Ada y Miguel contra la ardiente oscuridad (parte I de II)

Publicado en extensos microrrelatos con etiquetas el Noviembre 7, 2009 por silvio11

Miguel caminaba por los pasillos de su casa con la sensación de que todo le quedaba grande… y tenía razón. Lo bueno de ser un niño, pensaba a menudo, es que el mundo todavía es demasiado grande. Cada paso le parecía emocionante y el mero hecho de caminar solo por la calle, con papa a un par de metros de él, semiencogido, con los brazos completamente estirados y listo para esprintar en caso de que fuera necesario hacerlo, le hacía sentir como un explorador. Le entristecía pensar que algún día el mundo se le podía quedar pequeño o, peor aún, que el mismo podía llegar a creer que sabía el lugar exacto al que conducían todos los caminos.

Aquella tarde había aprovechado un descuido paterno para salir a recorrer los gigantescos pasillos del palacio en el que vivía toda su familia, tíos, abuelos y prima incluida. Durante los últimos días había notado que las sombras se extendían cada vez más por las paredes. Era como si le estuviesen ganando una partida de damas a la luz; y quería saber dónde se estaba jugando esa partida.

Era fácil seguir el rastro de la oscuridad. Cuanto más se acercaba a la fuente, más densa se volvía, más pared acaparaba y, seamos sinceros, más miedito daba. Para colmo de males, Miguel notaba como con cada paso que daba se le metía un poco más dentro del cuerpo. Sentía como la tristeza y otras cosas malas se volvían más fuertes. Al final, antes de llegar al punto de no retorno que, imaginó, representaba una puerta cerrada al final de un largo pasillo, justo como en las películas, decidió ir a buscar refuerzos.

El regreso al salón estuvo teñido de un poquito de amargura, pero los ronquidos acompasados de mama, papa y los abuelos consiguieron tranquilizarle. Miguel diseñó mentalmente la composición de su fuerza de asalto. En primer lugar necesitaría velocidad, eso estaba claro, así que reclutó al motorista, que era una de esas figuras pequeñas, de apenas 20 centímetros, a las que se les da cuerda arrastrándolas hacia atrás. Era cierto que necesitaría espacio para retroceder antes de avanzar y de que cabía la posibilidad que no pudiese llevarles a todos, porque la moto era pequeña, pero también podía funcionar como explorador. Era un tipo duro y, si caía prisionero, seguro que sería capaz de aguantar hasta que le rescatasen.

En cuanto al músculo, lo pondría su amigo imaginario, un oso verde de dos metros al que le salían mariposas de las orejas. No era muy espabilado, todo hay que decirlo, porque lo que más le gustaba era dar vueltas al rededor de la habitación y que le rascasen detrás de las orejas, pero si se enfadaba, si es que existía la posibilidad de que llegase a enfadarse, seguro que podía hacer algo temible, como gruñir… un poquito y en voz no demasiado alta, que tampoco era cuestión de que el propio Miguel empezara a cogerle miedo.

Por último, necesitaría a alguien capaz de ver el problema desde todos los ángulos posibles y encontrar soluciones rápidas y efectivas: la prima Ada. Sin duda, la necesitaba. No sabía hablar y todavía chupaba directamente del pezón de su mama, pero tenía un vivo ingenio militar que expresaba con fluidez a través de pucheros y ruiditos tiernos y muy graciosos. Lo malo era que tampoco sabía andar, así que sería necesario construirle algún tipo de transporte.

Cuando fue a buscar a Ada, su prima estaba en la cuna, con la misma cara de sorpresa de siempre, los ojos muy abiertos y la boca en forma de “O”, aunque estaba mirando el gotelé del techo. Aquella era la última prueba que Miguel necesitaba para saber que había acertado al recurrir a ella. Hay que ser muy listo para conseguir que hasta las cosas más insignificantes de este mundo te parezcan sorprendentes. Aprovechando que tampoco estaba cerca ninguno de sus padres, Miguel le explicó detenidamente la situación a su prima y cuáles eran los planes que tenía para solucionarla. Básicamente pasaban por entrar en la habitación de la que salía la no luz y apagar la no lámpara que estaba generando tanta oscuridad. Como su prima no se puso a llorar de inmediato, si no que se quedó mirándole con cara de sorpresa y emitió un pequeño gorjeo, Miguel supuso que se estaba inscribiendo voluntariamente en el equipo antes incluso de que él se lo pidiese.

Miguel colocó una manta en el suelo y puso sobre ella a su prima que, al estar siempre tumbada, tenía el centro de gravedad muy bajo, así que era fácilmente arrastrable. Después le pidió a su amigo imaginario que le echase una mano a la hora de tirar de la manta, pero él le recordó que era incorpóreo y, por lo tanto, no podía agarrar cosas reales… La verdad es que era una excusa bastante buena para no ayudar. Pese a ello, le miró con reprobación y empezó a tirar él mismo de la manta para ir arrastrándola lentamente por el suelo. Con el primer tirón, Ada emitió una risita de placer.

Los dos niños comenzaron a avanzar lentamente por los pasillos del gigantesco edificio en dirección a las sombras. Miguel abría la expedición, con el motorista metido en una de los bolsillos de su pantalón. Con sus manos tiraba de la manta en la que llevaba a Ada. En último lugar, un oso verde de dos metros con mariposas en la orejas cerraba la marcha. Conforme iban avanzando, aumentaba la densidad de sombras que se extendían por el suelo y las paredes. Miguel apenas escuchaba ya los ronquidos de sus padres y abuelos. La oscuridad comenzaba a ser demasiado envolvente. Al final, tras girar una esquina, encaró el pasillo de seis metros que conducía directamente a la puerta tras la que se escondía el origen de la tristeza que estaba invadiendo la casa. Miguel tragó saliva antes de que, con un nuevo gorjeo, Ada le ordenase seguir adelante.

Continuará.

Despedida y cierre (Trilogía pirata: III de III)

Publicado en fragmentos de historias jamás escritas con etiquetas el Noviembre 4, 2009 por silvio11

Piensa que algunas cosas son inmejorables. No hay nada más que decir. Algunas canciones representan la perfección en medio de un cúmulo de palabras y oraciones imperfectas. Lo siente dentro de su corazón. Con el dolor, con la desesperación, vuelve a sentirse completo. “Prometo no mandar más cartas y no pasar por aquí”. Con la desaparición de la felicidad el círculo vuelve a cerrarse. “Prometo no llamarte más y no inventar ni mentir”. En medio de la desesperación sólo existe la necesidad de sobreponerse a todo. “Prometo no seguir viviendo así, prometo no pensar en tí”. La necesidad de gritar al mundo que ha llegado el momento de lamerse las propias heridas. “Prometo dedicarme solamente a mí”.

Grita a pleno pulmón. Deseoso de que cada una de las estrofas se convierta en una realidad. “Prometo que a partir de ahora lucharé por cambiar”. Deseoso de poder cumplir cada uno de sus deseos. “Prometo que no me verás, que no voy a molestar”. Quiere ser tan duro como la roca. “Sabes que lo digo de verdad, que no voy a fallarte en nada”. Quiere ser tan duro como el mismo acero. “Que tengo mucha fuerza de voluntad, que no te fallaré en nada”. Exige a cualquier divinidad que le esté escuchando en ese preciso momento que le permita ser capaz de sobreponerse al propio dolor. “Prometo no seguir así, prometo que no voy a pensar en ti”. Que le permita ser capaz de sobrevivir. “Prometo dedicarme solamente a mí”.

Está callado. Está sólo en su habitación. Y sin embargo sigue gritando. “Y el aire que me sobre alrededor”. Grita. “Y el tiempo que se quede en nada”. Grita. “Nunca más escucharé tu voz”. Grita hasta perder la voz. “Energía nunca liberada”. Grita, aunque nadie le escuche. “Promesas que se perderán en estas cuatro paredes”. Grita, aunque sus gritos no sirvan para nada. “Como lágrimas en la lluvia se irán”.

Es consciente de que sus buenos deseos no son nada más que intenciones vacías. “Siento que no tengo sueño y no puedo descansar”. Porque sabe que el dolor volverá a acosarle en cuanto baje la guardia. “Invento más de mil palabras y busco una verdad”. Y entonces llegará el momento de volver a contarse mentiras bajo las que sepultar la única realidad que existe. “Intento que suenen de forma genial”. De volver a autoconvencerse de que no ha pasado nada demasiado grave. “Intento que no digan nada”. De volver a negar los sentimientos que le van comiendo el corazón. “Nada siempre es toda la verdad”. Porque esa la única forma de superar el dolor. “Nada significa nada”. Pensar que no hubo nada más real que las propias mentiras.

Por desgracia, nadie puede detener a la verdad cuando decide imponerse al autoengaño. “Rompo las promesas que me hice a mí”. Y es entonces, cuando la propia vida le ahoga con sus manos, cuando hace sus auténticos juramentos. “Prometo pensar en ti”. El momento en el que brotan lágrimas de amargura provocadas por su propia debilidad. “Ahora prometo sólo pensar en ti”.

Con la realidad vuelven las mentiras. “Y hago que suenen de forma genial”. Mentiras sobre lo que pudo ser. “Prometo que no dicen nada”. Mentiras sobre lo que nunca será. “Nada siempre es toda la verdad”. Mentiras sobre un mundo muerto y enterrado. “Nada significa nada”.

Y entonces grita. “Palabras que no dicen nada en estas cuatro paredes”. Solo. En la oscuridad de su cuarto. Sin abrir la boca. Sin nadie cerca que le escuche. Grita. “Promesas que no valen nada, nada, nada, nada”. Grita. “Y el aire que me sobre alrededor”. Hasta que el mismo destino baje a pedirle perdón. Grita. “Y el tiempo que se quede en nada”. Hasta que a la luna le de vergüenza iluminar a cualquier otra pareja de amantes. Grita. “Nunca más escucharé tu voz”. Hasta que se sienta completamente derrotado de tanto gritar. Grita. “Energía nunca liberada”. Porque es consciente de que no hay nada más triste que aquello que nunca llego a ser. “Promesas que se perderán en estas cuatro paredes”. No hay nada más triste que los sueños perdidos en medio de una tormenta de realidad. “Como lágrimas en la lluvia se irán”.

Caos (Trilogía pirata: II de III)

Publicado en extensos microrrelatos con etiquetas el Noviembre 2, 2009 por silvio11

Quería correr hacia ninguna parte. Correr. Correr mucho. Dejarlo todo atrás. Quería correr tanto que nunca le importó qué o quién dejaba a su paso. Sin cadenas. Correr. Libre. Siempre libre. Sin depender de nadie. Sólo. Todo el mundo cree que los solitarios eligen su condición. Es mentira. La soledad es una consecuencia. Correr. Es la demostración empírica de que el ser humano no está hecho para correr, no en libertad. Para la mayoría la carrera es sinónimo de confusión, de caos. El respiraba el orden en cada una de sus profunda aspiraciones. Correr no era una forma temporal de vivir la vida, era la única forma de no permitir que la muerte le atrapara. El caos era su refugio y su condena.

Sabe que el caos quema. Quema cada uno de sus pensamientos, de sus emociones. No quiere morir abrasado por el caos. Por eso necesita rutinas a las que aferrarse, reglas, clavos ardiendo que le impidan perderse entre tanto caos, aunque sus marcas queden grabadas a fuego en la piel. Sabe que el caos es estar demasiado ligado al mundo como para poder prescindir de él, como para no sentirlo… Está cansado de disimular que nada puede tocarle, pero es lo única forma que tiene de seguir viviendo. La oscuridad le sigue los pasos.

Es como los niños que ponen la mano encima de la llama hasta que el calor les abrasa. Pero en su caso no es un juego, sólo pretende darle esquinazo a la oscuridad. Dejarse llevar por las corrientes del caos es flotar en medio de la contradicción, dejarse arrastrar. Agarrarse al clavo ardiendo es luchar contra la corriente. Sólo quiere respirar, en paz, detenerse un momento, conseguir que todo deje dar vueltas, tanto dentro como fuera de su cabeza. Intenta hacer pie en medio de la nada, en medio de la corriente de caos. No hay nada en lo que apoyarse, sólo el maldito clavo que a veces le coge la mano y otras arde con más fuerza que nunca, deseando que le suelte y se aleje flotando.

La confusión es todo lo que queda allí donde no hay equilibrio. El miedo, el maldito miedo. Estar en medio del caos ofrece orden, equilibrio. Intentar ponerse en pie es caer. Intentar recuperar la estabilidad que ofrece la corriente de caos mientras se aferra al clavo es peor aún. Patalea, se deja llevar, vuelve con brusquedad, gesticula obscenamente. Es ridículo, patético. Mira el clavo desesperado y desea que arda un poco menos, que le dé un respiro. No hay respiro allí donde no hay equilibrio. Sólo hay confusión y miedo.

El caos le pide que vuelva con él y quema casi tanto como el clavo. Son demasiadas llamas, pero no hay lágrimas allí donde sólo hay calor. El calor es ira. El calor es venganza. El calor es pasión. El calor es necesidad. El calor es desesperación. El calor una mirada completamente helada que mantiene bajo control el fuego dentro de un recipiente humano. Todo arde tanto como el mismo odio. Soltar el clavo es la única forma de no acabar odiándolo. Olvidar el clavo es la única forma de no volver su ira contra él. Quizás deberías odiar su incapacidad para encontrar la paz en su propio interior, pero eso es imposible. Él vive en medio del caos, en una perpetua carrera. Nunca llegará orden del caos, sólo más caos. Tiene lágrimas en los ojos, o las tendría si no hiciera tanto calor, si no estuviera tan centrado en odiarlo todo, pero es la única forma que conoce de seguir corriendo, de seguir disimulando que nada puede tocarle. Es la única forma que conoce de vivir.

Cuando suelta el clavo comienza a girar con violencia. Da tumbos de un lado a otro. Se golpea contra paredes y piedras invisibles, imaginarias. Apenas tiene tiempo de echarle una última mirada melancólica a su adorado clavo. ¿Sabrá alguna vez cuánto dolor ha sido capaz de soportar por él? ¿Cuánto se ha opuesto a sí mismo antes de que su propia naturaleza se impusiera sobre todo? La corriente gira su cuerpo tan rápido que no hay tiempo. El caos le abraza como un antiguo amante. La soledad le baja los pantalones. El odio le besa dulcemente los labios. Se deja llevar por el caos. Tarde o temprano volverá a encontrar el equilibrio dentro del caos. Hasta que eso ocurra es caos dentro del caos. Las contradicciones se regocijan en sí mismas y ya que no es capaz de derramar ningún tipo de líquido por sus ojos, se dedica a ingerirlo salvajemente. El caos ríe a su alrededor. Claro, que a lo mejor no es una risa. A lo mejor es el soplido desatado de un huracán. A lo mejor es la estridencia incontenida de una riada. Se siente en casa. Por desgracia, vuelve a estar libre y sólo, soñando con el equilibrio.

Ella quería compartir parte de una falsa libertad. La libertad nunca es real. Allí donde no hay reglas es la propia conciencia quien debe separar lo correcto de lo incorrecto. Dogmas de fe que están en permanente conflicto, luchando entre sí, buscando el lugar perfecto en el que mantener el equilibrio. Son muchos los que piensan que vivir en el caos, en ese estado de conflicto constante, implica libertad, indiferencia, capacidad para desligarse del mundo. Son muchos los que piensan que vivir libre es poder prescindir del resto del mundo.

Habrá un día en el que él consiga llorar. Será cuando comprenda y acepte que todos esos clavos a los que fue incapaz de aferrarse eran otros seres humanos sumidos en su propio caos. Lo único que le diferencia de ellos es la incapacidad que tiene para amar, para comprender, para perdonar. La corriente le da un nuevo empujan y golpea su cabeza contra una piedra imaginaria que le deja sin sentido. Sigue corriendo, flotando, pero ya no tiene conciencia de sí mismo. La oscuridad aprieta el paso y recorta la distancia que le separa de su presa.

Animales Heridos (Trilogía pirata: IV de III, un bonus track adelantado)

Publicado en fragmentos de historias jamás escritas con etiquetas el Noviembre 1, 2009 por silvio11

Hay un tipo. Hay un parque. Al final del parque, hay una pequeña plaza. En la pequeña plaza, hay un banco. En frente del banco, hay una rotonda. Sentado en el banco, está el tipo. Todas las mañanas, desde las ocho, mirando a los coches que pasan por la rotonda.

Algunos perros ladran excitados. Otros no. Se limitan a dejarse poner los arneses, obedientes. Están a las afueras de un pueblo. Los dueños llevan ropa deportiva. Se atan a sus mascotas y corren con ellas. A pocos metros del grupo, que está a punto de comenzar la carrera, un perro abandonado observa los preparativos. Es blanco, con manchas marrones. Está delgado. Ni siquiera se sabe su raza.

- Me alegro de que hayas recobrado tu independencia, pero siento que haya sido a mi costa. Supongo que tendrás razón, que para sentirte libre debes demostrarte a ti misma que puedes prescindir de mí… ¿Por qué es como si eso me convirtiese en tu enemigo?

El tipo siempre está callado. Tiene la mirada perdida entre los coches. Probablemente padece algún tipo de autismo, pero eso no explica la tristeza de sus ojos… ¿O sí? Siempre lleva unos pantalones de chándal y una camiseta de tirantes de baloncesto, incluso en otoño. ¿Habrá alguien que le obligue a cambiar de ropa cuando llegue el frío?

Todos los perros abandonados tienen cara triste. Por eso parecen más guapos. Éste no es ninguna excepción. Si acaso, es más guapo aún. Dan ganas de cogerlo y llevárselo a casa. Mira a los otros perros y a sus amos con envidia. No es una suposición, es un hecho. Siente envidia. Ha tenido un amo que le abandonó, lo que no se podría asegurar es el tipo de relación que mantuvo con él, si le llegó a acariciar. Por su mirada, por su docilidad, es probable que sí lo hiciera. Eso sólo lo hace todo más doloroso.

- Yo no quiero dejar de depender de ti, pero tampoco quiero que aproveches esa dependencia en tu beneficio. Te he dado mi libertad y sólo tú puedes hacer que no me sienta un esclavo. No necesito que estés conmigo todo el rato, ni llamándome, ni escribiéndome mensajes. Necesito saber que tienes ganas de estar a mi lado, que me echas de menos y que para ti es tan importante que te bese como para mí besarte, pero claro, quién querría besar a su enemigo.

Cuando camina lleva los hombros caídos y parece que va sacando barriga. A veces tiene una botella de Coca-Cola en la mano, de esas de plástico que se parecen tanto a las antiguas de vidrio. No arrastra los ojos por el suelo, va mirando al frente, pero se nota que no hay nada que llame su atención. Nunca se fija en lo que le rodea. Simplemente está allí, sentado, al margen del mundo.

Amos y perros empiezan a correr. Él les sigue, a distancia. Se ha acercado a algunos de los animales para olerles, pero los humanos le producen miedo… o respeto. No se integra en el grupo. Sólo lo sigue. Puede que no entienda qué están haciendo, pero le gustaría formar parte de ello. Bueno, uno nunca puede saber qué es exactamente lo que quiere un perro, pero da la impresión de que eso es lo que querría éste.

- ¿La única forma de que tú te sientas bien es causarme dolor a mí..? Y si acepto, en qué me convierte eso… Es culpa mía, tienes razón. Estaba tan centrado en abrigarte todas las noches que olvide tapar mis propios pies.

A veces, en el fondo de sus ojos, tan inexpresivos por norma general, se adivina un poso de amargura, de odio. Es como si supiese que las cosas no deberían ser así, como si fuera consciente de su propia situación y no se sintiese capaz de cambiarla. Entonces mira los coches con más intensidad. Le gustaría ser un lobo para poder lanzar un aullido de dolor. Quizás algún día un coche se salga de la carretera y se lo lleve por delante.

Sigue al grupo de corredores durante varios minutos, pero al final se queda rezagado. No está bien alimentado ni tiene dueño que le entrene. Él no es ellos. No forma parte de su grupo. No forma parte de nada. De vez en cuando, algún vecino del pueblo le lanza un cacho de pan y se lo come agradecido, pero no es lo mismo. Cuando perros y humanos le dejan atrás, lanza un pequeño gemido de tristeza que nadie escucha.

- ¿Cómo se consigue equilibrar tus ansias de libertad y mi necesidad de sentirme seguro? Simplemente no se puede, ¿no? Hay cosas que no pueden ser y ya está. Cuando empiezas a buscar el equilibro es porque ya has comenzado a caerte… ¿Tu crees que se pueden detener las caídas?

Lo normal es que se termine aburriendo de ir al mismo banco todos los días… Pero no. Más bien sucede lo contrario. El tipo también va a su banco cuando empieza a anochecer. Junto con el amanecer, es el momento en el que más tráfico hay. Hoy, en el cielo, las nubes han creado una forma curiosa, como si fueran la cabeza de un pez. Venus es el ojo, pero él ni siquiera levanta la mirada. Observa todos esos cientos de coches y se pregunta qué más debe hacer para que el resto del mundo se dé cuenta de lo solo que está.

Tiene suerte y la carrera acaba en el mismo lugar en el que ha comenzado. Los perros vuelven y puede jugar un rato con ellos mientras los amos hablan de sus cosas y hacen estiramientos. Sabe que se tendrán que ir y descubre que a veces las despedidas comienzan con un saludo. “Hola perrito”.

- Al final todo se reduce a que me siento triste, vacío y solo… Siento todo lo que haya podido hacer para arrancarte una sonrisa, para hacerte feliz. Siento haberte regalado mis palabras. Es más, quiero que me las devuelvas. Las quiero todas. Es injusto que te las quedes. Son parte de mí, de mi alma. Son el resultado de los experimentos que haces con mi corazón… Sí, es ñoño… Son las lágrimas que no se me escapan por los ojos y las sonrisas que no llegan a tocar mis labios. Eran mis palabras y tú te las has quedado todas sólo para sentirte más fuerte… Por lo menos podrías olvidar mi nombre.

ANIMALES HERIDOS.

Amanecer (Trilogía pirata: I de III)

Publicado en extensos microrrelatos con etiquetas , el Octubre 30, 2009 por silvio11

Ella se acurruca. El amanecer filtra unos pequeños rayos de luz por la ventana. La oscuridad se va aclarando y adquiere una tonalidad azul que coquetea con el gris metalizado. Ha llegado el momento de salir de la cama. Le abraza más fuerte, pero sin violencia.

Él apenas se despierta. Una leve presión en su pecho ha sido suficiente para sacarle del sueño profundo, pero se resiste a abrir los ojos. No es nada más que rutina, se dice, pero le duele que se siga cumpliendo fin de semana tras fin de semana.

Ella relaja los brazos. Cierra fuerte los ojos, como si así fuera a conseguir que regresara la noche, pero no lo logra. Llega el sol y con él, otro tipo de oscuridad. Emite un leve gemido. No quiere girarse. No quiere coger el móvil de la mesilla. No quiere mirar la hora. No quiere ver el amanecer. No quiere abrir las sábanas. No quiere enfrentarse al frío de un nuevo día. No quiere vestirse. No quiere darle un beso de despedida… Se gira.

Él nota como le abandona la presión que el brazo de ella hacía sobre su pecho. Nota como le abandona la presión que el cuerpo de ella ejercía sobre su costado derecho. Se obliga a abrir los ojos, pero todavía no se incorpora. Gira la cabeza y ve la espalda desnuda de ella. Está intentando alcanzar su teléfono móvil. Tiene sueño. Alarga el brazo y le pasa el dedo índice suavemente por la columna vertebral. Sus ojos se desvían hacia el amanecer. Es gris, azul, frío. Más tarde el sol calentará las vidas de millones de personas, pero ahora es demasiado frío… gélido.

Ella no dice nada. Tiene sueño y le da pereza vestirse, marcharse. Se sienta en la cama y vuelve la cabeza para mirarle. Sus ojos se encuentran en un breve segundo que muere de inmediato. Nadie se acuerda de mirarse fijamente a las siete de la mañana. Bueno, sí se acuerdan, pero eso hace que las despedidas sean más despedidas y aumenta el dolor que provocan. Es mejor ser breve, distante, irónico, fingir que no pasa nada, que no ha transcurrido otra noche, otro momento, otro buen momento. Cuantos más buenos momentos pasan, más probable es que el siguiente sea malo. Ella busca su ropa interior.

Él siente un extraño vacío en su cama. Es extraño porque no sólo es físico… Su cama también lamenta que ella deba marcharse. Sabe que en cuanto se gire podrá percibir el olor de su pelo en la almohada. Maldice en voz baja. Sombras grises, azules, sobre sombras negras. La soledad está esperando junto a la puerta para entrar en cuanto ella salga. Mira cómo se pone el sujetador y siente la tentación de impedírselo. Lo hizo las primeras veces, pero la broma terminó volviéndose repetitiva. Ella le pide que vuelva a dormirse con suavidad, con dulzura, con amor. Él no responde y sigue mirando.

Ella siente cómo esos momentos han terminado convirtiéndose en el sabor amargo que impregna cada uno de sus encuentros. Se pregunta por qué no pueden separarse entre sonrisas. Quizás por eso siente que están destinados a no estar juntos. No se puede vivir siempre con una persona que te hace estar triste cada vez que se ausenta de tu vida. ¿O sí? No lo sabe. Son demasiadas preguntas para la resaca de una noche llena de alcohol, besos, un poco de sexo y mucha desesperación. Siempre desesperación.

Él quiere pedirla que no se vaya, pero sabe que tiene demasiados motivos para hacerlo. Ya se ha puesto los vaqueros y las botas. Siempre deja la camiseta para el final. Juega con la idea de que no es el amanecer, es el atardecer. Juega con la idea de que no se está vistiendo, se está desnudando. Ya ni siquiera le importa estar triste. Está acostumbrado. Es la rutina. ¿Se puede querer a alguien en medio de la rutina? Quiere que ella se quede, pero no sabe si es porque la quiere o porque necesita sentir su calor para poder seguir durmiendo. No puede dormir cuanto siente frío en su costado derecho.

Ella saca la cabeza por el cuello de la camiseta y la agita para liberar el pelo que se había quedado atrapado. Es un error, se marea un poquito. Promete ser un día demasiado largo. Vuelve a mirarle y a pedirle que se duerma. Sabe que no lo hará, que seguirá mirándola. Se echa sobre él y le besa. Le sonríe. Es una sonrisa sin sonrisa alguna en su interior. Él le devuelve otra sonrisa igual de mentirosa.

Él la sigue con la mirada mientras ella se incorpora y se pone el abrigo. Nunca le dice que le quiere. Ya no. Eso es significativo. No sabe si es porque ya no le quiere o porque ya se ha autoconvencido de que no debería quererle. No puede resistirlo y le pide que se quede unos segundos más.

- No puedo, tengo que llevar a los niños a catequesis.

Él se queda callado y se aborrece por su propia debilidad. Sin embargo, sigue hablando.

- Que lo haga tu marido.

Ella sonríe con cinismo, con una sonrisa que hace juego con la frialdad del azul grisáceo del amanecer. Se da la vuelta, abre la puerta de la habitación y se marcha. Él continúa sintiéndose débil, repulsivo, triste. Siempre triste, como todos los finales, triste.

ESPACIO (Ludovico II de…)

Publicado en extensos microrrelatos con etiquetas , el Octubre 28, 2009 por silvio11

Miguel estaba a punto de cumplir los dos años y esperaba con ilusión el momento en el que todos dejasen de contar su edad en meses. Se había quedado sólo en el tejado de casa con su prima Ada, que contaba siete meses. Sus padres se habían tenido que ir a asaltar un barco pirata y le habían dejado a él al mando. Miguel había aceptado la misión de inmediato, aunque con una condición. De noche las casas dan miedo, pero la calle no. Es imposible tener miedo cuando sobre la cabeza de uno hay un montón de estrellas. Aquella noche era clara y las estrellas se reunían a cientos en el firmamento. Le costó convencerles de que, con tanta oscuridad, en cada rincón de la casa bien podía esconderse un monstruo con el que él no pudiera enfrentarse. Sin embargo, en un tejado no había rincones oscuros ni sombras amenazantes, sólo aire, cielo, estrellas y luna… Y algún que otro gato, pero los gatos no suponían un problema demasiado grave o, al menos, no tan grave como podía ser un monstruo. Al final sus padres le dieron la razón y les subieron a la azotea.

Después de ajustarse las espadas y ponerse las placas de policía, los papis de Ada y Miguel se marcharon. El deber era el deber. Ada parecía un gusano apunto de convertirse en una mariposa, allí, metidita en su capullo de ropa. Miguel, con su poco más de 90 centímetros de altura se estiró todo lo que pudo y cogió una gran bocanada de aire frío… Bueno, tampoco tan frío. El otoño había echo un par de amagos, pero las noches todavía eran agradables. No corría peligro de coger un constipado ni nada de eso. Además, era un incordio eso de las medicinas y los aerosoles… Lo pensó mejor y devolvió la bocanada de aire frío, no fuese a sentarle mal. Acto seguido se metió las manos en los bolsillos, no por miedo al resfriado, si no porque es lo que solían hacer los mayores cuando no sabían demasiado bien qué hacer. También daban pequeños paseos dando pequeñas zancadas con los pies rígidos, como si no tuviesen rodillas. Si más adelanta el tiempo empeoraba tenía planeado dar un par de palmadas, juntar las manos, ahuecar el interior y soplar dentro de ellas.

Aunque por fortuna el tiempo no empeoró, Miguel comenzaba a aburrirse y Ada tampoco le daba demasiada conversación. Ella era más de dormir y chuparle los pezones a su madre. De hecho, sus padres tenían menos de dos horas para derrotar a los piratas y volver con ellos. Pufff… No sabía que vigilar fuese tan… reflexivo, se comentó Miguel a sí mismo. Aquello prometía ser… arduo, aunque por lo menos ya habían pasado… Miguel le echó un vistazo al reloj de Mickey Mouse que llevaba en la muñeca: ¡Diez minutos! Dios Santo, me voy a morir de viejo de tanto esperar a que pase el tiempo. La situación era complicada. Si el tiempo mental continuaba pasando tan lentamente respecto al físico, estaba claro que su cuerpo y su mente acabarían sufriendo un desfase. Sus manos, sus pies, su pelo y todos los demás seguirían una evolución natural, acorde con la realidad física, pero su mente comenzaría a desarrollarse y razonar el ritmo del paso espiritual de los segundos. Vamos, que corría el riesgo de convertirse en un señor maduro de 30 años dentro del cuerpo de un niño pequeño que no llegaba a los dos años… Típico de los padres, pensó. Siempre alertando sobre los peligros reales de la vida, como los ladrones o los coches, y nunca prestando atención a los riesgos etéreos que le amenazan a uno. Vista la gravedad de la situación no le quedaba más remedio que despertar a Ada.

Ada dormía plácidamente. Ni ella misma sabía con qué soñaba, pero le gustaba poner caras mientras en su mente veía cosas para las que todavía no tenía ningún nombre. En algunos casos se arriesgaba a inventárselo con la esperanza de que, al despertar, coincidiese con el real. Por ejemplo, le encantaría que el sitio en el que dormía todas las noches se llamase nube, algodón o dafur… Los dos primeros los había escuchado en alguna parte, pero el tercero era completamente suyo. Sería genial que fuese un dafur. Cuando Miguel la despertó estaba poniendo cara de susto porque se veía en medio de una reunión familiar. No estaba segura, pero creía que era un miedo natural a los actos sociales que bien podía ser una herencia genética de sus padres, ambos buscadores de perlas en la inmensidad del océano… Es normal que los buscadores de perlas oceánicas no estén acostumbrados al ruido ni al bullicio. Después de tanto tiempo metidos en lo más profundo del agua, quién no le cogería manía a las grandes aglomeraciones de personas… y de aire.

Cuando Miguel despertó a Ada, ella decidió dejar puesta su cara de susto para que él se sintiera un poquito culpable. Después hizo un par de gemiditos de alegría para que supiese que se alegraba de verle. Miguel saludó con la mano y se le quedó mirando fijamente, como esperando que ella hiciera algo. Ada miró a la luna, llena como estaba, y le entraron ganas de aullar, pero todavía no dominaba demasiado bien todo aquellos de las cuerdas vocales. Lo que mejor se le daba era llorar y, teniendo en cuenta que no veía al surtidor viviente por ninguna parte, decidió que era poco práctico gastar energías. Estaba fascinada por la luna, así que estiró su pequeña manita y la señaló. Miguel siguió la dirección del dedo y, tras comprobar mentalmente con escuadra y cartabón la trayectoria marcada por el índice de su prima, asintió con la cabeza.

Los niños de apenas dos años cuentan con ventajas y desventajas en esta vida. Una de sus principales ventajas es no saber qué es imposible. Miguel se dirigió hacía una escalera que tenían sus padres en la azotea para cambiar la bombilla del sol cada vez que se fundía y ahí quedó patente una de sus desventajas, la coordinación. Como todavía no dominaba demasiado bien eso de correr –a él lo que realmente se le daba bien era dejarse caer hacia un punto concreto en el que esperaba sujetarse antes de darse de morros con el suelo- , se dio un trompazo antes de llegar a la escalera. Iba a echarse a llorar, pero al levantar un poco la cabeza vio el brazito de Ada y su dedo meñique, todavía extendidos hacia la luna, así que se sorbió las lágrimas y se puso de pié. Cogió la escalera, la puso en pie con ayuda de su amigo imaginario y buscó una estrella en la que apoyarla. Cuando la operación hubo concluido, miró a Ada y dijo “Ra elvo”. Miguel empezó a trepar.

Resultó que la luna estaba más lejos de lo que parecía en un primer momento, así que tardó unos dos minutos en llegar hasta ella. A punto estuvo de quedarse sin escalera, pero fue suficiente. Claro, papa llega bien al sol porque es alto. Miguel echó un vistazo por detrás de la luna para ver por dónde estaba colgada del cielo. Primero la separó un poco, después tiró para arriba y el enganche salió con suavidad de la alcayata a la que estaba sujeto. Se colocó la luna debajo del brazo, como si de una barra de pan se tratase y, haciendo auténticas malabares, sacó un trozo de tiza del bolsillo derecho del pantalón. Más de una vez le habían preguntado por qué llevaba una tiza en el bolsillo y el había respondido con un encogimiento de hombros. Para tomar algunas decisiones no siempre hace falta tener razones lógicas. Algunas veces es suficiente con tener pálpitos poderosos. Haciendo grandes esfuerzos, Miguel fue capaz de pintar una luna llena bastante parecida a la que acababa de robar. Sonrió satisfecho y volvió junto a su prima.

Miguel bajó por la escalera pacientemente y cuando se reunión con su Ada le entregó solemnemente la luna. Ella sonrió y la agarró con fuerza, como si se tratase de un osito de peluche, sólo que éste tenía la capacidad de reflejar la luz del sol y de otras estrellas, así que era como una linternita. Ada volvió a quedarse dormida y Miguel miró su reloj. Ya había pasado más de una hora y media. Había sido un buena idea despertar a la prima. Satisfecho por la ejecución de su turno de guardia, Miguel vigiló durante unos segundos el sueño de Ada, se metió las manos en los bolsillos y dio un par de pequeños pasos con las piernas completamente estiradas.

Por desgracia, había algo que fallaba en todo aquel plan, algo de lo que Miguel no se había dado cuenta debido al exceso de inocencia que caracteriza a los niños de su edad. La luna siempre cambia, gira sobre sí misma, se pliega y vuelve a desplegarse. Si nada lo remediaba, el engaño estaba destinado a fracasar. Sin embargo, las estrellas, testigo mudo de todo lo acontecido, y los gatos, que a diferencia de los perros no son soplones de la policía, como buenos seres nocturnos que son, se pusieron a favor de los dos niños. Si ellos querían la luna, que se la quedasen. Fueron los gatos, astutos y cabritos como ellos solos, los que planearon construir un satélite que sustituyese a la luna. Las estrellas, auténticas amas del universo más allá de la perezosa hegemonía del sol, se encargaron de construirlo. Que idiotas, pensaron los gatos al ver el entusiasmo del ser humano con su nuevo divertimento, sólo los seres racionales les piden a las mentiras que sean lógicas y a las verdades que sean maduras.

TIEMPO (Ludovico I de…)

Publicado en cosas que podrían haber rimado con etiquetas el Octubre 28, 2009 por silvio11

I

Se me escapa el tiempo.

He olvidado

o he aprendido

como medirlo.

Ya no puedo dimensionarlo

y por fortuna

o por desgracia

está fuera de control.

Veo su paso como un sujeto paciente

que padece un interminable desfile militar

o disfruta de una veloz carrera contra la nada.

Confundo el lógico transcurrir de los segundos,

las pautas establecidas para medir el tiempo

y con él la vida.

Contra toda lógica creo mis propias reglas,

desesperado por dar coherencia al caos;

y me peleo con las del resto del mundo,

decidido a defender mi caos de su orden.

Todo depende de cómo se mire todo,

de saber cuándo las cosas tienen sentido,

aunque sea cuando menos sentido tienen.

De ser fiel a uno mismo,

aunque eso implique enfrentarse con los demás,

porque es la única forma de serles fiel a ellos,

aunque eso implique dañarse a uno mismo.

Todo depende de no saber

por qué dos meses contigo

pasan más deprisa

que un segundo sin ti.

Una vez asumes eso,

no como algo lógico,

si no como algo simplemente real,

la vida no es más que una sucesión de momentos.

II

Toca el  piano,

Pero no sobre un teclado,

Lo toca sobre la nada.

Elabora una sinfonía sin principio ni final

compuesta por lágrimas

y sonrisas.

El tiempo sigue desquiciado

y tan pronto soy capaz de reír

como de llorar.

Tan capaz de abrir una herida

como de cerrarla.

Tan capaz de escupir a la cara a quien amo

como de abrazarle para absorver todo su dolor.

Todo da vueltas y gira en torno a un mismo todo.

Y el principio es el final

allí donde el tiempo es la única ley.

Sólo hay tiempo en el lugar en el que reina la memoria,

el lugar en el que los recuerdos se funden y suceden

como si fuesen un solo recuerdo

que tiene demasiado miedo de dividirse en todas sus partes.

Y sigue tocando el piano.

Cada una de las teclas es un recuerdo distinto,

Y una emoción.

Y una certeza.

Y un miedo.

Y un canto a la vida,

Y un canto a la muerte.

Y un verso igual de predecible que todos los anteriores.

Allí donde el tiempo domina no existe la originalidad

porque todo lo que fue, ya ha sido,

todo lo que es, está siendo,

todo lo que tenga que ser, será,

y todas las permutaciones que se puedan hacer con estos conceptos

están siendo en este mismo momentos.

La inmensidad, el infinito,

pueden fascinar

o aterrar

o ambas cosas.

Atraer y repeler.

Sólo puede seguir tocando su piano imaginario,

esperando que una suave melodía sea capaz de anestesiar mi ira,

que el caos me explique qué estoy pensando,

que los tramos de oscuridad dejen de ser mas cortos que los de luz.

Esperando que algún día me pueda el cansancio

y no me parezca tan mala idea ser uno más.

Pero hay una voz… una melodía…

Hay un piano que yo no toco…

hay un susurro que apenas oigo,

un beso que apenas siento,

un abrazo que apenas da calor,

un recuerdo que casi he olvidado…

Hay algo superior a mí mismo que es más fuerte que yo.

Quizás sea la sonrisa de un desconocido en plena calle.

Existe una esperanza que todavía no ha perdido la fe en mí.

Sé que el tiempo manda.

Sé que el caos no tiene reglas.

Sé que la normalidad no es felicidad.

Sé que la confusión puede ser paz.

No sé nada.

La contradicción sigue separando al principio del fin.

Sé que sentir dolor no es ser débil.

Sé que todavía puedo imponer mis propias decisiones

al dolor, al tiempo, a la felicidad, al espacio.

Sé que mientras pueda seguir escuchando la melodía

seguiré siendo libre.

Sé lo suficiente.

Tengo un plan: no dejar de vivir. Ya, es un plan complicado. Tengo dos planes: no dejar de vivir e intentar que aquellos a quien amo tampoco dejen de vivir. Sí, es un poco más complicado. Tengo tres planes que no tienen nada que ver con los dos planes anteriores, que sí estaban relacionados con el primero de los planes. Tengo planeado seguir gritando a todo aquel que quiera escucharme que la rendición definitiva no es una opción. Como dijo Alatriste, “somos un tercio español”, cojones. Podemos cansarnos, rebozarnos en la mierda y quedarnos tumbados durante todo un día, pero no rendirnos, no aflojar, no ceder un solo paso. Tengo planeado decirle a todo el mundo lo que siento. Tengo planeado seguir contando tantas mentiras como sean necesarias. Tengo planeado tener más planes… y mejores, como las noches, oscuros y sibilinos, mágicos y deprimentes. Planes que no tengan miedo de ser planes; planes que no necesiten que les expliquen qué es ser un plan; planes que estén dispuestos a correr conmigo hacia el abismo.

FRANCISCO CATALINA (II de II) CASA DE EMPRESA

Publicado en Historias del terruño (Guadalajara) con etiquetas el Octubre 26, 2009 por silvio11

El sueldo era de seis reales al día. “Comprar un pan nos costaba tres, aunque era un pan de un kilo y medio”, recuerda Francisco. Puede que el salario no fuese demasiado esplendido, pero al menos el trabajo sí que presentaba un beneficio: la casa la ponía la empresa, que en este caso era el Estado. Y si bien era cierto que al menos tenían un hogar, no lo era menos que éste tampoco reunía las mejores condiciones de habitabilidad. “Eran viviendas situadas al borde justo de las carreteras que no tenían agua, calefacción ni luz en las que vivían ellos con sus familias”, indica el jefe del Servicio de Conservación de Carreteras de la Diputación provincial, Félix Herranz. En algunos casos, la suerte sonreía al peón, que tenía su residencia cerca de una localidad a la que podía ir a diario. Sin embargo, los había con menos fortuna. “Algunas estaban lejos de los pueblos y se podía dar el caso de que tuvieran que recorrer unos cinco kilómetros para conseguir agua”.

En el caso de Francisco Catalina, las duras condiciones que imponían el oficio y los tiempos se juntaron el día que nació uno de sus hijos. Al llegar a su hogar se encontró con su mujer, pariendo sola, a la puerta de la casa. Ella misma se ató el cordón umbilical y acostó al recién nacido antes de irse a descansar. Él, que estuvo ofreciendo toda la ayuda que posible durante el parto, recorrió varios kilómetros para buscar al médico más cercano. “En aquellas casilla han nacido todos mis hijos”.

Aunque el enfrentamiento entre hermanos había terminado, la provincia de Guadalajara no se salvó de los rencores. Tanto Francisco como su padre, que llevaba trabajando toda la vida como alguacil en Gualda, habían estado en el bando republicano y eso había gente que no estaba dispuesta a olvidarlo con facilidad. “Nos querían quitar el trabajo”. En el caso de su padre lo consiguieron. En el suyo no. Francisco buscó el respaldo de las instituciones y dio con él. “En el Ministerio de Obras Públicas me conocían bien y dijeron que respondían por mí”, relata. Había salvado el envite, aunque por los pelos.

El año que se ‘ahogó’ la casa

Además de su trabajo en la carretera, Francisco conseguía unos ingresos adicionales cuidando una “colmena modelo” que había situado en las inmediaciones de su residencia. “Tenía un cristal puesto que te permitía ver trabajar a las abejas”. Cosas de la vida, la colmena, su casa y la carretera que cuidó durante tantos años, la que iba desde Durón hasta Gárgoles de Arriba, acabaron debajo del agua, en el fondo del pantano de Sacedón.

La construcción del pantano no estuvo exenta de polémica, ya que algunos vecinos del pueblo se oponían a él. “Hubo muchas personas que perdieron sus fincas”. Sin embargo, por lo que recuerda Francisco, no era tanta la preocupación por la pérdida como por el dinero que les daban a cambio de ella. “Ya sabes cómo funciona esto; cuando te dan cinco resulta que tú querías diez”. ¿Y se enriqueció alguien del pueblo con todo esto? Sonrisa. “Las perras se van rápido”.

En aquel entonces parecía que nunca más volvería a saberse de aquella casa, de aquella colmena modelo y de la carretera. Él se fue a un bloque de vivienda en Cifuentes, con otros peones caminantes, desde donde controlaban varios tramos de carreteras. Sin embargo, el paso de los años y la sequía han dado un giro a los acontecimientos y hace poco tiempo algunos turistas volvían a preguntar por la colmena. También la carretera y la antigua residencia de Francisco han abandonado la tumba de agua bajo la que habían sido sepultadas.

No ha sido el pantano la única infraestructura que se cruzó en el camino de Francisco. En su memoria, peor que lo de Sacedón fue lo de la nuclear de Trillo. “Al principio estaba proyectada en Gualda”, explica, pero la diferencia de precios se la llevó a la localidad vecina. “Allí tenían los terrenos más baratos”. Al final, se quedaron con la central a unos 15 kilómetros y con bastante menos dinero del que les podía haber correspondido, una sensación que tienen muchos de los vecinos de esta provincia que conviven con una nuclear en el pueblo de al lado. ¿Y si ahora les dijesen de poner otra central nuclear en Gualda? “Que la pongan y que a nosotros nos den una casa en Guadalajara”.

Además de limpiar las carreteras, el trabajo de peón caminero también implicaba reforestar determinados tramo de las vías, en los que se plantaban acacias. “Siempre eran acacias… Nunca preguntamos por qué. El capataz nos lo decía y nosotros las plantábamos”. Su intuición le dice que este tipo de árboles agarran mejor el terreno de la provincia, pero reconoce que era difícil que saliesen adelante. Además, años después se prohibió continuar con esta práctica, aunque no se quitaron los árboles que ya habían plantado. “La mayor parte mis árboles se quedaron en el pantano, pero todavía quedan algunos en la carretera de Cifuentes”. Además, gracias a aquellos trabajos entró en contacto con los ingenieros forestales. “Decían que eran los malos porque denunciaban a la gente que talaba árboles para coger leña y hacer fuego… No sé, cumplían con su trabajo”, reflexiona Francisco.

Con el paso de los años, fue ganando galones en su trabajo. “Yo hacía de capataz interno. Mandaba una cuadrilla”, pero nunca ejerció el cargo de manera oficial. “No me interesaba. A mí no se me dan demasiado bien las cuentas… Ya sabes, no aprendimos mucho en el colegio”. Al final, aquel trabajo sirvió para sacar adelante una familia de tres hijos e incluso para dar de comer a sus hermanos. Cuando él dejó el oficio, pasó unos 40 años vigilando carreteras, su puesto de trabajo todavía dependía del Estado, pero años más tarde el traspaso de competencias haría que muchos de estos peones camineros terminasen trabajando para la Diputación provincial o para la Junta de Comunidades.

Fue en la institución provincial donde Félix Herranz, en su primer año de trabajo, conoció a uno de estos peones camineros que estaba a punto de jubilarse. “Creo que estaba en la carretera de Villel de Mesa”, recuerda. El oficio comenzó a morir en los años 60, con la llegada de la máquinas. “Entonces se formaron las brigadas, que se establecieron en los parques de maquinaria de Molina de Aragón, Sigüenza, Cogolludo, Pastrana y Cifuentes”. Compuestas por entre cinco y diez operarios, disponían de camiones y retroexcavadoras. “De todas formas, esto no fue lo que acabó con los peones camineros; el asfaltado fue lo más determinante”. Con él, las carreteras dejaron de ser tan débiles y ya no era necesario que un hombre estuviese reparándolas constantemente. Francisco Catalina también recuerda la llegada del alquitrán, aunque sin ningún tipo de rencor. “Menudo descanso supuso”. Sin embargo, tal y como explica Félix Herranz, no todos los operarios se tomaron el fin de su oficio bien. “Hubo gente que se reveló. Algunos tenían una vida hecha en un pueblo y no querían mudarse a los municipios en los que estaban los parques de maquinaria”. En otros casos, era una cuestión más… organizativa. “Muchos estaban acostumbrados a organizarse su propio trabajo. Sí, había inspecciones y todo eso, pero funcionaban de una forma más anárquica. Aquel cambio suponía tener que adaptarse a una disciplina”.

Actualmente, Francisco Catalina vive en Guadalajara capital, con su familia. Cuando le preguntan si se queda con el pueblo o con la ciudad, es inevitable pensar que a él también le caló hondo un poquito de toda esa anarquía. “En los pueblos parece que siempre hay más libertad… o libertinaje”, comenta entre sonrisas.

FRANCISCO CATALINA (I de II) DE LA ESCUELA A LA CARRETERA

Publicado en 1, Historias del terruño (Guadalajara) con etiquetas el Octubre 26, 2009 por silvio11

Con más de 90 años de vida a sus espaldas, Francisco Catalina ha visto con sus propios ojos como ocurrían los acontecimientos más importantes de la provincia. Desde la Guerra Civil, en la que participó como miembro de la Quinta del Chupete, hasta la construcción de una central nuclear a pocos kilómetros de su Gualda natal. Este hombre, que se dedicó profesionalmente al cuidado de las carreteras al convertirse en peón caminero, es también el recuerdo vivo de una profesión ya olvidada que durante años le llevó a recorrer diariamente un tramo de carretera destinado a hundirse bajo las aguas del pantano de Sacedón.

En 1908 se promulgó el reglamento que regía el trabajo de los peones camineros. En él se estipulaban los deberes que tenían sus trabajadores, a los que no se otorgaba casi ningún derecho. Entre sus obligaciones, como si de una condena se tratase, regía la siguiente máxima: “Permanecer en el camino todos los días del año, desde que salga el sol hasta que se ponga”. Casi diez años después de la creación de este reglamento nacía en la localidad de Gualda (Guadalajara) Francisco Catalina. Él mismo reconoce que durante su infancia no prestó mucha atención a las explicaciones de un maestro que tenía demasiada facilidad para quedarse dormido. “En cuanto empezaba a roncar, nosotros ya nos poníamos a correr de un sitio para otro”, recuerda. “Así era difícil aprender a hacer la o con un canuto”. A aquel niño le quedaban muchas experiencias por vivir, pero sobre todo tenía por delante un futuro profesional que terminaría convirtiéndose en una forma de vida: peón caminero.

Monarquía, IIª República y Guerra Civil. Los disparos cogieron a Francisco Catalina en zona republicana, algo que a la larga le acabaría pasando factura. Sin embargo, tuvo suerte. Una coz mal dada por un burro le originó un problema de salud que mantuvo alejado de las trincheras a este miembro de la conocida Quinta del Chupete. Después, una vez se hizo con el poder en el país el bando nacional, le tocó volver a hacer el servicio militar. Aquellos años le sirvieron para recuperarse plenamente del golpe propinado por el malencarado animal y para regresar al pueblo. Allí llegaba el momento de afrontar otro problema: había que conseguir un trabajo. Un hermano de su madre era capataz de carreteras y se ofreció a introducirle en este campo. “Como éramos pobres se interesó por nosotros”.

Félix Herranz lleva 27 años trabajando en la Diputación. Ingeniero de caminos, actualmente ocupa el puesto de jefe del Servicio de Conservación de Carreteras. Cuando llegó a la institución provincial, allá por 1982, conoció a algunos de los últimos trabajadores que habían ejercido como peones camineros. En el Palacio provincial pasa por ser una de las personas que mejor conocen las carreteras que surcan Guadalajara y su historia. “Fundamentalmente los peones camineros se dedicaban al mantenimiento de los caminos”. Según explica, limpiaban la vegetación que pudiese entorpecer las carreteras y las reparaban. Entonces no eran como las de ahora. Había un elemento esencial que las diferenciaba: no estaban asfaltadas, si no que estaban hechas con piedra machacada, lo que les deba un color blanquecino. “Eran competencia del Ministerio de Obras Públicas y había uno cada 4 o 5 kilómetros”.

Francisco Catalina relata que fue aquel tío que le dio el trabajo el mismo que le enseñó a hacerlo. “En teoría teníamos un tramo de carretera de unos 6 u 8 kilómetros”. Sin embargo, eso no siempre era así. Cuando algún compañero, por enfermedad o cualquier otro motivo, no podía hacerse cargo de su tramo, le tocaba controlarlo a alguno de los trabajadores que lindaban con él. “Yo he llegado a tener hasta 17 kilómetros a mi cargo”.

Catalina recuerda la rutina de cada día. Se levantaba y recorría el tramo que tenía asignado en busca de posibles desperfectos. “Cuando los encontraba daba aviso a mi capataz, que estaba en Durón”, y terminaba arreglándolo. La mayor parte de las veces, el “desperfecto” era un hoyo originado cuando, al paso de una carreta o un coche, saltaban las piedra del camino, dejando así el socavón. “Buscábamos cantos rodados para llenarlo y después lo completábamos con arena”, explica. “Lo que pasa es que en cuento pasaba otro coche por allí volvía a saltar”. El jefe del Servicio de Conservación de Carreteras de la Diputación especifica que entonces no disponían de ninguna máquina para hacer estos trabajos. “Básicamente tenían un pico, una azada y un cesto de mimbre para hacer las tareas de mantenimiento”.

MISCELÁNEA SENSITIVA

Publicado en fragmentos de historias jamás escritas con etiquetas el Octubre 18, 2009 por silvio11

¿Por qué escribir sobre la oscuridad? La respuesta es evidente. La felicidad se disfruta, pero cuando una está jodido sólo busca la forma más rápida para librarse del dolor. Al final todo se reduce a eso, al dolor, y a la forma más apropiada de darle esquinazo. Eso es lo que nos hermana. La felicidad es egoísta, la queremos sólo para nosotros mismos. Puede que los demás la perciban, pero no deseamos compartirla ni saber si otros son tan felices como nosotros. No queremos hacer nada que desvele que nuestra supuesta felicidad es sólo una mentira cuidadosamente construida. Sin embargo… El dolor… Ese deseamos que llegue a otros y, sobre todo, a las mismas personas que nos lo provocan. Queremos que sufran con nosotros, que lloren con nosotros, que se apiaden de nosotros, que nos protejan como necesitamos que alguien nos proteja y como a lo mejor ellos no quieres protegernos. Demasiada gente mira a la oscuridad y fabrica un montón de excusas, de mentiras por las que viajar, de escenarios en los que ubicar esa oscuridad. Demasiada gente se pregunta por qué es más fácil escribir sobre la oscuridad. A mí preocupa otra cosa. ¿Por qué todavía no se han dado cuenta de que el color de la oscuridad no es el negro? Quizás sea por eso por lo que no son capaces de verla venir.

DE LA OSCURIDAD

Siento la necesidad de volver a huir.

He visto a demasiadas personas equivocarse.

Me he visto a mí mismo equivocarme demasiadas veces.

He visto las mentiras que otros se cuentan

esperando que sean las verdades que podrán contar mañana

a sus hijos,

a sus nietos,

a todos aquellos que quieran oírles.

He olido mi propio miedo,

lo he saboreado,

pero no puedo olerlo ni tocarlo.

Me pregunto por qué los sentimientos

no pueden percibirse con todos los sentidos.

Necesito volver a sentirme lejos de todo,

del mundo,

de las personas,

de mi propia humanidad,

de una vida que nos hiere en cuanto bajamos la guardia.

Necesito un escondite en el que poder sentirme seguro.

Necesito que al final

alguien me sujete la mano,

alguien que sea capaz de mirarme a los ojos,

de hacerme sentir en paz

y decirme que siempre intentó comprender mis imperfecciones,

aunque nunca lo consiguiese.

Necesito que exista alguien que me quiera

no por lo que aparenté ser,

no por lo que fui,

si no por aquello en lo que lo siempre intenté llegar a convertirme.

Necesito dejar de ser un cúmulo de contradicciones,

pero es la única manera que tengo de vivir.

A UNA LUZ DE CARNE Y HUESO

Dame tus palabras para que pueda escribir un libro lleno de ilusiones. Y tus ojos, para construir en ellos un estanque poblado de ondinas, sátiros, nenúfares y unicornios. Deja que tus manos exploren los caminos no transitados de mi cuerpo y que las mías dibujen la geografía inexplorada de tu piel. Permite que abrigue con tu cuerpo los miedo que padece mi corazón y que los latidos del tuyo se conviertan en el metrónomo que marque el ritmo de mis pasos.

Libera el calor de tu sonrisa para que mitigue los inviernos a los que sobrevivo gracias al recuerdo de tu olor.