sonrisas que no llegan a tocar mis labios. Eran mis palabras y tú te las has quedado todas sólo para sentirte más fuerte… Por lo menos podrías olvidar mi nombre.

ANIMALES HERIDOS.

Amanecer (Trilogía pirata: I de III)

Posted in extensos microrrelatos with tags , on octubre 30, 2009 by silvio11

Ella se acurruca. El amanecer filtra unos pequeños rayos de luz por la ventana. La oscuridad se va aclarando y adquiere una tonalidad azul que coquetea con el gris metalizado. Ha llegado el momento de salir de la cama. Le abraza más fuerte, pero sin violencia.

Él apenas se despierta. Una leve presión en su pecho ha sido suficiente para sacarle del sueño profundo, pero se resiste a abrir los ojos. No es nada más que rutina, se dice, pero le duele que se siga cumpliendo fin de semana tras fin de semana.

Ella relaja los brazos. Cierra fuerte los ojos, como si así fuera a conseguir que regresara la noche, pero no lo logra. Llega el sol y con él, otro tipo de oscuridad. Emite un leve gemido. No quiere girarse. No quiere coger el móvil de la mesilla. No quiere mirar la hora. No quiere ver el amanecer. No quiere abrir las sábanas. No quiere enfrentarse al frío de un nuevo día. No quiere vestirse. No quiere darle un beso de despedida… Se gira.

Él nota como le abandona la presión que el brazo de ella hacía sobre su pecho. Nota como le abandona la presión que el cuerpo de ella ejercía sobre su costado derecho. Se obliga a abrir los ojos, pero todavía no se incorpora. Gira la cabeza y ve la espalda desnuda de ella. Está intentando alcanzar su teléfono móvil. Tiene sueño. Alarga el brazo y le pasa el dedo índice suavemente por la columna vertebral. Sus ojos se desvían hacia el amanecer. Es gris, azul, frío. Más tarde el sol calentará las vidas de millones de personas, pero ahora es demasiado frío… gélido.

Ella no dice nada. Tiene sueño y le da pereza vestirse, marcharse. Se sienta en la cama y vuelve la cabeza para mirarle. Sus ojos se encuentran en un breve segundo que muere de inmediato. Nadie se acuerda de mirarse fijamente a las siete de la mañana. Bueno, sí se acuerdan, pero eso hace que las despedidas sean más despedidas y aumenta el dolor que provocan. Es mejor ser breve, distante, irónico, fingir que no pasa nada, que no ha transcurrido otra noche, otro momento, otro buen momento. Cuantos más buenos momentos pasan, más probable es que el siguiente sea malo. Ella busca su ropa interior.

Él siente un extraño vacío en su cama. Es extraño porque no sólo es físico… Su cama también lamenta que ella deba marcharse. Sabe que en cuanto se gire podrá percibir el olor de su pelo en la almohada. Maldice en voz baja. Sombras grises, azules, sobre sombras negras. La soledad está esperando junto a la puerta para entrar en cuanto ella salga. Mira cómo se pone el sujetador y siente la tentación de impedírselo. Lo hizo las primeras veces, pero la broma terminó volviéndose repetitiva. Ella le pide que vuelva a dormirse con suavidad, con dulzura, con amor. Él no responde y sigue mirando.

Ella siente cómo esos momentos han terminado convirtiéndose en el sabor amargo que impregna cada uno de sus encuentros. Se pregunta por qué no pueden separarse entre sonrisas. Quizás por eso siente que están destinados a no estar juntos. No se puede vivir siempre con una persona que te hace estar triste cada vez que se ausenta de tu vida. ¿O sí? No lo sabe. Son demasiadas preguntas para la resaca de una noche llena de alcohol, besos, un poco de sexo y mucha desesperación. Siempre desesperación.

Él quiere pedirla que no se vaya, pero sabe que tiene demasiados motivos para hacerlo. Ya se ha puesto los vaqueros y las botas. Siempre deja la camiseta para el final. Juega con la idea de que no es el amanecer, es el atardecer. Juega con la idea de que no se está vistiendo, se está desnudando. Ya ni siquiera le importa estar triste. Está acostumbrado. Es la rutina. ¿Se puede querer a alguien en medio de la rutina? Quiere que ella se quede, pero no sabe si es porque la quiere o porque necesita sentir su calor para poder seguir durmiendo. No puede dormir cuanto siente frío en su costado derecho.

Ella saca la cabeza por el cuello de la camiseta y la agita para liberar el pelo que se había quedado atrapado. Es un error, se marea un poquito. Promete ser un día demasiado largo. Vuelve a mirarle y a pedirle que se duerma. Sabe que no lo hará, que seguirá mirándola. Se echa sobre él y le besa. Le sonríe. Es una sonrisa sin sonrisa alguna en su interior. Él le devuelve otra sonrisa igual de mentirosa.

Él la sigue con la mirada mientras ella se incorpora y se pone el abrigo. Nunca le dice que le quiere. Ya no. Eso es significativo. No sabe si es porque ya no le quiere o porque ya se ha autoconvencido de que no debería quererle. No puede resistirlo y le pide que se quede unos segundos más.

– No puedo, tengo que llevar a los niños a catequesis.

Él se queda callado y se aborrece por su propia debilidad. Sin embargo, sigue hablando.

– Que lo haga tu marido.

Ella sonríe con cinismo, con una sonrisa que hace juego con la frialdad del azul grisáceo del amanecer. Se da la vuelta, abre la puerta de la habitación y se marcha. Él continúa sintiéndose débil, repulsivo, triste. Siempre triste, como todos los finales, triste.