Archivo para Una de romanos

Basado en hechos reales

Posted in extensos microrrelatos, Historias del terruño (Guadalajara) with tags , on noviembre 23, 2010 by silvio11

Lo primero que escucho es su voz… dulce. Un susurro. Entonces mis ojos comienzan a abrirse y su sonrisa se abre paso a golpe de luz entre el nebuloso despertar del nuevo día. Está tumbada a mi lado, en la cama. Yo estoy desnudo. Ella no. Me dice algo que no entiendo. Uno casi nunca sabe qué es lo que le dicen en los sueños. Sigue hablando, tan dulce con la voz como con los ojos y esa sonrisa suya, amplia y luminosa, contagiosa.

Tardo poco en empezar a besarla. Y ella se deja y no se deja, como siempre. Tampoco permite que la desnude, como aquella vez… Los sonidos de una puerta al abrirse llegan desde la otra punta de la casa. Me mira asustada y no necesito que diga nada para saber que es él.

 Él siempre es otro. Nunca soy yo. A veces me gustaría saber qué se siente al ser él, pero yo no soy él. Yo soy más bien… nada, una cosa que ocurre de vez en cuando, accidentalmente, algo de lo que se alejaría si pudiera elegir. Algo que nunca querrá tener cerca. Yo lo acepto, porque así, por lo menos, me ahorro las mentiras sobre nuestra propia mediocridad.

Me echo a un lado de la cama, en el suelo, y escucho la voz de él cuando entra en la habitación. Intento meterme bajo el somier, pero no me da tiempo. No sé si es que no quepo o si, simplemente, deseo que me descubra. Lo hace y, al ver medio culo y un par de piernas saliendo de debajo de la cama, comienza a lanzar insultos con acento andaluz. Primero a ella. Después a mí. Me ofrezco a dejarme golpear, incapaz de decir nada más. Él acepta.

Es ridículo, se acerca a mi lanzando puñetazos al aire y desde el primer momento sé que no va conseguir acertarme. Es como si el sueño fuese suyo en vez de mío. Uno de esos sueños en los que eres incapaz de darle una paliza a una ancianita. Empatizo con su frustración. Allí está, arrasado por la ira e incapaz de darle una buena ostia a un tipo con unos slip, las patas peludas y calcetines blancos.

Otra voz llega desde la distancia. Entonces ella le mira a él con cara de susto, con la misma con la que me había mirado a mí antes, y me doy cuenta de que él también tiene su propio él. Y me maravilla ser incapaz de sorprenderme casi tanto como el hecho de que, a pesar del desprecio que siento por ella, todavía necesite ver la luz de su sonrisa.

Cuando llega el siguiente él, no sé por qué, también la toma conmigo e intenta pegarme, pero nada. Todos somos unos frustrados. En menos de un minuto hay cinco él en la habitación. Me doy cuenta de que cuatro no significan nada y que, por eliminación, los más importantes debemos ser los que nos encontramos al final y al principio de la cola. Me gustaría ser el primer él y no necesito saber si alguien se escondió en el armario cuando yo entré en la habitación. ¿Eso quiere decir que deseo vivir engañado?

Los cinco intentan pegarme, uno casi lo consigue. Otro se me echa encima y me araña como una niña. Al final llega mi tío, que en el sueño es el de ella, y me lleva al salón.

Es entonces cuando descubro que estoy en casa de mi abuela, aunque es ella quien vive allí. Mi familia ha pasado a ser la suya. Ni siquiera sé en qué me convierte eso. ¿Es que acaso ella es yo? ¿Qué piensa su tío de los cinco chicos vociferantes que hemos dejado atrás? Es como si todos se comprendiesen entre ellos, pese al enfado, como si todos supusiesen a qué juegan, menos yo.

 Mi tío, su tío, me mira y descubro que siente compasión por mí. Me pregunta qué hago allí y me doy cuenta de que no recuerdo cómo llegué. No recuerdo nada antes de su voz sacándome de las tinieblas, como si me hubiese conjurado de la nada.

Me levanto y voy al cenicero de las llaves, el que está en el salón de la casa de mi abuela, aunque en el sueño no es la casa de mi abuela, sino la suya… Lo más gracioso de todo es que en casa de mi abuela nunca existió un cenicero para las llaves, aunque en el sueño yo crea que sí había uno cuando era la casa de mi abuela.

Busco las llaves de mi coche, pero no las encuentro. Me tranquiliza saber que no he ido conduciendo borracho desde Guadalajara a Madrid.

 Mi tío dice que Lucia tiene razón, que nunca dejaremos de hacernos daños mientras estemos cerca uno de otro. Me pregunto quién es Lucía. No sé quién es Lucía. Entonces mi tío dice que debo hacer caso a Patricia y alejarme de su sobrina. Y entonces descubro quién es Lucia/Patricia. Es quien siempre sabe qué es lo mejor para mí. Es su amiga, pero parece la mía. “Ella va contigo”. Ella sabe que lo mejor es que no volvamos a vernos.

Cojo unas llaves al azar del cenicero que nunca existió y salgo de la casa. A la que me marcho puedo escuchar con claridad sus sollozos. Está llorando porque alguien se va. Lo único que sé con certeza es que no llora por mí.

Aparezco en un centro comercial, en uno de esos sillones que dan masajes. El hermano pequeño que no tengo me pregunta cómo ha ido todo. Le miro y empiezo a recordar. La noche anterior, cuando llegué a casa borracho, utilizamos su máquina espacio temporal para teletransportarnos desde Guadalajara a Madrid. Resulta que el hermano pequeño que no tengo se parece mucho al Jimmy Neutronic ese de los dibujos animados. Me levanto, saltamos por la barandilla del quinto piso del centro comercial y atravesamos un agujero de gusano hacia otra realidad. Durante el viaje me pregunta si la echo de menos y le respondo que lo único que echo de menos es estar enamorado de ella. Él, con todo lo listo que es, tampoco sabe qué puede significar eso.

En Egipto luchamos contra los piratas. Justo cuando uno de ellos me da una estocada mortal con su espada, despierto.

Anuncios

Pistolero

Posted in extensos microrrelatos with tags on julio 23, 2010 by silvio11

La canción se queda cortísima, lo siento.

 

Con cada paso que daba notaba la funda de la pistola golpeando contra su cadera. La luz del sol dibujaba sombras sin compasión. Sombras de límites definidos. Oscuridad rodeada de la luz amarillenta del desierto. La cadencia de los pasos doblaba a la de los golpes de la pistolera. Los rayos se colaron por encima de sus gafas de sol, deslumbrándole. Paró en seco y se ajustó la montura de forma instintiva mientras se mordía un poquito el lado derecho de su labio inferior, como en un gesto de fastidio. Aprovechó para echar otra mirada alrededor, buscando alguna amenaza, pero sólo encontró la molesta y polvorienta arena del desierto. La mano derecha se posó con tranquilidad sobre la pistola. No era un gesto de precaución, si no de familiaridad con ella. La palma de la mano descansaba en la empuñadura sin tensión alguna, como si no esperara asirla jamás.

A lo lejos, distorsionada por el calor, vislumbró una silueta avanzando hacia él y recordó las lágrimas que había derramado Maria al verle partir.

Sus labios, ahora apretados el uno contra el otro, abrieron una pequeña hendidura en el lado derecho de la boca, otra vez, permitiéndole hacer una profunda y sonora inspiración de aire. Aquellos labios eran su mayor fuente de expresividad y ese gesto lo más parecido al miedo que se podría leer nunca en su cara.

La mano izquierda agarro el ala de su sombrero y lo caló aún más profundo, asumiendo la terrible fatalidad del encuentro que se cernía sobre él. Volvió a caminar. Pierna izquierda. Pierna derecha. Golpe en la cadera. Pierna izquierda. Pierna derecha. Golpe en la cadera. La figura no era una figura, eran dos. Pierna izquierda. Pierna derecha. Golpe en la cadera. Pierna izquierda. Pierna derecha. Golpe en la cadera. Tres. Definitivamente, tres. Pierna izquierda. Uno iba por delante de los otros dos, por eso había tardado más en verles. Pierna derecha. Golpe en la cadera. Miró a su alrededor, otra vez, y una sombra más se dibujo en lo alto de una loma demasiado pequeña para ser considerada montaña. Pierna izquierda. Pierna derecha. Golpe en la cadera. Pierna izquierda. Entre él y ellos sólo había arena. Pierna derecha. Y una piedra de unos cincuenta centímetros. Golpe en la cadera. Según sus cálculos, pierna izquierda, cuando llegase hasta ella, pierna derecha, apenas le separarían unos diez metros de ellos, golpe en la cadera. Necesitaba más espacio. Pierna izquierda.

Aceleró el paso.

El desierto estaba especialmente vacío. Era uno de esos desiertos rocosos, con arena  pétrea que apenas se dejaba arrastrar por el viento. Polvo sucio sobre rocas. Algunos matojos daban pinceladas de color verde al paisaje, pero era un verde deprimente, tirando a marrón, seco y a punto de morir… A Toni le encantaba jugar en aquel sitio. Quizás por eso lo había elegido como lugar de la cita. No se había despedido de él, para qué. Confió en que, dentro de unos años, su madre fuera capaz de explicarle todo aquello.

La mano derecha, que tan tranquila viajaba sobre la pistola, comenzó a tamborilear en la empuñadura. Era un gesto paciente y lento. Los dedos se estiraban en abanico, como si quisieran separarse del cuerpo, y luego caían con serenidad.

Ya podía verles con absoluta claridad. El primero era aquel muchacho, el de los ojos de loco y el cuchillo en las botas. A su derecha avanzaba el que más odiaba de todos. Le sacaba unos diez años y estaba seguro que él le había hecho aquello a la hija de Jezabel. Quería asegurarse de que no saliera vivo de ese desierto, pero también era consciente de que no era el más peligroso de los tres. La edad comenzaba hacer mella en él y le faltaba velocidad. No, no sería el primero en desenfundar. Sin embargo, el de la izquierda… Aquel chico taciturno y educado apenas había cruzado dos palabras en el pueblo con él. Se mostraba siempre reservado, hasta la noche en la que le sorprendió con la antorcha en la mano. Alain todavía gritaba y aquel chico taciturno y educado le miraba con los ojos llenos de deseo, como si estuviera teniendo un orgasmo mientras le veía arder. Su velocidad podía ser similar a la de Ojos de Loco, pero sabría controlar el disparo mucho mejor que él, apuntaría con más precisión y después, cuando le hubiese alcanzado, follaría con él mientras le veía morir.

El de la loma… Llevaba un rifle, pero ya estaba demasiado cerca como para que eso supusiera una diferencia real. Un tipo con un rifle puede ser muy peligroso, pero no en aquel caso. Ese era el más cobarde de todos, por eso siempre evitaba el cara a cara. Allí, en la loma, en lo único en lo que estaba pensando era en que lo tenía más fácil que el resto para huir en caso de que fuera necesario hacerlo.

La piedra estaba a un par de metros de él. Se detuvo.

Los tres tipos frenaron también.

Uno doce metros, no estaba mal.

María seguía llorando y Toni corrió a abrazar a su madre.

Las cuentan no salían. En el pueblo eran cinco. Buscó a su ardedor, pero no se atrevió a mirar a su espalda. Aquello… habría acabado con su confianza y con la imagen que les estaba mostrando. Ellos le respetaban. Desde lo de Lester, le respetaban. Puede que no tanto como para enviar a alguien a dispararle por la espalda, pero sí lo suficiente como para estar nerviosos.

Ojos de Loco se movía de un lado a otro, balanceándose sobre sus pies. No acertaría con el primer disparo, seguro. El Viejo tenía un pose agresiva, pero apenas se movía. Estaba deseando desenfundar. Taciturno y Educado… bueno, el viento plegaba la solapa de su chaqueta marrón dejando al descubierto la sobaquera en la que llevaba el colt. Tenía las manos en los bolsillos y le miraba con frialdad. En la loma, dos manos sujetaban el rifle a la altura de la cintura.

María observó a su hijo y trató de secarse las lágrimas. La luz del sol entraba por la ventana del salón pintando ráfagas amarillas sobre el suelo de madera.

Ojos de Loco se adelantó un par de pasos más.

María abrazó a Toni.

Los dedos dejaron de tamborilear sobre la empuñadura de la pistola.

Taciturno y Educado sacó la mano derecha del bolsillo.

El sol volvió a colarse sobre las gafas de sol.

Ojos de Loco tomo aire y se dispuso a hablar.

– Mira pistolero…

En una décima de segundo el pistolero desenfundó su pistola y disparó a Taciturno y Educado desde la cadera. La bala le dio de lleno en el hombro derecho, haciéndole girar sobre sí mismo antes de caer. El polvo del suelo se mezcló con el marrón de su chaqueta. Ojos de Loco se volvió sorprendido hacia su compañero. El pistolero avanzó mientras levantaba el arma hasta ponerla a la altura de su cabeza y la agarraba con las dos manos. Pierna izquierda. El Viejo ya había desenfundado, pero no le dio tiempo a disparar. La bala le mordió el pecho como si fuera una culebra, haciéndole soltar la mágnum. Pierna derecha. Le vio caer de rodillas en el suelo, completamente desconcertado. La funda no golpeó contra la cadera, ya no tenía suficiente peso en su interior como para oscilar. Pierna izquierda. Volvió su atención a Ojos de Loco, que ya le estaba encañonando. Un disparo pasó rozando el lóbulo de su oreja. Un chasquido en el suelo, junto a sus pies, le recordó al chico de la loma. Pierna derecha. El arma del pistolero saltó en su mano. Ojos de Loco también cayó al suelo, con un agujero de bala en la frente. Pierna izquierda. Se giró para buscar al de la loma y un dolor intenso le atravesó el lado derecho del tórax.

Taciturno y Educado sabía disparar con las dos manos.

El pistolero perdió el pie apoyo durante un segundo, pero no llegó a caer. Su arma ladró dos veces más, imprecisa, casi más por asustar que por infligir un daño real. Desde la loma un nuevo disparo se perdió en la nada. El Viejo buscaba su arma a tientas en el suelo, sin atreverse a apartar los ojos del pistolero.

Ninguna de las dos balas alcanzó a Taciturno y Educado, que luchaba por mantener la concentración. La suya, sin embargo, si que dio al pistolero, esta vez en el brazo que utilizaba para disparar.

Apretó los dientes con fuerza. Otra bala  del rifle levantó polvo al impactar en el suelo. Se dejó caer de rodillas. Consiguió mantener agarrada la pistola. El movimiento hizo perder el blanco a sus enemigos. Aprovechó toda la adrenalina que le quedaba para enderezar el brazo apuntar y destrozarle la mandíbula a Taciturno y Educado, que le miraba con los ojos desencajados y la lengua colgando hasta el cuello, ahogándose en su propia sangre.

El Viejo levantó la pistola y apretó el gatillo. La bala apenas recorrió dos metros. El pistolero volvió a incorporarse y se cambió la pistola de mano. El dolor era insoportable y se concentraba todo en el lado derecho. Una bala le alcanzó en el tobillo. El rifle, por fin, había acertado. Cayo sobre el costado derecho, donde se daban cita todos sus males. Se clavó la pistola en la cadera al caer, pero ni siquiera sabía si llegaría a ver el moratón algún día. Echado sobre tres heridas de bala, con el sombrero a medio caer, las gafas colgando de una de sus orejas y cubriendo sólo un ojo, trató de apuntar a la loma. Sería imposible acertar en aquellas condiciones, lo sabía.

Apostó por la intimidación.

El Viejo se esforzó por detener las leves oscilaciones de su cuerpo y, todavía de rodillas,  volvió a apretar el gatillo. Está vez, la nube de polvo se levantó un poco más lejos de él y un poco más cerca del pistolero.

El chico de la loma escuchó hasta cinco disparos consecutivos antes de que comprobar como estallaban los impactos a su alrededor. Se sobresaltó y buscó con la mirada cada uno de ellos, como juzgando lo cerca que habían estado de darle.

El pistolero luchó consigo mismo, reuniendo las fuerzas necesarias que le permitieran cambiar de cargador. El Viejo disparo y consiguió preocupar al pistolero, que rodó sobre el suelo para encararse con él. Encontró la munición. Saco el cargador vacío y metió el nueva. Otra bala de El Viejo le dio en la cadera. Al diablo el cardenal del golpe, ahora tenía una herida de verdad, aunque parecía superficial. El pistolero decidió no darle más oportunidades.

Dos disparos más taladraron el pecho de El Viejo.

El tipo de la loma volvió a echarse el rifle al hombro, pero esta vez escuchó al menos seis estampidos saliendo del arma del pistolero. Notó el silbido de uno de ellos junto a su cabeza y, mientras el pistolero recargaba, echó a correr por el otro lado de la loma.

El pistolero se giró hasta quedar boca arriba. Volvió a cambiar de mano la pistola y la enfundó. La intensidad del sol le hizo guiñar los ojos. Respiró con profundidad, cansado, y tanteó con la mano izquierda el suelo hasta encontrar las gafas. Se las puso y una sonrisa asomó a su cara.

María lloraba. Un hombre, feo y malcarado, se acercaba lentamente hacia la casa. Toni  había empezado a llorar con ella.

El pistolero sobrevivió.