Archivo para todavía no

Camino

Posted in étranger, extensos microrrelatos with tags , on noviembre 30, 2010 by silvio11

Caminamos perdidos en las especulaciones sobre nuestros propios sueños y, sin darnos cuenta, aprendimos a respirar realidad. Nos dejamos caer en el césped solo un segundo, para recuperar el resuello, y la humedad de las lluvias pasadas se nos metieron en el cuerpo, calando nuestros huesos de tiempo perdido. Nos cogimos de la mano para afrontar el mañana, tirando en direcciones contrapuestas hasta que nos partimos por la mitad… o nos separamos… o… qué se yo. Hasta que aprendimos a caminar solos.

Fuimos sombras de una vida remota con la que tuvimos sueños húmedos, pero a la que nunca arropamos entre el dulce calor de nuestras sábanas, como si el mundo fuese demasiado despiadado para saber apreciar un desliz onírico.

En el día a día de nuestra degradante existencia los únicos momentos felices eran los que otros aseguraban haber conocido… Y eso nunca nos impidió seguir caminando.

La fuerza de nuestro espíritu se forjó en la aceptación de la lucha, pese a la derrota que se adivinaba en el horizonte… Y sólo los inmortales ideales que nunca entendimos permanecieron intactos, mostrándonos paternales que todo lo que aceptamos en virtud de la razón acaba muriendo, porque siempre hay una lógica inversa y destructora que enfrentar a los pilares en que fundamentamos nuestra razonada existencia.

Sólo los sueños tristes, solitarios, inútiles, emocionales. Sólo esa parte que nunca logramos entender de nosotros mismos nos ayudó a comprender un poco mejor nuestra propia naturaleza. Y caminar perdidos, haciendo especulaciones sobre nuestros sueños, fue la única manera de seguir respirando realidad sin asfixiarnos. Y tumbarnos en el césped, concentrándonos en los escalofríos que provocan los restos de lluvia de tiempo perdido cuando nos calan los huesos, la única manera de no tenerle miedo a ese mañana hacia el que caminábamos juntos, desde puntos separados del universo, pero siempre  unidos por un idéntico deseo de descubrir hasta dónde seríamos capaces de seguir caminando.

Detenerse era una buena forma de contemplar el mundo mientras pasaba ante nosotros, pero no era nuestra forma de hacer las cosas. Nosotros siempre fuimos más de caminar, de pasar ante el mundo e intentar llegar a alguna parte. Por desgracia, nunca supimos a dónde. Quizás sólo buscábamos niebla de la que emerger. Quizás sólo queríamos seguir caminando para no olvidar que todavía estábamos vivos. Vivos más allá del ruido que nos rodea. Vivos más allá de las lágrimas. Vivos más allá de la desilusión de nuestros propios sueños rotos. Vivos en un pequeño rincón de nuestro corazón en el que arde esa llama indomable que nos obliga a seguir caminando.

Nuestro camino no esta hecho con piedras, arena o asfalto. Se dibuja con claridad ante nuestros ojos… No necesitamos entenderlo. A fin de cuentas, vivir no es nada más que un acto de fe. ¿En qué? Espero encontrar la respuesta al final del camino.

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Empatía aplicada (Todavía no II de II)

Posted in extensos microrrelatos with tags on febrero 8, 2010 by silvio11

¿Es posible estar jodido y sentirse bien?

Claro.

Pesa. Pesa mucho. Una nube negra planea constantemente por encima de todo. Las preguntas sin respuesta siguen ahí. El miedo al mañana también… Cojones, y hoy incluso me duele la espalda. Achaques de la edad. “Y que no estiras una mierda”, que diría Ballesteros.

Las mismas palabras. Son las mismas palabras que saben a derrota, miseria y decepción. Nada excepcional para un depresivo en potencia. Lo importante, muchas veces, no es qué dices, es cómo lo dices. Las palabras pueden ser deprimentes, pero una buena melodía es capaz de arreglar casi cualquier cosa.

– Hemos dejado a los niños con mis padres.

El cabrón sonríe con picardía. Su mujer también.

– Ya no es salir. Es poder tener fuerzas para hablar de nuestras cosas.

Ella me mira como si yo fuese capaz de comprenderlo… No puedo.

– En casa, cuando les metemos en la cama, hablamos con lamentos…. o gruñidos.

Bromean, pero cojo la indirecta y me marcho a otra parte del bar, con los irreductibles sexagenarios de Bardales.

– Me metí en la Liga Troskista Revolucionaria sólo para ver si conseguía echarla un polvo.

– ¿Y?

– Nada. Sin embargo hice lo mismo con una de Fuerza Nueva y funcionó.

– Si la única política de los hombres fuesen los coños, mejor le iría a este mundo.

– Yo quería hacerlas felices a todas, a la vez, pero se empeñaron en ser infelices con otros, por separado.

Junto a la barra, en la televisión, Sabina y Serrat cantan aquello de “golpe a golpe. Versos a verso”. Milímetro a milímetro. Martillazo a martillazo. De eso va todo esto, supongo.

Alguien comenta que Fito viene a Guadalajara. Me río. Si no me hubiese jodido el hombro podría haber salvado una no relación sentimental. Si hubiese sabido que Fito iba a venir a Guadalajara, a lo mejor habría salvado otra… O no. Tres cojones me importa ahora.

Los padres renegados, sólo por una noche, siguen disfrutando de su intimidad. Me pregunto cómo puede la gente pasar junta tantos años y aún así tener cosas que contarse un sábado por la noche en un bar, como si todavía fuesen novios. Ahora sé que al día siguiente ella tendrá tanta fiebre que no podrá moverse de la cama. Seguro que ya está jodida, pero esa noche es su noche. “Hoy no. Hoy todavía no”.

Antonio cambia de disco y DVD. Mete a Fito. Manda narices. Al final se me va a poner al nivel de La Fuga. Whisky Barato. Lo bueno de las letras básicas es que no resulta difícil sentirse identificado con ellas. Yo también querría ser tan duro como el hierro.

“Me dijo que si podía venir a dormir a casa”. “No me jodas, ¿qué les pasa últimamente con eso? Es como una puta epidemia”. “Así que le expliqué que no podía subir porque sólo tengo tres mantas y la calefacción de mi habitación y del salón están rotas. Si uno duerme en la cama y el otro en el sofá, alguien tiene que pasar frío”. “…”. “Pues dormimos juntos en el sofá con las tres mantas, me dice”. “¿Y qué le contestaste?”. “Que estoy mayor para soportar una erección de siete horas”.

Ya no queda nada entre tú y yo, ya no queda entre los dos.

Domingo post pedo. Mañana. Sin resaca. Doce horas solidarias con Haití y posterior visita a Iriepal para ir a ver una procesión. Le veo. Me sonríe. Parece contento. Me dice que lleva una semana en el centro de rehabilitación, que esta bien. Prometo ir a verle. Mientras hago la promesa espero de corazón ser capaz de cumplirla. Se va. La conversación no ha llegado a los dos minutos. Me pican los ojos. Me pican mucho los ojos. Durante un segundo creo que voy a ponerme a llorar, pero se pasa. Habría estado bien llorar.

Cada cual que siga su camino, cada cual baile su canción.

“Es la canción de Robin Hood”. “¿De qué Robin Hood?”. “De la de Disney, ¿no la has visto?”. “No… es esa en la que Robin Hood es un zorro, ¿no?”. “Sí, y Little John un oso y el malo… un tigre. Y Ricardo Corazón de León…”. “Un armadillo”. “Vete a la mierda”.

Miguel y Ada siguen siendo tan Miguel y Ada como siempre.

Y de tu cariño, de tu amor, de tu alegría, de tu calor de vida mía, de te quiero tanto, al final, lo único que me quedó es la canción que estoy cantando.

Mal partido, a nivel personal. A nivel global, ganamos. Uno menos. La gente ríe. Bromas, ilusión. No sé si ganaremos o perderemos la puta liga, pero cada domingo salimos a morir, a luchar todos juntos, golpe agolpe. Me duele la espalda, pero no es excusa. A mitad de partido vamos empatadillos. “Venga cabrones, que soy un armagado. Sólo me queda el baloncesto, así que no me jodáis”. Ganamos. Un día más. Un partido más. Un verso más.

Quise hacer un cielo en el infierno a ver si acertaba por error.

Intento hacerme una absenta en casa. Casi le meto fuego a la mesa. El resultado es bebible. A lo mejor nos disfrazamos de piratas del siglo XXI en carnaval. “¿Cómo te ha ido el fin de semana?”. “Pues he trabajado, no he tenido un par de labios que llevar a la boca, me peleo con mis sueños y recuerdos, me he jodido la espalda y he hecho un partido de mierda… Joder, de puta madre tío”.

Es un poco egocéntrico no sentirse feliz cuando la gente a la que quieres está bien, contigo, disfrutando, viviendo.

Las palabras pueden parecer tristes. La melodía es lo que le da la vida al asunto. El viento sigue soplando.

PD: La dirección informa de que está intentando desarrollar sus instintos literarios para descubrir cuando un post va a formar de una trilogía o biología antes de escribir la segunda o tercera parte… ¿Tú lo has entendido? Ya, pues yo tampoco.

Ruido armónico (Todavía no I de II)

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on febrero 5, 2010 by silvio11

A veces la melodía no acaba de llegar. La escucha, pero le falta algo. La base está demasiado clara. El problema es demasiado evidente. Y la solución parece inalcanzable. Camina bajo un cielo gris. Las calles de Guadalajara llevan bien el gris de los días nublados. En invierno la lluvia amenaza gris. En verano tira de ocres. Echa de menos los ocres de las calurosas tormentas de verano. El Auditorio Buero Vallejo, antaño un segundo hogar, ahora no es más que un aparcamiento infalible. La melodía suena tan limpia en sus oídos, tan pura, que amenaza con dejarle sordo o con destruir la escasa cordura que guarda su cabeza. ¿Acaso es posible vivir en este mundo sin ir perdiendo la razón gramo a gramo? Hay quien diría que es una medida de supervivencia perfectamente legítima. Además, ¿quién tiene autoridad para juzgar la estabilidad emocional de las personas en una sociedad en la que nadie parece estar en su sano juicio?

Hay demasiadas ideas contrapuestas en su cabeza. Demasiadas cosas que están bien y mal a la vez. Demasiadas decisiones que entiende, pero que no habría tomado ¿Cómo elegir un bando cuando comprendes a quien estás a punto de convertir en tu enemigo? ¿Por qué merece la pena luchar?

Por primera vez en meses, sale a la calle sin llevar el móvil encima. No espera que nadie le llame. No le importa perderse ninguna llamada. Recorre unas calles que, de tanto verle pasar, se han terminado convirtiendo en voyeur de sus divagaciones. La melodía, derrochando pureza, no parece más que una sucia mentira. Una pequeña rampa conecta las dos caras del auditorio. Es casi como un camino secreto. Un camino que nadie en su sano juicio cogería a las tres de la mañana. A esas horas, sus 200 metros son un reto al destino. Quizás la ruleta marque intimidad. Quizás un desagradable encuentro. Por fortuna, pasar a las tres de la tarde es apostar sobre seguro.

Las paredes están llenas de pintadas, como el suelo. “No llores, luxa”. Sonríe. Miles de mensajes dejados sobre las paredes. Los mira y trata de introducirse en la mente de sus autores. En algunos casos, con descifrar lo que dicen es más que suficiente. Al mezclar sus preocupaciones con las preocupaciones de otros, la melodía comienza complicarse. Los intereses se entrecruzan, como los dolores y las desesperaciones.

Recuerda los tiempos en que era otra cosa. No el vocero de unos intereses, si no el intérprete de los sentimientos. Adoraba sentarse en medio de la oscuridad de un teatro; perderse en la muchedumbre de un concierto; mirar un cuadro sin tener ni idea de arte, tratando de adivinar qué sentía su autor. Llevar cada uno de los trazos del pincel al terreno de las emociones. Convertir la visión deformada de la realidad en una hipótesis sobre el mundo. Absorber la pasión. Encontrar el pequeño detalle que disparase la razón, los dedos, el entendimiento. Tantas veces surge algo de la nada. Tantas veces nace algo hermoso del dolor. Tantas veces la belleza no es nada más que una forma de hacer digerible la tristeza.

Los mensajes pintados en las paredes y el suelo todavía le rodean, como gritos silenciosos. Su mente viaja por otro tiempo. La primigenia melodía se confunde cada vez más con otros sonidos aparentemente independientes que le ayudan a conformar una poesía sonora. Da gracias a Dios por no entender nada de música, porque así puede limitarse a disfrutar de ella, a dejar que le penetre algo que va más allá de las convenciones, algo que no apela al sentido del gusto.

Recuerda el concierto de una coral de música. Delante de él, una pareja mayor. Un niño de unos doce años se adelanta para interpretar un solo. La pareja se agarra la mano silenciosamente. Es un gesto mudo. Ya sabe sobre qué escribirá cuando llegue a la redacción. Mariem Hassan canta sobre el escenario. Los focos, de un intenso color rojo, inciden sobre ella. Salta la chispa. Ve la sangre que corre por sus venas, que ha manchado sus manos. Ya sabe sobre qué escribirá cuando llegue a la redacción. Son tan pocos los momentos que recuerda, pero tantos los chispazos que continúa notando. Allí, de pie, en medio de todas esas pintadas, siente uno más. Es como una descarga, como un imperativo divino. Sus dedos se mueven sobre el aire, como si estuviesen escribiendo sobre un teclado imaginario.

Entonces lo recuerda.

Pasa el aparcamiento de largo. Casi al final de la pasarela está su pintada favorita. Llevaba meses sin verla. “Eres mi cielo en mi infierno. Tk mi niña”. Allí, de pies, delante de ella, ladea la cabeza, como si modificar su ángulo de visión fuese a revelarle algún aspecto nuevo del mensaje. Tantas veces lo ha visto que venera cada una de las letras por su fidelidad. La primera vez que se topó con él no le prestó atención. Cuando por fin pudo entenderlo, el mensaje sólo provocaba dolor. Incluso le hizo sentir como un cobarde por buscar consuelo en la soledad. Después, otro mundo, otra vida, volvió a ser capaz de verlo y sonreír. Un infierno puede ser un leve incordio. No tiene porque ser un eterno castigo. Una frase así puede decirse mientras se hace un mohín de fastidio. No tiene porque ser un grito desesperado. Pero el tiempo siguió girando y el mohín dejó paso al grito. Y las palabras, tan fieles a su piedra, cambiaron de significado una vez más. Y una vez más el dolor dejó paso al vacío. Y ahora podía mirar sin sentir. Añorando la tristeza. Sabiendo que cuando estaba triste añoraba el vacío. Y que cuando esté feliz temerá la llegada de la tristeza. A veces ha tenido ganas de gritarle a las palabras. No descarta la posibilidad de terminar sentado delante de ellas a las tres de la mañana con un litro de cerveza en la mano. Se hace una promesa así mismo. Si algún día a alguien se le ocurre borrarlas, volverá a escribirlas. Frases como esa tienen que estar dibujadas en las paredes. El mundo las necesita.

Tiene que haber ruido.

El ruido es el único remedio contra la melodía perfecta. La adición de sonidos es lo único que puede salvarle de esa melodía solitaria. Seguir buscando el chispazo que provoca la ilusión de otro, la felicidad que provoca ser capaz de comprender un apretón de manos, ser capaz de situarlos en el contexto preciso y de darle un significado. Ruido sobre ruido. Una poesía sonora de rasgos visuales, de trazos y espirales sin armonía alguna, sin compenetración, que sumados ofrecen un hermoso conjunto. Andar solo por la calle viendo a los demás, tratando de entender sus temores, sus pensamientos, sus felicidades. Conciliar el bien con el mal. Lo que viene con lo que va.

Empieza a chispear.

Levanta la mirada hacia el cielo. Está seguro de que, si hay un Dios, le está devolviendo la mirada en ese preciso momento. Una sonrisa burlona se dibuja en su cara, en la de Dios. “Pájaro”, susurra al sonreirle a su vez. “Hoy no, hoy todavía no”. Quizás todo sea tan fácil como eso. Ser capaz de pasear bajo la lluvia con una sonrisa en la cara. Escuchar el ruido. Disfrutar el ruido. Ser parte del ruido. Otros arreglarán el mundo. Él sólo quiere comprender lo que siente.

Ruido armónico.

Ruido sobre ruido.

Ruido musical.

Música.

Una sonrisa.