Archivo para trilogía mortuoria

Trueno Azul

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags on septiembre 13, 2010 by silvio11

El sol entra por la ventana. Es media tarde. Comparte la habitación del Hospital con otras dos mujeres, mayores, como ella. La mira, sentada en la silla, y sabe que no conseguirá que se tome la merienda. Se plantea la posibilidad de llamar a alguien y pedir ayuda, pero no lo hace.  

Estudia sus manos, arrugadas, y su mirada ausente. Habla, intentando que le reconozca, pero sus ojos… Una cosa es que no pueda hablar. Otra muy distinta, lo que dicen sus ojos.

Abuela, soy yo… Vale que no me entiendas, pero no me mires así… como si me tuvieras miedo.

Trata de imaginar lo que siente… Nada. ¿Es desconcierto o miedo? ¿Son las dos cosas lo mismo? Le recuerda a una de sus sobrinas. Cuenda eran pequeñas y no sabían hablar, también le miraban así. Él llegaba, decía tonterías, hacía ruiditos y ellas le miraban con esa misma expresión en los ojos justo antes de sonreír… o empezar a llorar.

Ella no termina de decidirse.

A él la impotencia le está jodiendo el alma, allí, como un gilipollas, echando trocitos de galleta en un tazón de leche para ver si así consigue convencerla de que coma un poco.

Recuerda la infancia, los días en los que ella les visitaba y él buscaba una película que pudiera gustarles a los dos. Recuerda El Trueno Azul. Era sobre un helicóptero de la policía. En una de las escenas, reventaba una tienda de pollos, haciendo que lloviesen por toda la calle. Cómo se habían reído. Tenía la risa de ella, ya rota por la edad, grabada en la memoria.

Acerca la cuchara a su boca y ella aprieta los labios. Es casi imperceptible, pero los aprieta. Mira a su alrededor, él, buscando alguien que le diga lo que debe hacer a continuación. Una de las señoras mayores, tumbada y sola en su cama, se tira un sonoro pedo. La otra está rodeada por algunos de sus hijos e hijas. Para animarla, la insultan a voces.

– Pellejo, que eres un pellejo.- Después se ríen y le dan un golpe en la barbilla.

Él vuelve a su tazón de leche y a su propia señora mayor.

Tiene la mirada ausente y no quiere abrir la boca. Eso sólo hace que el recuerdo de la lluvia de pollos le parezca aún más triste. Insiste. Ella por fin reacciona, golpeando la cuchara. No tenía demasiada leche, pero de todas formas se mancha. Él deja la cuchara dentro del tazón y comienza a limpiarla los dedos. Ella observa la operación, como si no fuera consciente de que se ha manchado y tienen que limpiarla. Entonces intenta levantarse, quizás para escapar de él. Se lo impide. Está convencido de que no podría mantenerse en pie. Además, tiene demasiadas bolsas y tubos unidos a su cuerpo.

Trata de explicarle por qué no puede dejar que se levante. Ella le mira, desconcertada, y vuelve a intentarlo.

No puede dejar de pensar en su risa, en cómo se ríe mientras llueven pollos asados del cielo. Él la mira a ella, mira al televisor y también ríe, pero sólo porque se ríe ella, no porque la escena le haga gracia. Ríe porque se siente orgulloso de haber acertado con la película.

La sujeta por los hombros y ella cede. Se queda sentada.

Él vuelve a mirarla.

Los tubos.

Las manos arrugadas.

La mirada ausente. Como sus sobrinas justo antes de empezar a llorar… o a reírse.

Inconsciente, pone su dedo índice en la palma de la mano de ella, como hacía con las niñas cuando eran pequeñas.

Ella cierra la mano entorno al dedo y le saca de su ensoñación. Él, esperanzado, vuelve a buscar en sus ojos un rastro de sí mismo; algo que le diga que ha conseguido hacer saltar una chispa dentro de su cabeza.

Nada.

Pero por lo menos se relaja. Ya no quiere huir de él, como las niñas, parece que le acepta.

Con la mano libre, empieza a acariciar la piel arrugada de sus manos. Ella se recuesta en la silla y vuelve a su propio mundo.

El sol prosigue su lenta caída, tiñendo de un suave naranja el cielo. 

Los pollos, las risas, el Trueno Azul… La tristeza devora los recuerdos de la felicidad, haciéndose más fuerte gracias a ellos.

– Pellejo, que eres un pellejo.

Se quedan allí, sentados, uno frente al otro. A veces, ella parece querer jugar con sus manos, como las niñas, y él la deja, como a las niñas.

Mientras huye del Hospital, pasa por delante de decenas de habitaciones, cada una con su propio drama. Algunas incluso con el mismo. En todas hay una historia. Se pregunta cómo hace toda esa gente para ser más fuerte que él. Huye, consciente de que más dolorosa que la ausencia, es la despedida.

La impotencia y su propia debilidad le dejan en manos de la frustración. Siente deseos de matar, o de llorar hasta que le pasen las ganas de matar, o de beber hasta que se le pasen las ganas de llorar o de… ver El Trueno Azul.

La mariposa (trilogía mortuoria III de III)

Posted in extensos microrrelatos with tags , on enero 13, 2010 by silvio11

Ada se había emancipado. Cansada de que los ronquidos de sus padres no la dejaran dormir por la noche, decidió romper a llorar cada vez que la despertasen. El plan funcionó. Con sólo seis meses de vida, ya tenía una habitación propia.

Estaba puerta con puerta con papa y mama. Todavía escuchaba sus ronquidos, pero ahora eran un tranquilizador susurro. Hacían que no se sintiera sola por las noches, aunque la verdad es que siempre estaba acompañada.

Miguel tenía un oso verde gigante. Ada gozaba con las risas de su conejo rosa. Aunque tenía muchas habilidades propias, había heredado una del oso de Miguel. Él también sabía hacer mariposas.

En su caso le salían de los ojos, de una en una. Si le mirabas la pupila fijamente, las veías llegar desde la lejanía. Se acercaban poco a poco y, cuando ya no le cabían en el iris, simplemente salían al mundo real, como si atravesasen un espejo.

Al conejo le costaba mucho hacer mariposas. No era como el oso de Miguel, que las fabricaba como si fueran pompas de jabón. Por eso a Ada le gustaba estudiarlas con detenimiento antes de que se marcharan volando por la ventana.

Un día, una mariposa, no se fue. Se quedó revoloteando alrededor de Ada y ella la miró sorprendida. Era morada, pero de un morado especial, formado por cientos de colores rosáceos, todos en armonía.

Ada se pasaba horas mirándola flotar sobre su cabeza, con los ojos muy abiertos. Por eso la gente empezó a decir que tenía una cara de “eterna sorpresa”. Ada estaba fascinada con su mariposa. Por las noches, su color morado brillaba en la oscuridad.

Era cerca de la una de la mañana y Ada no podía dormir. La mariposa estaba más cansada de lo normal. Sus vuelos eran cortos y las alas empujaban el aire con menos energía de la habitual. Ada estaba preocupada.

Le costó muchísimo, pero consiguió darse la vuelta en la cuna y acercarse hasta el teléfono que había dibujado en su colcha. Marcó el número de Miguel y puso la boca en el auricular después de extender el pliegue de sábana en el que estaba pintado.

El teléfono de juguete de Miguel comenzó a sonar. Sólo podía ser su prima. Era la única que tenía ese número. Aunque ya se había acostado, practicaba en el aire el solo de batería del Money for Nothing. A punto estuvo de caerse al bajar de la cama para atender la llamada.

Miguel escuchó muy atento lo que le decía Ada, más que nada porque le hablaba en gorjeos. Por desgracia, sabía qué era exactamente lo que le ocurría a la mariposa de su prima. Le dijo que se abrazase muy fuerte al conejo rosa y le esperase.

Miguel se calzó sus gafas de ver la realidad. Tenía dos años, pero el médico le había dicho que debía comprarse unas. Era demasiado imaginativo y, sin gafas, corría el riesgo de perderse en sus propios sueños. Ahora no podía permitirse ese lujo.

Se puso el abrigo, unos pantalones gruesos y una bufanda que le dio dos vueltas al cuello. Cogió las llaves de papa, tanto de su casa como de la de los tíos, y le pidió a su oso de dos metros que le alzase para poder quitar el seguro de la puerta.

Era de noche y la calle estaba desierta. La luz de las farolas se dispersaba por la niebla haciendo del color naranja una sustancia material. Miguel estiró su mano. El oso se la agarró con su zarpa. Los dos comenzaron a caminar con pasitos cortos.

Miguel se coló en casa de sus tíos sin hacer ruido. Subió hasta la habitación de Ada y la encontró en la cuna con los ojos llorosos. La mariposa descansaba sobre la colcha sin apenas mover sus alas. A veces intentaba volar, pero no lo conseguía.

Se quitó la bufanda lentamente, dos vueltas al cuello en sentido inverso. Dejó caer el abrigo en el suelo y buscó una silla que le permitiese meterse en la gigantesca cuna de Ada. Todavía no pesaba lo suficiente como para romperla.

Ada seguía tumbada, boca abajo. Miguel permanecía a su lado, con las piernas cruzadas. El oso y el conejo se colocaron en un discreto segundo plano, al fondo de la habitación, casi confundidos con la oscuridad.

Cuando la mariposa intentó echar a volar una vez más y volvió a caer, la comisura de los labios de Ada se quebró hacia abajo, en uno de esos gigantescos pucheros que sólo ella sabía hacer. Una solitaria lágrima le cayó del ojo derecho, el más bonito de los dos.

Miguel se quitó las gafas y cogió la pequeña manita de Ada. La arrastró hasta la mariposa y se la puso sobre ella, ahuecada, para que no la aplastase. Ada sintió como la respiración de la mariposa se iba ralentizando bajo su propia piel.

La abrigó para que no tuviese frío, para que no se sintiera sola. Al final, la respiración de la mariposa se detuvo por completo.

Ada miró a Miguel y le preguntó qué pasaría a continuación. Miguel se encogió de hombros. Era demasiado pequeño para entrar en discusiones de adultos. Sólo sabía que la mariposa se había marchado y que ahora debían echarla de menos.

Unas horas después, cuando Ada se durmió agotada de tanto llorar, Miguel volvió a casa con su oso gigante. Por el camino, fue pensando en su propia mariposa, en la que tampoco se fue y que también dejó de volar, en lo hermosa que era.

Pasaron los años y Ada olvidó a la mariposa… Aunque a veces, al sentirse triste, miraba hacia el techo como buscando algo, hasta que un destello morado la hacía sonreír. Un día, sin saber por qué, se dijo a si misma, “no es descabellado pensar que habita en nosotros un poco de todo aquello que nos ha tocado, aunque no seamos capaces de saber dónde dejó su huella”… Recuerdos de la infancia.


PD: La Trilogía Mortuoria la completan Goomers y El día que te recuerde. Debería haber avisado antes, pero es que me he dado cuenta de que era una obra monotemática esta misma mañana.

El día que te recuerde (Trilogía mortuoria II de III)

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on enero 11, 2010 by silvio11

Cuando el futuro no me ofrezca más que noche, volveré mis ojos hacia el sol para recuperar tu reflejo. Será una mirada, no a la realidad, si no al universo de mis recuerdos. Te buscaré para darte un abrazo y, lejos de nuestros fugaces encuentros pasionales, pedirte que cojas mi mano y me acompañes en un último viaje.

Tú no dirás nada, porque los recuerdos no tienen nada que decir, pero asentirás con la cabeza y dejarás que una sonrisa aflore a tus labios. Avanzarás desde el ayer hasta el hoy en que delirio y me ayudarás a caminar hasta un mañana inexistente. Guiarás mis pasos hacia la oscuridad, desde la luz, y dulcemente me susurrarás al oído para que no tiemble al adentrarme en el silencio.

Si siento dolor, los besos que me diste y que nunca pudo olvidar mi piel me harán ignorar las heridas. Si tengo ganas de llorar, secaré mis lágrimas con tus cabellos. Si tengo miedo, me rodearás con tus brazos, como me abrazabas después de hacer el amor, cuando caía exhausto y avergonzado sobre tu pecho. Y te querré más que nunca, como se quiere a la última persona que se imagina en esta vida, cuando los ojos del alma ya no pueden ver más la realidad porque ante ellos sólo se extiende la nada.

Goomers (Trilogía mortuoria I de III)

Posted in Historias del terruño (Guadalajara) with tags , on enero 11, 2010 by silvio11

Las habitaciones de geriatría están en la segunda planta del Hospital. Al menos parte de ellas. Para llegar hasta allí un domingo tienes que atravesar un montón de oscuridad. La mayoría de los pasillos tienen las luces apagadas. Es un viaje tétrico, como un acto de fe. En algún momento creo haberme perdido. “Es una lástima ver cómo se apagan”. Como velas. No puede evitar decirlo. Se apagan como velas. Pasear por el área de geriatría es darse una vuelta por el miedo a la vida. Son pocas las risas que se escuchan. Casi todos los rostros están apagados. Se contrata a jovencitas o inmigrantes para que echen un ojo al abuelo o la abuela de turno. Es lo mejor. Cuidar de un mayor enfermo lleva a más de una familia al límite. Sobre todo cuando son pocos hermanos. Una señora mayor no deja de gritar. No sé lo que dice, no la entiendo. Tiene 107 años. Hay un señor junto a su cama. Primero pienso que es su marido. Me abofeteo mentalmente. Es su hijo, aunque tenga edad para ser mi abuelo. Es su hijo. La pide que se esté quieta. Grita para que ella se calle. Es su hijo y algo en la desesperación de su mirada me hace pensar que está deseando que se muera. No le puedo culpar. ¿Qué estamos haciendo con la vida? “Está un poco sorda, así que no dejaban de gritarla. Les hemos dicho que a la abuela le dolía la cabeza, que haber si podían hablar un poco más bajo y han salido a pedirle un calmante al enfermero… Creo que les ha respondido que esto es un hospital. Si hay que gritar, se grita”.

Me acuerdo de la Casa de Dios. Es un libro. Sus protagonistas son los goomers. Bueno, ellos no son los protagonistas. Los protagonistas son los médicos que no les dejan morir. Cumplen con su deber. La vida es sagrada. Los goomer son unos adorables viejitos que ya deberían haber abandonado este mundo, pero la medicina ha sabido robarle sus cuerpos a la muerte. Por desgracia no ha podido hacer lo mismo con sus almas. Esas se marcharon. Por eso los goomer se quedan en tierra de nadie. Les dan la vida a cambio de robarles todo lo demás.

Tienes que pagar un alto precio para que te dejen seguir sufriendo. Por ejemplo, tienes que someterte a una humillación progresiva de la que probablemente no serás consciente porque una de las primeras cosas que vas a perder es la cabeza. Es mejor perder la cabeza. Nadie quiere ver cómo sus hijos pasan día tras día en el hospital, vigilando, esperando. Les quitamos el amor que sus seres queridos sienten por ellos. Según se van transformando en velas apagadas, en muñecos rotos, dejan de ser humanos. Recuerdo la imagen de mi abuelo durante sus últimos días de vida. En el ataúd ya no era él, pero en la residencia tampoco. Murió una vez. En un momento indeterminado dejó de ser mi abuelo y se convirtió en otra cosa. Tiempo después, su cuerpo fue consciente del hecho y el corazón le dejó de latir. No lloré ni me sentí excesivamente triste. Años después escuché a alguien cantar la Virgen camina a Egipto, uno de sus villancicos preferidos, y me entraron ganas de llorar. Un escalofrío me recorrió la espalda. Le recordé como era. Durante un par de segundos resucitó y esperé escuchar su voz sumarse a la de quienes coreaban el estribillo. Creo que la medicina me lo había robado. Necesité años para poder volver a verlo como realmente había sido.

¿Hasta que punto es decente desear que alguien deje de sufrir? ¿Hasta que punto es moral alargar el sufrimiento de quien ya no puede disfrutar la vida, sólo padecerla y amargársela a otros? Una planta de geriatría es una ostia con la mano abierta en toda la cara del optimismo. Las fronteras son demasiado delgadas y cuesta diferenciar la gente que está allí sólo de paso de la que vive esas habitaciones de calor sofocante durante la mayor parte del año. Me aterra pensar en personas que sólo pasan de vez en cuando por sus hogares, como para recordar a todo el mundo que se siguen muriendo poco a poco.

Fuera nieva. Un manto blanco se vuelve naranja cuando todas las farolas de Guadalajara comienzan a iluminar las calles. Son demasiadas preguntas. Demasiadas emociones. No quiero que sufra nadie. No quiero sufrir. Sobre todo, no quiero que me roben a mis seres queridos. Puedo soportar la vejez, creo, pero lo que viene después, lo que hemos creado… Eso lo odio. “No te preocupes, nosotros somos la generación que bebe Coca-Cola, no creo que ninguno pasemos de los 60”. Ya, pero tampoco deseo morir joven, ni que se me vaya nadie antes de tiempo. Necesito que alguien me explique cuál es el punto exacto en el que lo mejor es dejarse llevar al otro lado.