Archivo para Una noche

Delicias del pecado

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , on septiembre 6, 2010 by silvio11

Sus caderas se contonean al ritmo de mis latidos. Aunque… ahora que lo pienso, probablemente sean ellas quienes hacen de metrónomo para mi corazón.

El humo de los cigarrillos se arremolina a su alrededor, muerto de ganas de abrazarla. Tan deseoso de tocar su piel como yo, pero más osado. Las escasas luces del bar, en una eterna penumbra, se pasean por su cuerpo, pintando pequeños destellos blancos en su escueto vestido negro. Miro directamente al humo y parece que el maldito sonríe mientras rodea su cuerpo, estrechándola en sus brazos etéreos.

Maldita niña psicópata.

Trato de ocultar mis colmillos, pero se afilan cada vez que me fijo en sus manos, en cómo se deslizan arriba y abajo, acariciando el cuerpo con la palma de sus manos cuando comienzan a descender desde el pecho y con la punta de los dedos al llegar a las caderas. Hasta mis ojos de depredador se vuelven rojos en medio de la noche. El fuego que brota de mi deseo termina calentándome la cerveza. Es la primera vez que una morena consigue que me olvide de una rubia.

Otros, en el bar, la miran. Estoy dispuesto a batirme en duelo con todos y cada uno de ellos. Se contonea, sola, en medio de la pista de baile. Su sensualidad es un campo de fuerza invisible que nadie puede atravesar… que nadie se atreve a penetrar… Penetrar, sí, ese es el verbo que estaba buscando. Sonrío, se me ve demasiado el colmillo. Desvío la mirada y le doy un trago a mi cerveza caliente.

Maldita invitación a perder el control.

Somos sus títeres, inmóviles mientras ella ejerce su magia. El pelo parece cobrar vida propia y la melena juega con el cuello de su ama y señora. Quiero ser cada uno de los cabellos que se deslizan sobre sus hombros. Quiero caer sobre ellos. Nacer en su nuca y derramarme por su espalda.

Se gira, pero su rostro permanece oculto por el sexo desenfrenado que mantienen la oscuridad y los pequeños focos del bar. Juraría que me mira. Desde las penumbras en que se oculta, aprecio el resplandor blanco de sus dientes, tan afilados como los míos. Y el destello rojo de su mirada, tan sedienta de carne como yo. Juraría que el humo sale corriendo de su cuerpo para venir hasta a mí, para apresarme y arrastrarme junto a ella. Apenas soy consciente de estar moviendo los pies.

Maldito pecado envuelto en cuerpo de ninfa adolescente.

Es demasiado joven como para que yo sea nada más que un juguete. Un juguete pegado a sus caderas. Nunca creí que fuera capaz de bailar… Ahora tampoco. Practicamos sexo sin amor. Sexo sin sexo. Sexo sinuoso y sibilino. Nos movemos como uno solo. Quizás se acopla a mí. Quizás me domina con total naturalidad, como si ella estuviera hecha para marcarme el ritmo con sus caderas, esas caderas que también marcan el ritmo de mis latidos. Su culo se restriega con fuerza contra mi entrepierna cuando se gira para mirarme a la cara. Voy a decir algo, pero ella se adelanta a mis palabras.

– Estoy aquí para arrastrarte al infierno.

Su dedo índice pasea por mis labios. Acentúa el movimiento sinuoso de sus caderas y ahora es mi cuerpo el que recorren sus manos. Comienza a bajar lentamente mientras tiene su mirada fija en mis ojos. Cuando su cabeza esta en mi cintura, besa la hebilla de mi cinturón y vuelve a subir, con su boca peligrosamente cerca de mi camisa.

Cara a cara, por fin. Sus ojos me hacen un pregunta y mi boca la responde. Aprieto con ansia su cuerpo contra el mío y siento que podría correrme allí mismo.

A unos metros, el detective privado que contrató mi mujer se pone ciego a hacerme fotografías. Ella sólo recibirá cien de los mil euros que el bastardo se beberá a mi salud. El divorcio me saldrá por un ojo de la cara.

En el juzgado, sonrío y mi ex estudia incrédula cómo le arrebato su segundo de gloria.

– Lo habría dado todo por la mitad de lo que me has vendido.

Maldita mentira cubierta de miel, sudor y deseo.

Años después, sus caderas siguen marcando el ritmo de mis latidos.

Certeza (Una noche, tres ideas: III de III)

Posted in fragmentos de historias jamás escritas with tags , , on abril 3, 2010 by silvio11

– Duele, duele mucho (angustia).- Está de rodillas, en el suelo, apretándose el pecho con la mano derecha.

– Tranquilo, se te pasará. – Permanece herguido, a su lado, con una protectora mano puesta sobre su hombro.

– No puedo respirar (angustia). – Hay lágrimas en su voz, pero no en sus ojos.

– Tranquilízate, no es más que un ataque de pánico.

Levanta su mirada del suelo. Necesita llorar casi tanto como vomitar todo lo que lleva dentro.

– ¿Qué puedo hacer para arreglarlo?

– Nada, no está en tu mano.

– ¿Dónde puedo huir? ¿Dónde puedo esconderme? (angustia).

– En ninguna parte. Tienes que aguantar y mirarle a los ojos, aunque te quieras morir.

Silencio.

– No es la primera vez que te quieres morir.

– Pero es que me siento muerto.

– Ya hemos resucitado antes. Simplemente deja que la muerte pase a través de ti.

Nadie puede entenderlo. Este camino lleva siempre al mismo destino. Se sienta en el suelo y, como un niño pequeño, empieza a recoger los pedazos esperando que todos vuelvan a encajar, pero no es posible. Todas las decisiones tienen consecuencias… todas, y algunas decisiones las toman otros por nosotros. Busca pegamento para unir los pedazos y echa de menos tener un escondite propio en el que poder refugiarse, pero su compañero tiene razón. ¿Escondites? Mierda, que venga el muy cabrón, que venga de frente, le miraremos a los ojos, dejaremos que la muerte pase a través de nosotros. Una vez más, quiero saber hasta dónde puede llegar el dolor, conocer su intensidad de primera mano. Todavía tiene que hacerme llorar. Hoy me he sentido impotente, casi lo consigue. Quiero saber hasta dónde puede llegar la angustia. Sin mentiras, sin trampas, sin trucos, sólo una lucha, mano a mano, diente a diente. Todo está permitido hijo de puta. Golpéame fuerte, porque te juro que volveré a levantarme. Un montón de oscuridad y nosotros dos en el centro de todo. Sólo nosotros dos. En un lado yo y en el otro el espejo en el que se refleja lo peor de mí mismo. Diente a diente cabronazo, diente a diente.

Se levanta del suelo con pesar, con una fría determinación llena de pesar.

– Hoy me he dado cuenta de que lo estaba perdiendo todo mientras lo perdía. He notado como se me escapaba entre las manos sin que pudiera hacer nada por evitarlo… Ni siquiera podía luchar… Odio no poder luchar para retener lo que amo.

La única respuesta es un encogimiento de hombros.

– Ahora llega la parte más difícil, evitar que la derrota saque lo peor de ti.

Fantasma (Una noche, tres ideas: II de III)

Posted in 1 with tags , , on abril 3, 2010 by silvio11

Dos trazos, violentos, iracundos, reprimidos, en colores rojos y oscuros morados, casi negros. Una equis en medio de un lienzo, sobre una cama de cálidos y suaves colores que iban del amarillo a las tonalidades rosáceas propias de un amanecer.

El pintor bufó decepcionado. Retrocedió un poco para ver la obra en su conjunto y sintió deseos de ir a la cocina, coger un cuchillo, rasgar el lienzo y luego hacer lo mismo con sus propias venas. En vez de eso, se dejó caer sobre un sofá cercano. Tres pasos más a la izquierda estaba su cama, pero no la merecía, no después de aquello. Nadie se merecía descansar después de pervertir un lienzo en blanco tal y como él lo había hecho.

Buscó el paquete de tabaco y encontró el interruptor de la solitaria lámpara que apenas podía contener el avance de la oscuridad nocturna. Ordenó marcharse a la luz y se escondió en las sombras, avergonzado. Continuó palpando la mesa hasta que encontró los cigarrillos y un mechero.

El pitillo brillaba en la oscuridad como un minúsculo faro perdido en el mar. Lo miró y se preguntó qué le impedía plasmar la belleza de ese punto de luz anaranjada, de ese único referente nocturno, en un cuadro.

Entonces llegó el fantasma.

Se deslizó suavemente por debajo de la puerta, camuflado entre las sombras. Flotó hasta la cama y permitió que el anhelante deseo del pintor diera volumen a su cuerpo. Él sintió el familiar cosquilleo que le recorría cada vez que el fantasma acudía a visitarle. Algo se escapaba de su interior y viajaba hacia el oscuro y lascivo ser que tomaba forma sobre las sábanas de su cama.

Se levantó del sofá, respirando con tranquilidad, y estudió el proceso. Curvas. Una oscuridad de curvas bullía en la cama. Llegaron a sus oídos las risas traviesas, juguetonas, agudas e infantiles de un cuerpo que nada tenía de inmaduro.

Blanco sobre negro. Rosa sobre blanco. Revoltoso vello pelirrojo salpicando unos de los pocos rincones que las yemas de sus dedos conocían mejor que sus ojos. Y el rojo intenso de una cabellera que se volvía más oscura cuanto más se unía a la noche de la que había nacido.

Le dio una calada al cigarro y dejó que el humo se esparciera sobre el cuerpo de ella, que eligiera las laderas de su cuerpo que prefería recorrer. Cuando vio los caminos escogidos, alabó su buen gusto en silencio.

– De los dos, sólo yo soy eterna. ¿De verdad quieres perder el tiempo mirándome?

Le dio otra calada al cigarro, la última. Mientras aspiraba el sabor a nicotina permitió que sus ojos se recrearán unos minutos más con el cuerpo del fantasma, que trataran de memorizarlo, aunque sabía que era inútil. Siempre tenía matices distintos. Otro color de pelo, un nuevo lunar, la señal de otros dientes sobre la piel. Su visita era como el miedo, tenía que dejar que recorriera su alma, que se fusionara con él. Que cogiese lo que quería, si es que él podía dárselo, y tomar a cambio lo que le regalaba, que nunca era suficiente.

Dejó el cigarro sobre la mesa. Se quitó la camisa y se tumbo a su lado. Acarició la piel, tersa y suave, antes de deshacerse también de los pantalones. Después, simplemente la besó. Volvió a besarla y siguió besándola durante varias horas. Besarla era el único acto del que tenía plena conciencia. Lo que hiciera el resto de su cuerpo… A él sólo le interesaba saborear las sombras de las que había nacido y a las que regresaría su fantasma.

Minutos después, desnudo y libre de su propio ser, estudió una vez más el insulto al noble arte de la pintura que había perpetrado unas pocas horas antes. Era horrible. Tan horrible que tenía algo de hermoso. Permaneció de pies ante el lienzo, callado, hasta que ella rompió el silencio.

– ¿Por qué nunca me llamas? – Su voz se le metía en la cabeza. Sería capaz de hacer cualquier cosa que le pidiese esa voz. Sonrió sin mirarla. Ella supo que estaba sonriendo.

– Tú no te quedas y yo no te busco. Es un buen trato. – Parecía melancólico. Cogió un pincel. Eligió un color. Negro. Hizo un trazo horrible más sobre el lienzo. Cada vez era más hermoso. – Tengo que protegerme de alguna manera, aunque sea ilógica.

Tras él, Natalia se puso la ropa. Antes de marcharse pasó a su lado y le regaló un último beso en la mejilla.

– Algún día no volveré.- Le advirtió en un susurro.

– Supongo que ese día tendré que dejar de pintar. –Respondió mientras su pincel volvía a deslizarse sobre el corrupto lienzo. Más negro sobre el epicentro de su equis, de su amanecer.

El sonido de la puerta al cerrarse fue tan triste como siempre. Ya no le dolían aquellas visitas nocturnas, sólo dejaban tristeza, un estado de ánimo tan aceptable como la alegría y aún más inspirador. Deseó seguirla, recorrer con ella la noche, pero en vez de eso, continuó reinterpretando la realidad con sus pinceles. Era la única forma que conocía de seguir vivo. La única que le quedaba, al menos.

– Adiós fantasma. – Lloró a las sombras.

Siguió pintando durante toda la noche, por si ella no volvía nunca más, por si aquel horrible cuadro era último que pintaba en toda su vida.

Sin palabras (Una noche, tres ideas: I de III)

Posted in cosas que podrían haber rimado with tags , , on abril 3, 2010 by silvio11

No podía encontrar las palabras.

No puedo escribir nada esta noche,

ni esta madrugada, ni este día,

ni este año, ni esta vida.

Ninguna palabra podrá describirlo,

por fortuna.

Así será mio, siempre.

No podré compartirlo aunque me grite dentro del pecho

porque no podré comprender lo que dice.

No podré entender sus palabras y convertirlas en las mías

para que otros lo entiendan.

Mio, siempre mio.

Veré la sombra de tu presencia

pasear desnuda por la habitación,

recorrer desnuda el aire

dejando a su paso un aroma de nostalgia.

Y aún así no podré encontrar las palabras.

Escucharé al fantasma de tu ausencia reirse de mis bromas,

tus silenciosas carcajadas rebotarán en la paredes de la habitación,

más oscura que nunca desde que no estás,

y el viento traerá a mí tu presencia desaparecida,

única, ensordecedora.

Me enterraré bajo la almohada para no escuchar el silencio.

Y, por suerte, no encontraré las palabras.

La angustia se me agarrará al pecho.

Seguiré diciendo una estupidez después de otra.

El lado de tu cama, que siempre fue el mio, permanecerá helado

y yo me moriré de frío con él.

Y no habrá palabras…

espero que no haya palabras,

que nadie las encuentre nunca,

Será un acertijo que se esconde en el fondo de mis ojos,

una fábula sin moraleja,

un cuento sin sentido,

una lagrima derramada Dios sabe dónde y por quién.

Mientras no existan palabras para explicarlo,

será mío,

sólo mío,

como el fantasma que atraviesa el mínimo espacio vacío que separa mi alma de mi corazón

provocando el caos a su paso.

Y sentado en la cama,

en la oscuridad de mis recuerdos,

seguiré buscando unas palabras que no quiero encontrar,

sólo para asegurarme de que no existen.